La naturaleza intestinal del bienestar
Salud

La naturaleza intestinal del bienestar

Un ecosistema interno

Aquellas personas que hayan observado recientemente algún programa o película de corte ambientalista, por ejemplo, la aclamada serie Nuestro planeta o largometrajes como La verdad incómoda, podrán hacerse una imagen más completa del símil que encauza estas líneas.

La cuestión es imaginar un ecosistema habitado por una innumerable cantidad de seres vivos en el cual cada especie contribuye, de un modo único e irrepetible, a la sustentabilidad del hogar común.

Luego de visualizar ese colorido y limitado edén, hay que imaginar su destrucción gradual, una que empieza con la desaparición de una planta que, en razón de las modestas ironías, era la base sobre la cual se erigían las relaciones de consumo en ese hábitat.

Ahora que ya nos hemos hecho una imagen clara del proceso, adaptemos esa imagen a un ecosistema mucho más personal, tan único que, aunque la mayoría son parecidos, no hay dos exactamente iguales en el mundo; una comunidad donde el equilibrio es indispensable para garantizar la buena marcha de nuestros asuntos.

REINO INTERIOR

La dieta y los hábitos alimenticios inciden directamente en el correcto funcionamiento de nuestro templo, es decir, del cuerpo que nos fue otorgado para ir y venir por este mundo. Es una verdad que muchas veces se olvida.

Vacunando a niños con principios de cólera en Yemen. Foto: eacnur.org/Acnur

Los factores son demasiados y no vamos a abordarlos en estas líneas. Baste con mencionar que cada individuo conoce o padece, de un modo muy personal, el deterioro de las funciones digestivas y que ese desgaste incentiva la aparición de padecimientos de consideración, cuando no de supina gravedad, como obesidad, artritis, cáncer de colon, incluso problemas oftalmológicos.

Dichos males y muchos otros están ligados a la degradación de la flora intestinal, también conocida como microbiotica intestinal, una comunidad de microorganismos con domicilio conocido en el tubo digestivo.

HISTORIA

Contar la historia de estos microorganismos en el ámbito de la ciencia médica nos traslada hasta principios del siglo pasado, al encuentro de Eli Metchnikoff y Henry Tissier.

Metchnikoff, científico ruso, es considerado el “padre de la inmunidad celular” y el descubridor del fenómeno de la fagocitosis, cuya definición elemental es: proceso del sistema inmunitario por el cual ciertas células y organismos unicelulares capturan y digieran partículas nocivas o alimento. Otra forma de ponerlo es que se trata de la primera línea de defensa en caso de que un patógeno ingrese a nuestro organismo. Metchnikoff es considerado uno de los pioneros en investigar el uso y aplicaciones de los alimentos probióticos. Sus contribuciones a la ciencia médica fueron premiadas con el Nobel de Medicina en 1908.

En 1906, Henry Tissier, pediatra francés, estudió casos de niños con diarrea y observó que mientras en las heces de los pacientes había una presencia mínima de bacterias denominadas bífidas por su forma de “Y”, estos microorganismos eran abundantes en los infantes sanos.

Ruso y francés fueron pioneros a la hora de elaborar propuestas a propósito del uso de bacterias para fortalecer el bienestar de las personas.

Funcionamiento de sistema inmunológico. Neutrófilo (en amarillo) engulle una bacteria de carbunco o ántrax (en naranja). Fotografía tomada con un microscopio de electrones Leo 1550. La línea blanca equivale a 5 micrómetros. Foto: Volker Brinkmann

USO EXTENDIDO

A estas alturas del partido, el término “probiótico” ya es moneda corriente, lo encontramos en casi cualquier establecimiento comercial con venta de alimentos refrigerados. Su irrupción en el mundo, sin embargo, data de 1960. Por vía etimológica significa “a favor de la vida”; en jerga médica se utiliza para denominar a sustancias producidas por microorganismos que facilitan el crecimiento de otros microorganismos.

La inserción de estos cultivos bacteriales en nuestra cotidianidad se debe, en buena medida, al aporte del japonés Minoru Shirota (1899-1982). Formado en la Universidad Imperial de Kyoto, Shirota investigó la muerte de infantes a causa de males infecciosos, como el cólera, exacerbados por ingentes condiciones sanitarias. Detectó que la bacteria Lactobacillus casei disminuye el crecimiento de agentes nocivos en los intestinos. Además, tuvo éxito a la hora de aislar y fortalecer una variante del microorganismo, hoy conocida como L. casei cepa Shirota, la cual puede encontrarse en los productos de la empresa que fundó este investigador: Yakult, marca que ligó su prestigio a las bondades de los microorganismos que juegan “a favor de la vida”.

PROCESO

El tracto digestivo hospeda a unos 400 tipos diferentes de microorganismos. En ese catálogo sobresalen bacterias como la Lactobacillus acidophillus, que ayuda a digerir los alimentos y a beneficiarse con los nutrientes; otros, como la Escherichia coli y la Salmonella sp, son patógenos, causan toxicidad y diarrea.

Las bacterias benignas evitan que sus pares patógenas invadan a un ser humano. Ingerir alimentos que las contengan es un modo efectivo de aceitar el funcionamiento del sistema inmunológico innato, es decir, el aparato defensivo con el que nacemos, el ejército del organismo que combate, contiene y erradica las células dañinas. En otros términos, el consumo de la milicia probiótica aporta un valioso aliado contra padecimientos bien establecidos en la cotidianidad como la salmonelosis.

La ingesta de una fórmula láctea suplementada con microorganismos ha mostrado su influjo positivo a la hora de lidiar con actores perniciosos como el rotavirus. Prestar dicho auxilio alimenticio a niños desnutridos disminuye la incidencia de diarrea.

El yogurt con cultivos activos (vivos) y los alimentos fermentados son probióticos.

La evidencia científica disponible hoy día señala que no hay efectos adversos asociados con su consumo.

Foto: medium.com

No es raro que los médicos familiares y generales recomienden a sus pacientes con problemas digestivos ingerir una porción diaria de yogurt con cultivos activos o bien tomar cápsulas probióticas.

La flora intestinal es fundamental para la vida de las personas. Los microorganismos que la integran participan de procesos inestimables como la síntesis de vitaminas o la producción de ácidos grasos, el ácido butírico por mencionar un caso.

Conservar ese ecosistema interno, ese hábitat que cada uno guarda en sus entrañas, regula la digestión, recorta el riesgo de sufrir obesidad y reduce el riesgo de ser diagnosticado con cáncer de colon, entre otros formidables beneficios.

La lección de todo esto es que existen fundamentos microscópicos que soportan estructuras complejas como la vida de quien esto escribe, de quien esto lee, de quien esto ignora. No cuidar su hábitat, tarde o temprano, conduce al desastre irreparable.

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