Volver a lo básico
Nuestro mundo

Volver a lo básico

Nuestro Mundo

1.- ¿A alguien le importa cuánto corriste por la mañana?

2.- ¿A alguien le importa qué libro estás leyendo?

3.- ¿A alguien le importa cuantos centímetros le añadiste a tus bíceps en la última semana?

4.- ¿A alguien le importa si pudiste hacer el cuervo en tu clase de yoga?

5.- ¿A alguien le importa si tu mesa de domingo se veía espectacular?

6.- ¿A alguien le importa ver tu asador repleto de carne?

7.- ¿A alguien le importa ver a tu mascota?

8.- ¿A alguien le importan tus fotos de infancia?

9.- ¿A alguien le importa si te tomaste un café, una cerveza o un vaso con agua?

10.- ¿A alguien le importa realmente tu vida?

Por la naturaleza de mi trabajo, mi perfil de Facebook no sólo está alimentado de las historias de mis amistades, hay mucha gente que no conozco físicamente pero que dada la interacción sé de ellos y sus vidas, hay otras que conozco indirectamente, hay aquellos que revisten un interés profesional y por eso están ahí, o hay quienes llegaron por error creyendo que yo era otra persona.

Toda esa lista que formulo al inicio a manera de preguntas, es algo que está en mi cabeza cada vez que entro a esa red social. Por supuesto que voy y checo mis publicaciones y las preguntas quizá serían otras con el mismo fondo, ¿a quién le interesa si presenté un libro, acudí a un foro o entrevisté a alguien?, ¿a quién le interesa si mis hijos cumplen años o corren una carrera o a mí me regalan algo? Quiero ir más allá, ¿qué necesidades hay detrás de cada una de nuestras publicaciones?, y lo planteo con interrogantes porque quizá sólo especule sobre las muchas razones existentes: ¿reconocimiento?, ¿soledad?, ¿autoestima baja?, ¿presunción?, ¿imitación?, ¿promoción?, ¿construcción de liderazgos?, ¿soberbia? La respuesta la tendremos que buscar cada uno de nosotros, aunque no sé a qué porcentaje de los usuarios de la red le interese.

El asunto es que no es el Facebook, el Twitter, el Instagram o hasta el WhatsApp, lo real es que se trata de lo que estamos haciendo con nuestra vida. A las redes las usamos para encriptar mensajes, provocar envidias, pavonearnos de nuestros éxitos, establecer comunicación con el cielo, cargar energéticamente nuestros muros. Vender, comprar, parecer que somos, dejar clara nuestra pertenencia a ciertos grupos sociales, ligar, stalkear, entreteneros, como inductores del sueño, como evasión y un largo etcétera que no tiene fin. Caemos en la red, cual pececillo atrapado por un curricán que lo lleva a la muerte.

Y como estoy en la revisión del tema, agudizo los sentidos para captar el sentir. Oído al pasar: “Mi ansiedad por comprar la resuelvo viendo todo lo que venden en los grupos y escojo virtualmente y al final no compro nada” “Me encanta chismosear y enterarme de los pleitos de quien no pagó y así” “Me da mucha risa lo photoshopeadas que están las imágenes, jajjaja luego las ves en persona y dices ¡oh my God! ¿qué es eso?” “Yo encuentro maravillas entre lo que venden, perooo es una lata porque nunca quieren poner los precios”. Si razones sobran, lo que no sobra es el tiempo que le dedicamos a revisar, cuestionar, aprobar o reprobar las publicaciones.

Seguro ya habrá por ahí un libro cuyo título es: “El perfil psicológico de los usuarios de redes” o algún otro como “Que dicen de ti tus publicaciones” o “Menos redes y más Prozac” o “Todo lo quisiste saber de la falsedad de las redes y nunca te atreviste a preguntar”, en fin, que es un tema que se viene revisando desde lo económico, lo político, lo sociológico y lo psicológico.

Concluyo que yo estoy mal, no termino de entender por qué si me causa tanto malestar sigo ahí, me temo que me deslizo por el tobogán de la adicción. Saber estar solos, disfrutar en privacidad las maravillas vividas en el último viaje, lograr metas y guardar silencio, manejar en privado el orgullo que nos provocan los hijos, la casa, las posesiones, la belleza, es decir, volver a lo básico nos puede dar más bienestar, si antes lo hacíamos ¿por qué hoy nos parece tan difícil?

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