Josué Mirlo
Literatura

Josué Mirlo

La poesía de los espectros de la noche

En portada: El pájaro mirlo se caracteriza por su amplio repertorio de cantos. Foto: avescdmx.com

En el poema “Himno”, tomado del libro Museo de esperpentos (1964), Josué Mirlo escribe: “Era la Sombra / de espesa piel / viscosa y húmeda / que me lamía los ojos / acariciando / mi ceguera”. Sombra, escrita con inicial mayúscula, es nombre propio. La sombra y el agua son elementos importantes dentro de su obra. La sombra como un rostro más de la ceguera, enfermedad que Mirlo padeció a partir de los 60 años. La diabetes hizo “crisis en su salud y le afectó, de manera paulatina pero fatal, la salud en general”. Mirlo perdió la vista y finalmente el oído.

Su poesía corresponde al último modernismo y por ello, al surgimiento y configuración del grupo de contemporáneos y el estridentismo. Es una poesía experimental, tanto en su forma como en su técnica, que se alejó poco a poco de las características literarias de estas dos escuelas. El modernismo, por ejemplo, exaltaba los valores humanos reales; y las voces eran reclamo ante la conformidad, la burguesía, la vulgaridad, el tiempo y el espacio. Mirlo, en cambio, escribirá sobre la sombra, la muerte, la oscuridad y los espectros de la noche.

Pero, ¿quién es Josué Mirlo? Genaro Robles Barrera, más conocido como Josué Mirlo (1901-1968), es originario de Capulhuac, Estado de México, y es uno de los poetas más representativos de la literatura mexiquense. Encabeza, afirma el escritor José Luis Herrera Arciniega, la lista de poetas que comienzan “la tradición del sistema literario mexiquense” y se ubica en la generación del 27.

LAS PRIMERAS LETRAS

Su labor poética inicia con la publicación, en 1919, de A la memoria del extinto poeta Amado Nervo. Realizó con Erasmo Castellanos Quinto estudios en literatura en 1923. En 1925 concluyó el bachillerato en ciencias biológicas e ingresó a la Escuela Nacional de Medicina en Ciudad de México, carrera que interrumpió a causa de la muerte de su madre en 1927. De regreso a su pueblo natal, dedicó su vida a la docencia y a dar rienda suelta a su imaginario literario. Sus libros son Manicomio de paisajes (1932), Cuarteto emocional (1938), Baratijas. Mercado de versos (1956) y Museo de esperpentos (1964), y sus publicaciones en prosa La Caballona. Cuento regional (1956), Rosamar. Breviario de cuentos (1965) y Monigotes. Ensayo en prosa bárbara (1966).

Un mal presente en la obra de Mirlo. Ceguera, por Mahsa Rezaie. Foto: Medium

La primera poesía del autor de “Himno”, tiene una gran influencia de Ramón López Velarde. En el estilo, en la forma de mirar el mundo y sus objetos, en sus inquietudes sobre los temas religiosos. Se sabe que quiso ser primeramente cura. En sus poemas se distinguen ecos de Nervo, González Martínez, Pellicer y Tablada. De Darío comenzará a separarse paulatinamente hasta lograr una voz singular.

SU ESTILO

El primer Mirlo es visual. Es abrir un álbum y descubrir calles, cerros, casas; es distinguir entre la multitud un rostro o, sencillamente, dejarse deslumbrar ante una pajarera y la jaula que ha dejado abierta: “La tarde es una / pajarera ambulante, / que hoy dejó abierta / la jaula de sus pájaros”.

Por su puesto, la lectura dice más que una estampa en donde la omisión de la mujer ha permitido que los pájaros huyan. ¿Qué son en realidad los pájaros? ¿Los sueños, los anhelos, los deseos? Y ¿qué implica dejar en libertad? Tal vez, se entenderá cabalmente esta insinuación si se acude a lo escrito por Jorge Hiram Barrios en el libro Museo de esperpentos y ensayos de prosa bárbara, editado por VersoDestierro en 2015 y preparado por Andrés Cisneros de la Cruz. En su texto, hace una revisión analítica de la obra de Mirlo y relaciona estos versos con otros, con el fin de hacer patente el “engranaje retórico” del poeta, su juego. Veamos los ejemplos:

De Eduardo Lizalde: “Incendio. El fuego / paladeaba el bosque / y lo encontraba de su gusto”.

De González Rojo: “Que fotógrafo fue —tu voz murmura— / quien nos ha consentido, / tras abrir una jaula, ver que el pájaro fuera / volando sobre la llanura; / fotógrafo que deja que vuele su avecilla”.

El paisaje era un elemento fundamental de la primera poesía de Mirlo. Foto: Unsplash/adrian

De Manicomio de paisajes tomemos otro ejemplo de este primer Mirlo: “Por la cuesta sonámbula, / los árboles escoltan con silencioso afán / al mustio arroyo, / que al decir de los pájaros, / asaltó a la neblina / en la montaña”.

Es otra la mirada del poeta en Baratijas. Mercado de versos (1956). Sus paisajes (volverá la idea del paisaje y la manera de mostrarlo) se centrarán en la preocupación del ser humano; abordará sus emociones, sus memorias, sus universos cromáticos: “¡...El destino, más fuerte / que yo, me hace sonámbulo y vago como un perro / famélico y sin dueño, que husmea por las aceras / el rastro de un cariño que se perdió en la urbe!” El yo-poético también es exaltado: “Esta inquietud que tengo dentro de mí es tan grande, / que a veces me dan ganas de abrirme al horizonte / para que no se entuman sus alas en mi sombra”.

En este libro, la Sombra se muestra como un velo o como el mismo hombre (yo-poético) ensimismado en lo absurdo, en lo fatal de la existencia: “Hoy, que me embozo el día, / me siento triste / porque mi pensamiento / y mi emoción sincera / no tienen la alegría / de la luz, / y me salen / empapados de sombra … / ¡y es que la Sombra reina en mi interior!

No es la sombra Borgeana si se refiere ésta al doble, al juego entre el sueño, la fantasía, la alucinación. La sombra de Mirlo es aquella que sujeta al hombre real entre la felicidad y la desdicha.

Museo de esperpentos (1964) es “recinto que resguarda las piezas del dolor. En absoluta ceguera y enfermo, Josué Mirlo guía el recorrido por pasadizos, casilleros y galerías repletos de su más íntimo sentir. Ahora el paisaje nocturno es el protagónico; sólo un lugar iluminado… que parece venir del nostálgico recuerdo”, afirma Eridania González Treviño, en el libro Obra selecta.

Foto: Archivo Siglo Nuevo

Las metáforas, las comparaciones, las prosopopeyas abundan en la obra de Mirlo. En el poema “Himno”, la sombra será acuartelada y se desplomará en el horizonte de ese yo-poético. Los reflejos son también parte de esa sombra dentro de los ojos. El glaucoma se representa, en algunos casos, como un golpe de luz o un haz. En este mismo poema, Mirlo (acaso sin saberlo) hace referencia a ello: “Un relámpago lívido / rayó mi oscuridad / cicatrizándole / la cara / un delgado fulgor / azul eléctrico.”

¿Quién explica lo que ocurre dentro del ojo? ¿Quienes nacen siendo ciegos? ¿Quienes lo son por un fatal accidente; quienes por enfermedad? Tal vez, solo breves acercamientos, como el que leemos en el poema “Sombra”: “Por esto no permites / que mis ojos / lancen a mi cerebro sus imágenes / que articulándose / en fulgores / insulten / tu desnudez / de Sulamita”.

El trabajo poético de Mirlo parece no corresponder a los grupos de su tiempo; está fuera de la órbita de los autores renombrados o laureados. Ocurre lo mismo si se busca establecer un marco de relación con las escritoras de aquel momento. Es un autor que, hasta el día de hoy, es difícil conectar con otras estéticas, pese a que su obra puede inscribirse plenamente en las vanguardias y particularmente en el estridentismo (otros dirán que no). Apostar por el verso libre, los espacios blancos, el juego rítmico, son ejemplo de ello. Incluso, romper con el canon. Concha Urquiza, Margarita Michelena, Rosario Castellanos, dejan un legado imborrable que es urgente retomar buscando coincidencias, desacuerdos, inquietudes intelectuales, etcétera, entre los poetas.

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