Obsolescencia programada
Finanzas

Obsolescencia programada

El ciclo interminable de consumo

Es el motor secreto de nuestra sociedad de consumo. Comprar-tirar-comprar. Crecer por crecer. Poseer algo más nuevo un poco antes de lo necesario.

Obsolescencia programada es la práctica de acortar artificialmente la vida útil de los productos o servicios, con el objetivo de influenciar o inducir en las decisiones de compra del consumidor en favor del fabricante o prestador de servicio. Los orígenes del término se remontan a los años treinta, con el documento de Bernard London Ending the Depression Through Planned Obsolescence (Terminar la depresión a través de la obsolescencia programada), pero la frase fue popularizada por el diseñador industrial Brooks Stevens en 1954, “inculcando en el comprador el deseo de poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor, un poco más pronto de lo necesario”.

No obstante, la práctica de dicha innovación en la economía ya la habían impuesto los fabricantes de lámparas incandescentes (focos) desde 1924, mediante un acuerdo para disminuir su vida de 2 mil 500 horas a sólo mil. Otros fabricantes han sido Dupont, con su fibra Nylon que originalmente era en exceso resistente, Apple y sus iPhones con baterías insustituibles, o Microsoft a través software con fecha de caducidad, entre otros.

HISTORIA

Bernard London, un inversor inmobiliario, tras el desplome económico del 29, sugirió salir de la Gran Depresión haciendo obligatoria la obsolescencia programada. London planteaba que todos los productos tuviesen una vida limitada con una fecha de caducidad, después de la cual se considerarían legalmente muertos, luego los consumidores los devolverían a una agencia del gobierno para su destrucción. Intentaba equilibrar capital y trabajo para así tener siempre un mercado con nuevos productos. De esta forma siempre habría necesidad de mano de obra y el capital se vería beneficiado.

“Bombillas de calidad, 1000 horas garantizadas”. El 23 de diciembre de 1924, los fabricantes más importantes de bombillas llegaron a un acuerdo para disminuir la vida útil de sus productos. Foto: rolloid.net

Bernard London creía que con la obsolescencia programada obligatoria, las fábricas seguirían produciendo, se seguiría necesitando trabajadores y habría empleo para todo el mundo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, volvió a resurgir la idea de la obsolescencia programada, pero esta vez como una idea seductora. Se anunciaba diciendo que esta condición era el deseo de cualquier consumidor, al tener un producto un poco más nuevo, un poco mejor y antes de que se necesite.

Esta idea fue llevada a cabo por Brook Stevens, un diseñador industrial comprometido con crear nuevos artículos pero siempre con la idea de la obsolescencia. Sus productos se caracterizaban por formas y aspectos veloces, dinámicos y modernos a tono con la época. Buscaba que tuvieran carácter y que transmitieran un deseo de comprar. Quería inculcar una nueva mentalidad al consumidor basada en que tenía que estar insatisfecho con el producto duradero y quisiera renovarlo cuando resultara antiguo. Sus ideas fueron escuchadas y seguidas por la sociedad.

TIPOS DE OBSOLESCENCIA

El autor del libro The Waste Makers (Fabricantes de desechos), Vance Packard, afirma que existen tres tipos de obsolescencia programada: la incorporada, la psicológica y la tecnológica.

La incorporada es la forma más conocida, en ella los aparatos se diseñan específicamente para fallar, siendo más común en electrónica y diseño de materiales.

La psicológica consiste en hacer que el usuario cambie de producto usando sus emociones. Esto se consigue a través de la publicidad y es muy importante dentro del mundo textil, donde no sorprende ver incontables desfiles de moda, anuncios, cambios de temporada y otras artimañas para conseguir sustituir una ropa funcional. Estas estrategias han sido adoptadas por ciertas compañías de informática cuyos productos se basan en estilos de vida felices y que todos desearían tener.

México produce más de 358 mil toneladas de basura electrónica al año, equivalente a 3.2 kilogramos de residuos por cada mexicano. Foto: EFE/Alex Cruz

La tecnológica consiste en que el resto del ecosistema sobre el que trabaja un aparato se hace obsoleto y por ello ya no puede desempeñar sus funciones aunque opere correctamente. La Ley de Moore expresa que aproximadamente cada dos años se duplica el número de transistores en un circuito y se reduce su tamaño.

LEGISLACIÓN Y REGULACIÓN

La durabilidad artificial no está prohibida por ley, pero las normas sí obligan a los fabricantes a ofrecer la mayor resistencia posible de los productos a los consumidores. No obstante, los manufactureros son libres de fijar este nivel en sus bienes para maximizar beneficios y mejorar su posicionamiento en el mercado. La razón de esto es que la durabilidad depende de la calidad, sin riesgos invisibles ni externalidades negativas que incurran en intervención legal en el diseño del producto.

Las leyes antimonopolio están hechas para fomentar e impulsar la competencia, pero no para determinar la calidad. Podemos distinguir dos tipos de durabilidad artificial, según la libertad para fijar su nivel.

El primer tipo, al usar una sola tecnología, no está considerado como ilegal según el criterio antimonopolista. La razón fundamental es que un nivel de durabilidad bajo invita a los fabricantes a competir, fomentando la inversión en la creación de nuevos productos de mayor calidad. El segundo tipo está más relacionado con la libertad de entrada y salida de participantes en el mercado.

Definir la obsolescencia programada teóricamente es mucho más fácil que hacerlo en los tribunales. Y es por esto que las estrategias para su implementación sobreviven frecuentemente a los escrutinios antimonopolistas.

Foto: gestionar-facil.com

CONSECUENCIAS

De acuerdo con el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC), México genera alrededor de 180 mil toneladas anuales de residuos en aparatos eléctricos y electrónicos, debido principalmente a la obsolescencia programada en ellos.

La innovación tecnológica de los últimos cien años ha sido muy importante, sobre todo en las últimas décadas, pero al mismo tiempo ha perjudicado a los ecosistemas debido a la explotación de los recursos por encima de sus límites y devolviendo a la naturaleza una cantidad de residuos que no puede soportar. La alta demanda de recursos que exigen las empresas para la sobreproducción también tiene consecuencias humanas, en lo que a vidas se refiere. Tanto en muertes por las condiciones extremas de trabajo durante la extracción de la materia prima en las minas, como por la contaminación producida por el vertido de residuos resultantes de los procesos.

La economía actual del continuo crecimiento es herencia de las políticas económicas neoclásicas, las cuales no se centran en la sostenibilidad ecológica ni en la igualdad social. La economía circular, la de estado estacionario y el decrecimiento, en cierto modo son compatibles, ya que los tres incluyen la ecología y la sostenibilidad en sus bases.

La idea que cuanto más crecimiento económico, mejor se vivirá, es contradictoria, y se ha podido observar con las crisis financieras pasadas y con la actual, porque la economía del mundo contemporáneo se está basando en un crecimiento ilimitado para seguir vendiendo. Es imposible crecer sin límite si estamos viviendo donde los recursos son finitos y por ello en algún momento u otro la economía caerá en picada. Mientras tanto, hay un crecimiento, pero éste se sustenta en un suelo lleno de grietas.

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