Sin brújula
Opinión

Sin brújula

Miscelánea

¿Por qué estás rompiendo tu país?

¿Por qué le haces daño?

El primer ministro responde en silencio:

porque eso es lo que estamos haciendo

porque en eso creemos

porque eso dijimos que haríamos

porque eso es lo que la gente dijo que quiere,

porque he venido al rescate.

Porque sí.

Mc Ewan

Tengo que reconocer que buena, buena, no he sido. A tropezones, descubriendo la vida, he procurado caminar del lado que me dijeron era el correcto. Somos gente “decente”, repetían mi padres y yo me lo creí. Somos los ciudadanos que se levantan cada mañana a poner en marcha el país con su trabajo. Somos los que pagamos de nuestro bolsillo la seguridad que el gobierno es incapaz de proveernos. En cuanto a impuestos, soy causante cautiva así que ni modo. No tiro basura en la calle, ahorro el agua, intento ser lo más ecológica que puedo y no poseo más armas que los cuchillos romos de mi cocina.

Durante muchos años llevé a mis niños a clases, con la tarea medio mal hecha, pero puntuales. Mi querubín y yo, renunciamos a algunas cosas, tampoco quiero decir que nos sacrificamos porque no es para tanto; pero pagar escuelas y universidades de cuatro niños, no fue gracioso. Y no es que los maestros de la escuela particular nos parecieran los mejores, era sólo que comprometidos y responsables, nos ofrecían la seguridad de que nuestros hijos por lo menos tendrían maestro todos los días del año escolar, y no como en los colegios oficiales dónde sólo había clases cuando los forajidos a la orden de la señora Gordillo hacían paréntesis entre una y otra huelga.

Tampoco quiero presumir de haber sido una ciudadana de primera: “El que no transa no avanza” era la consigna, y pues, como en las oficinas de gobierno no hay otra forma, sigo sobornando cuando hay necesidad. Algún billetito al agente de tránsito para librarme de una multa, pues también. Aun cuando en mi educación (en la que hubo una gran dosis de hipocresía) mentir se consideraba vergonzoso, yo mentí con frecuencia. Nada grave, lo que pasaba es que yo tenía otros datos.

A mí me inculcaron el compromiso, la compasión y el amor al prójimo. Lo de ahora es: ámate a ti, primero tú y únicamente a tú. En el transcurrir de mis años hubo tiempos felices, de profunda tristeza y hasta noches en que conocí el infierno. Así era la vida, surtidita. La felicidad había que perseguirla, pero nunca fue obligatoria como ahora: si uno no es feliz es porque es un imbécil.

En el viejo mundo en que nací, el pueblo malo eran los políticos, los delincuentes y los narcos. No me di cuenta en que momento cambiaron el orden y me quedé desbrujulada. Cualquier mañana desperté perteneciendo al pueblo malo que día tras día es brutalmente reprimido por los taxistas, los dizque maestros, los huachicoleros y toda esa gente que con la bendición del ganso, toma las calles y paraliza la vida de la ciudad: los niños no llegan a la escuela, ni los padres al trabajo, ni las parturientas al hospital.

La ciudad es un caos. Mientras el gobierno arropa a los delincuentes, a los ciudadanos nos extorsionan, nos secuestran, nos asaltan y nos matan sin que a nadie le preocupe. Pero bueno, eso es lo que hay y no es cosa de amargarnos ahora que comienza la temporada de fiestas; aunque yo, para seguir el ritmo vertiginoso que impone el comercio, desde septiembre arreglé con banderitas tricolores, calaveras y brujas, el pino que desde hace muchos años se enseñorea en mi jardín. El detalle navideño consistió en añadirle unas brillantes esferas rojas. Me quedó divino y adecuado para todas las festividades. Los brindis con los respectivos intercambios de regalos, comenzaron en octubre y para ahora ya se agotaron. Si no fuera porque somos tercos e insistimos en seguir celebrando, lo que tocaría es levantar el tiradero navideño y preparar de una vez las vacaciones de Semana Santa. Siendo así las cosas, aprovecho para agradecer con un abrazo su paciencia querido lector.

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