Ruinas de la memoria obrera
Reportaje

Ruinas de la memoria obrera

Cimientos de la cultura fabril en el noreste de México

El poeta regiomontano Alfonso Reyes solía versar sobre las dificultades que afrontaron los primeros colonos que llegaron al noreste de México. Para el autor de Romance de Monterrey, la naturaleza de la región no fue tan generosa como en el sur de la república. Los nuevos pobladores tuvieron que enfrentar el clima áspero y las inamistosas tribus nómadas que aún sobrevivían sobre tierra árida.

El noreste del país no tuvo una civilización mexica, ni tolteca, ni maya; tampoco fue sede de capitales como Tenochtitlán, Tula, Chichen-Itzá o Teotihuacan. Sobre su territorio no erosionan restos de edificios milenarios ni los curas españoles tuvieron códices que quemar para evangelizar a los nativos.

A los expertos se les ha dificultado extraer información de un pasado nómada que, no obstante, sombrea como mezquite la identidad del norteño. Por ello, Alfonso Reyes llegó a señalar que las fábricas eran los verdaderos templos del noreste, edificados por una civilización que se las ingenió para asentarse en suelos hostiles.

Así, urbes como Torreón, Monclova o Monterrey deben su desarrollo económico al estallido de su actividad industrial. Aspectos geopolíticos, como la Guerra Civil de Estados Unidos, propiciaron el asentamiento de fábricas en el noreste, y éstas a su vez ocasionaron el nacimiento de barrios obreros que circundaron sus instalaciones.

La llamada cultura del trabajo se abrazó con fuerza a los rasgos identitarios del norteño, mientras éste se educaba en las aulas de la escuela fabril. Allí se relacionó con la maquinaria y mezcló su personalidad con la de ella. Se enorgulleció de desafiar a la naturaleza, de aparentemente salir triunfante al crear un nuevo mundo “donde antes no existía nada”.

El fenómeno es conocido por sociólogos como company towns, ciudades, pueblos o barrios que crecen y forjan su identidad gracias al auge industrial.

El investigador francés François Dubet, en su libro Sociología de la experiencia, señala casos en París sobre barrios obreros que se construyeron a partir de las fábricas y cómo esa visión se difuminó con el tiempo:

Los obreros se definían como militantes que vinculaban la vida de la fábrica a la del barrio (…) Ese mundo se descompuso tan rápidamente, en las transformaciones sociales y en las representaciones, que estas líneas parecen ya arcaicas, caricaturescas, a lo sumo nostálgicas”.

El fenómeno de las company towns se vivió en todo el mundo. Foto: Razvan Zamfi ra/4cities.eu

En México el fenómeno no fue distinto, muchas de las primeras fábricas que crecieron al ritmo del auge ferroviario de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, hoy sólo se aferran necias a sus vestigios.

Sea por la quiebra de compañías, el rediseño y la reapropiación de espacios o por la erosión del olvido, grandes lapsos del pasado fabril del noreste han dejado el mundo físico y sobreviven únicamente en la memoria de extrabajadores.

Allí agonizan sucesos que, más que mera identidad industrial a secas, tratan de la aglomeración de aspectos sociológicos que inician en el estilo de vida y desfilan por rutinas, tradiciones, ideologías y toda una construcción de la perspectiva que rige a una cultura. Porque la industria no sólo influyó en los obreros, también lo hizo en sus familias, en sus barrios, y aún permea en sus descendientes.

Por ello, además de indagar en documentos históricos, es importante escuchar las voces de los obreros sobrevivientes y construir una imagen del pasado a través de sus experiencias, recuerdos y sentimientos.

PATRIMONIO INDUSTRIAL

A raíz de lo anterior, han surgido estudios, investigaciones y convenciones donde se expone lo relacionado con la memoria obrera y el patrimonio industrial. En México, la más importante de estas reuniones es el Congreso Internacional sobre Patrimonio Industrial, organizado por Conarte e instituciones académicas como la UANL o el Colegio de la Frontera Norte. Es celebrado cada año en Monterrey, dentro de las instalaciones del Parque Fundidora.

En un principio, el congreso fue impulsado por historiadores del Archivo General del Estado de Nuevo León y el Archivo Fundidora, con el fin de rememorar el cierre de la Compañía Fundidora de Fierro y Acero Monterrey, ocurrido el 10 de mayo de 1986. Hasta 2018 se le conoció como Congreso Fundidora.

En palabras de Camilo Contreras, investigador y profesor del Colegio de la Frontera Norte, las primeras reuniones se entablaron con extrabajadores del llamado Elefante de Acero, dentro de los salones de la Escuela Adolfo Prieto. Allí se sembró la semilla para que en los siguientes años se recordara a la empresa. Fuente de identidad y de memoria, el congreso tiene raíz en la narrativa popular.

Participantes del Congreso Internacional sobre Patrimonio Cultural en Monterrey, Nuevo León. Foto: Cortesía Congreso Internacional sobre Patrimonio Industrial

Pero el segmento de la memoria obrera en México es tan extenso que el coloquio tuvo que ampliarse para permitir la participación de investigadores oriundos de otros puntos del país y de expertos internacionales que contribuyeran con las experiencias forjadas en otras latitudes.

Así, el congreso no trata sólo de un segmento de la industria regiomontana, sino que aborda el tema de la memoria obrera desde perspectivas que involucran a América Latina.

Al hablar de memoria tenemos que hablar de la clase trabajadora. Al hablar de la clase trabajadora tenemos que hablar no sólo de la actividad técnica y productiva, sino también del conflicto: si hubo luchas, si hubo organizaciones sindicales, si hubo tensiones obrero-patronales o roces entre los mismos obreros. Todo eso es parte de la historia y es lo que queremos mostrar tal cual fue”, expresó Contreras.

ELEFANTE DE ACERO

En 1900, el proyecto Compañía Fundidora de Fierro y Acero Monterrey se concretó gracias a la concesión cedida por Bernardo Reyes, entonces gobernador de Nuevo León. Tres años después, con equipo importado de Estados Unidos, el Alto Horno No. 1 (primero en su tipo en América Latina), se puso en funcionamiento. Mientras que el Alto Horno No. 2 fue inaugurado en 1943. Con ello, la empresa tuvo la capacidad de fundir hasta 200 mil toneladas de acero al año.

El Alto Horno No. 3 fue instalado en 1968. Tenía la capacidad de producir hasta un millón de toneladas anuales. Es el único que sigue en pie.

Como su nombre lo indica, la principal función de Fundidora era producir acero. Sus frutos siderúrgicos abarcaban mercados dentro del sector automotriz, ferroviario y de la construcción. Fue impulsora del auge de Monterrey como la actual capital industrial de más de cuatro millones de habitantes, al fungir como un corazón que palpitaba en flujos incandescentes de metal fundido.

A lo largo de 86 años, miles de obreros laboraron en sus instalaciones, fue el sostén económico de un gran número de familias regiomontanas y forjó la identidad social en barrios circundantes como la colonia Obrera.

Por tal razón, su cierre en 1986 significó un hecho traumático en términos sociales y económicos para Nuevo León.

En 2009, el Horno Alto No. 3 fue nombrado Monumento Artístico Nacional por el Instituto Nacional de Bellas Artes. Foto: Iván García/Flickr/El Universal

Según Camilo Contreras, la Compañía Fundidora de Monterrey es un referente de la industrialización en México; permite seguir la trayectoria desde la fundación de una empresa industrial, analizar su desarrollo, su impacto regional (en todos los ámbitos), su declive, hasta los intentos contemporáneos para conservar e interpretar su herencia cultural.

Como se señaló, la forma idónea de rescatar el material intangible de las fábricas es a través de la memoria de sus obreros. El Congreso Internacional sobre Patrimonio Industrial mantiene la tradición del Congreso Fundidora de platicar con extrabajadores de la compañía, y de otras industrias, para que compartan sus vivencias.

En la última edición, celebrada en mayo pasado, una de las voces obreras fue Rafael Dueñas, de 76 años, quien entró a laborar a Fundidora Monterrey en 1961 como trabajador eventual, o como sus palabras definieron: “a donde me mandaran”.

Acompañado por dos colegas de la Sección 64 del Sindicato Mexicano de Mineros, Dueñas explicó que, cuando alguien entraba a la fábrica, lo hacía como peón para realizar toda clase de tareas. Su inicio en las entrañas del Elefante de Acero fue como emergen los cimientos; desde abajo.

Los días en la entonces institución fabril más importante del noreste mexicano eran prósperos, a pesar de los riesgos laborales que enfrentaban los obreros. Los sindicatos se encargaban de negociar con los directivos para mejorar y proteger la calidad de vida del trabajador.

Pero en 1966, un movimiento universitario tomó la mina del Cerro del Mercado en Durango y cortó el tránsito del hierro que se transportaba por ferrocarril a Monterrey. El desabastecimiento obligó a Fundidora a mermar su producción y las deudas de sus créditos en dólares aumentaron.

La situación económica de la empresa obligó a los directivos a solicitar un préstamo al Gobierno Federal mediante Nacional Financiera, aunque las finanzas ya eran insostenibles.

El Gobierno adquirió Fundidora a finales de los setenta, pero su administración fue un desastre.

La versión obrera difiere de la oficial, su cierre fue una sorpresa para los trabajadores. Dueñas nunca creyó que la situación llegará a tal grado. Para él, la justificación que dieron la empresa y el Gobierno Federal no fue creíble. Reclamó que Jorge Treviño (gobernador de Nuevo León de 1985 a 1991) fue incapaz de luchar por la causa.

Fundidora Monterrey en su auge. Foto: jycconsultoria.weebly.com

Todos los periódicos mintieron para favorecer al Estado mexicano. El último año en que se trabajó se rompió récord de producción, porque se llegó a un millón de toneladas. La quiebra no se justificó. Se debió principalmente a la facilidad de que la empresa ya estaba manejada por el Gobierno Federal, al que no le importaba mucho la gente”.

Dueñas afirmó que ante la hostilidad de las autoridades nuevoleonesas por mantener la fuente de trabajo que significaba Fundidora, los obreros se vieron indefensos ante el nuevo panorama. Y aunque aprobó que el congreso industrial busque preservar la memoria fabril, infirió que también deberían de tratarse temas a futuro: cómo prevenir a los trabajadores ante una situación similar a la que enfrentó Fundidora, y cómo reaccionar ante tal adversidad.

Actualmente, él y sus compañeros abren sus recuerdos para todo aquel que quiera aventurarse. Se dirigen nostálgicos al ayer. Y aunque Fundidora ahora es un parque del que los ciudadanos se han apropiado, a ellos les hubiera gustado que la fábrica siguiera en funcionamiento.

Cambió totalmente. Tumbaron muchos departamentos. Nomas dejaron lo más simbólico: el Alto Horno No. 3, y prácticamente es todo lo que hay. Es mucha diferencia. Una de las cosas que notamos es que hay muchos negocios. Lo renovaron de otra manera, como un supuesto parque ecológico donde también hay un hotel y la Arena Monterrey. Pero también están los museos, donde está la historia de Fundidora”.

Ante el eco de estas voces obreras, han surgido proyectos de rescate y preservación de la memoria fabril. Por ejemplo, el antropólogo Pablo Landa, y un grupo de investigadores (entre los que destaca Jaime Sánchez Macedo), han rescatado un cúmulo de fotografías que retratan cómo era la vida en Fundidora. Algunas de estas imágenes se encontraban extraviadas al estar catalogadas de una manera que no les correspondía.

Exobreros de la fábrica reconocieron ciertas fotografías como peritajes de la tragedia del 20 de noviembre de 1971, cuando alrededor de las 06:45 de la mañana, 17 trabajadores murieron al derramarse metal líquido de una olla de fundición en la zona de Aceración 2. Testigos han señalado que los cadáveres quedaron carbonizados, irreconocibles.

Por ello, solicitaron la reconstrucción de los hechos en un retrato hablado. El resultado fue un mural realizado por el artista SAR Sergio Aguilar y bautizado como el Memorial de los Obreros de Fundidora. La obra se inauguró a finales de mayo en Fototeca Nuevo León.

Mural Memoria de los Obreros de Fundidora. Foto: Fototeca N.L.

Los obreros tienen muy presente qué fue lo que pasó aquí, cómo era, cómo se vivía, a qué olía, cómo era el trabajo, el esfuerzo físico que representaba. La memoria está y además está, en muchos sentidos, organizada, porque los grupos de trabajadores de distintas fábricas siguen activos. Más que la reconstrucción, es darle voz a la memoria y que existan espacios para difundirla”, señaló Landa.

El también curador explicó que para las ciudades industriales es importante conocer su pasado, las causas de su existencia, ya que en los últimos 30 años han existido transformaciones radicales que desconectan el presente de la narrativa pretérita. “A partir de saber qué había, podemos hacer otras formas de organización social”.

EL PORVENIR

Otra industria abordada en el congreso fue la fábrica de hilados y textiles El Porvenir, ubicada en la comunidad de El Cercado, municipio de Santiago, Nuevo León y fundada en 1871 por Valentín Rivero y la familia Zambrano. Se construyó en ese lugar debido a una caída de agua utilizada como fuerza motriz.

Originalmente, sus telas concursaban en exposiciones mundiales. Durante el siglo XX, su producción se volvió nacional, siendo famosa por la marca de camisetas Medalla y competía con otras fábricas de la república, como las de Jalisco.

Con sus 60 años de vida, Jesús Pruneda prestó voz al pasado y asumió que su amor por la textilera es hereditario, pues allí trabajaron su abuelo y su padre. Desde 1980 laboró como auxiliar de oficina y luego como subjefe de personal. Durante 24 años se levantó a las siete de la mañana para, a canto de gallo, adentrarse al núcleo industrial que hacía vibrar a su pueblo, pues El Porvenir fue un elemento identitario para Santiago.

Como les dije en la conferencia, nosotros éramos diferentes a Monterrey porque éramos un pueblo agricultor. Al entrar la fábrica, se capacitó a la gente, se le entrenó y se le cambió el giro al municipio de ser agricultor a ser industrial. Entonces, eso llegó hasta la raíz de las personas. Todos nacimos alrededor de la fábrica: los comercios y trabajadores. Imagínate que en ese entonces el municipio tuviera diez mil habitantes y mil trabajaban en la fábrica, quita a los niños y las mujeres, prácticamente el 50 por ciento de la gente trabajaba ahí”.

Lo que resta de la fábrica El Porvenir. Foto: minube.com.mx

Tras el cristal de sus lentes, Pruneda revisa su memoria y resalta aspectos sonoros de la fábrica. Recuerda el bullicio de los trabajadores al entrar y salir en cada uno de los tres turnos; el sonido del silbato, voz que El Porvenir entonaba intermitente desde las cinco de la mañana y hasta las 10 de la noche. Ciclo que se repetía diariamente y que dotaba de orden al pueblo.

Pruneda también afirmó que fue la primera fábrica en Nuevo León que contrató mujeres. En sus mejores tiempos llegó a albergar más de mil 400 obreros que manejaban cerca de 400 telares.

A inicios del siglo XXI, la fábrica se hizo incosteable. Ante la negativa de modernizar la maquinaria, (debido a lo caro que resultaba) y la competencia de países como China, la producción de El Porvenir fue mermando hasta que, tras 133 años de existencia, cerró sus puertas en 2004.

No obstante, Pruneda no abandonó la fábrica, siguió trabajando para la empresa en la vigilancia de los terrenos, donde aún están de pie edificios protegidos por el INAH, como el histórico reloj que da bienvenida al visitante.

Todavía es fecha que van unos extrabajadores, conocidos míos, a saludarme y, al pasar a la fábrica, lloran, se les salen las lágrimas. Gente que recuerda que ahí dejó su vida laboral quince, veinte, treinta años, o que trabajaron sus papás ahí”.

Después del catastrófico incendio del 17 de mayo de 2013, que acabó con buena parte del patrimonio arquitectónico de las instalaciones, los accionistas idearon un proyecto que consiste en rescatar lo que queda de El Porvenir para convertirlo en un complejo cultural.

Pruneda destaca la intención de instaurar una escuela de artes y un museo industrial que incluya los siete telares antiguos existentes en las instalaciones (incluido uno de 1890). Así como dar mantenimiento arquitectónico los edificios y a sus áreas verdes, pues El Porvenir se encuentra anclado en un sitio que se caracteriza por su actividad turística.

Es el origen de nosotros, es lo que hemos hecho a través del tiempo. El hombre, desgraciadamente, comete muchos errores y no aprende de la historia, por eso es conveniente dejar algo escrito, algo concreto para recordar dónde empezaron nuestros abuelos, dónde empezaron nuestros padres, dónde estamos nosotros; que nuestros hijos recuerden, sepan el proceso y comprendan la realidad”.

Uno de los salones de telares de El Porvenir. Foto: pacovaladezpacheco.blogspot.com

La textilera también fue pionera en ofrecer vivienda a sus trabajadores, además contaba con un cine. El pueblo de El Cercado no puede desligarse de su legado, es su simiente.

Yo siento que estoy en mi casa; así, en pocas palabras. Desde los diez años iba a dejarle de cenar a mi papá y tengo cuarenta años ahí, en la misma oficina. Entonces, me siento en mi casa, prácticamente, la siento parte de mí”.

PASADO TORREONENSE

Al contrario de los ejemplos nuevoleoneses, urbes como Torreón no han sido muy atentas al legado de su pasado industrial, a pesar de que allí yace la semilla de su progreso.

Cabe mencionar que recintos como el Museo de los Metales han hecho esfuerzo en proteger y difundir el patrimonio industrial de la ciudad. Su edificio de madera, que data de 1901, fue restaurado y se logró que el INAH lo protegiera. Alberga exposiciones sobre la herencia metalúrgica de Torreón y su coordinadora, Cristina Matouk, colabora de forma cercana con Camilo Contreras y demás integrantes del Colegio de la Frontera Norte.

Pero la suerte del Museo de los Metales, al ser propiedad de Met-Mex Peñoles (una de las empresas más prósperas de la ciudad), no es la misma con la que han corrido otras fábricas, cuyas compañías e instalaciones prácticamente han desaparecido, en especial las que se encontraban en el sector poniente.

En este caso, las industrias asentadas alrededor de la extinta primera estación del ferrocarril, frente al mercado Alianza, detonaron el desarrollo económico de la región a finales del siglo XIX.

Uno de los empresarios visionarios que se arriesgaron a invertir su capital en Torreón fue el español Joaquín Serrano, quien llegó en 1885 para trabajar en la agricultura.

En 1893, Serrano decidió instalarse definitivamente en la localidad. Formó parte de la primera Junta de Mejoras Materiales y colaboró en la instalación de la Compañía de Luz Eléctrica. Además, fue benefactor: donó los terrenos para la construcción de la actual Alameda Zaragoza y fincó espacios donde edificó viviendas a trabajadores de las fábricas en las que invirtió. Por eso, el barrio de San Joaquín lleva su nombre.

Museo de los Metales Peñoles. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Serrano era un hombre de ideas, éstas pasaban por su mente como los vagones del tren frente a los cerros. Consciente de la oportunidad que brindaba un lugar donde se cruzaban dos líneas del ferrocarril (el Ferrocarril Central Mexicano y el Ferrocarril Internacional), comenzó a asociarse con otros empresarios y a construir los cimientos de lo que sería la primera zona industrial torreonense, basada en el oro blanco que brotaba en la región: el algodón.

ENTRE TELARES

El 24 de marzo de 1898, junto al ingeniero José Farjas, fundó la fábrica de hilados La Fe. Su primer edificio administrativo (hoy desaparecido), poseía arquitectura mozárabe. Inició operaciones con 200 telares.

La fábrica conectó sus arterias a las vías del ferrocarril, por las que diariamente llegaban pacas de algodón y demás materias primas. En un inicio, La Fe concentraba su producción en la manta, con la que se cosían costales para legumbres.

Al entrar el yute al mercado, la manta dejó de venderse y los dueños optaron por fabricar otro tipo de tela.

Con la herencia fabril de su padre, el exobrero Carlos de la Paz de Santiago, de 66 años, vecino de la colonia Primera Rinconada de La Unión, laboró 35 años en la hilandera. Inició como ayudante en el almacén de tela y ganaba 50 pesos por semana, dijo, “muy buenos” en la década de los sesenta.

Rememoró que la zona del poniente se mantenía de las fábricas que emergieron sobre la calzada Industria, entre ellas la jabonera La Unión, La Compresora, el rastro municipal (aún existente) y la propia hilandera La Fe.

Don Carlos vivió el auge de la mezclilla, rubro donde La Fe fue pionera y líder. Ya con un puesto en el área de hilatura, consiguió su planta laboral. Su tarea consistía en operar las máquinas conocidas como cardas, las cuales depuraban el algodón.

La máquina tenía muchas bandas. Atrás tenía una base donde ponías el rollo de algodón. Habían unos rodillos en los que tenías que meter los rollos, metías la punta y se iban solos. Adelante habían unos peines donde salía el algodón. Estaban otros rodillos con picos en los que pasaba por debajo de la máquina, esos se llamaban bastidores, lo desmenuzaban y había aire que lo aventaba poco a poco. La máquina tenía un sistema que se llamaba tambor, con muchos picos finos. El algodón ya fino se pegaba en esos picos y pasaba a otros peines donde se tejía. Metías el algodón fino en un cono que caía sobre un bote para que se llenara solo”.

La antigua hilandera La Fe en sus inicios. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Según el extrabajador, el tratamiento de cada rollo de algodón duraba hora y media. Después mandaba el material al área de estiladores, donde el hilo de algodón se adelgazaba y se enviaba a telares, de los que dijo, surgía un ruido muy fuerte.

En octubre de 1991, las deudas a proveedores provocaron el cierre temporal de La Fe. Don Carlos recordó que los proveedores querían adueñarse de la hilandera, por lo que sus compañeros recurrieron al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria Textil y se fueron a huelga.

Los propietarios negociaron una tregua de cinco años para poder liquidar a los trabajadores. No obstante, otro empresario apareció y compró la fábrica al darse las liquidaciones. Con ello, La Fe se mantuvo una década más en funcionamiento. Detuvo sus telares definitivamente en 2005.

Don Carlos comentó que de la maquinaria no quedó nada. Los propietarios se encargaron de vender el equipo y repartieron algunas ganancias con los trabajadores.

Los años pasaron, y la consunción del inmueble se hizo evidente. El olvido mordisqueó sus ruinas mientras la violencia azotaba la zona durante la guerra contra el narcotráfico.

En mayo pasado, el gobernador de Coahuila, Miguel Riquelme, anunció la compra de La Fe, en la que, con un gasto de 34 millones de pesos, se construirá un parque temático y analizará la opción de mantener algunos edificios de las oficinas para instaurar un museo histórico, pero aun sólo es eso, una posibilidad. Las obras iniciaron el 28 de junio.

EL FANTASMA DE JABONERA

En 1900, Joaquín Serrano volvió a invertir capital en Torreón para la creación de otra fábrica. Así se creó la cooperativa que daría vida a la jabonera La Unión, industria de aceites y jabones derivados del algodón e instalada a faldas de la sierra de Las Noas.

A su alrededor, se construyeron casas para sus trabajadores, colonias que hoy se resisten a sucumbir ante el tiempo, conocidas como Primera y Segunda Rinconada de La Unión.

Una vista del suroeste de Torreón al pie de la Sierra de las Noas, con especial atención a la Jabonera la Unión. Foto: drsamuelbanda.blogspot.com

Como todas las tardes, en la calle Tercera del primer barrio mencionado, Florencio Orrante salió a contemplar los cerros frente a su domicilio. Sentado en su mecedora, con 80 años cumplidos, mencionó que laboró como jefe de mantenimiento en la antigua jabonera donde, desde 1955, se encargó de la elaboración del producto higiénico y de arreglar maquinaria en el área de aceites.

En realidad, La Unión era un híbrido de dos fábricas: una donde se elaboraba el jabón de barra de la marca Trébol, que por su calidad se comercializaba en la región y a nivel nacional; y otra donde se procesaba el aceite de semilla de algodón, cuyos residuos eran vendidos como alimento para ganado.

Al jabón se le agregaba silicato, cebo, sal, carbonato y agua. Cuando ya estaba revolviéndose se le echaba colorante, de acuerdo a si lo querían rosa o azul, al que no se le echaba nada salía blanco”.

También estaba conectada al ferrocarril, quien le surtía de materias primas, y tuvo en sus entrañas al primer campo de béisbol de la ciudad, donde nació la devoción por el rey de los deportes en La Laguna.

El equipo también se llamaba Jabón Trébol. El uniforme era color beige, y conocí otro que era color verde. Era un parque sencillo, tenía gradas con sombra, telas de protección y el pizarrón estaba al fondo. Cuando los jugadores se volaban la barda, era un beneficio para nosotros, porque la barda daba a la colonia Morelos y estábamos listos para recoger las pelotas, cuando éramos niños”.

Después de su cierre en 1990, al bajar sus ventas debido a la aparición del detergente en polvo, la fábrica permaneció casi intacta gracias a la custodia de veladores. Pero en 2007, la administración municipal de José Ángel Pérez adquirió el terreno y descuidó su vigilancia, lo que permitió su saqueo.

Entre 2008 y 2010, vecinos del sector y ciudadanos de otros sitios de la urbe, entraron a la jabonera y hurtaron maquinaria y mueblería antigua, kilogramos de lejía, papelería, libros, desmontaron techos de lámina, vigas de madera y los tinacos instalados en el cerro que dotaban de agua a la fábrica y, cuando aparentemente ya no quedaba nada, se abalanzaron sobre las construcciones que agonizaban de pie para extraerles las varillas a golpe de marro. Fue un autosabotaje, así desaparecieron más de 100 años de historia.

Tampoco escapó de la violencia que regía al lugar, pues en 2014 se localizaron dos cadáveres en el predio, estaban descuartizados.

Jabonera La Unión, 1915. Foto: Fondo H. Miller/Archivo Municipal de Torreón

Hoy en día, prácticamente no queda nada de la añosa fábrica, sólo un pilar de un almacén se mantiene en la entrada. Del lado oeste, algunas ruinas se desmoronan y ocultan sus restos tras la basura y la maleza. Arquitectónicamente, dista mucho de proyectos similares como el Parque Fundidora.

Sobre la destrucción se edificaron instalaciones modernas, en lo que ahora es un complejo cultural y deportivo que, aunque son totalmente funcionales, contribuyen en labor social y sirven de esparcimiento a la población (incluso se construyó una preparatoria que era muy necesaria para los estudiantes del sector), no guardan relación con el pasado que yace debajo.

Algunas piezas de la Unión que sobrevivieron a la barbarie, están resguardadas en un par de vitrinas al interior del Museo del Algodón. Entre ellas destaca un plano de la factoría, utensilios químicos y un disco de vinil para propaganda rediofónica. También se exhibe un telar que se utilizó en La Fe, cuya placa asegura que fue donado por Salvador Valencia.

No todo está perdido, el reto apunta a rescatar la memoria obrera en voz de sus protagonistas y, símil a lo sucedido con los obreros de Monterrey, generar retratos hablados de la actividad industrial que dio vida a la ciudad y difundirla hacia los jóvenes para que conozcan sus raíces.

Es imprescindible escuchar testimonios como el de don Florencio Orrante, que con la voz entrecortada y los recuerdos brotando de sus ojos inertes, compartió: “La Unión significa una satisfacción muy grande, porque casi toda mi vida ahí la trabajé, casi 40 años”.

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