Kurtág y la ópera de lo absurdo
Arte

Kurtág y la ópera de lo absurdo

Sonidos inspirados en Samuel Beckett

En el frío 19 de febrero de 1926 el llanto de un bebé resonó en Lugoj, Rumania, fue el nacimiento de György Kurtág. El futuro compositor dio sus primeros compases acompañado de las clases de piano que le impartía su madre. Al soltar la mano de su progenitora, amplió su formación musical en la ciudad multicultural de Timisoara y luego partió de tierras rumanas.

En 1946 decidió trasladarse a Budapest. Allí se internó en el conservatorio y recibió cátedra de Sándor Veress, Ferenc Farkas y Leó Weiner, entre otros. Las armaduras de sus primeras composiciones vibraban con influencia húngara, sobre todo de Béla Bartók.

Sus aspiraciones musicales lo trasladaron a París. Kurtág maduró su arte en las riberas del Sena. Acató las enseñanzas de Olivier Messiaen y de Darius Milhaud, y además asistió a los conciertos del Domaine Musical que dirigía Pierre Boulez.

Retornó a Budapest, a la Academia Liszt. Allí rechazó impartir composición y se convirtió en el primer asistente de Pál Kadosa (decano de piano húngaro). Más tarde, sus propios méritos lo dirigirían al arte de la cátedra. Eligió especializarse en música de cámara, que le ofrecería mayores vertientes al momento de componer.

El piano lo siguió acompañando como instrumento predilecto, por eso aparece en muchas de sus obras.

Fue a comienzos de los setenta cuando Kurtág inició una serie de composiciones breves que partían de la idea del mundo perfecto de la infancia y que tomaba forma en el espíritu del juego.

A Kurtág le preocupaba la enseñanza musical en los niños, pues consideraba que el método tradicional ahuyentaba a la imaginación que un infante construye cuando juega. La más famosa de ellas es Játekok (Juegos), inspirada en la forma en que los niños tocan espontáneamente el piano, el cual para ellos sigue siendo un juguete.

György Kurtág, de 93 años, en un ático en el Budapest Music Center. Foto: stillerakos.com/nytimes/Palko Karasz/rhystranter.com

Para el compositor, jugar despierta el instinto musical del ser humano, aboga por la experimentación, por el placer de adentrarse en la amalgama de sonidos sin ningún tipo de hostigamiento. Esto es el pilar de sus composiciones. Kurtág es un tipo que juega con los sonidos y que en las partituras de su imaginación desarrolla obras que se mueven en libertad.

Su felicidad artística también es fruto de las enseñanzas de las que ha sido alumno en su duradero matrimonio. Desde hace más de 40 años, su esposa Martá ha jugado un rol decisivo en su vida.

A György Kurtág se le define como uno de los compositores sobrevivientes de aquel grupo de vanguardia que integró a creadores como Karlheinz Stockhausen o Luciano Berio. A sus 93 años ha gozado de un tiempo que se le negó a sus contemporáneos. Su mirada musical se ha asomado al Nuevo Mileno con la inquietud de depurarse y deconstruir lo aprendido durante el siglo XX.

INFLUENCIADO POR BECKETT

Era el año de 1957, György Kurtág se encontraba en la antiquísima París. Una noche de abril, el compositor acudió a ver la obra Fin de partie (Fin de partida) del irlandés Samuel Beckett (en ese momento dirigida y protagonizada por Roger Blin), gracias a la recomendación de su amigo György Ligeti.

Tiempo después compró el libreto de la obra junto a En attendant Godot (Esperando a Godot) y los bautizó como su ‘biblia’ personal.

Así, los libretos de Beckett abrazaron las partituras de Kurtág. En 1991 apareció Samuel Becket: Whats is the word, obra compuesta para Ildiko Monyok, una cantante que perdió la capacidad de hablar después de un accidente automovilístico.

Según un ensayo de la compositora española Rosa María Rodríguez Hernández publicado en la revista Itamar, la música formaba parte del pensamiento constructivo de Samuel Beckett. Luciano Berio también resaltaba la temporalidad que existe en los textos del dramaturgo irlandés y el empleo de diferentes tipos de silencios.

Kurtág dando clase de piano en la Academia de Música Ferenc Liszt, en Budapest. Foto: Christoph Egger/ECM Records

Incluso, se especula que Beckett recurrió a Stravinsky para que lo orientara en estructurar los ritmos y silencios en sus obras.

El también ganador del premio Nobel de literatura en 1969, fue un representante de lo absurdo aunque rechazó el conformismo existencial. Confrontó sin pausa a la definición cartesiana de tiempo y espacio y aludió a que el ser humano era algo más que eso.

Ricardo García Arteaga, en un artículo publicado por la Revista de la Universidad, escribió que la obra de Beckett tuvo a su vez influencia en Heráclito, Diderot y Shopenhauer.

Beckett también fue radioasta. Trabajó en la BBC y escribió varias piezas para radio. Por ello, encontró en Kurtág a su alma gemela, a un músico que, igual que él, se ha esmerado en sus creaciones pero no avanza hacia el límite de la exageración. El irlandés y el nacionalizado húngaro funcionaron como hombres sobrios, exactos, apasionados pero solemnes. Pensadores que en letra y sonido tomaron el asta de lo absurdo y escribieron un discurso libre.

FIN DE PARTIDA

Fue en noviembre de 2018 que György Kurtág, tras más de nueve décadas de vida, estrenó su primera ópera. La obra arribó a su repertorio musical y se basó en un libreto de Samuel Beckett: Fin de partie.

Según consta el periódico Corriere Della Sera, el lugar para el sonoro acontecimiento fue el llamado templo de la lírica italiana: el teatro alla Scala, en Milán. Allí, tan esperado trabajo fue dirigido por Pierre Audi y Markus Stenz.

Fueron dos horas de acto, sin intervalos, que desembocaron en ocho minutos de aplausos. El acontecimiento viajó radiofónicamente hasta Budapest, donde György Kurtág pudo escucharlo junto a su esposa Martá a través de la cadena Euroradio.

Al estreno asistió el primer ministro húngaro Víktor Orbán. En una entrevista para el diario italiano, el mandatario afirmó que el vínculo entre Hungría e Italia ha tenido siempre sus cimientos en la cultura.

Fin de partie en la Ópera Nacional Holandesa. Foto: Ruth Walz/emb.hu

Si bien las letras de Beckett sudan musicalidad en cada lectura, muy pocos compositores son capaces de enfrentarlo en el pentagrama. Kurtág se aventuró a eso, a extraer el alma sonora de Beckett y trasladarla a las melodías y armonías de una orquesta.

Fin de partie aborda la historia de dos personajes: el ciego y paralítico Hamm y su sirviente Clov. La relación que se presenta nace de un juego rutinario. Ambos se encuentran en lo que aparenta ser un refugio después de una catástrofe que ha lapidado todo ciclo natural (cuando Beckett la escribió recién había concluido la Segunda Guerra Mundial).

En ese espacio reducido aparecen los padres de Hamm: Nagg y Nell, ancianos con las piernas mutiladas, refundidos en botes de basura donde tratan de matar el tiempo charlando entre sí.

La posibilidad de que Clov parta y abandone a Hamm se traza como el único tema a discutir. El diálogo se torna en grises eternos e intrascendentes. Cada día cubre al anterior con una tortura que parece condenar a los personajes a permanecer juntos en tan pequeño infierno.

Para el guionista Martín Esslin, Fin de partie, como buena representación del teatro de lo absurdo, desintegra el lenguaje en un juego que no cesa, que se repite y vacila. Una exploración del ser a través de patrones discursivos que recuerda a la desgracia de una guerra recién terminada.

La impotencia de la inmovilidad de Hamm, quien permanece inerte en su silla con un silbato para llamar a Clov. La amenaza del abandono. Cuestiones internas que rasguñan la soledad. La ceguera que priva al personaje principal de la realidad. Un hombre que no puede sentarse y otro que no puede mantenerse en pie. Todo esto fue el material que Kurtág tuvo que sonorizar.

Casi 60 años después de que Kurtág tuviera su primer contacto con la obra de Beckett en París, y tras una década de composición a fuego lento, la ópera de Fin de partie se presentó con una orquestación íntima, con timbres que favorecieron instrumentos individuales; leitmotivs, como el acordeón que siempre acompañaba al hartazgo de Clov.

Comentarios