Comodinos y egoístas
Nuestro mundo

Comodinos y egoístas

Nuestro Mundo

Los días de intenso calor agobian, para quienes nos leen de fuera y nunca han sentido 42 grados centígrados a la sombra tal vez ni imaginan lo que significa: paredes ardiendo, pavimento donde se pueden freír huevos, el sol pica, reseca, termina quemando las frondas de árboles, se alza poderoso dominándolo todo, el aire lavado se hace insuficiente, los recibos de luz llegan con requerimientos de pagos escandalosos, las neverías se abarrotan, los paraguas se convierten en parasoles, los abanicos de las señoras revolotean por doquier libremente sin el prejuicio que son sólo para mujeres con bochornos del climaterio.

De verdad que nos cambia el ánimo, la agenda, el carácter, la fuerza de vida. Los conductores de vehículos son más intolerantes y a la menor provocación reaccionan agresivamente y si trabajamos en medio del calor el rendimiento productivo disminuye; buscando en Internet información sobre el impacto del calor en la salud y la conducta de los seres humanos el resultado fue: ansiedad, depresión, disminución de la concentración, somnolencia, perdida de vigor y energía, el cuerpo tiene que concentrarse en mantener la temperatura adecuada, el cerebro disminuye su capacidad de pensar y la deshidratación pasa la factura.

El calor “justifica” una mayor ingesta de bebidas alcohólicas y por supuesto un mayor consumo de agua para diferentes fines también.

Conocemos bien la frase: “Nadie valora lo que tiene hasta que lo pierde” y si, seguro querido lector, si vives en la Laguna en algún momento habrás abierto el grifo y habrá sido inútil hacerlo. Calor y falta de agua van de la mano.

Te cuento que hace días amanecimos en casa sin agua, una falla en el flotador de la cisterna ocasionó que nuestra dinámica cambiara radicalmente. Lo que primero hicimos fue reunir un poco de agua de la llave del medidor y con eso bañarnos, me di cuenta que dos tinas son suficientes, nos avocamos a juntar más agua para todo lo que se necesita en el día a día, en fin, que tuvimos que ser eficientes en su uso y ¿sabes qué? Sí se puede.

Entiendo que no queremos batallar por nada, que le apostamos a la ley del menor esfuerzo, que es impensable para algunos perder la comodidad de bañarse en pleno verano con agua caliente y sin reparar en que toda esa agua, que requirió potabilización, se vaya al caño. Es impensable para quienes tienen jardín dejar de regarlo todos los días porque lo que se pretende es que esté tan mullido y pachón cual alfombra, que se vea verde, aunque rara vez lo pisemos. Es impensable lavar los platos sin el chorro de agua cayendo mientras los enjabonamos. Es impensable que el auto esté limpio sin usar la manguera y el exceso de agua inunde el cordón. Es impensable tener la banqueta del frente de casa limpia sin “barrerla con agua”.

En fin, que no les digo nada nuevo, nada que activistas, opinadores, funcionarios públicos y maestros, entre otros, no hayan dicho ya. El destino nos alcanzo y el problema es que nos resistimos a verlo y a creerlo.

Al no tener agua asumimos que la responsabilidad es de alguien más: los gobiernos, los sistemas operadores de agua, las actividades productivas y nunca nos acordamos que el tema de la cultura del agua no ha sido prioridad ni personal ni familiar. Espero que una vez que acabe el estiaje, el verano, los días de calor, no se nos olvide lo vivido y podamos habituarnos a concebir la limpieza no a punta de agua, la verdad, aunque suene trillado, los bienes y recursos del planeta no nos pertenecen, debemos dejarlos como los encontramos o en el mejor de los casos acrecentar su riqueza.

Estos calores también son consecuencia del calentamiento global, de lo mal que nos hemos portado abusando de los plásticos, de la energía no renovable, de la tala de árboles, hagamos lo que nuestra conciencia nos dicte, dejemos de ser comodinos y egoístas.

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