Geoingeniería climática
Ciencia

Geoingeniería climática

Intervenir el clima terrestre

Ante la creciente evidencia de que las actividades humanas han modificado el clima de la Tierra, ha surgido una cascada de planteamientos para contrarrestar el calentamiento global debido a la acumulación de gases de efecto invernadero. Al grupo de propuestas que persigue la remediación planetaria se le conoce como geoingeniería o ingeniería climática. En otras palabras, esta rama tecnológica busca combinar los saberes existentes para generar técnicas de intervención a escalas lo suficientemente grande como para modificar favorablemente el sistema climático de nuestro planeta.

Los proyectos que se han propuesto van desde los muy sencillos, como el aumento de la alcalinidad del suelo, hasta los muy costosos y que en la actualidad no se pueden llevar a cabo por la falta de tecnología adecuada; tal es el caso de la instalación de reflectores en el espacio para rechazar fracciones de luz solar lejos de la Tierra.

ANTECEDENTES

La construcción social del posible futuro de las tecnologías del clima no sólo está lleno de expectativas, sino también de incertidumbres y en ciertos casos de falsas promesas. De ser tecnológica y económicamente viable, tal avance tecno-científico, sin duda alguna, acarreará fuertes implicaciones, tanto sociales y ambientales, como éticas y legales.

La geoingeniería cumple con al menos dos características fundamentales: debe ser intencional y tener un impacto global. Algunos precisan que también tiene que ser artificial.

Siembra de árboles de rápido crecimiento. Foto: Semillero/Getty Images

Así, mientras la siembra de árboles de rápido crecimiento es una vieja propuesta, ahora se renueva con la sugerencia de árboles genéticamente modificados que tendrían un mayor potencial de absorción de CO2 o con la supuesta siembra de crecientes insumos para la producción de biocombustibles de segunda y tercera generación, que permitirían producir energía al tiempo que se captura CO2. Ambas, debido a su carácter local, no deberían entonces ser consideradas del todo como geoingeniería. En todo caso, las implicaciones socioambientales ciertamente estarían presentes en un grado u otro (en tanto a la huella hídrica, la demanda de tierra, los efectos sobre la biodiversidad, la erosión de la seguridad alimentaria, etcétera).

La génesis de la geoingeniería no data de los últimos años, por el contrario, ha rondado en la arena científica y política desde hace décadas. La primera ocasión que se registró la posibilidad de intervenir el clima de manera deliberada, más allá de la posibilidad de “cosechar nubes” que ya había sido planteada por Bernard Vonnegut en 1946 para provocar lluvia, fue en el marco de un informe del Comité Asesor Científico del presidente de EUA en 1965, en el que se sugería revertir el balance de la radiación en dirección opuesta al generado por el aumento al CO2, siendo posible a partir de aumentar el efecto albedo o de reflectividad del planeta.

Pocos años después, el científico ruso Budyko sugeriría la opción de inyectar sulfuro a la estratósfera mediante misiles, aviones o cohetes. Para 1992, la Academia de Ciencias de EUA (NAS por sus siglas en inglés), hablaría de lanzar polvo en lugar de sulfuro, una opción mucho más barata y menos agresiva al medio ambiente. Para tal opción se calculó la necesidad de lanzar un kilogramo de polvo por cada 100 toneladas de emisiones de CO2 que se quisieran contrarrestar. Desde entonces y ante un cambio climático que se agudiza, la geoingeniería ha tomado fuerza, tanto en lo político como en el ámbito científico y empresarial, pues como se ha dicho, no compromete la dinámica de producción-consumo en el sentido de la necesaria reducción de los flujos biofísicos de la humanidad.

Experimento de la NASA Artificial Cloud Generation System (Sistema Artificial de Generación de Nubes). Foto: YouTube

GEOINGENIERÍA SOLAR

Las tecnologías que inciden sobre la insolación (o SRM-Solar Radiation Management), se refieren a procedimientos que surgen de observar el problema del cambio climático como una cuestión de balance de la radiación, lo que permite pensar el tema, a decir en el libro The Economic Diplomacy of Geoengineering de Thomas Schelling “…no como producto de demasiado CO2 en la atmósfera, sino como efecto de una baja concentración de aerosoles de sulfato, muy poca cobertura de nubes y muy poco efecto de albedo”.

Desde tal visión, se proponen escudos solares, esto es, de satélites que abrirían platos movibles para reflejar/bloquear la luz recibida por el sol,lo que además permitiría, en principio, ajustar el tiempo y la dirección del bloqueo de radiación de luz a regiones específicas. Su viabilidad hoy día es prácticamente nula, pues colocar un sólo escudo o varios simultáneamente (unos 55 mil de 100 km2 de superficie), no sólo es complejo, sino que además requiere de medidas para que los espejos no colisionen y su costo es muy elevado. De modo parecido, pero técnicamente más factible, se propone el lanzamiento de partículas a la atmósfera en la órbita del planeta. Esta propuesta se basa en el efecto que provocó el volcán Pinatubo en 1991 cuando emitió una gran cantidad de particulado que generó un efecto de enfriamiento en los años subsecuentes.

Estudios posteriores precisan, sin embargo, efectos secundarios en el ciclo hidrológico de ciertas regiones del planeta. La apuesta que se deriva de tal experiencia volcánica incluye la inyección de aerosoles o precursores de sulfato, ello pese a las implicaciones ya indicadas acerca de inyectar esa última sustancia a la atmósfera, razón por la cual se sugiere hacerlo en la estratósfera.

David Keith y Frank Keutsch, profesores de Harvard, pretenden rociar el cielo con óxido de aluminio y otros químicos para controlar la radiación solar. Foto: Kevin L. Bishop/Visual Information Center (DVIC).

Considerando que la inyección de sulfatos, aun en la estratósfera, podría tener efectos negativos, se han insinuado arreglos tecnológicos aún más complejos como lo es el uso de nanopartículas de materiales altamente reflejantes y distintos a los sulfatos e inclusive de discos nanoestructurados de 5 micras de diámetro y 50 nanómetros de espesor de dos capas: una de aluminio metálico y otra de titanio de bario (con posibilidad de incorporar magnetita para permitir una interacción con el campo magnético de la Tierra, causando que las partículas se dirijan a los polos). Sin embargo, su viabilidad ha sido cuestionada por su potencial reactividad con sustancias presentes en el ambiente y por sus posibles efectos al eventualmente depositarse en ecosistemas como residuo. A lo dicho, se agrega la inviabilidad de tal emprendimiento si se considera el costo socioambiental de la extracción de las reservas disponibles de tales minerales, las asociadas a su arreglo nanométrico (la manufactura de los discos) y las de su lanzamiento a la estratósfera. El balance energético-material para producir las 100 mil toneladas al año que se estiman necesarias, seguramente no sería ambientalmente tan positivo, pues contribuiría a incrementar aún más las emisiones de gases de efecto invernadero.

LA PROPUESTA

El equipo de científicos de Harvard será el primero del mundo en sacar la geoingeniería solar del laboratorio y llevarla a la estratosfera. El proyecto tiene el nombre de Experimento de Perturbación Controlada Estratosférica (ScoPEx), mismo que podría empezar este año. El experimento liberaría pequeños penachos de carbonato cálcico a una altura de 20 kilómetros sobre el sudoeste de Estados Unidos, cada uno de unos cien gramos.

La idea es simple: se rocía una cantidad de partículas en la estratosfera para que enfríen el planeta, devolviendo algunos rayos solares al espacio. El montaje experimental será el primero en volar bajo la bandera de la geoingeniería solar y por eso está sometido a intenso examen, también por grupos ecologistas que sostienen que este tipo de empeño distrae peligrosamente de la única solución permanente del cambio climático: reducir las emisiones de gases de invernadero.

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