Saber perder
Familia

Saber perder

Aceptar la realidad indiscutible

En 1950 la población vivía en promedio 49.7 años, mientras que la esperanza de vida aumentó a 75.3 para el 2017. Por diversas razones los mexicanos disponen de una vida más prolongada, sin embargo, cuando llega el momento de morir ¿Son capaces de aceptar el hecho con serenidad?

Las pérdidas tanto físicas como psicológicas son una nota característica de la condición humana y una realidad indiscutible. Si bien se pueden hacer presentes en cualquier etapa del desarrollo (niñez, adolescencia, adultez y vejez), cuando se es adulto, en teoría, se está en mejores condiciones para cobrar conciencia de la precariedad y finitud de la existencia.

Aunque la muerte es la más ingrata de las pérdidas, hay otras más cotidianas que también tienen el potencial de conmover a la persona. Las dificultades económicas, la bancarrota, el desempleo, la ruptura conyugal, el declive de la vida sexual, la infertilidad, la transición de una etapa del desarrollo a otra, las enfermedades, los accidentes, el desprendimiento de los hijos o el nido vacío, la venta de la casa o traspaso de un negocio, la muerte inesperada de familiares y amigos o el retiro laboral, pueden restarle estabilidad a la persona y mermar su funcionamiento si no se aceptan y superan.

ATENDER LA PÉRDIDA

Todas las pérdidas, por insignificantes que parezcan, producen dolor, desorientación y vulnerabilidad. En consecuencia, colocan a la persona en un momento de crisis que puede agravarse si no se cuenta con los recursos cognitivos y emocionales necesarios para superarla o si no existe una red familiar y comunitaria que pueda servir de apoyo.

Es fácil caer en el abuso de alcohol al no superar una pérdida. Foto: Fundación Descubre

Generalmente, cuando la pérdida no se supera, la persona corre el riesgo de vivir una serie de complicaciones muy diversas, entre las que se puede incluir la ansiedad, la depresión, el pánico, los pensamientos obsesivos (por ejemplo, el miedo a enfermar) o el abuso de alcohol y fármacos.

Como cualquier crisis, la pérdida exige resolución. A dicho proceso se le denomina, duelo. Esencialmente, este último es un proceso de recuperación social y, como tal, sentir apoyo y poder verbalizar y compartir la experiencia es fundamental en la resolución de la crisis. Es un proceso normal y adaptativo que sigue a una pérdida física o psicológica y que exige de parte de quien lo vive una actitud positiva y activa.

La cuestión es ¿qué hacer para facilitar el duelo en los adultos? Si bien no existen recetas al respecto, es importante considerar que el duelo no es una enfermedad ni un trastorno del estado de ánimo (por ejemplo, depresión), aunque desde luego puede volverse patológico si no se vive con espontaneidad y como característica ineludible de la existencia, pero sobre todo, si no sigue su curso normal. Las pérdidas producen en la persona múltiples reacciones: negación, enojo, dolor y tristeza, pero la meta final del proceso siempre es la aceptación.

Hay una serie de acciones para facilitar el duelo. Para su resolución es imprescindible ayudar a la persona a asumir la realidad de la pérdida y elaborar los sentimientos relacionados, lo anterior permite recolocar emocionalmente el bien perdido y aprender a vivir sin él.

Foto: Archivo Siglo Nuevo

TEMOR A LA MUERTE

Según el psicoterapeuta Irvin Yalom, en todos los seres humanos existen diversas preocupaciones o temores fundamentales, uno de los cuales es la muerte, aun cuando todas las personas saben que en algún momento han de morir. La muerte parece menos trágica y más justa cuando sucede en un adulto mayor, bajo esta condición se acepta con mayor naturalidad el hecho de que la vida es finita y morir se considera como algo natural. Sin embargo, algo muy distinto sucede cuando la muerte alcanza a la persona a temprana edad o en un momento inesperado.

Comúnmente, los adultos pueden adoptar diversas posiciones ante la muerte, por ejemplo, pueden interpretarla cual fenómeno impersonal que no aplica a ningún individuo específico; también como un hecho probable sólo en otros o, caso contrario, bajo la conciencia de muerte, es decir, como una realidad que se vive en primera persona y en carne propia.

EL PROCESO

Según Elisabeth Kübler-Ross, psiquiatra suizo-estadounidense, el moribundo y sus familiares atraviesan las siguientes fases durante el proceso de morir. Inicialmente el individuo se resiste y niega el hecho; paulatinamente aparecen los reproches hacia la vida y hacia Dios; posteriormente, tras varios intentos fallidos de retrasar o posponer la muerte, comienza a entender con dolor que ésta es inevitable hasta, finalmente, aceptarla con tranquilidad. Evidentemente, las etapas no siempre suceden de modo secuencial ni en todas las personas.

Foto: fundacionmlc.org

Existe una serie de indicadores correspondientes a alteraciones psicológicas en el adulto asociadas con la muerte: depresión, ansiedad, fobia e ideación suicida. Las causas más frecuentes de tales alteraciones son los remordimientos, los sentimientos de culpa, la preocupación por los problemas legales, sociales y económicos que se avecinan para los familiares, la soledad con la que se vive la muerte o sentirse lejos de la mano de Dios.

A lo largo de la vida las personas adquieren un sinnúmero de aprendizajes. Aprender a morir debiera ser uno ellos ya que supone aprender a vivir intensamente mientras se dispone de este recurso no renovable. La persona debe aprender a relacionarse con la muerte y aceptarla de modo vivencial.

Los adultos (máxime si se trata de adultos mayores), necesitan ayuda para afrontar la muerte, de tal forma que puedan transformar la desesperación en esperanza y serenidad, reconciliarse con la familia y compartir sus últimos momentos con sus seres queridos.

Sólo cuando la persona reconoce que dispone de un tiempo limitado en la tierra y que no tiene forma de saber cuándo se acaba su tiempo, entonces comienza a vivir cada día al máximo, como si fuera el único del que dispone. En esto último consiste saber perder.

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