Las sirenas y su metamorfosis
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Las sirenas y su metamorfosis

El canto alado que nadó a Hollywood

El barco Argo surca las olas. Héroes griegos se aventuran a la mar. Entran a los dominios rocosos de las sirenas, seres con cabeza de mujer y cuerpo de pájaro. Las hijas del dios Aqueloo despliegan sus alas, alzan vuelo, dejan las rocas y entonan su canto. Los navegantes son atraídos al desfiladero. Es el hechizo de la voz del mar. La muerte parece próxima, pero un marinero es músico, toca su lira, contraataca al canto y vence. Sólo un tripulante salta a las aguas.

La historia anterior corresponde al mito de los Argonautas, aventureros griegos que navegaron por el mar Mediterráneo en busca del vellocino de oro. La leyenda también es nombrada en La Odisea, pero el único escrito que se conoce es el de Apolonio de Rodas, redactado un milenio más tarde que la obra homérica.

El texto narra cómo los Argonautas se enfrentan a las sirenas por medio de la música de Orfeo. Los griegos resultan ganadores en la contienda, pero el tripulante Butes es quien se deja llevar por el canto y se arroja al agua, a lo desconocido.

La importancia del escrito de Apolonio radica en que es el único sobreviviente del mundo antiguo donde se da una descripción de las sirenas. En La Odisea también son nombradas en una de las aventuras de Ulises, pero Homero no detalla en ellas, sólo menciona que son seres marinos capaces de atraer a los hombres con sus voces para que naufraguen entre las rocas de su isla.

En el imaginario griego, las sirenas eran respetadas y estaban ligadas a la muerte. Émile Mâle (historiador francés), consideraba que este tipo de ave había sido adoptado por los griegos a través de los egipcios, en cuya cultura representaba la separación del alma del cuerpo. La prueba de ello es la infinidad de vasijas funerarias encontradas en sepulturas mediterráneas que contienen representaciones de esas aves del mar.

Sirena en una ánfora griega del año 550 a.C. Foto: oukas.info/onlineresize.club

Así, ellas encarnaban la sabiduría inexplorada, el conocimiento infinito en el que cualquier hombre podía perder la razón. El misticismo de su ser no moraba en la belleza de sus facciones, sino en la melodía de su canto. Por ello, en muchas de sus primeras imágenes sostienen algún instrumento musical.

En el pasaje homérico, su simbolismo se planta en la debilidad del hombre y cómo éste, al verse vulnerable, se “ata a sí mismo” (lo que Jon Elster definiría como una “racionalidad imperfecta”). Ulises se previene ante el olvido. Sus marineros, con cera en los oídos, lo atan al mástil. Él se deja libre sus canales auditivos. El rey de Ítaca quiere oír el canto. Las sirenas lo complacen, lo seducen, le dicen que le contarán sus gestas por la eternidad. El héroe implora ser desatado, nadie lo escucha.

Pascal Quignard refiere que seiren es una voz que proviene del griego seira (cuerda), cuya traducción se da en la “cuerda que ata”.

Las sirenas eran el preámbulo de la duda que el compositor Pierre Schaeffer consideraba la inspiración de los aventureros: “Si no dudaran tanto, no irían tan lejos en su aventura para saber si su objetivo existe o no”.

Ulises dudó de su racionalidad y decidió maniatarse para salvar su vida. Las sirenas, narran las leyendas, se suicidaban lanzándose al mar tras ver su fracaso ante los héroes.

METAMORFOSIS

No hay una verdad absoluta que explique la transformación de las sirenas aladas a seres psicoformes. Probablemente tenga relación con los suicidios recitados en los mitos griegos, aunque el historiador Pausanias ya hablaba de Eurínome como una deidad marina mitad mujer y mitad pez, hija de Océano y de Tetis.

Sirenas en un bestiario medieval. Foto: popscreen.com/shop.getty.edu

Las primeras representaciones registradas de las sirenas-pez se remontan a la época romana, donde se les colocaba en las actuales islas Li Galli, en Italia (curiosamente uno de estos peñascos tiene forma de delfín).

Fue en la Edad Media cuando las sirenas psicoformes recibieron la connotación erótica que se conoce hoy en día. Miles de libros cristianos de carácter moralista circularon por Europa, en ellos las sirenas se emplearon para representar al mar y sus peligros, además de añadirles el simbolismo de la atracción sexual y los pecados de la carne.

Un ejemplo es un pintura dentro de la iglesia suiza de San Martín de Zillis, la cual representa a una sirena psicoforme de cola bífida que hace sonar un instrumento de viento. Una sirena ligada a la música es un símbolo de tentación y seducción que aparece con frecuencia en las obras artísticas desde finales del siglo X.

En la Baja Edad Media, el atractivo físico de las sirenas se intensificó. Sus colas habían perdido el carácter bífido, el brillo de su pieles blancas embriagaba los ojos de cualquier marinero, eran el mal camuflado en belleza, el olvido que cubrió a su griega ascendiente.

No obstante, la figura de la sirena volvió a dar un giro drástico en el cuento infantil La sirenita de Hans Christian Andersen, publicado en 1837. En él, una joven sirena de 15 años añora conocer el mundo de los hombres. Logra salir a la superficie, divisa un barco, salva la vida de un príncipe náufrago, le canta y se enamora de él. La sirena renuncia a su voz con tal de convertirse en humana e ir con su amado.

La criatura emerge de las aguas, toca la playa, se deshace de su cola de pez. Envuelve su cuerpo desnudo en su larga cabellera y anda, siente cada paso con sus nuevas piernas como si caminara sobre cuchillos afilados (porque en Occidente amar siempre es doloroso). Llega hasta su príncipe y trata de conquistarlo. Sin embargo, éste termina por no reconocerla al no poder escuchar su voz y contrae nupcias con otra princesa.

Ilustración de Edmund Dulac para el cuento La Sirenita de Hans Christian Andersen. Foto: gutemberg.org

La joven está condenada a la muerte. Su única salvación es asesinar al príncipe, pero desiste de ello. La decepción, el no poder encantar a un hombre, orilla a la sirena a volverse al mar (el suicidio del que se hablaba en la mitología griega) y se convierte en espuma, como de la que nació la diosa Afrodita.

El cuento de Andersen transformó a la sirena en un ser lleno de ternura y capaz de amar. Esto bastó para que Disney hiciera una adaptación cinematográfica del mismo en 1989. La nueva sirenita fue llamada Ariel e impregnó su figura pelirroja en la niñez de muchas personas que hoy han alcanzado la edad adulta.

Hace algunas semanas, Disney anunció un live action de La sirenita protagonizado por Halle Bailey (una actriz afroamericana). Las críticas no se hicieron esperar. Bailey fue atacada en redes sociales, muchos de los mensajes peroraban que no podía interpretar a Ariel por su color de piel.

No obstante, Bailey no será la primera actriz de tez oscura que pudiese dar vida a una sirena. Ya en 2018, Sibongile Mlambo encarnó a Donna en la primera temporada de la serie Siren, producida por Freeform.

Tras siglos de historia, las sirenas no han tenido una imagen fija. Ésta ha cambiado en tono con el paisaje social de su época. Ante tal situación, queda citar las palabras del escritor guatemalteco Luis Cardoza y Aragón: “Frente a los rompimientos con lo que ya es pasado (…) la renovación ha parecido, siempre, excentricidad o tontería”.

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