Las mujeres ficticias de Lucia Berlin
Literatura

Las mujeres ficticias de Lucia Berlin

Autora que retrata la feminidad a través de sí misma

En los relatos de Lucia Berlin se encuentran personajes femeninos con una visión del mundo particular y una búsqueda de la autorrealización. La forma en que se relacionan con su entorno nos hace pensar en lo autobiográfico de las obras, pero lo importante en ellas radica en cómo retratan una época que nos parece distante.

Más aún, da voz a personajes femeninos profundos, las reviste de su propio erostismo y las dota de un poder de decisión que pocas veces se podría ver en autores masculinos de los años setenta.

Por esto y por su pulida escritura mostrada en su obra conformada por 66 cuentos, Berlin se convirtió en una autora elogiada por sus contemporáneos, pero con una voz un tanto modesta y desconocida. No es sino hasta el 2018 que es redescubierta y valorada nuevamente, con nuevas ediciones de la compañía Farrar, Strauss and Giroux.

La autora nace en Janeau, Alaska en 1936, pero debido al trabajo de su padre, ingeniero en minas, su infancia la pasa en Idaho, Kentuchy y Montana, ciudades dedicadas a la minería.

Su familia fue marcada por la participación paterna en la Segunda Gran Guerra. En su ausencia, Berlin comienza el deambular de su vida; se muda a Texas con su hermana y al regreso de su padre se trasladan a Santiago, Chile, donde su posición económica se eleva y la familia se establece entre la clase alta del país.

Sin embargo, los altibajos en la vida de la autora son constantes, como ocurre muchas veces en sus relatos. Se le detecta escoleosis a los diez años, afección que le hace utilizar un aparato ortopédico para corregir su colmna.

EL SENDERO DE LAS LETRAS

En 1954 decide tomar el camino de la escritura, interesándose por la literatura y el periodismo e ingresando a la Universidad de Nuevo México. Allí se convierte en alumna del escritor español Ramón José Sender y a partir de este momento es atraída por la vida bohemia y por relacionarse con artistas de otras disciplinas, como músicos, incluso sentimentalmente.

Hacia Chile con sus padres y hermana menor. Lucia, a extrema derecha, tenía apenas 13 años (1949). Foto: Literary estate of Lucia Berlin LP

Estas relaciones, la mayoría de las veces difíciles y marcadas por separaciones y abandonos, se ven retratadas en relatos de Una noche en el paraíso, aunque con cierto optimismo. La admiración que la autora siente por los artistas y su labor, se mantiene incluso después de las vicisitudes.

Su primer matrimonio, iniciado cuando contaba con 17 años de edad, resultó en el abandono de ella y sus dos primeros hijos. Logra terminar sus estudios y se rodea de más personas que alimentarán su interés por la escritura, entre ellos otro de sus maestros, el poeta estadounidense Robert Creeley. Es en esta etapa, habiendo decidido un nuevo rumbo de vida, que escribe en forma.

ALMA VIAJERA

Berlin tuvo tiempo suficiente, entre sus ya muchas responsabilidades, para convertirse en la viajera y la escritora que deseaba. A inicios de los noventa vivió en la Ciudad de México para acompañar a su hermana, que padecía una etapa terminal de cáncer.

A partir de la antología de cuentos Manual para la mujer de la limpieza, las dificultades que habitaron su vida pasaron a ser parte de la obra y dotaron de una humanidad y cercanía notables a sus escritos.

La obra de Lucia Berlin surge en los años de La Mística de la feminidad por Betty Friedan, un libro clave para la segunda ola del feminismo y que intenta visibilizar la búsqueda de la realización de las mujeres. Para esto rompe con convencionalismos y separa al sexo femenino de su rol maternal y hogareño, haciendo notar su voz y su decisión en tanto que reafirma su individualidad, yendo un paso más allá que sus antecesoras sufragistas (que lucharon por el voto para las mujeres).

La escritura de Berlin muestra a personajes femeninos complejos y con un espíritu aventurero del que ya habían sido dotados los masculinos del romanticismo. Así, los cambios de ciudad y el replanteamiento de objetivos se ven reflejados tanto en la vida de una Lucia Berlin con la suficiente capacidad económica, como en sus personajes.

La obra de la escritora estadounidense presenta esta autonomía femenina con gran naturalidad y sin la intención de protesta, logrando resumir de manera sutil una idiosincrasia propia de ese momento, pero no por ello menos importante o significante.

Lucia Berlin con sus hijos Jeff y Mark en el Hotel Mirador de Acapulco, México (1961). Foto: Buddy Berlin/Literary Estate of Lucia Berlin

EMPLEOS E HISTORIAS

En los años sesenta, su camino la llevaría a nuevas relaciones y matrimonios que la orillarían a mudarse de residencia varias veces. Esto la llevó a Nueva York y a México, aunque luego volvió a Estados Unidos para continuar estudiando y fue contratada como maestra.

Para 1971 tenía ya cuatro hijos, por los que tuvo que desempeñar una variedad de trabajos en California, que iban desde recepcionista hasta encargada de limpieza y asistente de médico.

Los cambios de residencia y de ocupación se vieron reflejados en la variedad de personajes de Una noche en el paraíso, mujeres de distintas edades y clases sociales, pero sobre todo con ocupaciones y vivencias que la misma autora desempeñó.

La antología comienza con cuentos como “Los joyeros musicales” donde las protagonistas son dos niñas oriundas de Texas. Ellas viven en una situación de separación, con un padre que partió a la guerra, tal como ocurre con la biografía de la autora.

Pero esta etapa acaba cuando el hombre vuelve de la guerra y la familia se muda al Chile de los años 50, donde una protagonista joven se vincula con la elite de Santiago. El cuento “Un romance gótico” transcurre en el ambiente bucólico del país.

A continuación hay relatos centrados en la vida adulta, algunos transcurren en México. La mujeres retratadas en esta sección del libro son impulsivas, llenas de energía y vitalidad, y cambian de lugar como por la propia inercia de sus vidas. Se van para encontrar nuevas experiencias y no conformes con esto viven en los lugares que aman el tiempo que pueden. Los personajes masculinos en los que ellas encuentran el amor son, por el contrario, poco atentos, demasiado ocupados, o en el caso de uno de ellos, con padecimientos como la adicción a la heroína. Hay en ellos algo que los mantiene alejados.

El amor, la ternura y la espontaneidad se transforman en temas centrales de las relaciones que forjan estas mujeres, pero que se ven, de un momento a otro, obligadas a afrontar la realidad y a vivir por cuenta propia.

En Oakland, California, con su gato Jesse (1975). Foto: Literary Estate of Lucia Berlin

Welcome Home: A memoir with selected photographs and letters (Bienvenida a casa: Una autobiografía con fotografías y cartas selectas), es la otra cara de la obra de Lucia Berlin, donde se muestra lo puramente veraz en la historia personal de la autora, con un vuelco profundamente sentimental.

En ella se ve la significativa relación que Berlin mantuvo con su mentor, el poeta Edward Dorn, entre otras cartas importantes que, si bien sirven para relatar la vida de Berlin, no cuentan con la riqueza de las ficciones de Una noche en el paraíso.

A pesar de que nos muestra una mirada un tanto desenfadada y fresca, la fatalidad no es excluida de su obra, como tampoco lo fue de su vida. A partir de 1970 sufre un alcoholismo del que logra recuperarse mientras alcanza nuevamente la estabilidad económica. Dos décadas después, debe reencontrarse con su hermana, ya que sufre de cáncer en etapa terminal en Ciudad de México. Finalmente, su escoliosis se complica y termina por acabar con su vida con una fisura de pulmón en 2004.

Lucia Berlin es muchas mujeres dentro de una, enérgica y con ganas de vivir bajo sus propios términos y decisiones. Las muchas vidas que mantuvo se reflejan en sus escritos, que logran un íntimo acercamiento a distintas clases sociales. Nos invita, prácticamente, a experimentar fragmentos de ella.

Las vidas de escritora y de madre fueron aquellas que en ningún lapso dejó atrás, llevándose a veces el mundo a cuestas pero continuando con una labor que sentía, como muchos otros creadores, más apremiante: contar historias.

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