Hotel boutique
Opinión

Hotel boutique

Miscelánea

A pesar de mi tardía decisión de asistir al “Hay Festival”, pude conseguir alojamiento en un pequeño hotel boutique ubicado en el centro histórico de esa ciudad joya que es Querétaro. Conferencias, debates, novedades literarias y lecturas de sus autores, me llamaron a ese espacio para la imaginación y la reflexión.

La estación del sur, en esta capital, es maleducada y caótica, por lo que me sorprendieron agradablemente los cómodos asientos, las pantallas de televisión y hasta el pobretón refrigerio que ofrecen; pero aun así, mejor que la miserable bolsita de cacahuates que arrojan en los aviones.

Instalada cómodamente, disfruté las tres horas de carretera que me permitieron leer tranquila y sin interrupciones Siete cuentos morales de J.M Koetzee. Finalmente llegamos a una estación moderna, limpia y eficiente, desde donde un taxista muy amable nos dejó en la puerta del hotel: una vieja casona entre señoriales construcciones coloniales que cuentan la historia de nuestro primer grito por la independencia. Todo al alcance de mis pasos en el mismo centro de la ciudad.

El gentil comportamiento de los queretanos y, por qué no reconocerlo, de un buen gobierno, se refleja en sus calles, parques y plazuelas limpísimas, seguras y amigables, donde la gente pasea, se saluda, se reconoce.

Restaurantes, bares, cafeterías, heladerías, una oferta gastronómica capaz de satisfacer todos los gustos y todos los bolsillos. Los dulces artesanales son una tentación en la que caigo: los “pedos de monja” son la especialidad. Ahí mismo me como algunos y me embolsan otros para llevar.

Un concierto inesperado: piano, violín y chelo en una agradable terraza, hacen de nuestra cena un evento especial. Querétaro es una fiesta que cumple ampliamente las expectativas de los visitantes de todas partes del mundo que, atraídos por el festival, circulamos por sus calles.

Con breves intervalos de cerveza, chapulines y escamoles, corremos del majestuoso Teatro de la Ciudad al Teatro de La República y al Convento de las Capuchinas, donde me conmueve una impecable reproducción de la celda que albergó los últimos días del desventurado Maximiliano.

Agotadas, por la noche el regreso es complicado: hemos olvidado el nombre del hotel, y nadie a quien preguntamos ha oído hablar de él. Finalmente un taxi nos auxilia y sólo dos calles adelante hemos llegado.

Como corresponde a la sofisticación de un hotel boutique, la joven que atiende la recepción ofrece opciones para el desayuno de mañana. Sin pensarlo mucho respondo que fruta y huevos a la mexicana. “Lamento informarle que eso no puede ser porque no hay jitomates”, me dice. “En ese caso, sirvan lo que quieran”, respondo antes de dirigirme a mi cuarto para caer muerta en una cama con baldaquín y pabellón. Tres días de deleite absoluto, mentes brillantes entre las que resalta la espontaneidad y el fino sentido del humor del juez español Baltasar Garzón. “¿Y que prefiere desayunar mañana?”, vuelve a preguntar la joven recepcionista la segunda noche. “Huevos estrellados”, respondo para hacer fáciles las cosas. “Pues sólo que sean bajo su riesgo porque los huevos estrellados se pegan en el sartén”, me explica.

Acepto el riesgo y sorteando macetas, esculturas y fuentecillas, llego a mi cuarto. Cumplidos mis rituales nocturnos: limpieza, cepillado de dientes, crema de cara, de cuello, de ojos, de pies. “¡Por fin!”, digo y me arrojo en la cama. Ya estoy completamente dormida cuando el sonido del teléfono fijo me sobresalta. Una llamada a media noche es siempre inquietante. “¿Diga?”, respondo con el corazón dando tumbos. “Llamo de la recepción para avisarle que olvidó aquí una bolsa con los ‘pedos’, ¿gusta que se la mandemos ahora o prefiere recogerla mañana?”.

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