¿Por qué soy narco?
Reportaje

¿Por qué soy narco?

Una cultura idealizada

Dos historias motivan el siguiente trabajo, ambas tienen que ver con el deseo que tienen algunos niños mexicanos de convertirse en narcotraficantes.

En este país, las detenciones y asesinatos relacionados con el narcotráfico se incrementan de forma sensible. Cada vez más hombres, mujeres y niños están vinculados con esta actividad delictiva que radicaliza el salvajismo en sus ejecuciones; algunas entidades son reconocidas por el control que tiene el crimen organizado, y en ellas se ve a los narcotraficantes como una especie de héroe que influye, sin duda, en los jóvenes.

Sinaloa, llamada “La cuna del narcotráfico en México”, es un ejemplo de cómo los criminales establecieron un Estado paralelo, imponiendo sus leyes, como se demostró en la reciente redada con la que se pretendía capturar a Ovidio Guzmán, hijo del famoso narcotraficante Joaquín “el Chapo” Guzmán. El gobierno federal se vio obligado a retirarse ante la fuerte reacción del cártel. El poderío armamentístico de los criminales fue evidente. Y también su influencia.

El beisbolista mexicano de los Azulejos de Toronto, Roberto Osuna, declaró para el periódico Toronto Star de Canadá, que el Chapo Guzmán “ayudó a muchas personas, mucho más de lo que el gobierno ha hecho (…) es un héroe en México. Respeto eso. Las personas donde vivo aman a ese tipo. A todos nos gusta porque fue una persona muy amable con nosotros”.

La apología del narcotráfico, así como las condiciones socioeconómicas adversas de una buena parte de la población, son dos variables que influyen en los menores de edad, quienes buscan en el crimen organizado una oportunidad para salir de la miseria.

La primera de las historias mencionada líneas arriba la hizo pública el periodista Eduardo Valenzuela, conocido como “Guayo”, caricaturista y promotor cultural, quien desde hace décadas imparte talleres de pintura y fotografía en los sectores marginados de la ciudad de Torreón, Coahuila.

Recientemente visitó la colonia Nuevo México, que puede ser observada desde las alturas a bordo del teleférico turístico de la ciudad. El lugar llama poderosamente la atención porque sus fachadas son como rostros huecos, con colores vivos pero sus ventanas y puertas son oquedades sombrías.

Para llegar a ella, hay que cruzar un arroyo con aguas negras, entre escombro y basura; las bardas cercanas están destruidas y los callejones aterrados que suben por la falda del cerro son pasadizos desolados.

En las dos primeras cuadras las casas están habitadas, pero enseguida comienza la colonia fantasma, abandonada, con las huellas de la ocupación violenta de hace diez años. Al interior de las viviendas solas, las paredes están grafiteadas, los pisos plagados de excremento y pedazos de muro.

Colonia Nuevo México, Torreón, Coahuila. Foto: Archivo Siglo Nuevo

No quiero meterme en problemas”, fue la declaración de un habitante que pidió el anonimato. “Lo que sí le aseguro es que yo pinté mi casa, nadie me apoyó, y sabe qué voy a hacer, voy a escribir un letrero muy grande en el techo que diga: ‘Volteen a vernos’, para que se den cuenta de cómo vivimos”.

Estaba alterado y enojado ante lo que calificó como un abuso: “Pasan los policías y nos ven a todos como sospechosos”.

La colonia Nuevo México vivió un año de pesadilla entre el 2008 y 2009. Fue tomada por los grupos de narcotraficantes sin que alguna autoridad acudiera al rescate. Se dieron enfrentamientos mortales, ejecuciones y saqueos. Los habitantes huyeron dejando sus pertenencias tras de sí. Al final los delincuentes se robaron los muebles, las rejas, las puertas, la tranquilidad.

Después vino el abandono absoluto. Durante siete años nadie regresó, y la basura y el escombro colmaron los nueve callejones de la colonia. La desolación la convirtió en refugio de adictos y delincuentes comunes. Este estigma permanece aún, por eso el colono estaba molesto.

Estas son las condiciones de marginalidad que busca Guayo para impartir sus talleres. Cuando llegó a la escuela en la Nuevo México, esto fue lo que le pasó al caricaturista: “‘Sicario’, fue inesperada la respuesta. ‘¿Y para qué quieres ser sicario de grande?’, continué con mi interrogatorio amistoso. ‘Para matarte’, me dijo tajante. Sonreí e insistí: ‘¿Para qué me quieres matar, si yo no te he hecho nada? Mira, mejor te invito a la clase de pintura que doy en esta escuela’, le dije. El niño paseaba por la calle en bicicleta, en alguno de los sitios pegados a la colonia Nuevo México, lugar que fue masacrado en el lapso de la narcoviolencia lagunera. Eran horas escolares, yo me marchaba, el pequeño sin uniforme se acercó a la reja para observar al interior del plantel educativo. Esto llamó mi atención, y provocó que me le acercara. ‘Yo antes vivía por aquí’, me dijo, ‘pero mis papás se cambiaron a la Victoria. Dicen que ya mero volvemos pa' acá’. Me pareció de algunos 11 años, delgado y no muy moreno. ‘¿Quieres aprender a pintar muy chido las paredes?’, le solté. ‘¿Sí me acepta?’, me dijo dudando. ‘Claro, solo búscame aquí los miércoles a esta hora. ‘Los chavos de adentro ya se rifan’. El morrito se fue tranquilo navegando en su bicla negra. Tomé la mía. Mientras pedaleaba lento, sólo pude concentrarme en aquella parábola de la cizaña y el trigo”, escribió el caricaturista en las redes sociales.

La otra historia la contó el doctor Edgar Jiménez Félix, subdirector de divulgación del Consejo Potosino de Ciencia y Tecnología. Al aplicar una encuesta para conocer las tendencias de vocaciones profesionales, dos respuestas le sorprendieron al preguntar “¿qué te gustaría ser de grande?”: “Narco”, fue la contestación de los niños.

Figura de acción de “El Chapo”. Foto: EFE/ Culiacán

ALTERNATIVA ANTE LA MISERIA

En la década reciente se han detenido en el municipio de Culiacán, Sinaloa, a más de 23 mil jóvenes por delitos relacionados con el narcotráfico, ya sea que estuvieran armados, o porque vendían drogas o habían asesinado a alguien, de acuerdo a la información de la Secretaría de Gobernación en el marco del Programa Nacional para la Prevención Social de la Violencia. Si se considera que en Culiacán existen 234 mil jóvenes de entre 15 y 29 años de edad, aquella cifra significa que uno de cada diez se incorpora al narcotráfico para desempeñar diversas funciones, desde el lavado de dinero, elaboración de drogas, su transporte y comercialización, hasta convertirse en sicarios, con el objetivo de obtener riquezas al instante o mejorar su nivel de vida, reveló el estudio de la Red por los Derechos de la Infancia en 2016.

Los jóvenes ven el mundo del narcotráfico como una opción de vida sin importar las consecuencias que esto conlleve y, al mismo tiempo, se percibe la incorporación de las mujeres en roles y posiciones donde anteriormente dominaban casi en su totalidad los hombres. En este sentido, es posible ver que el narcotráfico ha permeado a la sociedad de tal forma que ya no es una actividad exclusiva de unos cuantos, sino que se ha expandido y diversificado”, señala en su investigación el maestro Jairo Elí Valdez Bátiz del Colegio de la Frontera Norte.

¿Qué motiva a los jóvenes a sumarse a las filas del narcotráfico? Los supuestos que surgen de inmediato son por el bajo nivel económico que padece la mitad de la población del país, así como la escasa oportunidad de empleos y bajos salarios; también se puede incluir la falta de cobertura educativa.

Aunque el estudioso Valdez Bátiz supone que “las y los jóvenes se incorporan a los grupos de narcotráfico por factores como la búsqueda de superación personal, el deseo de incrementar sus ingresos económicos y la obtención de reconocimiento social”, porque eso es lo que ven en la televisión, la radio, la prensa y las redes sociales.

Reconoce que la actual generación de jóvenes está creciendo en un contexto donde el narcotráfico es cotidiano, “de tal forma que dicha actividad se ha convertido en una opción de vida para los jóvenes”.

También hay que considerar aspectos culturales que influyen en las y los muchachos para que se sumen al crimen organizado.

Por su parte, Leopoldo Camacho Sustaita, catedrático de la Universidad Pedagógica Nacional en Torreón, Coahuila, es un estudioso de la sociedad. En su análisis observa que, durante la década de mayor violencia en la zona conurbada de la región Laguna de Coahuila y Durango, los muertos fueron jóvenes que rondaban los veinte años de edad. Recordó que estos vivieron el “boom de la mezclilla” en la región:

Foto: Archivo Siglo Nuevo

Durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) se impulsaron las maquiladoras textiles en las ciudades de Torreón, Viesca, Francisco I. Madero, San Pedro y Cuatro Ciénegas en el estado de Coahuila, y en Gómez Palacio, Lerdo, Mapimí, Tlahualilo y Cuencamé en Durango. Plantas textiles o proveedores de prestigiadas marcas como Calvin Klein, DKNY, Guess, Hanes, Jordache, Levis, Nautica, Tommy Hilfiger y Wrangler contrataban poco más de 65 mil personas, quienes confeccionaban alrededor de cuatro millones de prendas a la semana; la mayoría de los empleados fueron mujeres. “Eran las amas de casa, las madres, quienes tenían el control del hogar”, recordó el maestro Camacho Sustaita. Al dejar el hogar para ir a trabajar en las maquiladoras, los niños quedaron al amparo, en el mejor de los casos, de sus abuelos, o del televisor o de los amigos del barrio. Se rompió el equilibrio familiar.

Algunos de aquellos niños “huérfanos de las maquilas” ingresaron (veinte años después) a las filas del narcotráfico. Es la lectura del maestro Camacho Sustaita.

Por otra parte, desde la década de los ochenta, las oportunidades laborales y educativas para los jóvenes se han reducido. Gran parte de la población juvenil se emplea en labores informales, entre ellas las ilegales.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), detectó el crecimiento de la participación de muchachos en actividades paralegales, relacionada además con la falta de atención por parte de las instituciones hacia aquel sector de la población desfavorecido por la falta de oportunidades laborales y escolares. “Por ello, el concepto de clase social toma relevancia, en tanto las personas de las clases sociales más altas son quienes tienen mayor acceso al conocimiento, la capacitación y los mejores puestos laborales”, declara el maestro del Colegio de la Frontera Norte, Jairo Elí Valdez Bátiz.

La falta de empleo vulnera a los jóvenes frente al narcotráfico, incluso se considera a este grupo de población “como una amenaza para las instituciones de seguridad”, califica el experto.

Ante esto, el estudioso César Jesús Burgos Dávila asegura que “la población juvenil es la que más ha resentido esta influencia, puesto que en la última década se ha agudizado el surgimiento de producciones culturales de los jóvenes marcados por la mística del narcotráfico […] producen y consumen narcocorridos, se visten de manera ostentosa y tienen comportamientos prepotentes y vengativos, aunque no se dediquen al negocio del narcotráfico. Estos actores son conocidos coloquialmente como Buchones”. Se trata de muchachos que se apropian de la cultura del narco.

Moda “buchona” caracterizada por lo ostentoso. Foto: Amazon

ESTRUCTURA ORGANIZACIONAL Y LOS HÉROES DEL NARCO

La presencia del narco en la sociedad mexicana se volvió idiosincrasia: se comporta como el narco, se piensa, se siente, se actúa, existen rasgos en la forma de vestir, en los automóviles; son características propias, culturales y distintivas de la generación del narco. Es un temperamento particular.

Jesús Ángel González, de la Universidad del Norte de Texas, publicó en 2014 El arquetipo del narco mexicano en la novela, el cine, y la música, en donde revela una serie de incorporaciones a la vida cotidiana del mexicano, como el narcoléxico. El narco ha cambiado la forma de hablar. “Un sector de la sociedad crea conceptos al añadir el prefijo narco y las masas adoptan monótonamente este léxico sin la mínima consciencia de su significado. Por ejemplo, términos como la narcomoda, la narcofosa, la nacofiesta aparecen con más frecuencia en conferencias académicas, en la literatura popular, y en el ámbito sociocultural y artístico de México”.

El autor cita a Octavio Paz, quien afirmó que “cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje. La crisis de la sociedad, en consecuencia, comienza con la gramática y con el restablecimiento de los significados”.

Y son precisamente los jóvenes, quienes difunden este narcolenguaje, incluso aceptado por la Real Academia Española (RAE), la cual reconoció en 2010 el lenguaje del crimen organizado. “Vocablos como levantón, plomear, ejecutar o pase, forman parte de un nuevo campo semántico en México”, publicó el periodista Armando G. Tejeda en el periódico La Jornada, y añade: “Levantón significa secuestro cuya intención es diferente a la de pedir rescate económico. Pase es dosis de droga o aspiración de cocaína; plomear se traduce como disparar a alguien con un arma de fuego; narcocorrido se define como composición musical popular que narra historias relativas al narcotráfico y sus protagonistas para enaltecerlos”.

Creo que el crimen organizado no sólo revoluciona el idioma, revoluciona la vida de los ciudadanos, que es lo más grave, lo de menos es el idioma. En este caso el crimen organizado, como cualquier otra organización, sea delictiva o no, tiene su propia jerga, su manera de expresarse y un diccionario completo debe ir estudiando esto. No hay que negarlo, es parte de la lengua española”, declaró a La Jornada el director de la Academia Mexicana de la Lengua, José G. Moreno de Alba.

El narcotráfico es una organización eficiente, con estructura definida y roles precisos. En la cima del organigrama del narco están el o los líderes. ¿Quiénes son? Son los más difíciles de descubrir. En el siguiente nivel jerárquico descendente están los operadores especializados, que son los abogados, médicos, contadores y demás profesionistas necesarios para la operación de los cárteles. Le siguen los operadores de logística, se trata de lugartenientes y jefes de sicarios.

Las escasas oportunidades fomentan la delincuencia. Foto: EFE

Después continúa en el organigrama la fuerza ejecutiva compuesta por los sicarios y otras entidades gubernamentales que operan fuera de la ley. Por último, en la base de la pirámide, están los equipos operativos compuestos por los traficantes de drogas, camioneros, halcones, mulas, dedos y madrinas, es aquí donde se encuentran a los jóvenes. La información procede de Security, Drugs, and Violence in México: A Survey, reseña del séptimo foro de Norteamérica relacionado con las drogas.

Acaso otro de los motivos para ingresar a las filas del crimen organizado sea el carácter de héroe que se le da a algunos hampones.

El narco como héroe no se refiere exclusivamente a un agente que se dedica al tráfico ilegal de narcóticos, sino a un concepto que se ha trasladado a las entrañas del imaginario colectivo de la cultura”, escribe Jesús Ángel González. Para Octavio Paz un héroe “es siempre el aventurero, el intelectual o el revolucionario profesional. El hombre aparte, que ha renunciado a su clase, a su origen o a su patria. Herencia del romanticismo, sin duda, que hace del héroe un ser antisocial”.

En cambio, continúa Jesús Ángel, el narco se establece como un “héroe en el imaginario del colectivo de la mexicanidad. Se erige como el héroe-bandido, un ser carismático que tiene la obligación de luchar contra la opresión socioeconómica. Una opresión que desde la conquista ha mantenido a los sectores menos favorecidos recluidos en la periferia. Entonces el narco es una figura legendaria partidaria de los de abajo que acoje un concepto universal para salir de la miseria; el Robin Hood Príncipe se observa en el contorno geográfico, en el margen histórico, y en los estudios antropológicos de otras culturas.

El narco es un héroe para algunos sectores porque estimula una conmoción positiva hacia su grandiosidad, a la misma vez que contiende contra las adversidades de su destino. Entonces para la crítica literaria es debatible determinar cuál papel juega el narco en la sociedad mexicana del siglo XXI. Pero por otra parte, otro sector considera que el narco se erige como un anti-héroe con la capacidad de luchar en contra de la opresión de la hegemonía para después trasmitirle el discurso a los de abajo”, señalan los expertos citados.

Como un ejemplo específico del bandido héroe, está Jesús Malverde, el ladrón generoso. Es un ícono del narcotráfico, una figura mítica que se caracterizó por ser un ladrón social, generoso y mártir, que se convirtió en el intermediario entre los marginados y los que están fuera de la ley. Los narcotraficantes lo adoptaron como su santo a partir de la segunda mitad del siglo XX.

La leyenda señala que siendo joven comenzó su carrera delictiva asaltando a los ricos hacendados y repartiendo el botín a los necesitados y débiles”, escribe Ida Rodríguez en El culto a Jesús Malverde, todo tiene su tiempo para ser creído, incluso las mayores falacias, texto publicado en la Revista Cultura y Sociedad, de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Seguidores del santo Malverde celebran su aniversario luctuoso en Culiacán. Foto: EFE/ Culiacán

Otras fuentes señalan que los padres de Malverde murieron muy pobres, de hambre, durante el periodo en que Porfirio Díaz gobernaba el país. La leyenda continúa mencionando que pidió dinero prestado a un hombre rico, quien se lo negó, por eso decidió robar. Los asaltos ocurrían en Culiacán, las víctimas eran hombres adinerados que viajaban en diligencias por los caminos de Bachigualato, Navolato, Quilá y Mocorito; por esta razón se le compara con Robin Hood.

Malverde es mi santo, al que yo le rezo. Me cumple y le agradezco por los favores cumplidos. Aunque dicen que no es un santo porque la Iglesia no lo quiere, para mí sí lo es. Yo desde chica le rezo, le traigo ofrendas, le pido por mis amigos y parientes y él siempre me cumple, nunca me ha fallado. Por eso, aunque para la Iglesia no lo sea, para mi sí lo es. Él me cuida y me protege y siempre que voy a hacer un trabajo vengo y me encomiendo a él, y será el sereno pero a la fecha no me han atrapado”, confiesa Rubí, de 21 años, una chica que trabaja en la venta de estupefacientes y que fue entrevistada por el investigador Jairo Elí Valdez Bátiz, del Colegio de la Frontera Norte.

JÓVENES NARCOS

Valdez Bátiz entrevistó a diez jóvenes sinaloenses vinculados con el narcotráfico. Con la colaboración del Laboratorio de Estudios Psicosociales de la Violencia en Sinaloa, estableció el contacto con los entrevistados que se hallaban en las ciudades de Culiacán, Mazatlán y Badiraguato. Las entrevistas ocurrieron entre diciembre de 2017 y marzo de 2018 y se realizaron en diversos lugares públicos, en casas particulares e incluso dentro de un auto.

Los participantes fueron cinco hombres y cinco mujeres, quienes comenzaron en el mundo del narco desde niños, como Sergio, quien a los once años de edad piscaba amapola y mariguana; o Roberto que ingresó a los 14 años lavando las avionetas. Al momento de las entrevistas todos rondaban los veinte años de edad, sólo tres estaban solteros y los demás casados y con hijos.

Es de llamar la atención el grado de estudios de los narcos que se prestaron al estudio de Valdez Bátiz: tres tienen una licenciatura, uno es maestro en ciencias en química, tres estudiaron hasta preparatoria y dos hasta secundaria. Para todos ellos el aspecto económico fue el motivo para ingresar al crimen organizado.

Enseguida, se seleccionan algunos de los testimonios presentados en aquel trabajo, el cual se puede consultar en la página de Internet del Colegio de México.

Roberto: su contacto directo con la organización de narcotráfico se dio a los 14 años, por medio de un amigo de él que lo contactó con su tío y le ofreció trabajar para limpiar los aviones, pues el tío también era piloto. Roberto aceptó, ya que lavar las avionetas no representaba ningún riesgo y no incurría en algún delito. Roberto proviene de una familia de clase media baja, su madre se dedicaba al hogar y en temporada de calor vendía raspados afuera de su casa. Su padre era obrero en la construcción, y Roberto trabajaba en un súper empacando los víveres de los clientes, por lo tanto, lavar las avionetas significaba un ingreso extra.

Ejército mexicano destruye armas de juguete para concienciar a los niños contra la violencia. Foto: EFE/Culiacán

Martha: tiene 27 años y es administradora de profesión, es casada y tiene dos hijos. Proviene de una familia de profesionistas, sus padres se desempeñan como docentes en una universidad. Se dedica a administrar negocios y lavar el dinero proveniente del tráfico de drogas. Ingresó a la organización a través de su pareja, pues él se dedicaba a la logística y al cobro de cargamentos.

Sergio: “Para mí… emmm... te puedo decir que es un trabajo como muchos, el cual consiste en llevar drogas ilegales de un lugar a otro, y pues no se obliga a nadie a que las consuma. Yo lo veo como simplemente un trabajo más […] Yo crecí en la sierra y allá pues no hay otra cosa qué hacer más que irte a trabajar a los campos de amapola y marihuana, de vigilante o de empacador. Es eso o morirte de hambre, no hay más. Y pues yo desde niño trabajaba en los campos, sacando la goma de las amapolas. Ahorita, pues estoy en otra cosa pero desde morrillo yo inicié en el negocio”, escribe Jairo Elí Valdez Bátiz en su tesis Yo solo quería ser piloto: incorporación de los jóvenes al narcotráfico en Culiacán publicada por el Colegio de la Frontera Norte.

Los testimonios continúan y en ellos se coincide en que el ingreso al narcotráfico es debido a la carencia económica y gracias al apoyo moral, espiritual y cultural que brinda la figura del padrino.

NARCOCULTURA

La narcocultura se propaga rápidamente por el fácil acceso que brindan las redes sociales. No sólo eso, la radio y la televisión abierta, que son los medios de comunicación que llegan a lugares más aislados, transmiten contenidos en los que se hace apología al narcotráfico. Es una influencia determinante, como lo han sido los narcocorridos, para reforzar la percepción que se tiene de este negocio ilícito:

Puro maicito sembraba en una tierra rentada / los dueños de los terrenos todo el maíz se llevaban / para cobrarse una deuda, que nunca se le saldaba / Un día me dijo un amigo: voy a enseñarte un negocio / pensando en que me mataran porque lo vi peligroso / cincuenta viajes crucé, por eso soy poderoso”.

Canta el narcocorrido en el cual se revela esa posibilidad de salir de la miseria al cambiar el patrón de cultivo. Y es que el negocio del narco es una posibilidad real “para mucha gente que busca una buena vida, aunque no logren hacer una vida buena”, considera María Luisa de la Garza en su libro Pero me gusta lo bueno…

El narcotráfico se convierte así en una alternativa de movilidad social con resultados deslumbrantes. Quien se dedica al narco, dice el corrido, se vuelve poderoso. Es decir, las personas no sólo aumentan su patrimonio de manera contundente, sino también sus medios de acción, el poder actual dentro de la sociedad. El que tiene, puede. Si bien no es posible afirmar que la vida del traficante es una vida buena, sí es cierto que los medios que proporciona el tráfico de drogas permiten darse la buena vida”, señala la escritora.

Ilustración: joyimgd.pw

Con el narco la vida se transforma rápidamente, lo que antes estaba prohibido por la falta de medios económicos ahora está permitido: “Hoy traigo dos celulares de alcance internacional / uno quiero pa’ mis barbis y otro para trabajar / un bíper para mis claves y mi jet particular / su nieve a la que le cuadre y en el avión a disfrutar”, canta otro narcocorrido.

La cultura genera producciones tangibles e intangibles. Dentro de las primeras pueden señalarse los narcocorridos, la vestimenta, las películas, series de televisión y libros que hacen referencia al fenómeno; en cuanto a las producciones intangibles están el culto a Malverde, y la resignificación de la vida y de la muerte.

Antes de yo entrarle al negocio siempre me llamaron la atención los corridos y algunas películas. Siempre que los escuchaba me llamaba la atención la historia y lo que se cantaba, lo que había vivido el personaje. De chico muchas veces me imaginaba conocer a algún mafioso… y después de un tiempo siempre que veía a un carro o a alguien, así con toda la finta, tú sabes, la finta de malandro, recordaba algunos corridos y pensaba: ese compa es mafiosillo”: Sergio, 21 años, vigilante (citado por Valdez Bátiz).

Los personajes de los corridos logran su cometido, escalan rápido en la vida y aunque su caída sea trágica, lograron vivir un sueño imposible de cumplir de tener un trabajo lícito. El narcotráfico se convierte entonces en la alternativa para salir de la marginalidad presente en este país.

Mira para tener un corrido hay que haber hecho algo muy cabrón, o estar bien parado. Aunque igual cualquiera puede mandar a que le compongan pero si nadie te conoce, si nadie te ubica, pues te escriben cualquier cosa y así yo no le veo sentido. Primero tienes que haber hecho algo pesado, ganarte el respeto dentro de la organización, que te reconozcan y entonces sí que se cante tu historia… ”, continúa Sergio.

Este joven acepta también el destino trágico que trae consigo la actividad ilícita, “ya sabes que un día estás vivo y puede que al otro ya te estén enterrando. Por eso hay que vivir la vida a tope, darte tus gustos, siempre contento con los tuyos porque no sabes si al otro día vas a estar”.

El narcotráfico revela la inoperancia de las instituciones mexicanas para enfrentar el fenómeno. No se cuida el bien común, los niños y niñas en situación precaria no encuentran en las instituciones formales y legales un respaldo que los libere de la adversidad. Por el contrario, las puertas se cierran y, por ello, es lógica la respuesta de querer ser, cuando se crezca, un narco.

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