Durango colonial porfiriano
Nuestro mundo

Durango colonial porfiriano

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El corrido de Durango califica a esa ciudad como colonial. Pensé que los paisajes urbanos habrían inducido el adjetivo. En mi último turismo cultural por allá confirmé que no es así. Quizá lo “colonial” le viene por la época en que fue fundada, finales del siglo XVI.

Fui a Durango invitado por la encargada de cultura, Socorro Soto, a presentar mi libro Sor Juana, La Americana Fénix. En las horas libres mis ojos curiosos buscaron lo colonial en edificios y fachadas. No lo encontraron. Lo que recorrieron fueron muestras de arquitectura que me pareció porfiriana.

Pondría de ejemplo un mercado que visto a la distancia, alza sus dos plantas de orgullo marrón y cantera entre la profusión de anuncios y mercancías de las tiendas vecinas. Su puerta central, por la calle que llegué a mirarlo, esta coronada por un frontón que en el tímpano ostenta el año de su edificación: 1900 (porfiriano). No me pareció de buen gusto, excepto la herrería ecléctica de los balcones de la planta alta.

La gentileza duranguense me hospedó en la suite Fany Anitúa, en el cuarto piso del hotel Casa Blanca. Desde la altura pude ver en el poniente un cerro totalmente poblado. Le sobresalen los modernos y bellos edificios de la biblioteca en la que el sábado asistiría al taller literario de mi amigo, el bibliófilo director Óscar Jiménez.

Pero la tarde del jueves y antes de las 12:00 del viernes caminé por el centro histórico. En la esquina noroeste de la plaza frontera de la catedral, tropecé con un peculiar monumento que informa que, “según la tradición”, allí se empezó a fundar la ciudad.

En las esquinas contrarias del lado sur se irguen altivos edificios de presencia ecléctica con inclinación rococó, sin duda, nada coloniales. Me detuve en el de la esquina sureste, por la calle 5 de Febrero, bajo una columna adosada para contemplar su ostentación. Es estriada con capitel corintio. Sostiene cornisas y balcones de ornato atiborrado. Las ventanas de la planta alta lucen remarcadas con guirnaldas en relieve.

Caminé hacia el oriente por la misma calle y encontré edificios coronados con las imprescindibles cornisas peculiares de construcciones antiguas de poblaciones lluviosas. En Durango muchos de ellos, bajo la recta protección de los entablamentos, ostentan cenefas de molduras geométricas o vegetales, de cantera. Todas las edificaciones me daban la impresión de ser de los años porfirianos. Nada colonial.

En muchas casas particulares y edificios más bien modestos, también de eclecticismo porfiriano, la cantera que las remarca ha sido redondeada en los ángulos superiores. Es como un manierismo impuesto por los ostentosos palacetes. En algunos que son vecinos, se puede ver que el de un lado conserva los ángulos y el otro ya ostenta las curvaturas que sustituyen las líneas rectas.

Después de mi encuentro con las edificaciones porfirianas mis amigos Cecilia Rueda y Víctor Martínez me llevaron a conocer La Ferrería. Son ruinas de una industria del hierro y ahora vecinas de un museo donde lo que más me impresionó fue un comedero de caballos, según dijo la guía. Yo lo vi como almadía, canoas de los indios del Caribe descritas por Colón. Un grueso tronco al que se le resaca lo suficiente para que quepan varios tripulantes. Lo peculiar es que Colón las describe labradas. El “comedero” de los equinos tiene de proa una cara de dragón u otra figura mítica y sus costados lucen labrados ornamentos vegetales. El museo, de mediados del siglo XIX, colinda con un parque que don Quijote diría ameno, muy ameno.

De allí fuimos a comer a casa de Oscar donde encontramos otros amigos. El menú incluyó salmón a la escocesa y pastel de elote preparados por su esposa Mari Carmen. El Siglo de Durango reseñó la presentación de mi libro, para la que ofreció el cofibréic.

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