Amedeo Modigliani
Arte

Amedeo Modigliani

Una fuerza que nace y muere en su interior

La efervescencia que, pasada la primera década del siglo XX, se gestaba en la capital de Francia, traía consigo un sinfín de propuestas. Algunas de ellas hallarían su cauce en la Escuela de París, un grupo de artistas de diversas influencias y que, paradójicamente, no eran franceses, sino extranjeros que buscaban en la Ciudad Luz el punto de quiebre con el que su carrera artística despegara.

Entre ellos se encontró uno que, más que romper con la escuela del pasado, quería hallar inspiración en los grandes maestros de la pintura para volcar sus enseñanzas en un estilo moderno que se diferenciaría de los grupos que estaban surgiendo.

Amedeo Modigliani encontraba su propio camino apartado de los demás. Un sendero que, más que dejarlo en el pasado, lo inscribiría en la historia del arte con su sello personal y como uno de los pintores más representativos de la Escuela de París.

El pintor nació en Italia, en 1884. Fue hijo de una pareja de comerciantes judíos que migraron al país europeo para encontrar mejores condiciones de vida. El interés por las artes debió venir de su madre, quien descendía de una familia sumamente intelectual, que le proveyó formación en varios idiomas. Sin embargo, las actividades principales de sus progenitores se encontraban en el manejo de préstamos.

A pesar de esto, las posteriores inversiones que los padres del joven Modigliani intentaron, no tuvieron éxito y los sumieron en la pobreza. Esto se añadió a las dificultades de salud que el artista vivió durante toda su infancia.

A los 14 años, Modigliani tuvo clases con Guglielmo Micheli, un discípulo del pintor italiano Giovanni Fattori. Dos años después, su formación se vio truncada por una tuberculosis.

CAMINO ARTÍSTICO

A pesar de los obstáculos, no desistió y continuó en cuanto pudo con sus estudios en la Escuela Libre del Desnudo en Florencia, donde fortalecería esta técnica como uno de los principales temas que conformarían su obra.

Su camino lo llevaría al Instituto de las Artes de Venecia y, en 1906, a su etapa más prolífica en París, ciudad que lo vería crecer como artista reconocido. Allí frecuentó los círculos artísticos de la época, conociendo a personalidades como Utrillo, Picasso y más artistas que, como él, proclamaban en la ciudad el momento cúlmen de sus búsquedas.

Joven sentado con las manos cruzadas sobre las rodillas. Foto: EFE/Facundo Arrizabalaga

Es allí donde, además de hacerse fama como apasionado y desenfrenado, gustoso del alcohol y las drogas, Modigliani recibió influencias importantes para la realización de sus obras más conocidas, entre las que destacan el movimiento modernista y el de secesión, además de una indagación en el arte africano muy propia del cubismo.

El estudio de la corriente renacentista fue también de su interés. A diferencia de sus compañeros vanguardistas, abrazó esta influencia en vez de romper con el arte del pasado.

Su amigo, Gino Severini (pintor italiano y líder del futurismo), lo invitó a formar parte del movimiento firmando su manifiesto, a lo que Modigliani dio su negativa.

Queremos destruir y quemar los museos, las bibliotecas, las academias variadas”, era uno de los enunciados con los que los futuristas querían reconstruir el arte. El ambiente general de las vanguardias no distaba mucho de esta idea, aunque de forma no tan extremista.

Modigliani se mantiene pues, independiente y con sello reconocible, con una obra repleta de serenidad que distaba mucho de su vida desenfrenada.

La escultura fue otra de sus pasiones y sin embargo no le fue posible realizarla tanto como le hubiera gustado debido a la pobreza en que vivía. Las piezas escultóricas que realizó tienen mucho que ver con el arte negro, mismo que influyó también en su pintura y le brindó las figuras humanas alargadas, las barbillas redondeadas y ojos almendrados propios de las formas africanas.

Escultura de Amedeo Modigliani. Foto: EFE

Con esto quería plasmar una vuelta a los orígenes de los que no se puede separar la humanidad, pero también una forma de estilizar y modernizar a través del pasado, mediante lo no explorado.

La influencia moderna de Toulouse-Lautrec, Gaugin y Cézanne significó para él una forma de concretar su estilo. De ellos bebió la estilización y sencillez de las formas. De Aduanero Rousseau tomó un lenguaje directo y simple, reconocible en sus obras.

En sus esculturas, no sólo exploró lo africano, sino que indagó también en arte asiático, oceánico y arcaico griego, en un camino hacia el origen y lo esencia

OBRAS

La pintura, el retrato y el desnudo fueron sus principales herramientas; una cercanía y apacibilidad dominan sus piezas. En ellas consigue una síntesis de las formas por medio de la línea, caracterizada por sus curvas armónicas. Pero también se deshace de la perspectiva angular tradicional (al igual que los cubistas) y explora la utilización del plano, como ocurre en su Desnudo recostado de 1917.

La distorsión de las formas, en el caso de los alargamientos propios de pinturas como el Retrato de mujer joven de 1918, suponen una manera de estilizar las figuras que fue más bien el resultado de experimentar con el espacio bidimensional y los volúmenes simplificados.

Desnudo acostado. Foto: EFE/Laurent Gillieron

En los ojos, como es el caso de Retrato de mujer joven, Modigliani tendía a neutralizar la mirada, apagándola. La vida interior, más que la exterior, es más importante en esas obras; un ensimismamiento pero también una mesura dominan los espacios vacíos pero cálidos de sus fondos.

Los rostros que acostumbraba plasmar eran melancólicos, pero más que eso sellados con una expresión mínima que cambia por completo su intención. La introspección, en todo caso, es el motivo principal de estos retratos, aunque acompañados de sensualidad y la vivacidad reservada de sus colores.

En sus últimos años, Modigliani hizo paisajes, pero su interés por las personas fue el más fuerte de ellos y lo convirtió en retratista. El dibujo, durante toda su carrera, se convirtió en la herramienta que utilizó siempre para experimentar y solidificar su estilo.

Chica joven con una rosa. Foto: judaica-art.com

La vuelta a la figuración de la realidad y de la forma humana, así como a la modesta cotidianeidad y al espacio íntimo del individuo, se presentaban como un intento por recuperar la tranquilidad.

Esto no lo plantea Jean Cocteau en El retorno del orden sino hasta 1926, donde se apela a una vuelta hacia el espíritu de lo clásico a través del filtro de las vanguardias.

Es interesante que esta idea sea tan acorde a la obra de Modigliani, a pesar de que su muerte se da en 1920, a la edad de 35 años y casi coincidiendo con la época en que se le empezó a reconocer como artista consagrado.

Todo esto conformó la visión de un artista que, más que ser parte de una escuela, seguía su propio camino para ser uno de los autores por los que más se ha guardado interés, incluso actualmente, pues sus exposiciones, tales como la del museo Thyssen en 2012, han logrado gran popularidad.

“Yo mismo soy el instrumento de fuerzas poderosas que nacen y mueren en mí”. Con estas palabras se refería a sí mismo y a la intensa necesidad creativa del arte. Por qué lo hacemos y por qué nos interesa, sólo puede ser fruto de una energía que vive en nosotros y que lucha por nacer.

El poeta argentino Juan Gelman alguna vez escribió: “Con este poema no tomarás el poder, con estos versos no harás la revolución”. Del mismo modo, la pintura no tiene una utilidad aparente, no puede servirnos para un objetivo específico como las demás actividades porque se reserva para sí misma el derecho de inspirar y de elevarnos, de hacernos humanos.

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