El presidente y la historia
Opinión

El presidente y la historia

Jaque Mate

Nuestro presidente es un enamorado de la historia. Me parece muy bueno. Hemos tenido otros que apenas leen. El problema es que Andrés Manuel López Obrador posee un sentido muy peculiar de la historia y lo traduce en políticas públicas que pueden ser irracionales, pero que él piensa que lo colocan en el lado positivo de la historia.

El mandatario sigue peleando en su imaginación el viejo conflicto entre los conservadores y liberales del siglo XIX. Está convencido de que él está del lado liberal, aunque muchas de sus políticas son más bien conservadoras, y que esto garantiza que sus posiciones están llamadas a prevalecer. En distintas ocasiones ha ofrecido versiones de la frase de Benito Juárez: “El triunfo de la reacción es moralmente imposible”. Así, ha señalado en distintas ocasiones que el triunfo de la derecha, de los conservadores o de sus rivales políticos es “moralmente imposible”.

Lo que quizá no recuerda el presidente es que las disputas entre liberales y conservadores generaron una serie inacabable de levantamientos y golpes de estado que contribuyeron fuertemente a la declinación económica que México sufrió de 1821, al alcanzar su independencia, a 1870, cuando Porfirio Díaz impuso un régimen político estable.

Este gusto por la historia, pero una historia muy ideológica, llevó al gobierno a tomar una serie de medidas cuestionadas. El 22 de septiembre se rindió un homenaje, con la entrega del premio Carlos Montemayor en la antigua residencia oficial de Los Pinos, a los sobrevivientes del ataque el 23 de septiembre de 1965 al cuartel militar de Madera, en Chihuahua. En ese ataque no provocado fallecieron seis soldados que se encontraban en el cuartel.

El 23 de septiembre la secretaria de gobernación, Olga Sánchez Cordero, ofreció una disculpa pública, a nombre del gobierno mexicano, a Martha Alicia Camacho Loaiza, quien fue integrante de la guerrilla 23 de septiembre y fue torturada en 1977 por integrantes del ejército. Además, se le obligó a presenciar el asesinato de su esposo, el también guerrillero José Manuel Alapizco Lizárraga.

Asimismo, Pedro Salmerón, quien era director del Instituto de Estudios Históricos de las Revoluciones Mexicanos, un hombre muy cercano en lo personal al presidente López Obrador, calificó como “valientes” a los guerrilleros que el 17 de septiembre de 1973 asesinaron al empresario nuevoleonés Eugenio Garza Sada. Esta afirmación generó una avalancha de cuestionamientos a Salmerón, quien finalmente se vio obligado a renunciar al cargo.

Nadie puede objetar que se ofrezca una disculpa a una mujer, ex guerrillera, que fue torturada. Pero rendir homenaje a quienes atacaban cuarteles militares o asesinaban empresarios es un despropósito. ¿Dónde está el homenaje a los soldados o a los empresarios asesinados por guerrilleros? ¿Cómo podemos pedir a los empresarios de hoy que inviertan en México, como desea el presidente, cuando convertimos en héroes a quienes mataron a Garza Sada o al jalisciense Fernando Aranguren?

Me da gusto que tengamos a un presidente enamorado de la historia y al que le gusta leer, al contrario de los manifestantes de Ayotzinapa que prendieron fuego a una librería Gandhi en el centro de la Ciudad de México el 26 de septiembre. Pero la historia debería enseñarle a él, y a todos nosotros, que la violencia nunca ha sido el camino para construir un mejor país.

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