Testimonio del ocaso
Nuestro mundo

Testimonio del ocaso

Nuestro Mundo

Desde hace años poseo constancia de anciano, es decir, una tarjeta con mi foto y mis datos fedatarios de que camino los senderos de la tercera edad. Dicho de otra manera, soy lo que significa la “respetuosa” expresión, “adulto mayor”. En esa condición muchas veces a pie recorro los rumbos urbanos. Así llegué al DIF para renovar el testimonio de mi ocaso, es decir, mi credencial que era del Insen y ahora es del Inapam.

De mi casa a las oficinas del DIF caminé por banquetas de todos los niveles, limítrofes de calles sucias y albergue de perros de barrio, zigzagueaba al ritmo que imponía el sol desalmado y las sombritas de paredes y de árboles; recorrí aceras con carros atravesados porque los están arreglando mecánicos callejeros o porque sus propietarios los quieren tener apercollados; crucé por una pescadería que otorga miasmas de mar y música de banda; atravesé un bulevar cuyo camellón muestra que el jardinero merece un premio al ecologista práctico y otro bulevar arbolado con encinos que me habría gustado que fueran mezquites.

Después del segundo bulevar entré a nuestro desheredado centro histórico que luce orgulloso la arquitectura escamosa del Teatro Nazas. Después de eludir un exitoso puesto de gorditas no pasé por la plaza de armas, decidí disfrutar el caminar como andante cosmopolita por la avenida (¿paseo?) Morelos. La dejé para avanzar por el mercado Juárez y allí tomar un jugo de zanahoria al que antes de decir que no ya la vendedora le había clavado popote de plástico.

Me dejé engullir por la puerta central de la Juárez mientras repasaba mental y fugazmente su arquitectura de recio art decó, cantera ocregrisácea, ángulos biselados y adornos de promisión en bajorrelieve. En los primeros puestos de fruta luego luego los qué va a llevar, qué se le ofrece. Y en los de magia y yerbería los hedores de vegetales secos y el tenemos de todo, para el amor, para limpias, para trabajos. En los locales de comida los pásele güerito tenemos… en medio de los olores a chile, a arroz cocinado, a aceite frito. A mí me interesaba, una bolsa de ixtle para las compras en el súper, pero después.

Salí del mercado por otra de sus monumentales puertas y caminé la cuadra de las florerías tratando de eludir los aromas porque me hacen recordar la muerte de mi madre. En la siguiente cuadra vi la gran variedad de plantas y arbolillos jóvenes que me permití soñar que necesitaba. Y rebasé el bulevar del metrobús donde los afanes obreros evidenciaban la urgencia de terminar las instalaciones de una estación.

Una cuadra después llegué al DIF. En su umbral y en su patio me cruce con el dolor del pueblo al cruzarme con pacientes de quién sabe cuántos padecimientos; recordé las condiciones atroces de vida psicológica que sufre el pueblo no porque las viera sino porque me las relataba una psicoterapeuta que las trabajó en esa institución; me dolió el regateo de los necesitados al tener que pagar algo de costo muy bajo pero inexorable.

Hice una cola de tres personas para alcanzar el mostrador donde me atendería la displicencia de una empleada que conocí el día anterior en que acudí confiado en que los trámites no serían rigurosos y (literal) me aventó un papelito con instrucciones. Ahora esperaba insuflado de paciencia estoica para resistir la displicencia. Con mis copias y mis datos en orden la frialdad burocrática no se mostró ni tampoco mi estoicismo de “adulto mayor”.

Ya soy poseedor de una nueva credencial que desmiente mi apariencia juvenil y mi optimismo añoso con la foto de mi cara desencantada y cansada y su marco de copiosas canas en la frente crecida, en las sienes donde retumba el colesterol añejo y en la barba y el bigote que provocan el grito infantil de ¡Santoclós! Ya tengo mi nueva tarjetita que testimonia que vivo en el ocaso.

Comentarios