Cien años de la dama del poncho rojo
Reportaje

Cien años de la dama del poncho rojo

Chavela Vargas, una mestiza de lengua libre

Cantaba para la gente

de la tierra y de la mar

y nadie vio que una pena

se enroscaba en su cantar.

Que cante niña Isabel

grita la marinería

y canta la flor morena

casi muerta y casi fría.

Letra Niña Isabel de Isabel Pantoja

Rebelde, polémica, muy Chavela, así vivió toda su vida, sin apegarse a las reglas, a lo que era bien visto. Con guitarra en mano y con su jorongo bien puesto, desgarró la voz para cantarle al desamor, a los desventurados. Mujer de rasgos fuertes y piel gruesa, enamoró el oído de infinidad de bohemios que encontraron en su canto una forma de apaciguar sus penas, de ponerle letra y melodía a sus dolores.

Nació en Costa Rica, pero ella alguna vez expresó que los mexicanos nacían donde les daba su chingada gana, amó a México a consciencia. En tierra azteca escribió parte de su vida entre cantinas, no es exagerado decir que ella y el cantante y compositor mexicano José Alfredo Jiménez se acababan las botellas de tequila de los lugares en los que trasmutaban entre el ser artista y el ser humano. En esos rincones se dejaron vivir en el caos y encontraron el punto máximo de su inspiración.

Hay una palabra que se puede confundir un poco, que nos llamen bohemios, porque no somos, nacimos así, que es diferente. Yo no soy bohemia, yo nací con sed de luna, sed de noche, sed de sueños. Así nací, persiguiendo sueños”, mencionó alguna vez la cantante.

Y es que aquella mujer no pudo haber tenido otra vida. Desde que abrió los ojos al mundo, Chavela Vargas ya no tendría remedio: iba a ser la dama del poncho rojo.

EL ORIGEN

María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano, conocida como Chavela Vargas, nació el 17 de abril de 1919 en San Joaquín de Flores, Costa Rica. Fue precisamente el pasado mes, que se cumplieron 100 años del nacimiento de esta intérprete que hoy en día representa ya una leyenda.

Fue hija de Herminia Lizano y Francisco Vargas. Sus padres se divorciaron y la dejaron al cuidado de unos tíos. En todas las entrevistas en las que pudo hablar de sus orígenes, Chavela compartió el sentimiento de rechazo con el que vivió su niñez, y el abandono de sus padres fue algo que indudablemente la marcó, más no la perdió.

Chavela Vargas fue nombrada Ciudadana Distinguida por el Gobierno Federal en 2009. Foto: sinetiquetas.org

Fui una niña muy triste, una niña poco sola. No tenía el verdadero amor de los padres y yo me crié muy sola. Me crié en una familia que eran muy religiosos, que tenían muchos prejuicios, mucho miedo a la sociedad, mucho miedo al 'qué dirán' y les nació la hija rebelde”.

Por si fuera poco, en su país de nacimiento no encontró la aceptación ni el entendimiento. Ella era una mujer diferente, usaba pantalones, característica que no era bien vista en aquellos años. Comenzó a cantar a los 14 años de edad, dando sus primeros pasos en Costa Rica, y a los 17 partió sola a México, país en el que se enraizó de manera natural.

Yo tenía que llegar a México, sentía que alguien me estaba esperando. Me estaba esperando ese ser desconocido que es el arte”, mencionó la cantante en un documental sobre su vida.

Con pantalones de manta, huaraches indiados y jorongos, Vargas fue considerada rebelde, aparte fumaba puros y bebía sin descanso. Muy a pesar de no ser “políticamente correcta”, fue una de las principales figuras del género de la ranchera y pionera entre las intérpretes femeninas.

La música no tiene fronteras, pero sí un lugar común: el amor y la rebeldía”, diría la gata valiente de piel de tigre, figura con la que la describió Joaquín Sabina en la canción que hizo inspirado en ella: Por el bulevar de los sueños rotos.

AVENTURA Y LIBERTAD

Con tintes de alcohol y poesía, Chavela fue la protagonista de varias anécdotas que parecen ser sacadas de un libro de aventuras, desde recibir carros como regalos de parte del Presidente de México, hasta vivir una temporada con los pintores Diego Rivera y Frida Kahlo, en la ya afamada Casa Azul.

En una entrevista televisada en el 2003, relató que se tiró de un avión a 5 mil metros de altura porque quería saber qué se sentía volar. La sensación que tuvo la conectó con la libertad, palabra con la que siempre se identificó, “así ha sido mi vida, una libertad absoluta”.

José Alfredo Jiménez. Foto: El Universal

Ligado a eso, vivió grandes historias de la mano de su gran amigo José Alfredo Jiménez. Ambos disfrutaban de los placeres que se desprendían de la botella y la canción; arriba del “caballo blanco”, un automóvil Ford del cantante, ambos recorrieron las calles de la ciudad de México dejando que el viento abrazara sus voces en cada serenata que dedicaban.

Él hablaba con la verdad. No tuvo escuela, pero llevó siempre la verdad en la mano. Por eso rompió la barrera del silencio eterno con la gente. José Alfredo fue un hombre que estuvo en otra dimensión, entre el cielo y la tierra, y rebasó la barrera de la comprensión del ser humano”, menciona la cantante en el libro Las verdades de Chavela Vargas, escrito por María Cortina.

Se relata que cuando lo vio “borrachón”, ella vinculó en que sería su hermano del alma. Se conocieron en el Cabaret México. Paloma, la mujer de José Alfredo, descubrió a Chavela en ese lugar y fue ella quien le avisó al cantautor que en las noches podría encontrar a una mujer que cantaba las rancheras como nadie. Y así fue que se dio el choque entre ambas personalidades que dejaron su huella en la música mexicana.

El escritor y ensayista Carlos Monsiváis mencionó sobre estos personajes: “son ellos dos, José Alfredo Jiménez y Chavela Vargas, los que mejor han sabido transmitir que las rancheras son, al fin y al cabo, canciones hechas en los márgenes y que dan siempre cuenta de una derrota, de un fracaso. Chavela Vargas ha sabido expresar la desolación de las rancheras con la radical desnudez del blues.”

En el artículo Isabel Vargas Lizano Chavela Vargas, publicado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México (Conaculta), se lee que a comienzos de los años cincuenta, en un momento que resultó decisivo para la historia de la música en México, se cruzaron las trayectorias del compositor que llevó la canción mexicana hacia lo más alto y la cantante que la puso boca abajo, que le dio la vuelta para mirar a lo más hondo.

Una voz inconfundible e inaudita, impropia de una época que pregonaba un optimismo superficial colectivo, apoyado en la exaltación de los valores patrios, y que tan vistosamente ejemplificó el cine de Jorge Negrete y Pedro Infante, con sus armaduras de charro, los sombreros excesivos y las estruendosas trompetas del mariachi. Por aquel entonces no había muchas voces femeninas, aunque las que había, eran de las inolvidables cantantes Lucha Reyes, Toña la Negra, Elvira Ríos, Amalia Mendoza y Lola Beltrán, intérpretes que, de alguna manera, reflejaban distintas tradiciones o formas de abordar la canción mexicana.

El Tenampa, refugio predilecto de cantantes como José Alfredo Jiménez, Lucha Reyes y Chavela Vargas. Foto: Notimex

Pero Chavela fue diferente, la expresividad de su interpretación hizo sentir al público que la escuchó cada una de las palabras que mencionó su voz. Un performance bohemio, una catarsis cantada.

Una voz potente, a veces dura como pedernal, recia, grave, profunda y desgarrada, pero también versátil, capaz de girar sobre sí misma y con un sonido redondo elevarse hacia registros más agudos, como si fuera un lamento sólido que misteriosamente se licuara en corrientes de dulzura, sensualidad y ternura, o se quebrara secamente en desolación y tristeza. Toda la tensión musical se fragua en su forma de decir las palabras, en la cadencia de sus versos, en el juego de los acentos y los silencios, lo que libera a la canción de su automatismo y la convierte en pura expresividad emocional. A partir de los años cincuenta todas las canciones se volvieron otras al atravesarlas la voz de Chavela Vargas”, sentencia el artículo escrito por Conaculta.

Y es que su canto se desprendía desde el alma, Chavela cantaba con voz desgarrada y el corazón en la mano. Su sufrimiento encontró salida a través de su voz y eso, su público lo sabía, por ello en cada presentación que realizó, los chavelistas la abrazaron siempre con el reconocimiento y un cariño absoluto.

UN PERSONAJE

El jorongo y la pistola fueron elementos importantes en el entretejimiento del personaje en el que se convertiría Chavela. De las armas decía, su papá le enseñó a manejarlas desde que era pequeña.

El jorongo en México lo usa el indio, le cobija a la hora que muere, se emplea para muchas cosas. A la hora que nace un niño, todo cubren con el jorongo. Es una bandera”, decía la cantante.

Pero existe otra lectura del uso que le daba Chavela a esta prenda; para ella, ponérselo era una manera de retar al mundo. En el discurso de la artista fue un elemento importante que sin duda ayudó a que se gestara su leyenda.

Ella jamás vivió con miedo y no tuvo que gritar que era lesbiana, quedaba claro que les cantaba a las mujeres. Y aunque al principio de su carrera la hicieron subir al escenario con todo lo que ella no era (tacones, maquillada, etcétera) nunca le fue infiel a su personalidad y con la filosofía de la verdad se acomodó bien los pantalones, cogió su guitarra y se mostró al mundo tal como era.

Foto: Notimex

Yo he tenido que luchar para ser yo y que se me respete, y llevar ese estigma, para mí, es un orgullo. Llevar el nombre de lesbiana. No voy presumiendo, no lo voy pregonando, pero no lo niego. He tenido que enfrentarme con la sociedad, con la Iglesia que dice que malditos los homosexuales. Es absurdo. Cómo vas a juzgar a un ser que ha nacido así. Yo no estudié para lesbiana. Ni me enseñaron a ser así. Yo nací así. Desde que abrí los ojos al mundo. Yo nunca me he acostado con un señor. Nunca. Fíjate qué pureza, yo no tengo de qué avergonzarme. Mis dioses me hicieron así”, sentenció durante una entrevista.

EL AMOR BOHEMIO

Sobre sus amores, se dice que fueron bastantes. Amó y fue amada por varias mujeres. Uno de los romances más mencionados por la prensa fue el que vivió con la pintora Frida Kahlo de la cual quedó prendida desde la primera vez que la vio.

Durante un documental de su vida, Chavela recuerda el momento: “me llevó un amigo pintor, me dijo 'esta noche hay fiesta en la casa de Frida' y fui. Viví el ambiente, pasó la noche, cantamos, bailamos, [...] fue un deslumbramiento al verle la cara, los ojos, pensé que no era un ser de este mundo, sus cejas juntas eran una golondrina en pleno vuelo. Sin tener todavía la madurez de la mujer en mí, presentí que podría amar a ese ser con el amor más entregado del mundo”.

Frida también sintió un impulso por Chavela y así se lo comunicó por medio de una carta a su amigo poeta Carlos Pellicer, después de verla por primera vez.

Carlos:

Hoy conocí a Chavela Vargas. Extraordinaria, lesbiana, es más, se me antojó eróticamente. No sé si ella sintió lo que yo. Pero creo que es una mujer lo bastante liberal que si me lo pide no dudaría un segundo en desnudarme ante ella. ¿Cuántas veces no se te antoja un acostón y ya? Ella, repito, es erótica. ¿Acaso es un regalo que el cielo me envía?

Frida K.

Frida y Chavela. Foto: Cortesía Museo Frida Kahlo

Dolores Olmedo, Lola Beltrán, María Félix y hasta la mismísima Elizabeth Taylor, figuran entre las mujeres que fueron parte de la vida de Chavela. Los rumores sobre sus aventuras, entre bares y alcohol, son muchos, las versiones son variadas, sólo ella supo qué tan verídicas fueron todas las cosas que se aseveraron alrededor de lo que llegó a representar.

Lo importante es amar, no a quién ni cómo. El amor, creo, no depende del objeto que se ame. Las personas, simplemente, aman o no aman. Los que aman, lo harán siempre a todas horas, intensa y apasionadamente. Los que no aman, jamás se elevarán ni un centímetro del suelo. Hombres y mujeres grises, sin sangre”.

En el libro escrito por Cortina, Chavela desnudó su pensamiento y confesó el nombre del gran amor de su vida: “Me quedé con ganas de decirles que Frida fue el gran amor de mi vida. De decirles que lo que sentí por ella, nunca se repitió; que lo que puse de mí en ella fue todo cuanto tenía. Mi energía y toda la del mundo, el calor, la sensibilidad, toda la fuerza del amor que he sentido en mí, se la di a ella”.

Aún con todo el amor que desbordó en varias mujeres, Chavela fue libre, muy de ella. Jamás se ató a algo ni a alguien. Asumió las consecuencias de su vuelo, y alguna vez expresó: “Lo supe siempre. No hay nadie que aguante la libertad ajena; a nadie le gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ese es el precio que tienes que pagar: la soledad”.

El ALCOHOLISMO, SU ALIADO Y ENEMIGO

Chavela podría entrar a una cantina un sábado y salir hasta el lunes. No había límites para ello, el tequila fue algo fundamental en su vida y en su carrera como cantante. Se emborrachó incontables madrugadas y se entregó a la inconsciencia para dejar ir sus dolores, sus penas.

Aunque por un tiempo la pasó bien en su embriaguez, pronto su excesivo consumo le comenzó a pasar factura. Después de que entre llanto, canto y caballitos de tequila enterró a su mejor amigo José Alfredo, Chavela perdió color y decidió apagarse. Se apartó del mundo a vivir la desventura de su pérdida y se olvidó del exterior. Todo mundo la dio por muerta.

Foto: Notimex

En su biografía expresa: “Me desaparecí de los escenarios y de todos lados. Pero antes, me desaparecí de mí misma, ese fue el dolor mayor. No me encontraba, no estaba yo en ningún lado. Es una angustia tremenda, no ver, no sentir, no recordar dónde estás, por qué. Y me desaparecí del mundo”.

Fue así que se pensó que había muerto, y ella no tenía fuerza para contradecirlo. Incluso en un momento que la cantante Mercedes Sosa estuvo en México, declaró en medio de su concierto que quería ir a dejar flores a la tumba de Chavela Vargas.

Pero no, la dama del poncho rojo estaba germinando lo que sería su segundo aire como artista. Chavela tendría la dicha, como casi nadie, de recuperar el color, la sonrisa, sus latidos y su vida. Volver a los escenarios era una imagen que le aterraba, pero sabía que eso sería su última salvación, o dentro de poco sí se le moriría el alma y el cuerpo.

Primero tuvo que vivir toda una desintoxicación y encontró en el chamanismo una salida a su alcoholismo, se entregó a esa filosofía y nunca más volvió a tomar. Así resucitó ante un público que la reconoció enseguida, aunque desde su desaparición hubieran pasado casi 20 años.

Me tomé el último trago y me fui. Volví a la vida. Volví a tener tratos con grandes empresarios. Empecé y me solté. En el camino de la vida venía frenada, en algún momento me frené. Pero empecé a andar otra vez, me solté la rienda. Y seguí adelante, ya no hubo quien me parara”.

UNA SEGUNDA VIDA

Era 1991 y una Chavela sobria regresaba. Tras el micrófono de un bar de Coyoacán le dejó claro al mundo que había retornado con tal fuerza, que de ella se hablaría de dos vidas. Aunque estaba nerviosa de volver a cantar, no tuvo más opción que plantarse en los escenarios como una aparición y entregar su arte a quienes acudían al lugar a reencontrarse con su llanto cantado.

Así, noche tras noche el lugar lucía abarrotado y Chavela vivía la metamorfosis de su carrera que en los últimos de sus años encontraría conexión con España, país bondadoso que le regaló algunos de sus mejores momentos como cantante y le presentó a personas que significaron mucho en su vida, tal fue el caso de Pedro Almodóvar, Joaquín Sabina, Miguel Bosé, entre otros.

En el documental Chavela, Pedro Almodóvar explica el poder de las canciones de la intérprete. Foto: remezcla.com

Manuel Arroyo, que en aquel entonces era dueño de la editorial Turner, fue el vínculo directo para que España y Chavela se reconocieran. “Me estaban esperando, todo mi público me esperó en silencio. Sin reclamos, sin exigencias. Como intuyendo que llegaría”.

Fue en ese país que Chavela a sus más de 70 años, tuvo por primera vez la oportunidad de cantar en un recinto cultural. Es decir, los asistentes no acudían al lugar a beber, sino exclusivamente asistían a verla a ella. Ese lugar fue el Teatro Lope de Vega de Sevilla, un espacio con el que la artista se conectó al instante y le sacó fuego durante su presentación en 1992.

Lo que siguió fue que cualquier teatro o escenario donde llegara a presentarse la bohemia, fue sinónimo de casa llena. Chavela, de las manos de sus dioses, conquistó cada rincón de España, la chamana recorrió sus calles con la sutileza de un poema, se dejó vivir cada día como si fuera el último y cantó, cantó, canto…

Con las cuerdas de guitarras vibrantes y su voz bastaba, vivir la experiencia Chavela Vargas fue una especie de ritual que daba acceso a Un mundo raro en donde las Simples cosas adquirían más intensidad y En un Rincón del alma explotaban las penas y el llanto para al final brindar En el último trago.

AMIGOS, SU FAMILIA

Gente del mundo intelectual: escritores, ensayistas, poetas, pintores, fotógrafos, cantantes, actores y demás figuras, se ligaron a Chavela como las aves al cielo, y la admiraron, la quisieron y sobre todo, la escucharon.

Oír una voz como la de Chavela es volver a una cierta paz, a un reconocimiento, a un asegurarnos que tenemos que volar como seres humanos únicos e insustituibles”, opinó el escritor Carlos Fuentes respecto a lo que representaba la chamana.

Joaquín Sabina, por su parte, llegó a expresar: “Todo el México que yo conozco, el de José Alfredo, la Revolución, los mariachis, los republicanos españoles, me lo metió en el corazón Chavela Vargas”.

Joaquín Sabina y Chavela Vargas, 1998. Foto: Claudio Álvarez

El cineasta Pedro Almodóvar dijo: “la voz áspera de la ternura, Chavela nos canta y nos cuenta cuánto hemos amado, cuánto hemos sufrido y cuánto nos hemos equivocado”. En la biografía de la cantante existe el registro que desde el primer día que la vio dijo que “nadie, ni Cristo, abre los brazos como Chavela”. En otra ocasión declaró que ya hubiera querido él decir en doce películas lo que ella proponía en una sola canción.

Oírte es un deleite, oírte es un compromiso con el pasado y con el presente, oírte es saber, una vez más, que nuestras emociones ya no estarán enteras, pero nuestra capacidad de revivirlas sí”, le expresó alguna vez Carlos Monsiváis.

Federico García Lorca y el chileno Pablo Neruda fueron de los escritores que más admiró y la admiraron, y con los que seguramente vivió momentos entre versos y cantos desgarrados.

LA BARCA EN QUE SE FUE

El 5 de agosto del 2012 el alma de la chamana se desprendió del cuerpo y el mundo lloró su ausencia. Mariachis resonaron en la Plaza Garibaldi y en el Palacio Nacional de Bellas Artes para decirle adiós. Los bohemios levantaron una copa en su honor y luego se tatuaron su nombre en el corazón.

La dama de cabellos de plata llegó a decir que platicó de frente con la muerte, constantemente la acechaba deseosa de llevarla con ella. Pero la chamana logró convencerla en varias ocasiones de que aún no era tiempo, ella debía vivir más.

La muerte es lo más hermoso del mundo, es como una bailadora de flamenco, peluda y morena. Además, agresiva. Yo andaba con la muerte en las cantinas ‘en qué quedamos pelona, me llevas o no me llevas’ le decía yo en la madrugada y casi me lleva por andarla retando. Me dijo ‘todavía no, una noche te voy a llamar y en un escenario te voy a abrazar y te voy a pedir un autógrafo, me lo firmas con tu vida y te llevo conmigo’”, dijo durante un concierto en España.

Su amiga (como ella le decía), la muerte, se la llevó a los 93 años. Lo que “la pelona” no sabía, es que Chavela Vargas murió, pero su figura seguiría más viva que nunca.

Fue así que la chamana se adentró en su jorongo, tomó su barca y se alejó susurrando En el tren de la ausencia me voy. Mi boleto no tiene regreso. Lo que tengas de mí te lo doy. Pero yo te devuelvo tus besos. No volveré. Te lo juro por Dios que me mira. Te lo digo llorando de rabia. No volveré….”

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