Los garajes de Ara Malikian
Entrevista

Los garajes de Ara Malikian

En los viajes se hace extremada la momentaneidad de nuestros contacto con los objetos, paisajes, figuras, palabras...

José Ortega y Gasset

Le han llamado cíngaro (como también se le conoce a la raza gitana) porque tiene alma nómada; mismo espíritu que entre alturas musicales emerge de la caja de su violín.

Desde niño, Ara Malikian tuvo madera de músico. Nacido en Líbano, en 1968, vivió la guerra civil de su país en notas propias. La música siempre fue su búnker, su refugio antibombas, su resguardo personal. En aquel estruendo no sostuvo una primera conversación con su instrumento, simplemente nació violinista.

Siendo un zagal virtuoso, a los 15 años fue becado en Alemania para estudiar en uno de los colegios de música más prestigiosos: el Hochschule für Musik, Theater und Medien Hannover, allí comenzó su peregrinaje por el mundo. Actualmente reside en España.

Escenarios internacionales se han rendido ante las crines de su arco pero Malikian es un personaje austero. Al contrario de la mayoría de los músicos de cámara contemporáneos, él se planta sonriente, familiar, sencillo, pero a la vez aparece como un rockstar que interpreta a los grandes compositores.

Al igual que Schopenhauer, considera a la música como el verdadero lenguaje universal, el único capaz de borrar fronteras, y son esos límites los que busca erradicar con su arte. Lo mismo va de “Kashmir” (Led Zeppelin) a las “Cuatro Estaciones” (Vivaldi). Malikian conoce el mundo, no le asusta vagar entre los géneros.

La noche del 5 de junio es el punto en el que Ara Malikian vuelve a Torreón y toma de garaje al escenario del Teatro Nazas. El violinista de alma cíngara se planta ante los descendientes de los irritilas (el pueblo nómada autóctono). Ha venido a presentar su más reciente material: Royal Garage, álbum en el que colaboró con artistas de la talla de Serj Tankian, Enrique Bunbury, Andrés Calamaro, Pablo Milanés y Kase.O.

Foto: Anton Corbijn

El violinista ha señalado que su relación con los garajes proviene de su infancia, cuando en la Guerra de Líbano solía ensayar junto a su familia en un sótano de Beirut. Ara parece rememorar esos tiempos. La primera pieza que ejecuta sostiene una nostalgia entre sus notas, tal vez la incertidumbre de un niño y quizá la esperanza de que en Oriente y Occidente todo cambie con el arte.

Su violín habla por él, así se encuentra con su propia voz. Ejecuta la parte instrumental de “El todo”, que originalmente interpreta con el ausente Kase.O. Detrás de él se enciende un círculo de luces, similar al que el rapero zaragozano utilizó en su reciente tour. Después, toma el micrófono y confiesa el concepto de la gira: “Los garajes son los lugares donde podemos aislarnos y crear”.

Compara los garajes donde las grandes bandas de rock solían ensayar en su amateurismo con el sótano libanés en el que se refugiaba de niño.

Habla de su familia, de cómo sobrevivieron con música a la guerra en Beirut. El primer garaje inicia ahí, en tierras orientales.

También narra sus odiseas, cuando llegó a Alemania y no dominaba el idioma, cómo la música fue su moneda de cambio para internarse en aventuras. Bromea sobre su suerte, el público ríe; Malikian domina la simpatía como ejecuta el violín.

El siguiente garaje: Londres. Allí su carrera musical terminó por despegar. En el escenario, Malikian toca en el mismo tempo de su vida: un energético sonido roquero que a veces deambula con calma.

El próximo diálogo se compuso una mañana después, entre una orquesta de cubiertos y con el sabor de un jugo verde, luego de que el trotamundos musical desayunara en un hotel de Torreón y justo antes de que siguiera su peregrinar rumbo al aeropuerto Francisco Sarabia.

¿Tuviste un primer diálogo con el violín?

No recuerdo cuándo empecé a tocar el violín. El violín lo tuve siempre en mi vida. Mi padre era un fanático del violín, un enamorado de la música y puso el instrumento en mi vida desde que nací, prácticamente (o incluso antes). No recuerdo el encuentro con el violín ni el momento donde me enamoré de él. Siempre ha sido parte de mi vida, hacía parte de mi día a día, de mis actividades. No hubo un día en el que me haya enamorado de él o un momento en el que dijera “quiero ser violinista”.

¿Qué tan dura fue tu infancia en Líbano?

Cuando la vivía pensaba que era una infancia normal, común y corriente. Veía a todos los niños de mi edad viviendo las mismas cosas que yo vivía. Pero, hoy en día, cuando lo pienso, me doy cuenta que no era una infancia normal porque tenías que estar siempre al pendiente de la inseguridad del país, de los bombardeos, de qué ejército acababa de invadir y dónde había qué ir para protegerse. Me imagino que para un niño eso crea angustia, preocupaciones y, dentro de todo, creo que he salido muy afortunado. Es verdad que hasta los 15 años viví en Líbano y de Líbano no conozco nada, prácticamente; sólo conozco mi edificio, mi colegio y el sótano de nuestra casa. He conocido Líbano años después, cuando la guerra se ha acabado y he podido volver. Yo recuerdo que era un niño feliz porque tenía el amor de mis padres, tenía a mis amigos, pero pensando que, claro, han sido cosas difíciles que los niños no deberían vivirlas. Sin embargo, hoy en día, gracias a todo lo vivido, sé valorar lo que tengo.

¿Cómo era aquel sótano, aquel primer garaje?

Era un garaje muy grande, de varios pisos donde se quedaban todos los vecinos. Y no sólo los vecinos, sino también se quedaban otras personas del barrio, porque no todos los edificios tenían sótanos. Había mucha gente, era como un recreo, como si quedaras en un bar y, dentro de toda la situación dramática que uno vive, la gente intentaba sobrevivir con alegría. Y donde había mucha gente había risas, música, fiesta. También había preocupación, se vivía incomodidad dentro de un lugar muy grande y muy feo. Pero creo que el ser humano tiene solidaridad de uno al otro cuando se viven momentos difíciles.

¿La música mitiga el dolor en tiempos de guerra?

Seguro, y yo lo he visto con mis ojos. Vi cómo en este garaje, cuando todo el mundo estaba tan preocupado, tan estresado de los bombardeos, de repente se hacía música, se olvidaba todo; se olvidaban las preocupaciones, se olvidaba el estrés. La música te eleva a un estado de ánimo donde, por lo menos durante un rato, has olvidado todo lo demás. A partir de ahí, vi el poder que tenía la música para sacar sonrisas, para dar algo de esperanza en la vida, y repartir alegría y belleza.

Foto: Archivo/Erick Sotomayor Ruiz

Con 15 años lograste dejar Líbano para ir a Alemania a estudiar música gracias a una beca. ¿Europa es severa con los extranjeros?

Por supuesto. Yo tuve mucha suerte porque he podido estudiar, he podido trabajar, pero es verdad que es muy duro. Siempre he pensado que he sufrido racismo. Creo que el racismo está en todas las personas. Pero, después de años, por desgracia, he podido averiguar más clasismo, que es la fobia en contra de los pobres; por ejemplo, si tienes dinero y vienes de Líbano o de Siria, eres siempre bienvenido, pero si no tienes dinero y necesitas ayuda, de repente se te cierran todas las puertas. Eso es muy injusto, muy preocupante. En España, si tienes mucho dinero te regalan el pasaporte. A un pobre no, a un pobre ni siquiera le dan permiso de estancia. Eso es lo que preocupa.

Pasando a otro de tus garajes, ¿qué tanto influyó Londres para el desarrollo de tu música?

Bueno, Londres, Alemania y España. No sólo Londres atribuyó a mi madurez. Londres era un paso, aprendí mucho, viví cosas muy bellas y también cosas muy duras; porque es una ciudad maravillosa, pero es una ciudad muy dura también, muy grande, donde hay mucha competitividad, pasan muchas cosas y se trabaja muchísimo para poder sobrevivir. Londres fue una gran experiencia, pero experiencia pasajera. Yo no me veía viviendo allí.

¿Consideras al violín como una extensión de tu cuerpo?

La verdad es que cuando tengo el violín en la mano me siento más seguro que sin él. El violín es como un escudo que me protege, que me da seguridad y con él puedo expresar musicalmente lo que quiero. Más que una extensión, es mi protección, mi arma para hacer música.

¿Qué posee la sonoridad del violín que te protege y que no encuentras en otros instrumentos?

Cada instrumento tiene su peculiaridad, su belleza. Es verdad que amo el violín porque lo conozco desde tanto tiempo, conozco sus secretos, sus posibilidades. Siempre aprendo más cosas, pero otros instrumentos son igual de hermosos: el piano, el chelo, los instrumentos de viento, las percusiones. Es verdad que el violín es uno de los instrumentos que los compositores utilizan mucho para las voces principales. En una orquesta, las voces principales suelen ser de violín. Se relaciona mucho con lo travieso, por eso si se quiere describir al diablo se utiliza el violín, como lo han hecho grandes compositores: Paganini, Berlioz, Stravinsky. El violín tiene muchas posibilidades de también imitar la voz humana porque, como no tiene trastes, se pueden hacer muchos glissandos (efectos sonoros donde se pasa rápidamente de una nota a otra más aguda o más grave) como la voz. Tiene un sinfín de posibilidades que quizá otros instrumentos no tienen.

¿También podría ser una conexión con tus familiares? ¿Con tu padre, por ejemplo?

Cuando tengo el violín en la mano es inevitable pensar en mi padre, que yo toco esto gracias a él también. Siempre está presente, por supuesto.

Foto: EFE/Juanjo Martín

Y tu abuelo te regaló un violín con un valor histórico entre sus cuerdas...

Es un violín que tiene una historia. No es un violín valioso ni precioso. En realidad, es un violín común y corriente; pero para nuestra familia importa mucho porque gracias a ese violín existimos, prácticamente. El violín salvó la vida de mi abuelo en el exilio armenio de 1915, porque alguien se lo dejó para que fingiera ser parte de un grupo musical y así pudo salir del país e ir a hacer su vida en Líbano.

Al igual que a tu abuelo, ¿crees que el violín te salvó la vida?

Sí, seguramente. No en la misma manera que mi abuelo, yo no estaba amenazado de muerte. Pero sí me salvó para tener la vida que tengo, porque gracias al violín he podido salir de Líbano, que era un lugar del cual era muy difícil salir en aquella época a causa de la guerra. Gracias a que toco el violín he podido ir a Europa a estudiar, a trabajar y tener la vida que tengo ahora. Y después, gracias a él, me siento feliz hoy en día.

Cada persona habla una lengua propia, ¿pasa lo mismo con la música?

Todo artista e instrumentista tiene que encontrar su voz, su manera de interpretar. No siempre es así porque a veces los artistas tienen miedo de hacer lo suyo. Les hacen tener miedo diciendo que siempre hay que tener un ejemplo (obviamente hay que tenerlo, pero no para imitar) y por desgracia, muchas veces no se atreven a encontrar su voz, a encontrar su personalidad y caen en el peligro de “vamos a imitar a tal artista, él lo ha hecho bien, es algo seguro”. Yo no comparto eso, yo prefiero equivocarme, buscar mi propia voz; primero me divierto más porque, a largo plazo, creo que es más importante.

Hablando de Royal Garage, ¿en este álbum buscaste tu propia voz?

Sí, siempre. Mi propia voz creo que ya la había encontrado hace algunos años, pero siempre hay que desarrollarla. Más bien, más que encontrar mi propia voz, intenté desarrollarla. Este disco es muy diferente al anterior, tiene cosas nuevas que intenté aprender y experimentar. Estoy muy satisfecho. Espero que el siguiente disco sea también diferente y que siempre pueda evolucionar, aprender cosas y así no entrar en el peligro de la rutina y del aburrimiento.

En el álbum resalta la colaboración con Enrique Bunbury llamada “El extranjero”, parece ser una palabra que te ha acompañado toda tu vida.

En esta canción, además de que musicalmente me gusta, también me siento muy identificado con su letra. Sí me siento extranjero, pero en el papel de extranjero yo me siento a gusto. He aprendido a sentirme a gusto en cualquier país y me siento parte de cualquier nación también.

¿Has absorbido partes musicales de cada país al que viajas?

Eso es lo más importante de mi profesión. Es maravilloso poder descubrir todas las tradiciones, todas las maneras diferentes de hacer música, de tocar el violín también. Creo que esto es un aprendizaje muy importante que uno puede hacer toda su vida. Puedes tener 100 vidas y seguir aprendiendo que en cada rincón del mundo se hace música de otras formas y todas son maravillosas.

En entrevistas anteriores te han llamado “cíngaro” por tener alma viajera. Es curioso que te encuentres en La Laguna, cuyos antepasados irritilas también fueron nómadas.

Sí, yo me siento muy nómada, aunque en los últimos 15 años mi casa ha sido Madrid, pero no he parado de viajar. Me llama la atención encontrar otra manera de vivir, otra manera de pensar, otra manera de sentir. Eso a mí el cuerpo me lo pide.

Foto: Notimex/Oscar Ramírez

En El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer menciona que la música es el idioma universal con el que todo mundo se puede entender, ¿por qué pensarlo así?

Yo no podría estar más de acuerdo. No sólo la música, sino el arte, que creo es el idioma en común de todos los seres humanos. Podemos no entendernos con el idioma, pero con la música sí que nos entendemos; es lo que por suerte he podido averiguar en todos mis viajes. También muchas veces me preguntan: “¿Cuál es la diferencia entre un público de China y un público de Perú?”. Es verdad que hay diferencias, pero no tanto como se imaginan. Yo creo que la música llega al corazón y al alma. Todos los seres humanos tenemos un corazón y un alma, aunque hablemos otro idioma, pero la música siempre nos llega.

Como se menciona en tu colaboración con Kase.O, ¿ese “todo” que nos une es el arte?

Sí, la verdad es que la letra de Kase.O es maravillosa porque habla de la naturaleza, habla de la fe, habla del conocimiento. La verdad es de las colaboraciones que más me han emocionado por el artista que es Kase.O, por lo que aportó su letra, por lo que aportó su arte. Por eso le llamamos el tema de “El todo”, vamos, porque el arte es el todo.

¿Qué te llevas de Torreón?

Mucho amor, la verdad que mucho cariño. Aquí he encontrado muchos amigos que me han tratado muy bien. Igual el público, que es un público muy apasionado, muy cercano. Lo mismo pasó hace tres años y por eso hemos vuelto, porque se nos quedó aquí parte del corazón y seguramente volveremos pronto.

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