Gilliam, el Quijote que venció a los gigantes
Cine

Gilliam, el Quijote que venció a los gigantes

Casi tres décadas para dar vida al hidalgo de la Mancha

La producción de El hombre que mató a Don Quijote sufrió tantas complicaciones a lo largo de tantos años que su director, Terry Gilliam, llegó a referirse a ella como un “tumor” que debía ser extirpado. La idea de hacer una película basada en la novela de Cervantes se remonta a finales de los 80, luego del estreno de Las aventuras del Barón Munchausen.

Con la promesa de 20 millones de dólares para su realización por parte del productor Jake Eberts, Gilliam se dio a la tarea de leer el libro para preparar el guión del filme. Sin embargo, esto solo lo hizo darse cuenta de que sería imposible adaptar a la pantalla grande las aventuras del hidalgo de la Mancha, pues implicaría dejar fuera demasiados pasajes de la historia, sin mencionar el subtexto de la obra.

Pese a esta barrera, a lo largo de la década de los 90, mientras dirigía otros proyectos como Pescador de ilusiones y 12 Monos, la idea del Quijote siguió dándole vueltas en la cabeza hasta que, con Tony Grisoni como co-escritor, aterrizó la premisa inicial de lo que sería un gigante al que tendría que enfrentarse por los siguientes 20 años.

La historia sería protagonizada por Johnny Depp, quien interpretaría a un ejecutivo de publicidad que, al golpearse la cabeza, entraría en una ensoñación que lo llevaría a un viaje en el tiempo al siglo XVII. El publicista terminaría encontrándose con el Quijote (Jean Rochefort), quien lo confundiría con Sancho Panza, arrastrándolo a sus correrías.

EL FILME “MALDITO”

El rodaje comenzó en el año 2000. En los primeros días, Rochefort contrajo una infección de próstata que lo dejó incapacitado y un deslave destruyó el set. El financiamiento fue retirado del proyecto ante la imposibilidad de postergarlo: tanto actores como productores tenían agendados otros trabajos.

Jean Rochefort y Terry Gilliam en set. Foto: Diego Lopez Calvin/ Tornasol Films

El fracaso quedó registrado en el documental Perdidos en La Mancha. Muchas personas cercanas a Gilliam asumieron que la experiencia acabaría ahí, e incluso le recomendaron que así fuera, pero el cineasta ha declarado en varias ocasiones que detesta que los demás le digan que no puede hacer algo, así que se aferró a su propósito de dar vida al Quijote.

En los siguientes años tuvo acercamientos con varios productores que aceptaban financiar la película pero por alguna u otra razón, terminaban por no poder con el paquete. Tanto el guión como el reparto mutaban con cada nuevo intento de retomar la filmación. En 2016 entró en juego el productor Paulo Branco, con quien el proyecto finalmente comenzó a salir a flote. Los protagonistas serían Adam Driver y John Hurt.

Pero la tragedia aún se cernía en torno a la película: Hurt anunció que le habían detectado cáncer de páncreas y falleció a inicios del siguiente año, por lo que todo se pospuso nuevamente. Esta vez la espera se prolongó un semestre y cuando fue reanudado el rodaje, el productor canceló todo luego de que Gilliam no aceptara que hiciera recortes en el sueldo de su equipo de trabajo.

El Hombre que mató a Don Quijote vio la luz en mayo de 2018 tras la entrada de Amazon al financiamiento de su producción. La cinta cerró el Festival de Cannes, no sin antes ver su estreno amenazado por Paulo Branco, quien reclamaba los derechos de la película. Tras un juicio legal y un derrame cerebral, la suerte por fin le sonrió a Gilliam y pudo continuar con la distribución de su atropellada creación.

UN GIRO EN LA HISTORIA

El resultado dista mucho de aquella historia que se tenía planteada en un inicio. La trama dejó de estar situada en el siglo XVII para trasladarse a la actualidad.

Detrás de cámaras de El hombre que mató a Don Quijote. Foto: Diego Lopez Calvin/ Tornasol Films

Adam Driver encarna a Toby, un talentoso y petulante director de anuncios publicitarios que trabaja en España en un comercial con temática del Quijote. Desde el comienzo se hace notar que está en un bloqueo mental y tiene dificultades tanto técnicas como creativas para llevarlo a cabo, un claro reflejo de lo que el propio Gilliam vivió con la película.

Sin embargo, gracias a un misterioso gitano, Toby se reencuentra con su proyecto de tesis: una cinta titulada precisamente El hombre que mató a Don Quijote, filmada cuando tan sólo era un estudiante que añoraba hacer cine.

Impulsado por el redescubrimiento, decide visitar el pueblo español donde capturó aquel cortometraje inspirado en la novela de Cervantes. Al llegar, se da cuenta de las repercusiones que tuvo su experimento estudiantil en la comunidad: Dulcinea, en aquel entonces una influenciable joven de 15 años, decidió lanzarse en busca del estrellato como actriz, pero fracasó y terminó siendo una modelo y “acompañante” de un empresario excéntrico; Sancho Panza falleció, y el zapatero que había interpretado al Quijote jamás volvió a su oficio, pues hasta la fecha estaba convencido de ser el verdadero hidalgo de la Mancha, tal como el mismo Alonso Quijano creía ser un caballero tras haberse vuelto loco leyendo libros de caballerías. Al encontrarse con Toby, el Quijote lo confunde con Sancho Panza y el fallido cineasta se ve obligado a seguirlo en su fantasía debido a una serie de situaciones absurdas para pasar a otras tantas más donde la realidad se confunde con los delirios del ex zapatero.

EL SELLO GILLIAM

La travesía de esta dispar pareja tiene la marca inconfundible de Terry Gilliam, desde el humor negro y el surrealismo, hasta la crítica social que ha caracterizado su carrera. La deshumanización del indigente y del enfermo mental, presente en piezas de su filmografía como Pescador de ilusiones, también es evidente en este largometraje, donde Toby encuentra al Quijote siendo exhibido en un pequeño remolque como una bestia extraña en una feria.

Foto: Diego Lopez Calvin/ Tornasol Films

Más adelante es humillado para entretenimiento de un grupo de adinerados empresarios. Al igual que Cervantes lo hizo con la aristocracia, Gilliam no pierde la oportunidad de señalar la indolencia de la clase alta. La forma en que estos llevan a cabo sus festejos obscenamente ostentosos recuerda a la obra maestra del director, Brasil, donde el lujo es presentado de una forma repulsiva.

Tampoco es la primera vez que Gilliam alude a la imaginación como mecanismo de defensa del desprotegido (en este caso el anciano ex zapatero) ante una sociedad enferma. En Tideland, una niña se refugia en el mundo creado por su mente para afrontar la drogadiccción de sus padres y las costumbres extrañas de sus vecinos. El Hombre que mató a Don Quijote no se aproxima a temas tan crudos, pero no deja de ser un homenaje a la creatividad humana y, como lo había dejado claro también en El imaginario mundo del Doctor Parnasus, al impacto de las historias en los individuos.

Podría decirse entonces que esta última cinta es un compendio de los valores, la estética y el tono de la obra cinematográfica de Gilliam, y sin embargo no se siente como un epítome de su filmografía. El humor no es tan incisivo y la crítica social no es tan mordaz. Además, el ritmo resulta incómodo en algunos momentos, sobre todo en el último acto, donde todo parece ocurrir demasiado aprisa.

Pero poco importan estos detalles después del tortuoso camino que el director tuvo que recorrer para dar a luz a El Hombre que mató a Don Quijote. Ya lo dijo Gilliam con su característico humor luego de leer críticas que tachaban a su película como decepcionante para la larga espera de más de dos décadas: “Jódanse, yo no les pedí imaginar un filme mejor. Este es el que hice y es todo lo que van a tener. Dejen de quejarse”.

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