Subida a Mazamitla
Nuestro mundo

Subida a Mazamitla

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Mazamitla es un pueblo mágico trepado en la Sierra del Tigre de Jalisco. Su mancha en la inmensidad boscosa, húmeda y lluviosa aloja sólo a poco más de 13 mil personas. Desde su plaza principal se puede mirar el fin de sus calles importantes. La subida a Mazamitla es literal. Publicidad y gobierno lo ubican en dos mil 800, dos mil 500 o dos mil 200 metros sobre el nivel del mar. Con jocosidad podría pensarse que la variación se debe a que algunos miden en lo alto de una de sus avenidas y otros en distintos niveles de las que descienden. Sus calles son de profundas ondulaciones.

Mazamitla es una de las varias joyas de pueblos mágicos que pululan en Jalisco. Para visitarlo se recorren 122 kilómetros desde Guadalajara si se sale por la carretera a Colima, antiguo camino del Galeón de Manila que durante el esplendor de España, con Nueva España como ombligo del mundo, atracaba en Barra de Navidad y Melaque para descargar lo que se habría de trasladar al Golfo de México y por el Atlántico a la Península Ibérica.

En el verano, aunque éste ya viejo, la carretera hiende campos verdes, muy verdes. A los 40 kilómetros aparece una desviación a la izquierda que conduce más o menos hacia el oriente. Los hechos aciagos de la aventurilla que me tocó vivir junto con mi hija Nadia, mismos que traté de ignorar para que no desinflaran mi optimismo de turista siguieron sobre la carretera vecinal que ya nos llevaba gozosos a Mazamitla. De pronto el chofer tomó carril para dar vuelta en U. Nos regresamos porque hacía falta diésel.

El tiempo de viaje anunciado como de dos horas se prolongaría. Dentro de la Van se disputaban el derecho de atormentar los oídos una ruidosa refrigeración y una variada pero desagradable retahíla de canciones, por supuesto con decibeles de tormento policiaco. A cambio los ojos se paseaban por el paisaje verde, verde, verde y de improviso, en el horizonte, a la izquierda, timideces del lago de Chapala. La carretera siguió ascendiendo y de pronto ya se ve con plenitud la inmensidad del espejo de agua.

Cruzamos incultos campos verdes y campos cultivados con frambuesas y otros frutos; pueblos con nombre de origen indígena a la orilla del lago y ya cerca, profusión de letreros que anunciaban la renta de cabañas y algunos que advertían: esta propiedad no se vende. La compra venta de inmuebles ha de ser floreciente. Parece que el pequeño Mazamitla pronto será una urbe de potentados de montaña.

Quedamos frente al pueblo después de muchas dudas del chofer del tour y de tomarnos la foto en el colorido letrero suburbano de Mazamitla. Bajando y subiendo una calle la Van se enfiló al centro por otra angosta, empedrada y bordeada de casas preocupadas por parecer pintorescas. Mas ya en el centro todo es pintoresco, un gozo para el espíritu. La parte alta de las paredes es blanca y abajo las recorre una franja roja; los aleros que protegen del sol y de la lluvia salen mucho de los techos. Los rótulos chicos o grandes de los negocios lucen iniciales rojas con el resto negras. Largos tramos de banquetas tienen portales con troncos de árbol por columnas.

Nadia y yo caminamos algunas cuadras disfrutando el asombro de la belleza mágica del pueblo. No le restaba encanto la turba de visitantes que invadíamos todo el centro. Luego, cuando estábamos casi frente a ella, buscamos la plaza principal. Tres de sus flancos son de portales. Estaban adornados con motivos de las fiestas patrias.

Apenas nos acomodábamos para disfrutar un mariachi público cuando llegó el aguacero. Duró dos horas. No nos dejó disfrutar más el pueblo. Nos aglomeró en los portales; nos obligó a vagar por las tiendas. Todo el tiempo yo llevé en mis ojos y mi olfato el espeso adorno de manzanilla que pachón forraba en espiral salomónica los postes de los portales. Mazamitla es mucho más.

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