Yásnaya Aguilar
Entrevista

Yásnaya Aguilar

Conoció el término indígena cuando se mudó de su pueblo natal Ayutla Mixe, Oaxaca, a la ciudad. Pertenecer a una comunidad (mixe) se tradujo a tener problemas en la urbe, realidad que enfrentó debido a la lengua con que se comunicaba. La experiencia la orilló a cuestionarse, reflexionar y ser consciente de la categoría indígena. Hoy, Yásnaya Aguilar es una fiel defensora de su lengua y una mujer que se ha sometido al estudio de la misma con la firme visión de preservarla.

Es licenciada en Letras Hispánicas y cursó la Maestría en Lingüística en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Trabaja con las lenguas mixe, español e inglés. Fue coordinadora de cultura y eventos de la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova, en la ciudad de Oaxaca. Actualmente es miembro del Colegio Mixe (Colmix), un colectivo que busca realizar investigaciones sobre la lengua y la cultura mixes.

La traductora, escritora, activista de derechos lingüísticos e investigadora, basa su tesis en que México no es una sola nación sino un Estado en el que existen muchas naciones oprimidas. Su propuesta es reimaginar al país con una desarticulación de los discursos y las prácticas nacionalistas, en el que haya comunidades autónomas y capaces de gestionar la vida en común sin la intervención de las instituciones estatales.

Yásnaya se resistía a asumirse como indígena, y cuando decidió hacerlo, se dio cuenta de que no bastaba con la aceptación de esta categoría para que la opresión desapareciera. Esa cavilación la llevó a definirse y a vivir indígena como una categoría política y una lucha por la defensa del territorio.

La lingüista mixe de 38 años de edad reflexionó que, si bien busca la preservación de las lenguas, le interesan mucho más sus hablantes. Quería pensar en la lengua como un territorio cognitivo, en el que este no puede entenderse sin entender la lucha por la tierra y la autonomía.

Has comentado en varias ocasiones que el concepto indígena es una construcción que se hace desde el Estado y tú tenías una resistencia a reconocerte como tal, ¿cómo fue tu proceso de aceptación y apropiación de esta categoría?

En principio no me identificaba con la categoría, no es algo que yo hubiera vivido. Mi experiencia es distinta a lo que pudiera ser la de las mujeres indígenas otomís de Querétaro, por ejemplo, que venden las muñecas, con todo lo que hay detrás de eso. Su experiencia al estar en esa ciudad, en esas condiciones, tal vez será diferente a la mía, que crecí en una comunidad rodeada de otras comunidades indígenas.

Día Internacional de la Lengua Materna 2019, en la Biblioteca de México. Foto: Martin Herrera

En mi experiencia, no era algo conocido porque una gran parte de mi infancia y adolescencia transcurrió en mixe, ni siquiera había una palabra parecida (a indígena).

A mí me quedó claro que yo era indígena cuando estaba en la ciudad. Cuando llegué y me fui haciendo consciente de esta categoría, me causó muchos problemas. Mi abuela, por ejemplo, no se adscribe indígena, ella es mixe.

Empezamos porque no es una reflexión solo mía, sino de un grupo de más personas. Entonces mi pregunta era ¿qué rasgo hay? ¿cómo sé que un pueblo es indígena? Es decir, soy una persona que viene de Marte, ¿cómo voy a saber qué nación y qué pueblo es indígena y qué no?, esa era mi pregunta.

Veía que un asunto cultural no era. Tampoco era una relación especial con la tierra, porque había pueblos no indígenas que también la tenían, o pueblos indígenas en contextos urbanos donde su relación con la tierra es distinta. Luego me preguntaba si era el maíz, me respondía que no, porque no todos los pueblos indígenas de México utilizan el maíz como algo muy importante. ¿Una experiencia identitaria?, tampoco.

Rascando llegamos a la conclusión de caracterizar a los pueblos indígenas como pueblos sin Estado que han sufrido colonialismo. Verle la potencia política fue lo que me hizo reconciliarme con el término y luchar para que se quiten categorías como “música indígena”. Es decir, ¿la música toda será igual? No, la música es muy distinta, por ejemplo, la de cuerdas de la Huasteca a la mixe, que es de viento; también hay de cuerdas, pero es muy diferente. O la música del pueblo Sami del canto Sami, no tienen en común. Tratar de contrarrestar eso y hacerlo ver como la resistencia del Estado, que es en realidad lo que tenemos en común. Al verle la potencia y la caracterización política, me reconcilié.

¿Cuál es la potencia política que consideras tienen las comunidades indígenas al momento de aceptar, apropiarse y reconocerse dentro de esta categoría?

La resistencia del Estado, dado que durante muchos miles de años hemos sido mixes, zapotecos o mixtecos, y solamente es a partir del establecimiento del orden colonial en el mundo hace 500 años, que no sólo es para nosotros, sino justamente la esclavitud también viene de ahí. Toda la población afrodescendiente que está aquí es por el orden colonial.

Yásnaya estuvo como invitada en la Cámara de Diputados el 26 de febrero de 2019. Foto: Notimex/Guillermo Granados

Al crearse ese mundo, llevamos 500 años siendo indios, 200 siendo indígenas. La colonia española nunca utilizó la palabra indígena, sino indio, entonces es una posición histórica-política que cambiará en cuanto exista un mundo sin Estados. En eso veo su potencial político, es un cuestionamiento cotidiano a la idea de un Estado que es una sola nación homogénea, con una sola lengua, con una sola identidad. Ahí está su potencial político: en la autonomía, el reclamo, el reconocimiento de lo que ya tenemos, que es la autonomía y la libre determinación.

Criticas también el reconocimiento que hace el Estado partiendo del folclor de las comunidades indígenas…

Es la parte más cómoda con la que el Estado se relaciona. Si se relaciona contigo desde el folclor, se siente muy cómodo y lo celebra, pero cuando pides que se reconozca la autonomía sobre su territorio y que no quieres una minera o un megaproyecto dentro, ahí ya no.

Es por eso que suceden cosas como lo de la muñeca (Lelé, muñeca otomí que el estado de Querétaro llevó a varios países del mundo como reconocimiento de la comunidad indígena). Ahí sí puedes apropiarte de ese elemento, porque es cultura y es folclórico y, al mismo tiempo, seguir con la opresión hacia los pueblos que producen esa muñeca y celebrarlo como algo de Querétaro, reivindicar esa parte.

No estoy en contra de esas manifestaciones (artísticas/culturales), sino del uso folclórico del Estado, es como despolitizarlo. No estoy en contra de la muñeca, pero sí de cómo la usa el Estado.

Para mí el mayor apropiador cultural indebido en México es el Estado. A diferencia de lo que sucede en sociedades distintas como Estados Unidos, donde la apropiación cultural juega en un sistema de etnicidad distinta, aquí sólo tienes la sopa ideológica del mestizo, del indígena, ocultando que es mucho más complejo, pero el gran apropiador cultural indebido es el Estado, siempre lo será.

Si una persona no indígena se pone un huipil, como está la idea del mestizaje y son tus raíces, no se ve como apropiación cultural indebida, sino como un homenaje, pero cuando es el Estado mexicano el que lo hace porque agarra símbolos y elementos culturales, al mismo tiempo está oprimiendo.

¿Qué se tendría que hacer en estos casos, donde el Estado ya se ha apropiado de estos elementos?

En el caso de Querétaro, me interesa escuchar la experiencia de las mujeres, porque entiendo que son mujeres las que fabrican la muñeca y existe un componente de género allí. Me gustaría más bien escuchar qué está pasando, cómo lo están viviendo y qué está sucediendo.

Yásnaya Aguilar en la cuarta edición del “Hay Festival” en Querétaro, 2019. Foto: Roxana Romero

Respecto a la lengua, desde el Estado se habla de la revitalización de las mismas, pero ¿consideras que realmente es así?

El Estado ha sido el principal violador de derechos lingüísticos, desde el sistema de salud, el sistema educativo, el judicial. Como dice Michel Launey, un lingüista francés, el problema es la existencia de un Estado que neciamente actúa de una manera monolingüe en una realidad que es multilingüe.

Sobre la recuperación de las lenguas indígenas, comentas en tu libro que hay una carga o responsabilidad hacia las mujeres de enseñar a los hijos la lengua…

Hay una carga contra las mujeres donde se les hace más responsables a ellas de enseñar la lengua a sus hijos, pero es mucho más complejo que una lengua. Por un lado, sí tienen agencia y potencia en eso. Lo que yo le pediría al Estado mexicano es: deja de violar derechos lingüísticos, ya de la revitalización me encargo yo.

¿De qué manera el Estado ha violado los derechos lingüísticos?

En México, aunque legalmente sea la autoadscripción, para reconocerte como indígena basta con enunciarlo, pero en la práctica, con estadísticas, era la lengua. Las escuelas en México han sido un bastión de sufrimiento de personas que el estado adscribe como indígenas.

El hecho de que las lenguas estén desapareciendo, no quiere decir que sea porque de pronto no sirvan. Hay atrás una historia en la que los Estados han invertido activamente dinero público para desaparecerlas y eso pasa por la violación sistemática de derechos lingüísticos y derechos humanos; es decir: castigos físicos, psicológicos. En 2015 supimos de un caso de niños que los mandaban a limpiar baños cada vez que hablaban su lengua en el salón de clases. En el 2006, a una niña la colgaron boca abajo en el salón de clases por hablar náhuatl. Es algo que está sucediendo y a mí me interesa más que eso termine, porque si eso termina las lenguas naturalmente viven.

Entonces la lengua claro que me interesa, pero lo que me interesa más es la condición en la que vivimos los hablantes de lenguas indígenas y los derechos humanos que están siendo violentados para desaparecer esas lenguas. Entonces dije “hay que trabajar con los derechos lingüísticos”, pero luego me di cuenta que cómo íbamos a trabajar con derechos lingüísticos cuando los hablantes de estas lenguas estaban sufriendo envenenamiento por mercurio porque las mineras habían contaminado el agua o estaban siendo asesinados. La mayor parte de los defensores del medio ambiente en México, el 60 por ciento, son personas que pertenecen a pueblos indígenas. Era muy difícil desligar la lucha por los derechos lingüísticos de las luchas por el territorio.

Víctor Cata y Yásnaya Aguilar presentaron la colección Literatura en Lenguas Indígenas en el Palacio de Bellas Artes. Foto: Notimex/Carlos Pereda Muciño

También tuviste un conflicto de tu relación como mujer indígena con el feminismo, ¿cómo lograste tomar una postura ante eso?

Hay diferentes posiciones. Lo que sí empecé a ver es que muchas mujeres colegas teníamos una relación complicada con la palabra, hay cosas que prescribes, otras que no, hasta que Aura Cumes, una escritora Kaqchikel de Guatemala, le puso palabras a mi sensación compleja. Y es que hablaba de que no podemos olvidar en el feminismo el colonialismo y el capitalismo. Todo está junto, es como tener tres polvos que los unes y es muy difícil separarlos.

Cumes propone que el sistema patriarcal, en el caso de las mujeres indígenas, no se puede explicar sin la colonización, y la colonización sin la opresión patriarcal. Dice que las condiciones de género se crean no sólo frente a un patriarcado occidental, sino frente a un sistema colonial en donde se establecen relaciones de poder.

No podíamos olvidar que el feminismo blanco es lo mismo, es ontológico; sin embargo, hay compañeras que sí se adscriben feministas, son indígenas. Hay quienes hablan de feminismo comunitario y hay otras que dicen que la lucha indígena es otra lucha, y tenemos que visibilizar que puede haber relaciones coloniales entre mujeres feministas, blancas y mujeres no indígenas. Ahora Cumes, mejor que yo, lo describe perfectamente.

¿Cuáles han sido los avances en tu lucha por la defensa de la lengua, de la tierra, de las mujeres?

Una de las cosas que he aprendido más en mi comunidad es que no puedo hablar de manera individual. Puedo hablar por la lucha de las mujeres de mi comunidad, pero agradeciendo todo lo que han hecho ellas. Tal vez no están visibilizadas, y no sé si eso quieran, pero ha sido una postura fuerte ahorita en la defensa del agua y la defensa de la tierra.

Desde hace más de dos años no tenemos agua potable de nuestro manantial. Un grupo armado secuestró y dinamitó todo nuestro sistema, disparó a mujeres y las secuestró y desde entonces no tenemos agua, y aquí la lucha de las mujeres ha sido muy importante.

¿Cómo has visto la respuesta del gobierno para atender ésta y otras problemáticas similares?

Mal. Hay un nivel de impunidad terrible, incluso como una complicidad ante esto, una complicidad en la que revictimizan a las personas que han sufrido esos ataques. En el caso de mi comunidad, el gobierno estatal, sobre todo, ha sido terriblemente impune y cómplice. Se ha puesto a negociar con nuestros agresores, ha tenido una narrativa de: “ah, son dos pueblos mixes peleándose”, cuando es mucho más complejo que eso y no ha castigado ni garantizado el derecho humano al agua en mi comunidad.

Foto: Notimex/Guillermo Granados

A nivel nacional vimos que le entregaron el Bastón de Mando a AMLO, ¿qué opinas sobre esto, sobre el discurso que ha manejado comparado con la realidad que vemos?

Para pueblos indígenas veo preocupantes muchos megaproyectos, como el Proyecto Transístmico, el Tren Maya, que por lo menos en la consulta no están cubriendo los estándares internacionales para consulta de pueblos.

Me preocupa este discurso nacionalista, indigenista, del presidente, y es preocupante para mí qué va a pasar con esos proyectos a los que nos hemos opuesto los pueblos del Istmo, vamos a ver qué sucede.

Hablabas del territorio y la lucha para que el gobierno no se apropie…

Sí, es que o tienes un gobierno nacionalista que te expropia para estatizar, pero también es despojo; o tienes a un gobierno neoliberal que es con las empresas o corporaciones, pero al final sigue siendo despojo.

¿Cuál es la posible esperanza que ves ante este panorama?

Tengo la esperanza en los movimientos autonómicos. El territorio zapatista acaba de expandirse en la tradición de resistencia que, aunque cansada, ahí está siempre en los pueblos ante un escenario muy catastrófico, como el cambio climático. Vamos a ver qué pasa, porque muchos recursos que se ven como recursos para el capitalismo están en territorio de pueblos indígenas, y ante el recrudecimiento del cambio climático todo eso va a ser muy difícil.

Es un panorama complicado para el mundo, y es terrible porque la franja de la población de los países que más contaminan en el mundo es bien poquita y la mayor parte, que hemos contaminado menos, vamos a sufrir. Tenemos mucha más vulnerabilidad ante el cambio climático y se van a recrudecer los privilegios de la gente que contaminó más, ellos sufrirán menos efectos del cambio climático porque se van a llenar de privilegios o lo que se vuelva un privilegio, como el agua. En ese contexto sí es muy preocupante.

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