Las mujeres que leen son peligrosas
Opinión

Las mujeres que leen son peligrosas

Miscelánea

No puedo rescatar en mi memoria el momento en que aprendí a leer. Recuerdo (eso si) la impaciencia que me provocaba la tartamudez con que leían mis compañeritas: pe-pe-e-lo… ¡pelota!, me adelantaba yo. Comencé leyendo los monitos, como decíamos los niños antiguos antes de que se convirtieran en cómics.

Los Santos Reyes me traían muñecas, jueguitos de té, bicicletas y patines, nunca libros. Así como no encuentro en mi memoria el momento en que aprendí a leer, tampoco recuerdo cómo conocí los clásicos infantiles como Caperucita, que sin las atribuciones tóxicas que le atribuyen ahora, me dejó el sencillo mensaje de no hay que desobedecer a mamá porque te puede comer un lobo con todo y abuela.

Los seis tomos de El libro de Oro de los niños se convirtieron en mis hermanos. Naufragué con Salgari, viajé al fondo del mar con Julio Verne y así anduve de aventuras hasta que ya adolescente, Corín Tellado despertó mi incipiente lujuria: Paco, con su sólido cuerpo moreno, salió de la ducha cubierto sólo con un suave batín de seda. ¡Qué bárbara!, leía yo con las manos inquietas. Pobre, sola y con el corazón destrozado, recorrí los parajes ingleses mojando con mis lágrimas las páginas de Jane Eyre de Charlotte Bronte. Como muchas jóvenes de mi generación, tuve mi momento surrealista. Vestí de negro, leí el Lobo Estepario y Demián de Hermann y no entendí nada.

Recuerdo en cambio la comprensión y disfrute que me ofrecieron las finísimas páginas en papel cebolla y cantos dorados de las Ediciones Aguilar que me obsequio mi joven marido. No imaginó que noche tras noche me entregaría a Shakespeare: El Rey Lear, Macbeth, Romeo y Julieta, Hamlet. ¿Una mujer que se acuesta con un libro en las manos no es acaso igual de pernicioso que un amante secreto? Dostoievski fue una revelación. Por mis ojos fueron pasando El Retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, y El diario de Adán y Eva de Mark Twain. Pura delicia. Perdí y todavía lo lamento porque nunca pude reponerlo, un magnífico tomo de cuentos de Somerset Maugham, aunque volví a encontrarme con ese autor en Servidumbre Humana, cuyo tema reconocí años más tarde en El Diablo Guardián de Javier Velasco y en Las travesuras de la niña mala de Vargas Llosa. La ternura y el horror en la Guerra y la Paz de Tolstoi, permanece entre mis lecturas más entrañables junto con Anna Karenina, condenada por el autor igual que hizo Flaubert con la inquieta Madame Bovary. Cuando alguien se apartaba del camino no había marcha atrás; había que suicidarse. ¿Pero a ver, y lo bailado quién se los quita? Como la Nora de Ibsen, me envalentoné para dejar mi casa de muñecas. Tuve que regresar cuando recordé que no había preparado la cena. }

Por mi experiencia de amanecer tantas mañanas convertida en cucaracha, La Metamorfosis de Kafka no me sorprendió, lo que me acercó a él fueron sus Cartas a Milena, a Felice, y a su Carta al Padre. Me fui a los toros con Hemingway, me emborraché con Zelda y su Fitzgerald; aunque mi compromiso con la lectura lo marca mi entrada a un taller literario. Aquello era muy serio. Ahí descubro a Octavio Paz y su cósmica Piedra de Sol y al Pedro Páramo de Rulfo. Como lectora, hay un antes y un después de Cortázar y su Rayuela; y mi membresía al club de Los Cronopios. García Márquez me quitó el aliento con su Crónica de una muerte anunciada; y todavía guardo luto por haber leído ya, la última página de El amor en los tiempos del cólera. Y no lo aburro más con mis vagabundeos pacientísimo lector, sólo quiero destacar a mi amor imposible por Fernando Savater y cualquier cosa que él escriba. Nadie me quita la ilusión de (algún día) consolar su profunda tristeza por la muerte de su esposa Sarita. Lo abrazaré con ternura y susurraré a su oído: sana sana colita de rana. Igual que mi vida, mis lecturas son indisciplinadas y caprichosas. No leo para cultivarme, leo para poder vivir. Un compañero de asiento en el avión cubrió con su mano la bragueta cuando notó mi cabeza inclinada bajo el libro que estaba leyendo. Yo sólo quería ver el título. Y sí, creo en la lectura como la posibilidad de vivir más vida, pero no considero que otorgue superioridad moral a nadie. Conozco algunos sabios que nunca abrieron un libro, y a muchos lectores muy burros.

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