La vanidad de la desgracia
Reportaje

La vanidad de la desgracia

Narcisismo de la era digital

En portada: Fotografía de Awamu Moja

Algunos jóvenes posan en un enorme monumento formado por bloques de hormigón en Berlín, Alemania. A pesar de que el espacio es solemne, gris y sin ningún posible incentivo para la diversión, ellos sonríen, se toman fotos y hay quienes saltan sobre las estelas, hacen posiciones de Yoga o realizan actos circenses.

Todo esto demuestra sus habilidades, las oportunidades que tienen, sus viajes y vivencias que están felices de compartir en redes sociales; sin embargo, no saben o prefieren ignorar el hecho de que hacen esto en un lugar que recuerda uno de los eventos más inhumanos del siglo XX. Se encuentran en el Holocaust-Mahnmal en memoria de los judíos asesinados entre los años treinta y cuarenta en Europa.

Esto refleja un narcisismo que nos aleja de este y otros temas importantes, e implica que estamos eligiendo ser vistos y admirados por sobre todo lo demás.

Las tecnologías nunca están exentas de ser cuestionadas por quienes viven los cambios paradigmáticos que traen consigo. Las nuevas posibilidades y el gran cúmulo de comodidades cada vez más normalizadas se vuelven esenciales para nuestro modo de vivir, trabajar y comunicarnos, aunque también pueden tener efectos secundarios que sin una actitud crítica podrían decantar en consecuencias más graves.

Es el caso del Internet, especialmente del uso constante y hasta adictivo de sus redes sociales. Se ha puesto en tela de juicio lo insano que puede resultar esta forma de interactuar, así como lo mucho que nos pueden alejar del contacto real con otras personas.

La responsabilidad es del usuario, aunque cuando hablamos de redes sociales no tratamos con algo puramente neutral; sus contenidos están hechos para obtener y mantener nuestra atención, y de hecho se han utilizado para fines políticos. Es el caso de la campaña del presidente de los Estados Unidos Donald Trump, razón que llevó a Mark Zuckerberg, creador de Facebook, a ser cuestionado públicamente sobre su compañía.

Cabe entonces preguntarse qué tanto depositamos de nosotros en ellas, qué pueden cambiar en nosotros, cómo nos influye y qué tanto poder les damos.

Jóvenes posan para una selfie en el Memorial del Holocausto en Berlín. Foto: GettyImages

LA CARRERA POR SEGUIDORES

Ryan, niño de 6 años, aparece jugando con su madre en su canal de Youtube y promocionando juguetes. Los usuarios del portal lo ven para entretener a sus hijos con un contenido que ha sido replicado por otros canales de España y América Latina. En 2017, alcanzó los mil millones de visualizaciones al mes e ingresos por 11 millones de dólares.

Hay quienes creen sumamente valioso obtener seguidores, y de hecho consideran que su carrera profesional depende de ello. Pueden tener razón al relacionar los contactos e interacciones en redes con poder de convocatoria y posibles ventas y patrocinios, pues son usos recurrentes para empresas de todo tipo.

Los llamados influencers son personas que han tomado la decisión de hacerse de un lugar importante en las redes para obtener fama e ingresos, pero más allá de esto, el nombre lo han obtenido a partir de la influencia que ejercen en quienes los ven; son ejemplos a seguir de un sinfín de niños y jóvenes.

Las tendencias en Internet son rápidas, aparecen y desaparecen en cuanto hay otra que la sustituya. Para muchos, estar al tanto o realizarlas puede considerarse una manera de tener un lugar en este mundo hiperconectado.

Es por eso que los más jóvenes son susceptibles a realizar desde los retos más inofensivos, como el mannequin challenge (en que se grababan quedándose inmóviles en grupo), como aquellos peligrosos como el que consiste en provocarse desmayo por asfixia. El último meme popular de las redes va a ser un tema de conversación, por lo que no conocerlo nos mantendrá al margen.

Mientras tanto, cada like recibido por adolescentes y adultos jóvenes en sus propias fotos genera serotonina, un neurotransmisor (sustancia transmitida por nuestras neuronas) que produce placer, de la misma forma que cuando se come chocolate o se gana dinero. Esto, según investigaciones de Lauren Sherman del UCLA’s Ahmanson Lovelace Brain Mapping Center.

El famoso niño del canal de YouTube Ryan ToysReview. Foto: YouTube/Ryan ToysReview

EXISTIR A TRAVÉS DE LOS DEMÁS

Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen”, es una frase atribuida al escritor Oscar Wilde donde podemos ver reflejada la necesidad de mantenerse vigente como figura pública.

Vivir a través de los demás, podría significar vivir más tiempo, al igual que su personaje Dorian Grey, poseedor de un retrato que recibe los embates del tiempo en lugar de él.

El Complejo de Eróstrato se relaciona con la necesidad de sobresalir, de ser conocido incluso por algo que no sea del todo moral o positivo para la sociedad. El nombre es tomado del pastor griego del siglo IV antes de la era común, quien incendió el templo de Artemisa en Éfeso, una de las maravillas del mundo antiguo.

El resultado del acto es una condena al ostracismo y al anonimato que, sin embargo, no funciona por completo, pues su nombre se hace conocido por “todo el mundo”, según el escritor romano Valerio Máximo. También cabe señalar que se toma en cuenta el contexto de abandono familiar y maltrato en el que vive este personaje, a lo que se atribuye su hambre de reconocimiento.

Jeffrey Greenberg, psicólogo de la Universidad de Arizona, relaciona el anhelo de fama con nuestra consciencia de mortalidad. Sabemos que vamos a morir y no ser olvidados es una manera de seguir viviendo. Ser significativos, generar un aporte es una manera de hacerlo; obtener por lo menos algunos minutos de fama es una especie de cura momentánea para este problema existencial.

NARCISO EN LA RED

El mito de Narciso termina en autodestrucción; el semidios ve su reflejo en el agua para quedarse en dicha posición hasta su muerte. En una adaptación satírica de la pintura de John William Waterhouse sobre este mito, vemos a un Narciso embelesado ahora con su foto en una interfaz de Instagram.

La campaña de cerveza Indio que cayó en lo whitexican al intentar enaltecer las raíces indígenas mexicanas, pero mostrando solamente modelos blancos. Foto: Ivan Ibarra/Twitter

En esto consiste una personalidad narcisista a grandes rasgos, pero hay que señalar que todo individuo tiene características ególatras, en mayor o menor medida, con las que vive toda su vida.

Según Nancy McWilliams, profesora de la Escuela de Graduados de Psicología Aplicada, el narcisista sienta las bases de su personalidad sobre conseguir la afirmación necesaria para mantener en alto su autoestima. No consigue la valoración por sí mismo, sino que busca obtenerla de otros.

El centrarse en sí mismos más que en lo que ocurre alrededor, es lo que se ha criticado mediante el adjetivo whitexican esparcido por la web. Con este se identifica a jóvenes de clase media-alta o alta que hacen frente a las realidades menos favorecidas que la suya de una peculiar forma: hablando de sí mismos o tomando el centro de la atención.

Pueden tomarse fotos regalando parte de su comida a alguien en situación de calle o abrazando a algún niño en situación de pobreza. Aunque con esto pueden hacer notar una preocupación sincera, son cuestionados debido a su hambre de ser vistos como benevolentes en un gesto de hipocresía.

En un video que circula por Internet, una joven se graba cantando para un difunto en un funeral. Los cibernautas dudan del carácter morboso y descabellado de, a pesar del dolor de sus propios familiares, intentar ser el centro de atención en sus redes sociales.

En una situación más escabrosa hay quienes banalizan, en una expresión no sólo del narcisismo sino de ignorancia, terribles eventos que han marcado a la humanidad entera. Yolocaust es el nombre con el que se designó un proyecto del artista alemán Shahak Shapira, que combina imágenes de turistas visitantes del Monumento a las víctimas del Holocausto con imágenes de los terribles sucesos allí acontecidos durante el siglo pasado. De esto surge un contraste entre la banalización o poco interés que muestran los visitantes y lo que realmente significa dicho memorial.

Montaje fotográfico del proyecto Yolocaust, por Shahak Shapira. Foto: Yolocaust

A niveles más peligrosos, estas acciones se han dado en el contexto político. De quienes tienen cargos públicos se espera que dirijan su imágen en las redes sociales de modo que proyecten solidaridad, honestidad, entre otros valores importantes para sus posibles votantes.

Cuando no se logra este objetivo, se hace notar la ineptitud e hipocresía de quienes deberían estar preocupados o inmiscuidos en la realidad social. Tal es el caso de la diputada panista del Distrito II de Campeche, Biby Karen Rabelo de la Torre, que presume ayudar a un trabajador cambiando su gorra del partido Morena (vieja y raída) por una nueva, rosa y con su nombre. Una foto de este intercambio, la muestra a ella sonriente frente al trabajador y la palabra “¡humildad!” junto a emojis, denotando que este valor es de admirar en aquel a quien ayuda, aquel que es tan diferente.

En Ciudad de México, después del sismo del 2017, la gente decidió tomarse selfies con los edificios derrumbados, como si lo importante fuera decir que estuvieron allí, contar una historia donde ellos fueron protagonistas y dejando en segundo plano las muertes y heridas.

El presidente de los Estados Unidos Donald Trump, en una muestra de desapego y falta de empatía, se presentó en el Twitter de su esposa Melania Trump sonriendo y con el dedo pulgar alzado; ella cargaba a un bebé que quedó huérfano debido al tiroteo en Odessa, Texas, en 2019. La crítica, como es de imaginar, no se hizo esperar.

El exhibicionismo asociado al narcisismo en las redes sociales no sólo nos separa de los seres más cercanos, sino que nos puede mantener alejados tanto del dolor ajeno en los eventos más recientes, como en aquellas tragedias históricas que el mundo espera no se repitan jamás.

ALTRUISMO, ALIMENTO DEL EGO

Hay algo bello en ver cómo los pobres aceptan su suerte de sufrir como en la Pasión de Cristo. El mundo gana mucho de su sufrimiento”, dijo la Madre Teresa de Calcuta en una entrevista con el periodista Christopher Hitchens, quien junto con el voluntario Hemley Gonzáles, el médico indoinglés Aroup Chatterjee y el politólogo indio Sanal Edamaruku, se convirtió en detractor de la monja.

Madre Teresa y el padre Werenfried visitan a los pobres y enfermos durante su viaje a la India, donde les brindaron apoyo de dudosa calidad ética y médica. Foto: zenit.org/acn-canada.org

La canonizada en 2016 por el papa Francisco y ganadora del Premio Nobel de la paz en 1979, hace notar así el móvil de su labor humanitaria, que además está plagado de incongruencias.

Chatterjee principalmente, la calificó como fanática religiosa debido a que no ofrecía las condiciones adecuadas para los enfermos que supuestamente ayudaba. Además, tenía como prioridad la conversión y absolución de los pecados en vez de la atención médica, a pesar de las donaciones de hasta millones de dólares que recibía según investigaciones de la Universidad de Montreal e información difundida por The Independient.

A esto se suman las amistades cuestionables que forjó, entre las que destacan ricos corruptos y el dictador de Haití Juan-Claude Duvalier. La religiosa dio su reconocimiento a este último gobierno y al régimen totalitario de Enver Hoxha en Albania.

Pero lo que más nos atañe en este momento es que sus acciones parecían más encaminadas a su concepción del sufrimiento: una forma de buscar para ellos la salvación (a pesar de que muchos enfermos no profesaban su religión). Prácticamente parecía usarlos para un fin espiritual.

Así, podemos relacionar este fenómeno con otros que se dan alrededor del mundo. El llamado turismo humanitario conjuga el trabajo comunitario y el turismo, lo que hace que no se brinde apoyo de calidad debido a que las personas que buscan estas experiencias no tienen la preparación necesaria.

Las clases de inglés y matemáticas se suelen dar con poca o ninguna capacitación, y la construcción de viviendas y escuelas se hace con materiales de baja calidad y por turistas no capacitados, generando a veces más trabajo para la misma comunidad.

Naturalmente, estos tours ofrecidos por empresas como Comic Rilief o Projects Abroad, tienen la prioridad de ofrecer una experiencia para sus clientes en vez de potenciar el cambio social o la intervención planeada a través de la psicología social y comunitaria (labores que realizan organizaciones no gubernametales y fundaciones).

En un video para la campaña altruista Red Nose Day, el cantante Ed Sheeran “rescata” a niños liberianos de la calle. Tuvo fuertes críticas por su excesivo protagonismo. Foto: Comic Relief

Este tipo de turismo se promueve como sostenible y de carácter crucial para el crecimiento de países en desarrollo, y sin embargo beneficia más a las organizaciones emisoras, según afirma la socióloga y profesora de la Universidad de Lehigh, Judith Lasker.

El llamado white savior complex (complejo de salvador blanco), es aquel en que un enviado de un país desarrollado, generalmente caucásico, siente que puede salvar a los desfavorecidos. El turismo humanitario fortalece este complejo de superioridad agregando una actitud paternalista, sin mencionar que son una industria que se estima genera 173 mil millones de dólares anuales según Affinity magazine.

La organización inglesa Comic Relief fue acusada en 2018 por hacer un turismo de pobreza, y de hecho se les ha señalado por utilizar celebridades de piel blanca en sus campañas publicitarias.

La principal razón por la que se cuestionan estas acciones es que no sobrepasan el ocio y el esparcimiento para cambiar la realidad social de los países visitados. La mancuerna es la misma que en otras donde se incentiva el narcisismo; tanto como las personas tienen una tendencia natural hacia éste, como el mercado lo aprovecha.

Barbara Oakley, Profesora de la Universidad de Oakland, en su libro Altruismo patológico de 2011, habla sobre este fenómeno de la acción prosocial con conductas desordenadas o abusivas que al final generan daño en quien recibe la supuesta ayuda.

Ya sea con humillación o exposición no buscada, el altruismo termina siendo algo que no cambia (mas que por un momento) la situación difícil y establece una relación de superioridad donde la empatía no es óptima.

El llamado altruismo puro se basa en la acción desinteresada. Según la teoría del intercambio social, la ayuda también refleja beneficios para el que la brinda, en una transacción donde lo que se obtiene a cambio es similar y donde se pueden ver ambas partes como iguales.

Otra teoría también manejada por la psicología social es la de la equidad, donde la ayuda es un contrato social entre iguales y donde ambas partes se ven beneficiadas.

Foto: Alamy

Los involucrados, según el catedrático de psicología social Anastacio Ovejero, se sienten a disgusto cuando reciben todas las ventajas en el intercambio.

Para el filósofo Friedrich Nietzsche, la lástima es un sentimiento degradante que hiere el orgullo de quien recibe la ayuda, e incluso la compara con despreciar al otro, juzgarlo débil y sin posibilidad de valerse por sí mismo. La lástima puede considerarse, pues, una condescendencia que puede llegar a deshumanizar.

El periodista uruguayo Eduardo Galeano, señala que la caridad se da en una relación vertical mientras que la solidaridad se da entre iguales. La acción prosocial es, ante todo, mucho más que un escape sencillo a la realidad y mucho más, por supuesto, que una publicación de Facebook.

LA RED EGOCÉNTRICA

El filósofo canadiense de las ciencias de la comunicación Marshall Mcluhan se adelantó a su época con la idea de una aldea global en la que la información corre velozmente e influye en nosotros.

El espacio virtual es ahora en el que nos movemos gran parte de nuestro tiempo y es el mismo lugar donde los perfiles en redes sociales se presentan como un escaparate pensado en razón de atraer nuevos amigos; pero no sólo esto: nuestras opiniones, nuestra imagen y la vida que contamos allí existen en función de esto.

Las redes sociales fungen como un medio en el que la opinión se da espontáneamente, muchas veces de manera emocional e incurriendo en generalizaciones apresuradas y argumentos falaces, entre otras males.

A esto se le llama posverdad, neologismo que describe una distorsión de la realidad al existir un gran flujo de información que dificulta el correcto análisis de alguna noticia o fenómeno.

Foto: cybereffect.org/mschandorf.ca

En la red, las opiniones tienen su cauce sin importar la preparación o la argumentación. La opinión se democratiza. Cualquiera puede ser válida porque se da en este espacio que acoge a todo usuario, como es el caso de Twitter.

Las redes se centran en el sujeto y las relaciones que mantiene; sus intereses y actividades deben llegar a él a través de la red, pues para eso utiliza su tiempo libre: para obtener únicamente lo que es de su agrado o interés, teniendo la oportunidad de desechar opiniones con las que no está de acuerdo. Esto, más que confrontarlos, los deja en el mismo lugar y con una baja capacidad de argumentación para defender un tema o para tolerar a otros usuarios.

Todo esto resulta, para los investigadores Danah Boyd (investigadora principal de Microsoft Research) y Nicole Ellison (profesora de telecomunicación, estudios de información e investigadora del departamento de media en la Universidad de Michigan), en lo que llaman una red “egocéntrica”.

Hay, pues, una especie de garantía de que no nos vamos a llevar una sorpresa desagradable al pasear por nuestra red social; ya tenemos dicho qué es lo que nos gusta y qué es lo que no queremos ver ni por un segundo en nuestras noticias. Es el medio donde nosotros somos el centro.

PERSONALIDAD FABRICADA

Para Joseph Walther, director del Centro de Tecnología de la Información y Sociedad de la Universidad de California, los perfiles actúan como un medio de validación ante los demás. En él ponemos lo mejor de nosotros o por lo menos lo que queremos que los demás vean. Esperamos que nos acepten. La comunicación es mediada por la computadora y se establece de acuerdo con las opiniones que otros tienen del perfil.

La apariencia es lo importante. El número de amigos y la aceptación de ellos, las reacciones y likes que validan nuestras publicaciones, puntos de vista y actitudes, suponen un estatus que se busca de manera inconsciente y que eleva nuestra autoestima. Todo esto nos guía a actuar de forma egocéntrica, por lo menos en este medio.

Foto: John Holcroft

Es por esto que la erudita greco-estadounidense con amplios estudios en comunicación, Zizi Papacharissi, habla de una noción de identidad distribuida, un ego “conectado” que reacciona a las interacciones y la aprobación de otros usuarios. De esta manera, la identidad individual como la colectiva funcionan de manera conjunta, se potencian simultáneamente.

Un nuevo “yo” es construido cuando se fabrica un perfil. Las piezas usadas son impresiones irreales o ideales, avaladas por quienes son atraídos por esta imagen.

Pero, ¿acaso es una forma de actuar de nuestro mundo digital o es que en realidad no podemos evadir el hecho de que todos mentimos sobre nosotros mismos?

El Ideal del Yo es una concepción utilizada por el psicoanálisis desde sus inicios. Figuras vigentes como el psiquiatra francés Jacques Lacan la retoman. Se trata de una instancia de la personalidad donde se exaltan las cualidades de uno mismo.

En nuestra mente podemos ser exitosos, podemos ser excelentes maestros, esposos, consejeros, mientras que la realidad puede ser otra. Las expectativas que tenemos de nosotros mismos nos hacen justificarnos y defendernos de un análisis más a profundidad de nosotros mismos, que podría dañar nuestro ego.

Hay que diferenciar esto del Superyo, que resulta una instancia bastante diferente. En esta concepción se encuentran las reglas morales, tradiciones y papeles en los que se nos inscribe al formar parte de una sociedad. Según Lacan, “el Superyo es coercitivo, el Ideal del Yo es exaltante”. Así, es posible ser un cantante afamado, una modelo o una figura pública importante que influye en el pensamiento del total de nuestros seguidores; si así se nos reconoce en la red, lo podemos ser.

Es posible que esto, como ya se advirtió, no diste mucho de la manera en que se interactúa en la vida real. Mostramos lo que más nos interesa de nosotros mismos, aún en las interacciones de persona a persona, pero lo cierto es que los estímulos de validación ahora están allí cada que tenemos un momento libre, en cada scroll (deslizamiento) de la pantalla de nuestros teléfonos inteligentes.

Foto: Shutterstock

El mercado ha encontrado necesidades aprovechables. Las redes sociales han hallado una herida en todos sus usuarios y nos ha hecho acudir de manera asidua a suplir esta aceptación que tanto buscamos.

EL ESPECTÁCULO QUE VIVIMOS

El perfil en las redes sociales, como sus publicaciones, es un montaje de elementos llamativos que intenta entretener al espectador entre publicidad colorida e información actual.

El historiador Yuval Noah Harari en su libro Homo Deus (2016), menciona que la humanidad se ha esforzado en vencer dificultades como el hambre, la peste y la guerra, que si bien no han desaparecido por completo se han reducido considerablemente a lo largo de su historia.

El objetivo que sigue y en el que se lleva camino recorrido, es la felicidad; es aquí donde entran las redes sociales, ya no como medio objetivo para informarse y comunicarse, sino como medios condescencientes que nos brindan placer.

Es por eso que el mismo Harari en su libro 21 lecciones para el siglo XXI advierte que existe “mayor conexión, menos consciencia”. Nos separamos del mundo real para entregarnos a lo que nos complace de las redes.

Vivimos una inmensa acumulación de representaciones idealizadas y edulcoradas de la realidad, como sucede desde la modernidad de postguerra capitalista analizada por Guy Debord.

Para este filósofo francés, la evolución del capitalismo hace que este sistema genere ganancias con cuanto puede, con el siempre peligro latente de la mercantilización de los aspectos elementales de la vida social, expresada en medios como el cartel publicitario o la televisión, y ahora con Whatsapp o Tinder.

Cada red social muestra historias de diferente forma, pero siempre de manera sencilla para que el usuario conecte de inmediato con ella. Foto: merkactiva.com/blogs.icemd.com

Para Debord, los medios reconstruyen situaciones cotidianas, cambiándolas de manera que adquieran llamatividad. Un ritmo fluido, espacios adornados o sonidos atractivos, son controlados y dirigidos a un mensaje en particular y se hacen de fácil consumo, como en el caso de Youtube.

La comunicación personal de carácter más íntimo puede ser una de estas formas de colonización que tienden a avanzar.

El auge del storytelling (contar una historia) en la publicidad nos puede dar una pista sobre esto. En un mundo donde las imágenes deben impactar para sustraer nuestra atención, una historia atrapante cumple esta función con su promesa de que lo siguiente que veamos nos gustará.

Buscamos que la historia de nuestra vida atraiga a los demás, sea para obtener más contactos e interacciones, sea para contactarnos con nuestros seres queridos. Pero más que esto, la red social se ha mezclado con el marketing; para vender nuestros productos, para vender nuestra imagen como profesionistas, como medio de información fidedigna o como político comprometido, es necesario sumarse al espectáculo de fácil consumo.

Elegimos redes sociales por ser la manera de comunicación más poderosa y la que llega a más público, pero sólo el tiempo dirá si esto evolucionará y será mucho más invasivo, lo que traería consigo formas más llamativas y adictivas de consumir. Sólo hace falta ver cómo Netflix acciona el siguiente episodio de nuestra serie apenas se acaba el anterior.

El narcisismo no es un fenómeno nuevo, ni las opiniones sesgadas, pero es cierto que las tecnologías exacerban aspectos de la naturaleza humana que antes no se veían tan problemáticos.

Nuestro egoísmo y narcisismo son sólo algunos aspectos de nuestra vida que nuestros errores generan, y sólo una correcta utilización y una mejor adaptación a las tecnologías, pero sobre todo un pensamiento crítico, nos harán crecer con ellas y conjugarnos de la manera más sana posible, para utilizarlas en vez de que ellas nos sigan utilizando.

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