Nadie sale vivo
Salud

Nadie sale vivo

Miscelánea

Alguien me habló todos los días de mi vida

al oído, despacio, lentamente. 

Me dijo ¡vive, vive, vive! 

Era la muerte.

Jaime Sabines

Lamentablemente, en los dos eventos más significativos en la vida como son nacer y morir, no tenemos ninguna injerencia.

Unos tardamos más/ otros menos/ pero todos nos vamos./ Cae la noche y nos vamos. Jugamos a estar sobre la tierra/ pero al fin nos vamos./ Con alegría o con dolor/ dulce vida, nos vamos”. (Otra vez Sabines) Sólo por contrariar a la vida, yo nací el Día de los Muertos, manifestando desde el principio mi irreverencia. No le temo a la muerte, le temo a la vida porque le conozco las mañas. Lo que sí me asusta es el momento de dar el paso al vacío, especialmente si, Dios no lo quiera, mis días terminan en uno de esos negocios hospitalarios que convierten el final en una larga y costosa agonía.

En mi ya no tan breve estancia en la Tierra, me he aferrado al bien y al contento, pero siempre llega un cumpleaños en que uno se pregunta ¿cuánto más durará ese contento? El entusiasmo, la curiosidad, el deseo de aventura, ¿cuánto más?

Como de entre mis manos resbalas / oh, como te deslizas edad mía” (Quevedo). Tampoco es que tenga tantas ganas de seguir en este mundo donde la tecnología comienza a reemplazar a la sensibilidad y a la inteligencia; y los ectoplasmas en las redes sociales, a la cercanía de los amigos y la conversación.

Lamentablemente, en los dos eventos más significativos en la vida como son nacer y morir, no tenemos ninguna injerencia. Ahora que como pedir no cuesta nada, me gustaría morir de vida, de locura, de risa; me encantaría morir de amor.

No se muera vuestra merced, señor mío, tome mi consejo y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida, es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, sin que otras manos le acaben sino las de la melancolía”; aconseja afligido Sancho Panza junto al lecho en que agoniza su señor Don Quijote, quien recuperado de su locura, lejos ya de todo peligro, arropado en su casa y en su cama, empieza a morir de cordura. A eso le temo, a esa cordura que silenciosa y ladina se desliza entre los años, otorgándonos una supuesta experiencia y convenciéndonos de que finalmente somos dueños de la verdad.

Ya instalados en la cordura, nos convertimos en tercos predicadores que, seniles, hablamos como niños de kínder: fuchila, guácala. Sí, tengo que reconocer que me asusta la vejez porque suele acompañarse de nostalgia y desgano.

Acedia le llamaban a la inapetencia que nos deja caer en la placidez del sillón. Yo ya no manejo, ya no salgo de noche, ya no me interesan los viajes largos, estoy feliz sola.

Ay no, yo ya no”, han decretado algunas de mis amigas. Yo sí, espero mantener vivo mi deseo de seguir empujando la pluma, y no puedo siquiera imaginar el desabrimiento de mis horas si en algún momento ya no me fuera preciso leer. Yo, como dice una vieja canción, a donde quiera que me quieran voy… para protegerme de la acedia, hasta que la vida me lo permita, me propongo emprender siempre una nueva cruzada, cualquier propósito que le dé sentido a mi deambular sobre la faz de la Tierra.

No lo sé, nadie lo sabe, cuándo ni en qué condiciones nos llegará el momento; mientras tanto pido a Dios que no me falten molinos que vencer, un jardín que cultivar, y hasta un clavileño para volar sin separarme de la tierra. Que hasta mi última hora, mi corazón, humano todavía, se estremezca ante la injusticia y el dolor que nunca falta en el mundo.

No permitas Señor que mi espíritu marchite en su sed por ti y pierda el rocío con que me salpicaste cuando yo era joven. Profundiza y amplía mis sentidos para absorber el fresco, verde, floreciente mundo, y captar el secreto de los brotes silenciosos. Y Dios, cuando llegue mi hora, déjame insinuarme dentro de la noche sin demandar nada del hombre, sin demandar nada de ti. Por último, me gustaría mantener el humor para despedirme de la vida diciendo como el viejo actor Humphrey Bogart: “Nunca debería haber cambiado el scotch por los martinis”.

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