Una cierta edad
Opinión

Una cierta edad

Miscelánea

Los niños andan en grupo, los jóvenes en parejas, los viejos andan solos.

Ya lo dijo Goethe, esto de envejecer siempre nos toma por sorpresa. Por más que nos quieran convencer de que hay formas saludables y felices de envejecer, ni la salud ni las circunstancias dependen de nosotros. Si usted, pacientísimo lector, está consciente de que un día más, es irrevocablemente un día menos, es que ha alcanzado ya una cierta edad. Si la vida lo ha tratado con gentileza y goza de buena salud, manténgase presente en lo bello, lo alegre, lo luminoso, y aunque sea entreverado de melancolía; tómese su tiempo con lo pequeño pero sorprendente.

Ahora que si usted tiene un yate, una hermosa casa en la playa o al menos una pileta en el traspatio; si su despensa está surtida con toda clase de 'chupifritos' y cuenta con una amplia provisión de bebidas alcohólicas, si tiene las puertas abiertas para los amigos de los hijos y los nietos, en ese caso usted ha asegurado la carnada para mantener cercanos a sus seres queridos. Si además ha desarrollado la habilidad de hacerse sordo, ciego y mudo ante los despropósitos de sus niños y los niños de sus niños; mucho mejor. Para ahorrar frustraciones, renuncie a la idea de transmitirles su experiencia y su sabiduría a unos jóvenes que tienen orejas digitales. No se suba al púlpito, no pierda su tiempo predicando en el desierto. Recuerde que a pesar del alto prestigio que goza, la experiencia es intransmisible. Piense mejor en hacerla trabajar a su favor. Reconozco que el amor que se cultiva con cercanía y genuino interés por nuestros brotecillos, florece en algún momento.

Es dulzura envejecer rodeado de nietos, y atendido por una familia amorosa; pero no siempre tenemos tanta suerte. Ahora que si por el vuelo de los hijos, divorcio o viudez, el nido ha quedado vacío, no renuncie; el amor, los viajes, los amigos, la aventura lo esperan ahora que ya nadie depende de usted. No hay nada que perder, arriésguese. No se anticipe a ceder sus bienes, gaste alegremente su dinero. ¡Cuidado!, no renuncie a su techo ni a su autonomía. No quiero ser amargosa pero ocurre algunas veces, que esas familias que creímos amorosas, lo son hasta que dejan de serlo. Nunca sabrás quién es tu hermano hasta que llegue el momento de repartir una herencia. Nunca conocerás a tu hijo hasta que (ojalá no) viejo y pobre, te vuelvas una carga para él. La familia de usted es diferente, yo lo sé, la mía también, pero es mejor que no las pongamos a prueba. Mi intención es recordarle que no hay plazo que no se cumpla, que el tiempo es una trituradora que con su pala dentada, separa épocas a grandes bocados. Para quienes conocimos esa antigualla que llamábamos honor, escuchamos la música de Manuel de Falla, imitamos la elegancia de Chanel, es difícil encontrar algún encanto en los pantalones rotos, la música que a todo decibel que hoy bailan nuestros jóvenes, su individualismo feroz. Mientras la vida insista en mantenernos por acá, inevitablemente llegará el momento de la dependencia. Ese en el que nuestros hijos deciden: “Vende tu casa y vienes a vivir con nosotros”, “Te vamos a cuidar”, ofrecen. A veces sí, pero a veces no. Por si las dudas, no se confíe. Cuando comience la cuenta regresiva mida sus fuerzas, mantenga su autonomía hasta dónde pueda. Siempre será más apreciado por su familia si es usted económicamente solvente. Manténgase al mando. Por si le sirve, ahí va este pensamiento de Víctor Hugo, “Te deseo que siendo joven no madures demasiado de prisa y que ya maduro no insistas en rejuvenecer, y que siendo viejo no te dediques al desespero. Porque cada edad tiene su placer y su dolor y es necesario que fluyan entre nosotros. Te deseo además, que tengas dinero, porque es necesario y práctico. Y que por lo menos una vez al año pongas algo de ese dinero frente a ti y digas: Esto es mío.

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