El realismo vibrante de Golucho
Arte

El realismo vibrante de Golucho

La fuerza contenida de un experimental

En lo que se refiere a pintura realista, parece que la idea más fácilmente evocada es la de un estilo estático que mira hacia el pasado y trata de imitarlo; incluso se atribuye cierta monumentalidad a esta corriente artística, más la que bebe directamente del renacimiento o del barroco.

El pintor español Miguel Ángel Mayo, conocido como Golucho, experimenta constantemente y dota de profunda energía y expresividad a sus retratos realistas. Ya sea con rasgaduras o canales dejados a través de la pintura, presenta una interpretación bastante propia de la figuración y, más aún, de aquella que recrea la realidad.

SENDA ARTÍSTICA

El creativo inició su camino influenciado por el ambiente artístico del Madrid de las décadas de los cincuenta y sesenta. En un principio, el rubro que decidió tomar, a diferencia de muchos pintores consagrados, fue autodidacta.

Su formación inició con el estudio y visitas constantes a las colecciones del Museo del Prado y del Casón del Buen Retiro, lugares donde sintió por primera vez admiración por la pintura (de la que luego continuaría aprendiendo). Los trabajos de Francisco de Goya y Diego Velázquez se conviertieron en sus primeros referentes.

Después, ingresó a un internado en Segovia y más tarde (1968) estableció su residencia en París hasta inicios de los setenta. Allí se integró al quehacer artístico y la bohemia del lugar, a la par del declive de esta ciudad como capital cultural. El ascenso del abstracto expresionismo y la mirada mundial hacia Nueva York cambiaron el clima global de las artes.

En un lugar inacabado. Foto: Museo Europeo de Arte Moderno

Golucho continuó con su obra figurativa habitual al volver a España. Su trabajo entonces, como el que se hacía mayoritariamente en su país y en dicha época, tenía preferencia por los interiores, bodegones y desnudos.

Si bien presentaba motivos comunes y favorecidos por la pintura académica, se distinguió por una materialidad particular. La forma en que logró este carácter tan único fue por medio de texturas y raspado de la pintura una vez seca.

Lo más impresionante es que maltrató su obra e incluso casi la destruye para lograr estos acabados. El resultado es una pintura vibrante, de una energía contenida y expectante.

El logro de una anatomía sumamente creíble puede ser una búsqueda tan imponente que muchas veces deja de lado características o añadidos pictóricos, que dejan una huella e identidad. En el caso de Golucho, los criterios académicos son tomados muy en cuenta y, de hecho, la búsqueda de realismo llega a ser imprescindible; sin embargo, esto no disminuye el carácter tan propio de su obra.

OBRA

En el dibujo Manos II puede verse cómo las arrugas y venas se presentan de forma casi fotorrealista, pero la piel está a blanco y negro con ligeros toques amarillentos y el espacio blanco se muestra alrededor sin esconder la irrealidad del recorte. Así, el autor devuelve a él un carácter imperfecto y personal.

A esto se le agrega lo psicológico de los retratos que realiza. Figuras que, junto con un entendimiento grandioso de las expresiones, denotan una emotividad reforzada por las atmósferas oscuras y potentes y los espacios vacíos.

Manos II. Foto: Golucho

La reflexión es algo que Golucho extrae de forma notable de sus modelos. En el retrato Alicia Rosana de 2007, la expresión facial, la mirada vibrante y la luz de los ojos son elementos que establecen una empatía con el espectador. Mientras que el espacio vacío del fondo (de aspecto avejentado y gastado) y la textura agreste del óleo, completan esta misma intención y brindan fuerza.

En un caso parecido, aunque logrado de manera muy diferente, está el cuadro En un lugar inacabado en el que el motivo del desnudo, presente en el autor de manera constante, muestra a un personaje que se cubre la cara; sin embargo, la expresión en la boca y la mano que toca el vientre denotan algo más: una emoción que quedará inexplicada, pero que constituye cierta confidencialidad entre el autor y el espectador. Los detalles rojizos en la piel y el sudor muestran un cuerpo común, nada idealizado, que en su interior guarda complejidades expresadas a través del otro.

Su pintura contiene trazos gestuales y manchas caóticas que no interrumpen esta contemplación, sino que la consolidan. Emilia, cuadro del 2007, muestra a una anciana en un fondo rojo, que además alcanza sus hombros. En ésta, como en otras obras del autor, se encuentra una materialidad lograda mediante la acumulación de pintura, que vuelve el lienzo una superficie rugosa.

Golucho recrea con maestría la realidad, sus volúmenes y carnaciones se acercan al hiperrealismo. Pero no conforme con esto, rasga, rompe y lija la pintura de modo que las texturas den un carácter ya no únicamente estilístico, sino expresivo. Con esto le da vida de manera particular a cada imagen.

En su desnudo En la habitación verde, el autor inició sobre una tabla con la figura humana en posición de descanso, cercano a la ensoñación. Si bien ese era el motivo principal, se dio cuenta de que hacía falta espacio que la complementara y añadió otras dos tablas para pintar la habitación. Su prueba y error lo llevaron a anteponer esta ensoñación con un mundo material cercano al personaje.

La obra del 2001, Lara, muestra un desnudo de mujer cubierto de rojo y con un fondo del mismo color en un lienzo roto. La grieta se superpone a la imagen, dividiéndola en cuatro partes y pasando por la mitad vertical del personaje y por su vientre de forma horizontal.

Lara. Foto: Golucho

“Esto está roto con una piedra por detrás”, afirma Golucho, que además menciona el azar propio de la vida como elemento fundamental de su proceso creativo. Los trozos resultantes fueron pegados. “El cuadro ganó mucho (…) A lo mejor lo hago en diez cuadros, pero este es uno que salió bien”, dice al respecto.

Para el autor, estas acciones son experimentos que lleva a cabo para no aburrirse; técnicas que se harían en un cuadro abstracto y que él lleva a la figuración, pero más aún, a una figuración realista que en ocasiones adolece de ser en extremo academicista y de no rebasar la norma.

Si bien en entrevistas el autor no dice mucho del momento creativo y parece tener en cada trabajo suyo un proceso semialeatorio, lo cierto es que selecciona a conciencia el cuadro en el que su experimentación aporta más a la intención buscada.

“Esto está vivo. No llegas a una cosa de principio a fin”, afirma. Esto insta a pensar que su obra cambia diametralmente conforme a lo que ideó en un principio y nunca se sabe por dónde lo llevará.

Es de esperarse, pues, que las emociones intensas se busquen mediante la creación experimental de Golucho. La semidestrucción de las piezas se relaciona con el carácter intenso de las emociones humanas. Pero la aparente quietud que se muestra en sus personajes hace recordar que mucho no se expresa y aun así es notorio. Golucho logra transmitir esa energía potencial guardada en el alma humana.

Último eco. Foto: Golucho

El realismo no puede imitar fehacientemente lo que el pintor capta con la vista. De hecho, existe un filtro entre lo que se ve y lo que se crea: la reinterpretación creativa e imaginativa hace que la imagen adquiera nuevas cualidades y la representación de un mismo objeto nos puede sorprender debido a la naturaleza ilimitada de la creación y la experiencia humana.

Es esta visión tan particular lo que vuelve al trabajo de Golucho tan entrañable e intenso. Es precisamente la búsqueda misma de un resultado siempre diferente, la representación de la vida misma y de su andar intrincado e imposible de predecir, que siempre trae consigo la experiencia intensa y desgarradora de existir.

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