Piezas inacabadas
Nuestro mundo

Piezas inacabadas

Nuestro mundo

Desde que somos pequeños nos enseñan a sacarle provecho a nuestros talentos, habilidades y cualidades. Eso está muy bien, porque cuando desarrollamos la capacidad de reconocer ese lado luminoso de nuestra existencia será mucho más fácil que nos avoquemos a acrecentarlo, a hacer que eso sea nuestro valor diferencial en la vida.

Pero si no ponemos la misma atención a lo que no nos gusta de nuestro carácter, temperamento, sensibilidad o actuar, eso está destinado a convertirse en el obstáculo más grande del crecimiento y desarrollo personal de cada uno de nosotros. No nos gusta asomarnos a la oscuridad porque reconocerla como parte de nosotros nos da la responsabilidad de empezar a hacer lo necesario para poco a poco darle luz, y esto significa dejar de tener miedo, poder tocar las heridas que cicatrizaron y que dieron pie a nuestra formación, ¿o deformación? Como individuos. La exclusión, el desprecio, el descuido, las carencias, la escasez, la violencia en todas sus manifestaciones suelen ser los motivos por los cuales desarrollamos defensas que nos liberan del mal estar y que muchos llaman defectos.

Haz un ejercicio, querido lector, ubícate en tu adolescencia, la caja de Petri que incuba mucho de lo que seremos como adultos, ¿cuál era la llamada de atención constante de tus padres hacia tu persona? Bien pudo ser el “No seas flojo”, “No seas grosero”, “Tus amigos te van a llevar por mal camino”, “Nunca terminas lo que empiezas”, “Necesitas jugar menos”, “Ya madura”, “Todo pierdes”, “No digas mentiras”, “Devuelve lo que te prestan”, “No seas pediche”, etcétera. De entonces a la fecha, ha pasado el tiempo necesario para haber dejado atrás eso que tanto disgustaba, o bien, no lo trabajamos y en lugar de esfumarse se hizo más evidente.

Cada día es una oportunidad de evolucionar, es más, cada minuto, cada hora, nos ofrece la posibilidad de la conciencia, de darnos cuenta que eso que nos señalaron como indeseable sigue presente. Viene al caso porque recién me reúno con amigas de la infancia y como ellas me observan yo las observo. Me doy cuenta que quien era muy presumida lo sigue siendo, no nos comparte sus logros, que casi todos tienen que ver con dinero, nos pone por delante su poder y buena vida. La que era muy fijada continua por las mismas, la que era muy chismosa en un ratito nos contó vida y milagros de quienes conocemos y de quienes no, la negativa y pesimista habló toda la tarde de sus enfermedades; pero de pronto hubo alguien que era muy reservada, que casi no se notaba su presencia y hoy brilla como ninguna, ella comparte, se ríe de sí misma, tiene una luz maravillosa, es generosa, entretenida y al preguntarle en corto cómo había hecho para lograr ese cambio radical me contó de su sufrimiento y de la necesidad que tuvo de apoyarse en un terapeuta, de cómo se vio obligada a hacer modificaciones sustanciales en su vida para lograr ser ella, me enlistó todos los cursos, diplomados y terapias holísticas en las que se había apoyado, me contó también que esa búsqueda de su luz la había llevado a cortar con una relación tóxica que le había hecho mucho daño, que entendía ahora cuales fueron los motivos para estar callada y evitar el contacto con los demás.

No se percibe igual el error del joven que el error de quien ya acumuló experiencia, esa etapa de la vida es el momento ideal para equivocarse y corregir, llegar con los mismos errores, fallas o debilidades a una edad adulta sin haber hecho nada para subsanarlos, es un descuido muy grande.

El así nací y así me moriré es una declaración de entreguismo cómodo a las circunstancias. Las verdaderas luchas son con nosotros mismos, gestamos falsas creencias y asumimos consignas que ni nos pertenecen, algunas de ellas las aprendimos de memoria sin cuestionarlas y las integramos a nuestro diario vivir.

Por eso mando una señal de alerta para que nos revisemos, nos detectemos, nos analicemos y concluyamos cuales son nuestras áreas de oportunidad, dónde debemos focalizar nuestra atención, no para darles gusto a los demás, sino para estar mejor con nosotros mismos. Somos piezas inacabadas de la creación, más nos vale entenderlo así y aceptar que siempre hay algo que hacer para mejorar, para ser más libres, para ser mas auténticos, para terminar nuestras vidas reconciliados con nuestro ser.

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