Nicanor Parra: el antipoeta
Literatura

Nicanor Parra: el antipoeta

Poemas lejanos a una torre de marfil

La poesía a finales del siglo XIX tuvo uno de sus mejores momentos en Occidente, especialmente por los poetas franceses, quienes generaron diferentes corrientes estéticas como el parnasianismo, pero en especial por el simbolismo. Arthur Rimbaud, Paul Verlaine, Stephan Mallarmé, Charles Baudelaire y Paul Valéry, entre otros, concibieron una nueva idea de lo poético; la poesía ya no sustentaba su poder en la versificación, aunque desde luego nunca se desdeñó este punto; lo poético tenía que ver más con el lenguaje en su estado puro y con la capacidad que este tuviera para decir lo verdadero del mundo. 

Tomemos en cuenta una cualidad del pensamiento moderno (y la escritura antes que todo es pensamiento): la duda categórica. No hay certeza objetiva de que lo percibido a través de los sentidos es lo real ¿cómo saber que este espacio, lo que me rodea, el árbol en la calle no son quimeras de mi mente?, ¿cómo puedo tener certeza de estas cuestiones? Es aquí donde la preocupación por un lenguaje perfecto surge. El proyecto de la poesía moderna está fundado en este vórtice: el lenguaje perfecto.

Los poetas comenzaron a dejar de nombrar las cosas de forma directa en busca de su esencia verdadera. Surgió el simbolismo y, sin duda, grandes poemas fueron escritos bajo esta estética. Recordemos las mencionadas Vocales de Rimbaud, Un golpe de dados de Mallarmé, Las flores del mal de Charles Baudelaire, La joven parca de Paul Valéry, solo por mencionar algunos. Esta poesía intenta alcanzar por todos los medios el lenguaje perfecto, no únicamente en la versificación, sino en la posibilidad de la palabra de aprehender la realidad. Lo hace de una forma a veces desesperada, pero el tono de todos estos poetas es serio; es decir, confían en que el proceso se dará tarde o temprano, en algún momento se logrará la poesía pura: el lenguaje de los dioses.

Foto: Marcelo Porta / Divulgação

Esto influyó a la poesía de América Latina por medio de los modernistas. La poesía en lengua española tuvo un cambio a partir de la obra de Rubén Darío (1867 – 1916). El nicaragüense no solo innovó la versificación castellana a partir del ritmo francés de Verlaine (1884 – 1896), sino también la imaginería; el lenguaje ahora buscaba la palabra pura, casi despojada de los estímulos sensoriales de lo cotidiano. El modernismo tiene su propia estética; no obstante, mucha de ella emana de los simbolistas mencionados arriba. La figura del cisne fue paradigmática. La mística poética era la misma. Se trataba de una fenomenología.

La poesía latinoamericana alcanzó la cumbre del lenguaje modernista (influido por los simbolistas y surrealistas franceses) con el primer Pablo Neruda (1904 – 1973). Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) es insuperable, pero no solo eso, Residencia en la tierra (1935) parecía cerrar una senda. ¿Quién podría superar el lenguaje metafórico, con toques surrealistas y simbólicos de Neruda? Sería un simple repetidor.

POESÍA POPULAR

La lengua española tiene una gran tradición popular. Federico García Lorca (1898 – 1936) rescató la forma del romance en el Romancero gitano (1928); sin embargo, mantuvo la mística surrealista y simbolista. Por otra parte, el tono irónico y cómico de este bagaje cultural castellano (recordemos los poemas que aparecen en El Quijote o las parodias de Francisco Quevedo) no fue introducido recientemente en la poesía de autor sino hasta la llegada de Nicanor Parra.

Foto: TVN Cultura Entretenida

Según Parra, el principal problema de la poesía contemporánea es su lenguaje excesivamente poético. Es decir, se convirtió en algo ridículo por una especie de misticismo en el lenguaje. Que este llegue a ser puro es una fantasía, algo que nunca vendrá. El poeta que escribe bajo estos supuestos renuncia al lector y se encierra en su torre de marfil. Dicho lenguaje, en vez de darle vitalidad a la poesía, muy por el contrario, la esclerotiza, la va matando poco a poco. A principios del siglo pasado daba la impresión de estar moribunda. Era el momento del antipoeta.

SURGIMIENTO DE LA ANTIPOESÍA

Nicanor Parra nació el 5 de septiembre de 1914 en San Fabián de Alico, Chile. Proveniente de una familia de intelectuales y artistas (hermano de Violeta Parra e hijo de un matemático), se dedicó a la ciencia y a la literatura. Estudió Matemáticas y Física en la Universidad de Chile, y posteriormente un doctorado en la misma materia en la Universidad Brown de los Estados Unidos. Su primer libro literario fue Cancionero sin nombre (1937), el cual se trata, en sus propias palabras, de una colección de poemas nerudianos. Según Parra, así como los físicos miden la resistencia eléctrica en unidades de ohms o la fuerza sobre los cuerpos en newtons, los chilenos miden la poesía en unidades de nerudas. Dicen, por ejemplo, que mientras más nerudas tiene un poemario es mejor.

La realidad es que un poeta joven como lo era Nicanor Parra en los años treinta, no podía evitar la gravitación de Neruda; por ello comenzó a cuestionarse respecto al camino que pudiera retomar la lírica, con la intención de no repetir lo que ya habían hecho otros grandes escritores. Parra revisó la tradición en lengua castellana, haciendo un recorrido histórico crítico, como él mismo lo refiere, hasta la Edad Media. Fue en este periodo donde encontró una nueva manera de hacer poesía. Se trataba de una poesía de feria, popular, inmediata, pero no por esto inferior, sino incluso ingeniosa, cómica. El problema con la poesía de tradición baudeleriana es que el poeta en su ensimismamiento se vuelve pedante; el público reacciona rechazando esta pedantería con otro vicio: la vulgaridad. La nueva lírica debía mezclar ambas facetas, un poco de pedantería y otro tanto de vulgaridad.

Pablo Neruda y Nicanor Parra. Foto: Culto

En 1954 Parra publica su primera obra maestra, Poemas y antipoemas. Posiblemente se trata del libro más revolucionario del siglo pasado en lengua castellana. Es donde la antipoesía aparece por primera vez. ¿Y qué se entiende por la antipoesía? Su creador nos dice: “El poeta llora su dolor mientras el antipoeta ríe a carcajadas”. La antipoesía podríamos decir que es una parodia de lo que comúnmente se conoce como lo poético. “No hay antipoeta sin Neruda ni Huidobro”. No se trata de un rechazo total, sino más bien de un dialogar mediante lo cómico.

Parra tiene frases como la siguiente “Vivo no me pondrán en el ataúd, al cementerio iré por mis propios pies.” La antipoesía sobre todo es ingenio, ironía y paradoja. Curiosamente, algunos antipoemas de Parra, el cual entiende que el lenguaje puro no existe, alcanzan a aludir la realidad contemporánea de mejor manera que la llamada poesía pura. En la lectura de sus antipoemas siempre hay un sonrisa, una especie de sorna.

En su obra siguen apareciendo los mismos dolores humanos; no obstante, revestidos de otra perspectiva en la cual lo trágico se presenta como algo cómico. A la pregunta, ¿por qué es usted poeta? Parra responde: “Porque no tengo miedo al ridículo”.

Desde ese momento la obra de Parra fue prolífica. El autor había encontrado su lenguaje. Otros autores como Allen Ginsberg o Harold Bloom lo admiraron y lo consideraron uno de los más importantes de Occidente. Su vida de antipoeta la compaginó con la docencia de Física y Matemáticas en la Universidad de Chile. Durante la dictadura de Pinochet fue un opositor al grado de realizar performances de denuncia, con el riesgo de ser asesinado. En su discurso de recepción del Premio Cervantes en 2013, hizo la siguiente reflexión: “¿Se considera acreedor al Premio Cervantes? Claro que sí. ¿Por qué? Por un libro que estoy por escribir.”