Arte traducido en ganancias
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Arte traducido en ganancias

Las colosales olas de un opulento mercado

En el mes pasado sorprendió la venta de Rabbit, una escultura con forma de conejo de globo a nombre del estrafalario y kitsch Jeff Koons. El objeto se convirtió en la obra de mayor precio vendida por un autor vivo (91 millones de dólares) .

Esto pone en cuestión lo que se busca en el arte hoy en día, pero también que los precios manejados en este mercado pueden superarse de manera sorprendente y además con valores que no atienden a lo académico, sino a la fama, a la posibilidad de inversión y, sobre todo, a su valor como objeto único.

Debido a que la historia de cualquier medio (sea teatro, cine, música, escultura, etcétera) se repite, ésta adquiere una bipolaridad pronunciada; mientras que una obra adquiere fama y alcanza mayores precios, otras situadas por académicos en un valor cultural mayor pueden no correr la misma suerte.

Para figurar en el mercado creativo, además de invertir su tiempo en mejorar su trabajo, un artista debe hacer esfuerzos por encontrar a las personas que se interesen en su obra o ésta quedará en el olvido. Mientras tanto, las producciones mejor situadas tienen a un equipo detrás que mantiene el interés de su público.

Por ejemplo, Roberto Ferri es mencionado como el “nuevo Caravaggio” a pesar de que su obra no mantiene una intención similar. Una influencia del barroco es lo que lo liga al pintor histórico, pero este nombramiento lo mantiene visible entre los compradores.

Lo que llamamos 'mercado del arte' es un mecanismo formado por el grueso de instituciones e individuos que mediante su actividad explotan los bienes artísticos de manera económica e invierten en ellos. Es, de hecho, gracias a esto que se delimitan precios en subastas donde la oferta y la demanda protagonizan el proceso. En él convergen compradores, vendedores, galerías, ferias y casas especializadas.

Anto Della Vergine de Roberto Ferri, 2015. Foto: holmpic.pw

MERCADO HISTÓRICO

Aunque la noción de arte (como lo conocemos) dependa de la época, el mercado ha estado allí, impulsando la labor de creativos por todo el mundo.

Compradores de esculturas y pinturas (a los que se han sumado la fotografía, el videoarte, el arteobjeto, la evidencia de performance en fotografías, videos, etcétera), así como gobernantes y líderes que han encargado proyectos (algunos sumamente importantes para la historia del arte, como es el caso de la Capilla Sixtina), han continuado la línea de la producción artística y su valoración por la población general.

Desde que la pintura y escultura únicamente eran consideradas oficios en la Edad Media, se veía con admiración la destreza expresada en la fiel representación de la realidad; puesto que en el Renacimiento, justo en la revolución científica y en la revaloración del individuo, fue que se rescató el valor comunicativo y hasta conceptual de la creación artística. Y así surgió la cuestión: ¿Cómo darle valor monetario a esto?

Las colecciones de arte estaban en manos de nobles y adinerados, ya que los medios de aquel tiempo no eran fácilmente reproducibles y la imagen cobraba un impacto mucho mayor en un momento anterior a la fotografía (como lo expresa Walter Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica).

Se trata de piezas objetivamente invaluables y por lo tanto de valor libre; no es coincidencia que el precio de las obras más famosas se deje en las manos de la oferta y la demanda. Y ya no únicamente por este hecho (ya de por sí de peso), sino además por ser producto del talento e inteligencia humana: un producto cultural, lo mejor de una sociedad.

Es así como el arte queda en manos de quienes pueden pagarlo en las llamadas wunderkammern (colecciones privadas), siguiendo a la par un deseo de mostrarlas a allegados o a compradores.

El coleccionismo del siglo XVII creció junto a un desarrollo económico de la burguesía de Europa Central mediante la actividad comercial. El arte, como era de esperarse, encontró aquí su cauce y se convirtió en símbolo de riqueza.

Interior del ya extinto Crystal Palace de la reina Victoria. Foto: wallpapertop.net

La noción de mercado del arte nació después de esto, cuando ya no fue accesible únicamente para nobles, sino también para ricos y comerciantes. El objeto no forma parte de un patrimonio familiar, sino que se puede volver a vender a mayor precio.

En dicha época de coleccionismo virtuoso, ya sistematizado y con miras a su resguardo profesional y especializado, surgen los expertos en arte cuya labor es saber la historia de la pieza en cuestión o la intención del artista, lo que hace más atractiva su venta.

Como ya se dijo, el resguardar objetos, mostrarlos y venderlos, es algo inherente al ser humano y que se puede ver desde los griegos con el Museion. Pero en un proceso de museificación bastante peculiar del siglo XIX, fue donde el deseo de coleccionar objetos únicos se pronunció más que nunca.

La reina Victoria hacía notar su gran ambición al reunir 100 mil objetos novedosos de todo el mundo en el Crystal Palace, donde se mostraban artículos como la navaja multiusos o inventos curiosos como una cama que se levantaba con un mecanismo para despertar a su usuario.

El evento atrajo la atención de mucha gente que viajó para admirarlo. La gran efervescencia por los objetos novedosos y únicos es una representación del mercado más lucrativo del arte: un rubro bastante autónomo, separado de la producción artística general, lo académico y de muchos creadores.

Con el uso extendido de la diplomacia entre países, la baja en los costos de aduanas, además de fenómenos como el favorecimiento del libre comercio, los grandes centros económicos del arte tejieron sus cambios durante el siglo XX.

Uno de los más notorios fue el auge del abstracto expresionismo en Estados Unidos, que disminuiría la calidad de París como 'ciudad luz'. Esto distrajo la mirada de Europa, que se había mantenido en gran parte de la historia del arte, pero posicionó a las vanguardias entre lo más requerido. Picasso, gracias a esto, se hizo de un lugar entre los 50 precios más altos: en 2006, Le Repos alcanzó los 30 millones de dólares. Recientemente, el lienzo del español Hombre y mujer (1968), una monumental composición erótica con dos amantes como protagonistas, se remató en una subasta en Londres en 16 millones de dólares.

Le Repos de Pablo Picasso, se exhibe en la Subasta de Arte Moderno de Sotheby’s, Nueva York, Estados Unidos. Foto: EFE/Alba Vigaray

Cabe mencionar que Estados Unidos tiene el 49.8 por ciento de las ventas por obras artísticas, y en Nueva York se realiza la mayoría del arte contemporáneo.

SUBASTAS Y PRECIOS

La manera en que funciona la parte más lucrativa de este mercado es mediante la subasta. Se realizan estudios previos, exposiciones, y se diseñan catálogos con el fin de difundir lo que está en venta.

Aunque el origen de las subastas se remonta al siglo XVIII, la casa especializada en ventas Sotheby’s es una que perdura desde aquel surgimiento. Se encuentra entre las tres grandes casas que conducen el 95 por ciento de las ventas de obras internacionales, junto con Christie’s y Phillips.

El mercado está segmentado en dos partes; en la primaria se encuentran obras ofrecidas inmediatamente después de su producción. Mientras que la secundaria supone una plataforma donde las obras son vendidas por marchantes o inversionistas, cuya función es elevar el precio de la pieza.

La manera en que este gran aparato funciona es a través de la demanda directa y libre en subastas, o por medio de otros canales de distribución, como los catálogos y el trato directo.

De acuerdo con el historiador de arte Antonio Quiroz Miranda, lo que determina el valor de una obra es el precio que alcanzó anteriormente, el cual puede aumentar al doble en un año. Así, los otros cuadros del mismo autor, en proporción con las medidas de la nueva obra, podrán estribar su valor ante la libre demanda, en espera de que su precio suba aún más.

Según la analista Rocío de la Villa, en su Guía del usuario de arte actual, esta labor se lleva entre un 20 y un 30 por ciento de las ganancias, es decir, la mayor parte se la queda el vendedor. El panorama es en cierta medida funcional, pues el 80 por ciento de las obras se venden y el 65 por ciento supera su anterior precio.

Niña con globo autodestruyéndose, 2019. Foto: AP/Uli deck

Pero, entonces, ¿existe una relación más cercana del artista con este mercado? (considerando que los intermediarios hacen posible todo el manejo del que se ha estado hablando).

El mercado también ha inspirado obras que critican muchas veces el sistema con el que funciona y, por supuesto, la forma en que se tergiversa el arte. Ya no cuando simplemente se paga por él, sino cuando se ofertan cifras enormes e inconcebibles.

Por ello, surgen críticas como la de Banksy, que hizo lo único que puede hacer una crítica al mercado: expresar el sinsentido y desconcierto desde dentro. El artista insertó un mecanismo de autodestrucción en su Niña con Globo, el cual se activó justo cuando se cerró la venta de la obra en una subasta, rasgando el lienzo en tiras. Su precio se elevó luego de esta acción.

Artistas y otros allegados al mundo del arte han hecho notar que su opinión sobre el mercado no es favorable. Por ejemplo, el pintor alemán Gerard Richter ha expresado antes su burla por los precios manejados. Sin embargo, un sentimiento compartido es que es difícil desprenderse de tales ganancias.

Ante esto, el presidente de la Asociación de Subastadores Henrik Hanstein advierte que los artistas podrían vender sus propias piezas más baratas, cosa que no ocurre. El miedo recurrente reside en la autenticidad casi romantizada de las obras, que, al ser objeto de precios tan altos, podrían terminar por desvirtuar el trabajo del artista o al esfuerzo en las siguientes piezas.

Esto, si bien es posible, es menos importante que la forma en que el mercado se dirige a la mayor cantidad de compradores. Es hacer de las obras algo inherte, un objeto curioso que se puede comprar de manera irreflexiva. Los compradores ven en esto un negocio más que una aportación a las artes.

El experto en subastas Henrik Hanstein afirma que la venta se está duplicando a la par de los precios. Esto hace que empresarios y banqueros inviertan en el universo de obras.

La casa de subastas Christie's presenta el Salvator Mundi de Da Vinci, 2017. Foto: Reuters/france24.com

Sin embargo, no es que el mercado del arte sea lo suficientemente estable para duplicar las ganancias; la afición por este sector en particular debe estar acompañada de cierto gusto por el arte, pues el historiador Kim Oosterlinck señala que cuesta ganar dinero en este mundo.

Es cierto que se apostará en mayor medida por los artistas más reconocidos y que, a no ser que de pronto figuren más, esto continuará así. Según la web Artnet, la mitad de las subastas en todo el mundo se realiza con 25 artistas.

Hoy la obra de arte más cara hecha por un artista muerto es el Salvator Mundi de Leonardo da Vinci, vendida por 450 millones de dólares en 2017.

Según un recuento hecho por The Art Wolf, le sigue una obra de vanguardia: Intercambio de Willem de Kooning, vendida por 312 millones de dólares en 2015.

Otros ejemplos son Los jugadores de cartas de Paul Cézanne, vendido en 274 millones de dólares en 2011; Nafea Faa Ipoipo de Gauguin en 219 millones de dólares y el Number 17A de Jackson Pollock en 208 millones de dólares.

Las diez obras más vendidas fueron hechas por artistas muertos, y entre ellas siete han sido vendidas en los últimos cuatro años y dos en 2017.

La más cara de un artista vivo es la ya mencionada Rabbit, seguida por Retrato de un artista (piscina con dos figuras) por David Hockney vendida en 90 millones de dólares en 2018 y por 58 millones de dólares aparece una obra más de Koons: la escultura Ballon Dog en 2013.

Bajo esta pieza aparecen dos del aclamado Gerard Richter, la Domplatz, Mailand alcanzando un precio de 37 millones de dólares en 2013, y el Edificio abstracto por 34 millones de dólares en 2012.

Piscina con dos figuras de David Hockney, subastada por Christie’s. Foto: GettyImages/Jack Taylor/AFP

Entre las diez mejor vendidas aparecen únicamente dos cedidas en los últimos cinco años; mientras que, iniciado el nuevo milenio, han sido vendidas siete. A partir de eso, las obras por artistas vivos remontan sus ventas hasta los años ochenta.

El aumento en los precios va en medida del incremento en la cantidad de compradores de arte que, según Nicolas Orlowsky (jefe la casa Artcurial), puede duplicarse en los próximos cinco años.

Esto va a la par del crecimiento de la brecha económica que, como todo fenómeno social, puede dar lugar a otros modelos de arte que intenten hacer frente a ello, aunque estará por verse si la contestación de los artistas sería más reaccionaria, más separada de este estado del mercado.

Por ahora queda separar la mirada de este espectáculo para centrarse más en los estudios académicos del arte, que nos pueden hablar más de la calidad conceptual o innovadora de estos trabajos inherentes al quehacer humano.

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