Año de transformación
Opinión

Año de transformación

Jaque Mate

Una y otra vez el presidente Andrés Manuel López Obrador ha dicho que no llegó a la Presidencia de la República simplemente para dejar que las cosas siguieran igual. “No tendría sentido el haber luchado tanto tiempo, contar con el apoyo de la gente, para mantener el mismo régimen que estaba destruyendo a México”, dijo el 7 de noviembre ante los concesionarios de la radio y la televisión. “Estamos en un tiempo nuevo, distinto; hay reacomodos, porque les puedo garantizar que está en marcha una transformación de la vida pública del país”.

López Obrador no es el primer político que llega al poder con el deseo de transformar a México. Lo trataron de hacer en su momento Carlos Salinas de Gortari, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Se entiende. Un presidente puede gobernar solo seis años, tras lo cual queda desterrado al olvido cuando no a la ignominia.

Andrés Manuel ha cambiado las cosas de muchas maneras. Algunos han sido cambios cosméticos, como dejar de usar el avión presidencial o mudarse de Los Pinos a Palacio Nacional. Otros han buscado persuadir, como hacer de las mañaneras el medio fundamental de comunicación del gobierno. Algunos han sido de nombre, como convertir el Sistema de Enajenación de Bienes en el Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado, y otros han ido más allá del nombre, como eliminar el Seguro Popular para sustituirlo por un Instituto de Salud para el Bienestar que no cuenta con los mismos recursos. Otros son más de fondo, como cancelar un aeropuerto construido en un 30 por ciento y financiado en un 70 por ciento, o dedicar grandes porciones de los recursos del gobierno a entregar subsidios a ninis y adultos mayores dejando de financiar servicios públicos y sociales como las estancias infantiles. Otros generarán problemas serios en el futuro, como la eliminación de las evaluaciones a los maestros o la cancelación de las nuevas licitaciones de petróleo y electricidad a empresas privadas.

Todos los presidentes han estado convencidos de que sus políticas públicas son las mejores para el país, pero la experiencia nos dice otra cosa. Algunos mandatarios han logrado resultados mediocres, pero otros han provocado desastres que explican en buena medida por qué un país con tanto potencial como México sigue agobiado por la pobreza.

López Obrador apenas cumplirá este 1 de diciembre un año en el poder. Es demasiado pronto para juzgar su presidencia. Algunos resultados, sin embargo, empiezan a ser evidentes. La mediocre tasa de crecimiento que heredó, de dos por ciento al año, se ha desplomado a una décima parte, el 0.2 por ciento que muchos especialistas consideran se alcanzará en 2019. La inversión y la construcción se han caído también, en parte por la cancelación de proyectos como el aeropuerto de Texcoco y en parte por los temores y la incertidumbre generados por las políticas del presidente. La inseguridad y la violencia, que el mandatario prometió resolver en unos cuantos meses, han crecido de manera sistemática.

Un gobierno no se puede juzgar en un año, pero sí se puede evaluar un primer año de gobierno. El de López Obrador es el peor que hemos tenido desde 1995. Esperemos que aprenda de los errores que ha cometido y rectifique el rumbo. Es bueno hacer transformaciones, pero es mejor enmendarlas cuando se demuestra que no funcionan.

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