Ángeles Cruz y las imágenes del alma
Entrevista

Ángeles Cruz y las imágenes del alma

Piso la tierra recién llovida, los olores ásperos, las yerbas vivas.

El silencio se yergue y me interroga.

Octavio Paz

Vive conectada a la tierra como el fotograma a la imagen. Sus guiones son la resonancia de un silencio heredado, enronquecido. La inquietud le conduce a tomar la lente desde el paisaje de su comunidad oaxaqueña, pero los problemas que retrata son universales.

Ángeles Cruz aterriza sus pies en Torreón para las actividades previas a la Muestra de Cine de Coahuila. Ha retornado a su raíz, al terruño donde floreció su madre. Fue en La Laguna donde sus progenitores se conocieron en la profesión del magisterio. Después, su padre regresó a Oaxaca, su lugar de origen, y la madre de la artista lo siguió.

Aquel amor que germinó en La Laguna terminó por darle vida a Ángeles sobre la manta verde de las montañas sureñas. La cineasta guarda su infancia con cariño, aunque comparte que la muerte de su padre, cuando ella tenía tan sólo diez años, hizo que se le fueran las palabras. Le dejó un hueco en el estómago y se entristece cada que proyecta sus pensamientos en el muro de su ausencia.

Cae la tarde en la ciudad y Cruz entra al vestíbulo del museo Arocena. Viste de blanco, en manta, y se abraza en su rebozo, como tantas veces se ha abrazado a su arte. Amable y con mirada cálida, entra al auditorio ante la bienvenida del público.

Nacida en el municipio de Tlaxiaco, Oaxaca, creció en un poblado enclavado en la sierra, bajo techumbres de azul intenso. Al igual que sus padres, también migró de su terruño. Muy joven se trasladó a Ciudad de México, donde inició su carrera como actriz, hasta que la necesidad de escribir sus propias historias le hizo tomar la claqueta y la silla del director.

Al inicio del conversatorio, la primera cuestión se dirige a la importancia que Cruz da a las artes en la actualidad. Su respuesta es certera: “Nadie se preocupa de qué come nuestro espíritu”, las artes son alimento para el alma.

Para ella, hacer cine no es sinónimo de entretener, sino de contar historias que al cineasta le vaya la vida y el corazón en ello, de lo contrario no sirve para nada. Expresa que la semilla del ingenio surge de la cotidianidad, de lo que parece que no tiene importancia alguna.

En su día a día, una libreta la acompaña. En ella traslada su imagen del mundo: hace apuntes, toma datos, descripciones, frases, observaciones. Deja que las ideas germinen en el papel y tiempo después acude a ellas para recolectar sus frutos.

El cortometraje Arcángel obtuvo un Ariel y ganó una categoría del Ismailia International Film Fest en Egipto. Foto: EFE/Mario Guzman

En la parcela de su creación muchas de las interrogantes surgen del silencio; de aquello que no se dice, pero que se escucha, de lo que el espíritu transmite en mutismo.

Su primer cortometraje surgió así, después de que una conocida le confesara que fue violada hace cincuenta años. Un nudo amagó la garganta de Cruz y después se deshilachó en el guion de La tiricia o cómo curar la tristeza (2011), obra donde aborda el abuso sexual infantil desde una enfermedad que transgrede el alma.

Luego filmó La carta (2014), donde muestra la vida de dos mujeres lesbianas en una comunidad indígena y cómo su preferencia sexual es vista como un mal por el resto del pueblo, aunque al final es brote de amor inocente.

Justo después de ese trabajo, Cruz fue avisada de que Patrocinia, una anciana solitaria de su comunidad y partícipe en todos sus proyectos cinematográficos, estaba abandonada y en mal estado de salud.

Preocupada, y ante la hostilidad de las autoridades, Ángeles regresó a su pueblo y rescató a Patrocinia. Bajó con ella de la sierra, la internó en una clínica y recorrió los asilos oaxaqueños en busca de un hogar para su amiga, pero los candados de la burocracia y la indiferencia les cerraron las puertas.

Impotente y con la pluma inmersa en el coraje, comenzó a escribir el guion de Arcángel (2018), una ficción cuyo discurso aborda el abandono y que es protagonizada por la propia Patrocinia.

Esta última película fue acreedora al premio de mejor cortometraje en el Ismailia International Film Festival de Egipto y al premio Ariel en la categoría de mejor cortometraje ficción.

Pero para entender el arte de Ángeles Cruz hay que leerlo en su propia voz, ya que sus historias sólo viven a partir del contacto con el público, pues respiran en el momento en que se presentan en pantalla.

José Revueltas escribió que “el arte lo es en tanto condensa en una síntesis armónica la realidad de donde nace”, ¿dónde ve la luz tu arte?

Hablo desde lo que me conmueve y me enoja. Para mí es fundamental de dónde nacen las historias y hablar de lo que no entiendo. El escribir, el hacer cine, es un proceso para tratar de entender. He encontrado que en eso existe una búsqueda de mi voz y esa voz conecta con quien se enfrente, nada más. No pretendo nada, sino desmadejar algo que yo misma no estoy comprendiendo y que, en este tratar de encontrar el hilo, es donde surge la historia.

Ángeles Cruz en el Museo Arocena. Foto: Erick Sotomayor Ruiz

¿De qué manera te construyó trasladarte de tu comunidad en Oaxaca a Ciudad de México?

Finalmente maduras muy pronto y encuentras un desasosiego en la búsqueda de ti mismo, de conservar algunas cosas que son esenciales para ti y en abrir tus antenas, tu mundo, tu visión para permitir que entren nuevas cosas. Creo que esta migración tan temprana hace que tengas un afecto muy fuerte por el terruño, que tus raíces permanezcan sólidas. Siento que nunca he salido de mi comunidad, de hecho regreso ahí para escribir. Cuando en 2011 escribí mi primer cortometraje (La tiricia o cómo curar la tristeza), descubrí que nunca me había ido, descubrí que seguía ahí, envuelta en eso. Entonces, pienso que la migración me hizo estar en el eterno retorno de no desprenderte nunca. Y eso nos hace bien, pienso que las migraciones son naturales y que esto que sucede en el mundo, donde las fronteras se vuelven duras, inflexibles y más radicales, lo único que hace es dividirnos. Somos ciudadanos del mundo y el mundo es un planeta para habitarlo en todos lados. Siempre estoy reflexionando en ese sentido de dónde pertenecemos. Ahora que estoy en Torreón es muy fuerte para mí, porque mi mamá se fue de aquí. Mi mamá siempre añoró esta tierra y platicaba de ella. Yo no había comprendido esa añoranza hasta ahora. Es como decir qué fuerte es la raíz y qué bueno que eso nos los inculquen.

Antes de venir a Torreón comentaste que de pequeña escuchabas esa nostalgia de tu madre, ¿cuáles eran las imágenes que cantaban sus recuerdos?

Recuerdo que cuando decía: “Extraño mucho mi tierra”, lo hacía paloteando una tortilla de harina. Ese contarte que se subía a los nogales que estaban en el patio de su casa. Siempre tenía una palabra, que en mi pueblo casi no la mencionan, pero que era el “terregal” que se hacía cuando caían los aironazos. Esas imágenes eran muy elocuentes para mí, porque yo vengo de la montaña: en mi pueblo hay pinos, encinos, llueve todo el día, hay mucho lodo y unos cielos azul intenso, y ella platicaba de la añoranza a partir del terregal, de las acequias, de los nogales, de las parras. Recuerdo que hacía unas capirotadas y unas tortillas de harina (que hasta la fecha las sigue haciendo). Para mí eso era Torreón, esa cosa que tenía mi mamá de andar en la tierra. Hablaba del clima, un clima muy seco, árido y decía: “Es que aquí llueve muchísimo y la humedad se te mete en los huesos. ¡Extraño mi tierra por eso!”. Ahora que llego aquí y veo que sí es un clima seco... ¡claro! Eso es lo que extrañaba ella, para ella eso era su terruño, su corazón.

Escena del filme La tiricia o cómo curar la tristeza. Foto: mexicana.cultura.gob.mx

En tu primer cortometraje hablas del abuso sexual infantil en las comunidades indígenas y te refieres a la enfermedad de la tiricia, ¿cómo definirla?

La tiricia es una enfermedad del alma. Es algo que va más allá de la tristeza y es la enfermedad que no te deja dormir, que no te deja llorar, que va más allá de una depresión. Tiene síntomas físicos donde te da comezón en la nariz, tiemblas todo el tiempo, no hallas remedio ni consuelo. Utilizamos ciertas maneras de curarlas: una es la música, que es muy importante, y las otras son las flores que vas a tirar al río para que se lleve esa tristeza.

¿Cómo relacionas al abuso sexual con esa enfermedad del alma que se hereda en forma de silencio?

No es que lo piense de manera concreta en mi comunidad. En realidad, el abuso lo pienso como algo universal que me preocupa. Pongo a mi comunidad porque es una realidad que yo conozco, pero pienso que entre más particulares sean los puntos de vista, más universales se vuelven, porque están hablando de algo que te interesa. Como humanidad nos interesa poner el dedo en la llaga en temas muy complicados que no alcanzamos a entender. Yo sigo sin alcanzar a entender el abuso, sigo tratando y pienso que voy a seguir sobre ese tema, tratando de buscar algo que no alcanzo a comprender. Como sociedad heredamos muchas cosas, muchos traumas y seguimos sin poder salir de estos círculos viciosos. A mí lo que me importa a la hora de escribir es justo eso: tratar de encontrar la salida. No la planteo, porque cada quien encuentra sus propias salidas y sus propios caminos. Pero para mí la escritura y el cine se han vuelto eso: la búsqueda para hallar alguna respuesta, algún resquicio de salir de estos círculos viciosos, de escapar de estas cuestiones familiares que nos atan. Justo hace poco platicaba que no me interesan temas como el narcotráfico o la violencia que se está generando en el país, porque todavía no logro salir de la casa, de estos temas cercanos que me conectan con la familia, con la casa, con mi pueblo, con cuestiones más humanas, menos externas, más internas.

Entonces, ¿la tiricia también tiene que ver con La Carta, cortometraje donde tocas el tema del lesbianismo en las mujeres indígenas?

Sí, es en el mismo sentido de conectar con temas que no se hablan; tabúes. Justo ese corto lo hice porque en una cena, platicando en mi comunidad, hablábamos de lo que sucedía en el pueblo y decían: “Aquí hay hombres que les gustan los hombres, pero ¿mujeres que les gusten mujeres? ¡Eso no existe!”. Primero esa aseveración me dio mucha risa y después me dejó punzando en la cabeza estas cosas que negamos que existen, de pueblos tan machistas que consideramos que las lesbianas no son posibles dentro de nuestros círculos, nuestras casas, nuestras comunidades.

Foto: IMCINE/Twitter

Para mí era importante tocar el tema y hablar de lo que me conmueve, de esas razones que tenemos como humanidad. Podemos ir a la luna, pero no podemos tolerar a una lesbiana o a un homosexual dentro de nuestra familia. Es muy absurdo lo que sucede. En estos temas me encuentro buscando todavía el corazón de las historias, tocando temas que me nutren como creadora. Estás tratando de encontrarte, de crear tu propia voz y tu propio lenguaje, cerca de lo que te inquieta.

¿Esos temas pueden brotar de la inocencia?

Sí. Es muy chistoso lo que sucede con nosotros los humanos. El amor nos pone al desnudo. Tengas la edad que tengas, si vuelves a ser tocado, vuelves a ser esa alma desnuda. De repente pensé si sería demasiado romántica esta idea del amor un poco infantil, y me di cuenta de que no importa la edad, el amor lo seguimos tomando desde el mismo punto: el amor de los niños, la primera vez que te enamoras; de la adolescencia, que te comes a besos con la gente; el amor de los viejos, cuando encuentras el amor a una edad muy madura, te vuelve a desnudar de la misma manera, te vuelve a poner la fragilidad y el abismo, porque tus sentimientos afloran con la misma brillantez y la misma inocencia. Creo que el amor tiene esa potencia.

Hablando de Arcángel, tu último trabajo, ¿cómo te encuentras con Patrocinia, su protagonista?

Es una persona que conozco desde niña, es de mi comunidad. Trabajó alguna vez con mi papá. Tuvo una vida muy difícil; no tuvo familia, vivió sola. Mi papá le cedió un terreno en la comunidad para que viviera. Tenía sus chivos y sus burros, trabajaba en el campo, así la conocí. Después, cuando hice La tiricia o cómo cuidar la tristeza, fui a buscarla porque dije: “Ella es la tristeza”. Siempre la he visto triste desde que yo era niña. Hice contacto nuevamente y de alguna manera me hice cargo de ella desde entonces; al ser una anciana que estaba sola, me hice un poco cargo de su alimentación. Años después hice La carta y también la llamé, también sale de extra. Después de La carta me dijeron que ya no quería comer. Entonces le mandaba comida y me preocupé. Hablé a la autoridad y me dijeron que no se podían hacer cargo. Yo estaba fuera del país y cuando regresé fui a verla, estaba en completo abandono y pues no puedes dejarla ahí. La agarré, la limpié y me la llevé en mi carro. La metí en un hospital, en lo que se recuperaba empecé a buscar un asilo y lo que encontré fue muchos no: “No, porque no habla español”, “no, porque no es autosuficiente”, “no, porque está sola”, muchos “no” en todos estos lugares de acogida que, se supone, deben estar al servicio de la gente sola. Fue muy impresionante, tuve mucha impotencia y en esa impotencia fue cuando escribí el corto de Arcángel.

Escena de Arcángel. Foto: IMCINE/Twitter

¿Cuál es la reflexión que te deja el resultado fílmico de Arcángel?

Me genera una tristeza muy grande porque somos unos desalmados como sociedad. Nadie se detiene a pensar si estamos abandonando a los ancianos. Antes los considerábamos seres con una gran sabiduría, llegabas a consultarlos, a preguntarles sobre sus decisiones de vida y ahora pareciera que son un estorbo para la sociedad, para la política, para las instituciones; todo mundo trata de lavarse las manos. Eso me llevó a un estado de depresión, de decirme que no es posible que estemos perdiendo la capacidad de asombrarnos y de conmovernos... la empatía con nuestros viejos. Por eso escribí Arcángel. A la fecha me hago cargo de Patrocinia. Le encontramos un buen lugar, está sana y salva, pero cuesta mucho trabajo. ¿Qué pasa con un anciano que no tiene una persona que le ayude a encontrar estos lugares? ¿Muere en el abandono? Es muy lamentable lo que pasa.

En un país multicultural como México, ¿crees que el lenguaje del cine puede construir una identidad?

El cine es cultura, es parte de lo que somos. Mientras tu visión sea más particular y más honesta, en ese sentido tendemos lazos y hacemos comunidad. Para mí el cine es eso, es comunidad. Es entendernos y encontrarnos como mexicanos, como seres a quienes nos conmueven las mismas cosas; seres de una misma raíz. De repente estamos buscando las cosas que nos hacen diferentes y olvidamos las que nos unen. Lo que nos une es un país y en este país nos encontramos todos. De todos depende lo que queremos rescatar de él: la mirada y la tierra. Para mí es fundamental eso, lo que somos como comunidad. En ese sentido nos fortalecemos.

El actor José Carlos Ruiz dijo que “un pueblo sin cine es un pueblo sin alma”, ¿te identificas completamente con esta frase?

Creo que todas las artes en general. Sería muy egoísta de mi parte decir que sólo el cine es fundamental, creo que todas las artes son fundamentales para nuestro espíritu. No sólo de alimento y de aire vive el ser humano. El espíritu es fundamental y las artes lo alimentan: la poesía, la música, el cine. Vi una sola película hasta que salí de mi pueblo, que era El joven Juárez (1954), porque era la única que había y mi papá la pasaba en 16 milímetros en una sábana proyectada en los diferentes pueblos. Me sé esa película cuadro por cuadro, pero no fue lo único. Las artes alimentan al espíritu y creo que entre más consumamos arte, tendremos un espíritu más fuerte.

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