Orestes Gómez
Entrevista

Orestes Gómez

La batería alcanza un papel protagónico bajo los ritmos del venezolano Orestes Gómez, cuya vena percusionista fue alimentada por su padre desde temprana edad. Así, formó parte de la Orquesta Sinfónica Infantil de Venezuela por alrededor de una década para posteriormente, a los 16 años de edad, dejar su hogar y trasladarse a Caracas, a más de 2 mil 800 kilómetros de su natal San Cristóbal, para estudiar en el conservatorio Simón Bolívar.

El oído de Orestes también ha hecho un extenso recorrido musical a lo largo de su vida. La primera parada fue la salsa que tocaba su padre y la música tradicional de los pueblos venezolanos que se dedicaba a investigar. Le siguieron las composiciones clásicas y después llegó al jazz, que lo enamoró con sus maleables paisajes, por lo que decidió que ese sería su hogar. Desde ahí ha partido a explorar el hip hop y otras manifestaciones urbanas.

Su primer disco, Experiencia Curiara (2017), fue un homenaje a los estudios musicales hechos por su padre. Para realizarlo, viajó por Venezuela recabando los sonidos ancestrales de los pueblos, los cuales sobreviven gracias a los llamados cultores. Su padre tenía la intención de recopilar esas melodías en un álbum, pero una enfermedad letal le impidió ver este sueño concretado, pero Orestes se encargó de darle vida a su manera.

Después de grabar este material, la vida lo guió hasta México, donde su interés por el jazz encontró eco en Agustín Ayala, con quien de inmediato decidió armar un proyecto. También desde Venezuela los alcanzó Freddy Adrian, quien ya había colaborado con Orestes en Experiencia Curiara, y con las cuerdas de su contrabajo completó el sonido de PAGA. A pesar de que cada integrante de la agrupación tiene sus propios proyectos, que van desde el punk hasta lo electrónico pasando por el hip hop, es aquí donde dejan fluir el espíritu jazzero que, una vez libre, no se cansa de explorar en la improvisación.

Tras grabar dos álbumes con PAGA, Orestes Gómez trabaja en otro material discográfico de corte más urbano. El primer sencillo, “Parque Central”, es una especie de regreso al barrio de Caracas donde vivió durante algunos años, y al que ahora le es imposible volver ante la situación de crisis que invade su país.

El 2 de noviembre, después de ofrecer el último concierto del Ciclo de Jazz y Música del Mundo en Torreón, Coahuila, el percusionista accedió a una entrevista con Siglo Nuevo para hablar sobre su trayectoria musical.

¿Cuál es tu primer recuerdo de acercamiento con la música?

Mi primer recuerdo fue cuando tenía como seis años. Mi papá estaba en un concierto de un grupo de salsa porque él tocaba las percusiones, y me acuerdo que me puso a tocar las claves. Era en un bar y yo era menor de edad, pero esa vez fue algo que me marcó para tocar después.

Foto: Bandcamp

Siendo niño, ¿qué te llamó la atención de las percusiones?

En realidad fue porque mi papá tocaba y como yo lo veía, pues quería ser como él. No es como que dijera “a mí me gusta la batería”, sino que como siempre estuve con él y él tocaba percusiones, fue el primer instrumento que me atrajo.

¿Qué de eso ha cambiado?, ¿qué se le ha añadido al significado que tú le das al instrumento?

Pues muchas cosas, porque ahorita ya con mi música trato de ver la batería como un instrumento para componer, que además se expande a la producción como tal, a hacer beats y poder tocar un concierto yo solo con la batería. Se puede abrir más el panorama.

¿Tu padre era cultor?

Él no era cultor como tal, sino que iba a buscar a los cultores que son de los pueblos, los tradicionales, y él iba a esos lugares de Venezuela a investigar sus tambores. Justo esos amigos de mi papá grabaron sus voces en mi disco (Experiencia curiara).

¿Podrías hablar un poco más de la función de los cultores en Venezuela?

Yo no sé si así se les llama en todo el mundo a los cultores, pero en Venezuela, musical o artísticamente hablando, son los que conservan la tradición de un pueblo en específico. Normalmente se van formando por generaciones: si el abuelo era el cantante principal de las tonadas en sirena de tal pueblo, entonces su sobrino, su nieto, etcétera, serán los que hereden esa cultura. Son los que hacen que se conserve la tradición de cada pueblo, cada canto, cada ritmo, y eso es lo que traté de mostrar en mi disco Experiencia curiara.

¿Cómo complementa tu trabajo a la función del cultor de conservar la tradición?

Lo que yo veo es que no lo estoy haciendo nomás yo, lo estamos haciendo todos los músicos venezolanos. Tratamos de fusionar la música tradicional venezolana con otros géneros para poder tocarla en festivales de world music, jazz, de música electrónica… Si se hace muy tradicional, se cierran los sitios donde tocarla, pero si la fusionas con ciertas cosas ya la puedes llevar a más oídos. Creo que es la parte que los de nuestra generación podemos hacer: tratar de llevar, así sea pocas cosas de esa música tradicional, a otros lados.

Foto: Ana Sofía Mendoza Díaz

¿Cómo fusionar todos estos géneros contemporáneaos respetando esa parte tradicional?

Se puede fusionar literalmente con cualquier ritmo y depende mucho de las influencias del músico. Por ejemplo, en mi caso se va hacia el hip hop porque he tocado con raperos, entonces trato de hacerlo como por ahí... hacia el beatmaker. Pero también me encanta el jazz y me gusta tocar rápido y duro. Esas son mis influencias. Otra gente se va más hacia la armonía y más hacia el jazz tradicional, y fusiona con lo folclórico en esa onda. Hay quienes tocan reggae con cantos y así sucesivamente.

Tú que vienes de esa influencia urbana y te ha tocado ver diferentes procesos creativos, ¿qué diferencia crees que tenga la función de la música para un cultor, una persona enraizada en la tradición, y para alguien que ha crecido en un ambiente meramente urbano?

Son dos cosas totalmente diferentes, a mi parecer. Los cultores de los pueblos, primero, no hacen música por business, la hacen por un sentimiento, por su pueblo, por sus tradiciones y por hacer la fiesta. Los de la música urbana la hacen para ganar dinero. Ya por ahí son dos mundos totalmente paralelos. En cuanto a los procesos creativos, hay gente que tiene los mismos procedimientos, que piensan primero en una letra y después le agregan melodía y luego un beat, o al revés. Eso pasa tanto en la música tradicional como en la música urbana, pero a mi parecer no tienen punto de comparación, son dos universos súper alternos.

¿Cómo equilibras tú lo que has obtenido de cada mundo, del urbano y del folclórico?

Estoy en una búsqueda de posicionar mi música que todavía no he logrado al 100 por ciento. Creo que es lo que más me ha costado, porque cuando toco cosas de hip hop, es muy raro para ser hip hop; cuando toco jazz, es muy tranquilo para ser jazz, y cuando toco tradicional es muy loco. Entonces trato de equilibrarlo con base en los festivales y lugares que toco. Cuando son ambientes más de world music, me enfoco más en lo tradicional. Me ha tocado abrirle a artistas de hip hop y trato de hacer los mismos cantos pero con un beat totalmente distinto. Trato de ir llevándolo con base en la necesidad.

Antes de esta mezcla estuviste 10 años tocando música clásica, ¿qué enseñanza te dejó esto para el resto de tu carrera?

Para mí fue muy importante, primero, porque me agilizó ciertas sensaciones que no hubiese conseguido en otro lado, y es que para un baterista o un percusionista es muy cabrón el control de dinámicas y poder escuchar e interpretar. Para eso me sirvió mucho.

Foto: Cortesía Orestes Gómez

También fue importante por la lectura de música, y eso que yo no me consideraba ni me considero buen músico clásico. Mi nivel era muy básico, podía tocar en orquestas y hacer la chamba, pero no era lo mío, por eso me salí de tocar. Sentía que no era mi línea, pero sí siento que me ayudó mucho a conocer mucha gente y a viajar. Mi primer viaje, mi primera gira, fue con una banda sinfónica que me ayudó muchísimo. Incluso en la batería se nota más o menos, tanto técnicamente como en la dinámica, lo clásico. Trato de expresarlo ahí.

Tu adolescencia no fue muy normal que digamos, porque saliste a temprana edad de tu casa a estudiar al conservatorio. ¿Has deseado que esa etapa de tu vida hubiera sido menos acelerada?

Nah, todo fue tocar y ganar dinero desde pequeño (se ríe).

¿Se podría decir que el jazz influyó para que dejaras lo clásico?

Sí, y eso que tampoco me considero jazzista, pero el hecho es que la improvisación fue lo que me atrapó. En la música clásica, a pesar de que muchas piezas llevan improvisación, la mayoría de lo que tocaba no era improvisación. Era tratar de leer un papel y aventarse a sonar como una época, que está brutal porque tienes que estudiarlo y hacerlo bien, pero no era mi estilo. Lo mío, lo que me gusta más, es la improvisación y poder aportar lo que me sale del cerebro.

¿Y cómo llegó todo este bagaje de jazz a ti?

Yo estudiaba en el conservatorio y había una big band de jazz donde tocaban muchos amigos míos. Yo no tocaba, pero iba siempre a verlos y tocaban demasiado. Para mí era un muy buen nivel y, como eran mis amigos, comencé a estudiar y a darle por ahí.

Para Experiencia Curiara tuviste un viaje por Venezuela, ¿cuáles fueron las dificultades de ese viaje y ese proyecto?

En realidad no fue tan difícil. Lo único difícil fue el tiempo porque decidí grabar el disco una semana antes de venirme a México, entonces todo fue como de la nada, pero gracias a Dios tuve muchos amigos que me ayudaron en las composiciones y en las ideas. Freddy es uno, Bromes Medina es otro... entonces les comenté: “Mira, yo me voy a lanzar a ciertos pueblos a grabar voces y después le metemos la música, y en otros casos llevaremos a los cultores al estudio”.

Portada de Experiencia Curiara

En ese momento que lo grabamos, que fue hace cinco años, Venezuela todavía no estaba tan en crisis como ahora. Ahorita es imposible, pero en ese momento todavía se podía hacer y fluyó muy fácil, en realidad.

¿Entonces todo fue en una semana?

Una semana de grabación y la semana antes fue que viajé a los sitios. Fueron cuatro estados: Barlovento, Aragua, Miranda y Zulia.

¿Qué elementos musicales, que manejes ahora, no hubieras podido tener sin el viaje a esos pueblos?

Todo. Esas dos semanas marcaron lo que va de mi carrera porque no tuviese este show ni mi gira por Europa, y no hubiese hecho las pocas cosas que he hecho aquí. Creo que a fin de cuentas lo que más le gusta a la gente de mí son esas cosas tradicionales, es lo que me abre más caminos. Si yo no hubiese hecho ese disco así, tradicional, viajando y todo, ahorita no sé... estaría haciendo reguetón, puro trap (se ríe).

¿Tenías otra visión del disco o exactamente así querías que fuera?

En ese momento tenía otra idea, otro disco que justo íbamos a hacer con Freddy. Tenemos un tema que se llama “Parque Central”, que compusimos hace como ocho años. Íbamos a hacer un disco con ese tema pero no se pudo, así que en ese momento decidí hacer Experiencia Curiara. Creo que el primer disco es el más importante en cuanto a que es tu primera obra. Ya después podía hacer lo que quisiera, pero ya tenía ese disco base.

¿Qué fue lo que te hizo venir a México si todo tu material venía de Venezuela?

Vine por una gira que tuve con un rapero que se llama MC Klopedia. Vinimos por seis meses a tocar en festivales y acá nos quedamos.

¿Qué fue lo que les hizo quedarse?

Primero porque nos dimos cuenta de que aquí hay muchas oportunidades de chamba en varios géneros musicales. Hay jazz, hay rock, hay pop, hay funk, hay salsa, hay de todo. En Sudamérica es más difícil vivir de puro jazz, que es lo que yo hago aquí porque puedo sobrevivir tocando puro jazz. Toco con otros artistas porque quiero, pero sí hay esta escena en que puedes tocar en festivales de jazz y la gente va. Segundo, porque la situación de Venezuela fue un hecho que nos afectó, salimos en buen tiempo.

PAGA. Foto: Ana Sofía Mendoza Díaz

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