Francis Bacon, el artista de la carne
Arte

Francis Bacon, el artista de la carne

La representación quirúrgica de las formas

El olor a sangre humana no se me quita de los ojos

Francis Bacon

La carne abierta en canal, bocas en grito desgarrador o arpías de la fantasía más estrafalaria; formas que parecen vísceras, crucifixiones, caras desencajadas o rasgos humanos difíciles de leer. Todo forma parte de un mundo de horror y visceralidad sin precedentes visibles.

Al igual que el individuo de segunda mitad del siglo XX, Orestes es atormentado por medio de la carne. En la Orestíada de Esquilo se le dan a comer sus hijos muertos sin que se dé cuenta. De esta tragedia griega, Francis Bacon, una de las figuras más importantes de la pintura vanguardista, toma su frase representativa mostrada al inicio.

El autor nace en Irlanda, en una familia conservadora y adinerada, liderada de manera estricta por su padre exmilitar. Bacon fue rechazado y expulsado del hogar al ser descubierta su homosexualidad. Reino Unido penalizaba la conducta sexual gay con prisión o castración química.

La marginación que sufría dicha comunidad hizo que se mudara a Berlín y luego a París, donde su situación siguió sin ser favorable. Para sobrevivir tuvo que robar e incluso prostituirse.

Después de esto, se logró desempeñar como decorador de interiores y a la par se dedicó a la producción de obra artística. Esta disciplina le atrajo desde que pudo estar ante piezas de Pablo Picasso, pero consideró que sus obras de los años treinta no eran lo suficientemente buenas y les prendió fuego.

EL DESPEGUE

El éxito de Bacon como artista se dió en 1949, cuando el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) adquieríó su obra titulada Pintura 1946, considerada una de las más importantes de su producción.

Su obra se ha considerado de corte expresionista que roza el surrealismo, aunque los surrealistas de su época señalaron que las formas que pintaba no eran lo suficientemente apartadas de la realidad para ser consideradas propias del movimiento. Su autoría es tan reconocible y tan única que es un fenómeno por sí misma.

Pintura 1946. Foto: DACS 2018/radford.edu/Prudence Cuming Associates Ltd

La exageración de los rasgos humanos es evidente en sus pinturas, pero sobre todo la manipulación y deformación de éstos.

Se consideraba más un intermediario entre el accidente y la casualidad, donde la belleza de la pintura queda en segundo plano para brindar imágenes impactantes. En vez de utilizar una narrativa o simbolismo, Bacon prefería asestar golpes visuales de confusión y delirio que, debido a su proceso creativo poco ortodoxo, adquirían la apariencia de figuras disueltas o inacabadas.

En Francis Bacon: La lógica de la sensación, del filósofo francés Gilles Deleuze, se describe la subjetividad de la figura en el autor. La tensión de los rostros de Bacon hace que se tenga la sensación de que no están definidos, característica que ha influenciado a películas como La escalera de Jacob (1990) de Adrian Lyne, en la que se usa este recurso para generar inquietud durante las escenas en que un sobreviviente de la guerra alucina, producto del síndrome de estrés postraumático que padece.

El escultor y pintor suizo Alberto Giacometti se interesaba por el existencialismo y por eso sus obras eran realizadas retirando pedazos de material, buscando la forma que guardaba en su interior para representar lo esencial. Bacon, por el contrario, abre de tajo las formas, las separa y las desgarra en una búsqueda brutal para ir más allá de lo aparente. Este modo de representación fue algo que el mismo autor llamó “figuración quirúrgica”.

LA ESENCIA

Su pintura es poco ortodoxa. En una entrevista con la novelista francesa Marguerite Duras, afirmaba que no tenía necesidad de realizar bocetos, sino que actuaba más por instinto.

Al arrojar la pintura al lienzo, dejaba que el azar le confiriera los primeros pasos de creación. Giraba la tela e interpretaba así las figuras y deformaciones que debía realizar, basándose en imágenes que le interesaban y de las que se inspiraba. Muchas de ellas eran cuerpos en movimiento, tanto de deportes como de erotismo y pornografía, pero también notas de prensa y fotos de la naturaleza. Lo siguiente podía ser pintado con pinceles, trapos o con sus propias manos.

Figura en el paisaje, 1945. Foto: DACS/tate.org.uk

Los fondos que representa el autor son inhóspitos, de un mundo muy diferente al real; solitarios, realzan una desesperación abismal. “El verdadero arte nos remite a la vulnerabilidad de la condición humana”, expresó en una entrevista con el crítico de arte David Sylvester. El tema del gruto se muestra en Variaciones del frame de El acorazado de Potemkin por Einsenstein, donde de hecho se retoma el icónico grito de una de las escenas más memorables del drama histórico mudo, en el que una muchedumbre es masacrada.

La violencia que emana desde el interior, es tema de otras obras de Bacon como el Papa Inocencio X, basado en el retrato Inocencio X del pintor español Diego Velázquez.

La profundidad en las pinturas se adquiere únicamente por medio de líneas contenidas y neutras, diferenciadas de sus demás elementos caóticos; esto es visible en obras como Muriel Belcher, Pope I o Study for a portrait.

Pero también delimitaba una especie de escaparate usando estas líneas claras. La carne y las deformaciones, junto con el misterioso hombre de Pintura 1946, se encuentran en un mostrador morboso, un muestrario de las bestias o un matadero en el que el humano nunca pierde su lugar.

En el libro del biógrafo Andrew Sinclair Francis Bacon: su vida en una época de violencia, se hace notar cómo el artista estaba interesado en los sucesos de su época y respondía a ellos con su obra, mezclándolos tal vez con la angustia existencial en que él mismo se encontraba inmerso.

El pintor mismo decía que su obra era realista; la discusión de la crítica se da en torno al tipo de figuración de ésta, y lo cierto es que se ha leído como una manera de representar los cuerpos después de que fueron reducidos en campos de concentración. Para representar la realidad, tanto social como individual, había que rehacer las formas y las imágenes.

Estudio del retrato del Papa Inocencio X de Velázquez, 1953. Foto: Centro de Arte Des Moines

PINTOR DE PESADILLAS

Francis Bacon es una fuerza importante en el arte, que decidió adquirir una visión única y necesaria. Era “el intérprete de la pesadilla actual”, según lo expresado por el historiador del arte Kenneth Clark en un informe sobre pintura británica a finales de los años 40. Al ver su trabajo por primera vez, a Clark le pareció que no era de interés, pero que sin duda era uno de los pintores más raros que había visto; tras apreciar su obra, el espectador no permanece en el mismo lugar.

Aunque Bacon cosechó éxito, era la época de gran popularidad del abstraccionismo. En este sentido era, junto con otros figurativos idiosincráticos como Alberto Giacometti, Edward Hopper o Pierre Klosowsky, un ser marginal que no parecía producto de su tiempo ni parecía tener un camino trazado por sus predecesores. Un fenómeno apartado y que además causaba un impacto significativo.

Dentro de este estilo caracterizado por una indeterminación que desemboca en el horror, fue catalogado irremediablemente entre lo desastroso y lo catastrófico. Sus imágenes de pesadilla y el carácter experimental eran características que él mismo quería mostrar con orgullo.

Mostraba en sus obras una intensidad necesaria que en su personalidad real, alejada de los cuadros, se reflejaba de forma luminosa. “La vida es tan corta y mientras pueda moverme y sentir, quiero que la vida continúe existiendo. Creo que el arte es una obsesión por la vida”, expresó en entrevista con Sylvester. “Creo que la vida no tiene sentido y sin embargo me excita; siempre creo que está a punto de suceder algo maravilloso”.

Comentarios