Un presidente que divide
Opinión

Un presidente que divide

Jaque Mate

Andrés Manuel López Obrador es el presidente más divisivo que hemos tenido en mucho tiempo. Enrique Peña Nieto era un viejo priista con disfraz de joven galán que respetaba, sin embargo, las formas del sistema político. Felipe Calderón, un panista de vieja escuela, con buenas intenciones quizá, pero al que le quedaban grandes los uniformes y algunas de las responsabilidades. Vicente Fox fue, quizá, el más polémico hasta ahora, con sus dichos y desplantes de ranchero, pero cuando menos dejaba gobernar a quienes sabían en su equipo. Ernesto Zedillo era un personaje gris, aunque sistemático, que habría sido un magnífico gobernador del Banco de México. Quizá habría que remontarnos a Carlos Salinas de Gortari para encontrar a un mandatario tan controvertido como López Obrador.

El presidente inspira un culto profundo entre sus seguidores. Es un honor estar con Obrador, han cantado siempre. Poco les ha importado que a su alianza de izquierda, con Morena y el Partido del Trabajo, Andrés Manuel añadiera a Encuentro Social, de derecha evangélica, o al Partido Verde, un negocio descarado que cada sexenio vende sus favores al mejor postor. No les incomodó tampoco que convirtiera a Manuel Bartlett, el viejo arquitecto del fraude electoral de 1988, un hombre enriquecido en el poder, en un supuesto ejemplo de honestidad y nacionalismo.

Los críticos de López Obrador, en contraste, no pueden ver nada bueno en él. Cierran los ojos ante su austeridad personal y sus buenas intenciones. No aceptan que haya algo positivo detrás de la intención de limpiar los establos del sector público después de décadas de corrupción.

Quizá el propio presidente no ayuda con sus constantes descalificaciones e insultos a quienes piensan diferente. Si sólo escucháramos su lenguaje, podríamos pensar que es el más autoritario de los gobernantes. Sus “adversarios” son conservadores, neoliberales, corruptos, fifís, farsantes, machuchones, ladrones, Borolas y muchas cosas más. Es difícil pensar que una sola mente ha recabado tantos adjetivos de desprecio. Sin embargo, hasta ahora López Obrador no ha utilizado los enormes poderes de la Presidencia para hostigar a sus enemigos. Incluso la prensa fifí lleva anuncios contratados por su gobierno y generosamente pagados por los contribuyentes.

En términos económicos, el saldo del primer año de gobierno es negativo. La economía, que venía creciendo 2 por ciento al año, cayó en un estancamiento en el segundo trimestre y se espera que concluya 2019 con una expansión de solo 0.4 por ciento. Pero el presidente, que en su campaña electoral afirmó que el país necesitaba crecer más, ahora dice que el crecimiento no es lo importante. El número de empleos formales no ha dejado de aumentar, con 342 mil 645 nuevos puestos de trabajo registrados en el IMSS de enero a agosto de 2019, pero la cifra es muy inferior a los 644 mil 978 del mismo período del 2018. El presidente, sin embargo, argumenta que esto no importa porque ha entregado casi un millón de becas en el programa Jóvenes Construyendo el Futuro.

López Obrador es un presidente muy popular, pero el rechazo de un grupo importante de la población es visceral. Esta no es una buena señal para nuestro país. En las polémicas se está perdiendo la compostura. Esto es peligroso en una nación a la que le ha costado mucho trabajo construir una democracia con tolerancia a los derechos de las minorías.

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