Confiar
Nuestro mundo

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Nuestro Mundo

Cuando una amiga se enferma, enfermas también tú. Cada experiencia que vivo me hace pensar, y me pongo en contacto con ms miedos, con mis alegrías, mis sueños, mi realidad. A veces anhelo, a veces espero, a veces me rindo, pero siempre con los ojos puestos en el significado de la vida.

Estoy segura que la experiencia humana está llena de misterios y preguntas que no tienen respuesta, ¿por qué toca relacionarse sólo con algunos de la inmensidad que somos? ¿por qué ellos y no otros? A veces se necesita toda una vida para aceptar y querer a las personas o bien un instante para distanciarse y convertir ese cariño en un arrebato de enojo que termina por disolver lo que se creía para siempre.

En otras ocasiones la amistad no obedece a tiempos establecidos, ni a años compartidos o novedades efímeras, es más bien algo que de manera espontánea crece como si se hubiera encontrado un fertilizante milagroso, que cuál habichuela de cuento se da de la noche a la mañana, pero de una manera tan sólida que sabes bien faltará tiempo para disfrutarse.

Las amistades tardías, como les llamo, nacen en etapas donde ya hay más madurez, más certezas de lo que quieres tener cerca y de lo que prefieres mantener alejado. Coincides en las miradas, en las preocupaciones, en el respeto por la vida de los demás, en la capacidad de reconocer la sabiduría interior que alguien más posee, en el pragmatismo que resuelve lo inmediato y lo que no lo es tanto. Cuando encuentras a alguien que disfruta la vida, que no se complica la existencia, que le llama al pan pan y al vino vino, que no anda con dobleces, que sabe decir sí, pero también no, cuando encuentras a alguien así, es un verdadero regocijo porque esa persona hace mejor el mundo, tu mundo.

¿Qué une a las personas? Creo, queridos lectores, que son las experiencias compartidas, lo que nos es común, las risas, los enojos, las despedidas, los duelos, las pérdidas y los momentos más trascendentes, pero también cuando al pensar en ellos o ellas evocas lo que bien que se está a su lado, cuando el tiempo se acorta, las horas parecen minutos porque siempre hay tanto de que hablar.

Maravillosa la amistad que planea, que sueña, que espera. Pienso que luego convertimos la amistad en una rutina, nos vemos para contarnos lo mismo, para comentar sobre la persona que no alcanzó a llegar a la reunión, para roer los huesos de las desgracias, y eso termina por crear abismos que separan. Por otro lado, hay en estas amistades tardías un encanto particular, dejamos hablar al otro porque queremos conocerle más, nos dejamos sorprender y hacemos a un lado el juicio, las inferencias o las interpretaciones.

No hay nada más desagradable que enterarte que ese “amigo de siempre”, afirmó algo de ti que no le consta, que no lo sabe de cierto. Así como no hay nada más agradable que saber que esa incipiente amistad es capaz de increpar a alguien que está hablando de ti a tus espaldas.

Las amistades que te ayudan a ser mejor persona son las que se buscan con ansiedad, las que te enseñan sin darse cuenta, las que son congruentes, son honestas, que te dicen de frente las fallas que alcanzan a ver en ti, las que inspiran, las que son ejemplo, con las que puedes platicar sin necesidad de pedirles discreción porque sabes bien que son parte de ese limitado mundo de seres humanos que están ciertos que lo que compartes con ellos no les pertenece. La discreción es por lo tanto cualidad indispensable para fortalecer las relaciones de cualquier índole. Aclaro que nos trata de dejar a las amistades de siempre por las tardías, es más bien un proceso de inclusión.

Y empecé diciendo que cuando una amiga enferma enfermamos también nosotros, porque la inquietud se vuelve parte de tu día, así como las ganas de tener las respuestas y las soluciones, porque duele la incertidumbre del futuro, hay un dejo de nostalgia que quiere asomarse e invadir, el pecho se oprime, la respiración se acorta y deseamos con toda la fuerza emocional que tenemos convertirnos en un medicamento sanador.

La preocupación sincera se devela con tanta claridad como la preocupación hipócrita que parte del deseo de quedar bien y hacerse siempre presente, las personalidades histriónicas tienden a ello. Así que en momentos difíciles sólo queda acompañar, muchas veces a distancia, queda también escribir una línea sin esperar respuesta, orar en silencio y confiar.

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