Oficios peligrosos
Opinión

Oficios peligrosos

Miscelánea

Como todos los huéspedes mi hijo me estorbaba

ocupando un lugar que era mi lugar

existiendo a deshora

haciéndome partir en dos cada bocado.

Su cuerpo me pidió nacer

cederle el paso

darle un sitio en el mundo

la provisión de tiempo necesaria a su historia.

Rosario Castellanos

El fragmento del poema Se habla de Gabriel, con que encabezo este texto, tiene la intención de bajarle el azúcar a los edulcorados festejos del próximo Día de las Madres. Dicho esto, voy a lo mío: todo comenzó el día en que su marido le puso un cuchillo en el cuello. Después de quince años de golpes y humillaciones, ella decidió que había llegado a su límite. Empacó lo que pudo y con sus cuatro hijos dejó Durango para refugiarse con su hermana en algún lugar de Tamaulipas, donde después de un curso, consiguió licencia para operar un tráiler.

Por su condición de mujer, al principio ninguna empresa de transportes se fiaba de su capacidad. Se sintió afortunada cuando finalmente consiguió el trabajo. Después de todo, sólo se trataba de atravesar el desierto de Chihuahua manejando una bestia de 53 pies, 400 caballos, 10 velocidades y 28 toneladas; nada menos que un “nalgasfrías”; como le llaman porque arrastra una cámara frigorífica que en un término de 48 horas, debe llegar a la Ciudad de México con su preciosa carga de manzanas.

Mil seiscientos kilómetros, más de treinta y seis horas de carretera, dos noches, siete paradas, y sólo cuatro horas de sueño. Cuando los ojos comienzan a pesar, se detiene a surtirse de anfetaminas y a beber más café. Calma el hambre con uvas, alguna lata de atún y casi nada de agua para no tener que detenerse a orinar. Esos tráileres son muy grandes y para que te lleguen los pies a los pedales debes tener cierta altura, por eso me llamó la atención que la conductora fuera muy bajita; comentó el secretario de Salud Pública el pasado mes de noviembre, en que otra mujer al volante de un tráiler, en el trayecto de Toluca hacia Cuautitlán, colapsó contra varios autos (ella misma no sabe explicar lo que sucedió) provocando un desgraciado accidente en el que murieron al menos diez personas y que la mantendrá en la cárcel por algunos años.

Manejar un tráiler es un trabajo rudo, que por su naturaleza, es más propio de la fuerza masculina; aunque con esto del empoderamiento (y la necesidad de proveer a los hijos) las mujeres demostramos todos los días (bueno, es un decir; yo todavía no he demostrado nada) que ningún quehacer se nos pone por delante. Políticas, astronautas, policías, traileras. Oficios de alto riesgo, aunque pensándolo bien, se me ocurre que el más difícil y riesgoso, el de más alta responsabilidad, es el de ser madre.

Aunque el prodigio de dar vida y con ello continuidad a la raza humana, ha sido concedido a partes iguales al hombre y a la mujer; darle tibio cobijo y sustento al nonato durante nueve meses, rezando cada día para que sin importar el sexo, el bebé nazca sano, con cinco dedos en cada mano y con el tiempo se convierta en una persona responsable; es la parte más sencilla del proceso. Ante cualquier malformación moral o física; por ejemplo tener un hijo ganso y el mundo nos culpará por ello.

Ser madre es responsabilizarnos del misterio que es la vida de nuestros hijos frente al abanico de opciones buenas y malas que ofrece la inmensa realidad. Aunque no descarto que hay excepciones, las madres amamos a nuestros hijos; lo cuál no compromete a los hijos a amar a sus madres, porque como dijo Rosario Castellanos: soy madre de Gabriel: ese niño que un día se erigirá en juez inapelable/ y que acaso, además, ejerza de verdugo. /Mientras tanto lo amo. Por todo lo anterior, resulta conmovedora la generosidad de quienes impedidas para la maternidad biológica, adoptan niños que si bien no gestan en su vientre, nacen en su corazón.

Vaya desde aquí mi profundo respeto a todas las mujeres que conscientemente asumen la responsabilidad de ser madres y consiguen hacerlo bien.

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