Pájaros de verano
Cine

Pájaros de verano

Las familias del narcotráfico

El crimen organizado en la ficción se aborda de maneras variadas y sin embargo es difícil separarlo de sus convenciones más frecuentes, en las que se encuentra un ambiente urbano, persecuciones y enfrentamientos armados.

Pájaros de verano, a pesar de ser una historia sobre narcotráfico, no nos remite a esto, sino que es una mirada humana que se enfoca en las decisiones, la tradición y el cambio que supone la llegada de este mal a las comunidades que se ven afectadas por este fenómeno.

La película colombiana de 2018, codirigida por Ciro Guerra y Cristina Gallego, ha sido nominada al Oscar en la categoría de Mejor filme de habla no inglesa (antes llamada “Mejor película extranjera”). Además de ganar el premio a mejor película en el Festival de Biarritz Amérique Latine 2018, fue seleccionada para abrir el Festival de Cannes el mismo año.

En relación al filme anterior de Ciro Guerra, El abrazo de la serpiente, hay algunas coincidencias que se pueden señalar. Este narra cómo los ritos de una población indígena, que incluyen alucinógenos como una manera mística de introspección, comienza su destrucción cuando estos son utilizados de manera recreativa.

Lo que ocurre en Pájaros de verano es algo similar. Ambas hacen hincapié en las tradiciones que sustentan una comunidad y cómo estas al desvirtuarse traen estragos a veces irreversibles.

ENTRAÑAS DEL FILME

Para el director, existe una deuda por saldar con la representación que se le ha dado al narcotráfico en Colombia, misma que proviene del exterior, como en el caso de la serie Narcos de Netflix. La mirada desde dentro del país es importante para presentar el fenómeno como lo que fue: una crisis en la que toda una nación se veía afectada.

Escena de Pájaros de verano. Foto: Mateo Contreras Gallego

A la realización del filme se sumó, como en el anterior, Cristina Gallego, quien había participado en proyectos previos pero hasta los últimos dos de Guerra figuró con el crédito de dirección. Su rodaje de nueve semanas se realizó con 2 mil extras de la región, e incorporó tanto a profesionales como a ajenos del cine en la actuación.

La historia es ambientada en las décadas de los años 60 a los 80, durante el periodo inmediato anterior y el inicio de la llamada “bonanza marimbera”, una etapa caracterizada por el ingreso de gran capital a partir del cultivo y exportación de la “marimba”, regionalismo colombiano con el que se conoce a la marihuana.

LA HISTORIA

Se centra en una familia wayú, un pueblo indígena que habita la península de la Guajira, al nororiente de Colombia. Al ser una comunidad matriarcal, gran parte de la acción se desarrolla en torno a Úrsula (Carmiña Martínez), madre de una niña con cuyo rito de paso a la madurez comienza la película.

Encontrar un buen candidato para casarse es parte de esta tradición. Rapayet (José Acosta) participa, a lo que sigue, como acto para consumar la alianza, la entrega de una dote a la respetada familia, una especie de tributo que constaba de 30 chivos, 20 reses y cinco collares (estos últimos como símbolo de protección).

En una conversación entre Rapayet y la matriarca, ella menciona que sería capaz de todo por su clan y que el amuleto de su familia le protege de plagas y de quienes buscan engañarlos. Luego afirma: “aunque consigas la dote, los espíritus me van a advertir sobre ti”.

El nombre de la película se anuncia justo después de esto, como avisando el mal augurio que está por venir y que, precisamente, viene de esta unión. Rapayet busca conseguir la dote, pero uno de los caminos que encuentra es la venta de droga; así de sencillo comienza la sucesión de eventos que afectan a la comunidad entera.

Ritual de maduración femenina mostrado en la película. José Acosta en el papel de Rapayet y la actriz Natalia Reyes como Zaida. Foto: EFE/The Orchard

A continuación, la historia que se nos muestra escala rápido, como si los acontecimientos fueran casi fruto de la casualidad y los protagonistas no pudieran hacer algo para desvincularse del camino en que se metieron.

Se muestra cómo se hace el primer negocio con unos vacacionistas estadounidenses que son retratados de manera sumamente caricaturesca. Se trata de hippies que entregan panfletos seguido de un “y recuerda, di no al socialismo” mal pronunciado.

VIOLENCIA PROYECTADA

La violencia en el filme colombiano se muestra como simples pero destructoras malas decisiones, un bajo control al que están sujetos personajes como Moisés (John Narváez), amigo de Rapayet; o Leónidas, el hijo menor de Úrsula.

El caso del primero, denota una mala administración de sus ganancias, siendo un entusiasta de la fiesta, el derroche y el placer inmediato; el mal manejo de su enojo le lleva a matar a dos de los clientes y traficantes estadounidenses con los que el creciente negocio ilícito alcanzaba más ganancias. A este suceso, sigue un conflicto con Rapayet, debido a la mala decisión y a la desobediencia del mismo Moisés.

En cuanto a Leónidas, se trata de un descontrol que llega después de que se le ha dado todo, de que se desarrolla en una familia que crece económicamente y en cuestión de poder, y al mismo tiempo se le da la labor de convertirse en uno de los líderes de su clan. El poder es algo que corrompe al joven y le hace cometer una atrocidad tras otra, y de hecho es por su falta de respeto y abuso hacia una de las hijas de la otra familia que inicia la guerra final entre ellos.

Pero no es únicamente esto lo que los hace destruirse desde dentro, sino que la piedra angular, con la que en definitiva se sabe que habrá un enfrentamiento, es el asesinato de un “palabrero”, miembros importantes del clan cuya labor es hacer de consejeros de los líderes y llevar sus mensajes. Es aquí donde la ruptura con la tradición es total y la degradación no tiene vuelta atrás.

Pájaros de verano presenta enfrentamientos armados y relaciones de una potencial agresión, estableciendo que incluso los mismos criminales se suelen ver como un mal necesario de la realidad que habitan.

La magia y el extremo realismo se conjugan en el filme. Foto: EFE/The Orchard

Y pese a esto, no se aborda el tema estando siquiera cerca de hacer de la violencia un espectáculo. La tragedia se cierne sobre las familias y en el daño causado se nota la humanidad de sus personajes.

La razón de esto es que ha querido ser fiel a la realidad, no sin perseguir un objetivo bastante ambicioso, que en palabras de Gallego, es “narrar el origen del narcotráfico en Colombia”, es decir, ser fiel a la problemática, atendiendo algo que a ojos de sus directores, no se ha hecho.

Gallego y Guerra han dicho que su película es “de gangsters”, razón por la que no han perdido algunas convenciones en lo que respecta a este tipo de películas. Pero está dotada de un significado mucho más profundo que tiene que ver con el cambio de valores que experimenta una sociedad.

Muestra cómo las tradiciones, los vínculos familiares y sociales se van entregando a su destrucción en cuanto más envuelto está el entorno por el narcotráfico.

La relación entre lo mágico y la realidad se notan. Si bien Rapayet es quien inicia el camino a cuestas de violencia, esto es permitido por Úrsula, a quien tras ignorar constantes advertencias de los los espíritus, éstos en algún momento dejan de hablarle.

Esto es un símbolo del desapego a costumbres que salvaguardaban el bienestar de todos. Puede leerse como un argumento que va en defensa de las tradiciones antiguas y sin embargo es, más que eso, una historia sobre la degeneración a la que llega una sociedad en cuanto llega la ambición a sus miembros.

Es una advertencia, no de lo que ocurrió en Colombia, sino de lo que acontece en cualquier lugar del mundo donde se encuentra una ambición que lo termina por gobernar todo y que no guarda miramientos en cuanto a quiénes podría afectar.

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