Utermohlen y la pintura del olvido
Arte

Utermohlen y la pintura del olvido

El rostro artístico del alzhéimer

La posición del observador es cenital. Desde el techo se aprecia la sala abrigadora donde resaltan los tonos rojizos, amarillos y anaranjados de los tapetes, de las paredes y de los sillones; los personajes de la pintura permanecen indiferentes al paisaje nevado del exterior. Es la sala del departamento de William Utermohlen en Londres, de amplios ventanales que, a pesar de su grandeza, preservan la calidez del interior. En este cuadro Bill está sentado en su sofá bordado, acariciando a uno de sus gatos color gris mientras otra de sus mascotas, gato negro, retoza frente a sus pies; Bill calza zapatos verdes, del mismo verde que la Costilla de Adán que crece bajo la escalera, frente al librero. En la mesa están amigos íntimos y Patricia, su Patricia de siempre que se mantuvo paciente a su lado mientras el alzhéimer le consumió las neuronas al pintor estadounidense.

El óleo lo tituló Nieve. Fue pintado en 1991, momento en que a Bill no le habían diagnosticado la enfermedad del olvido, aunque presentía su padecimiento. En la misma pintura, detrás de él, está la chimenea y a un costado una puerta color verde entreabierta. Se adivina una habitación completamente oscura, sin imágenes ni recuerdos. Eso comenzaba a pasarle al pintor: estaba perdiendo la memoria. Aquel año pintó Cama, un óleo sobre lienzo donde están recostados Bill y Patricia, quien está leyendo. Bill duerme y su rostro angustiado se refleja en el espejo contiguo; entre éste y la cama aparece nuevamente aquella puerta verde entreabierta y, otra vez, la habitación oscura.

Blue Skies (1995) Foto: ruthgarde.wordpress.com

ACECHO DE UNA PATOLOGÍA

La enfermedad estaba cada vez más cerca. Fue en 1995 cuando el severo diagnóstico se le reveló al pintor. En ese año, con la angustia presente en su rostro, pintó Blue Skies, donde el único protagonista es él, sentado frente a una mesa amarilla de la cual se sujeta con la mano izquierda, como si fuera un lienzo al que no quiere soltar; está encorvado y encima de él un ventanal muestra un cielo azul profundo. La destreza de este pintor para revelar sentimientos a través de sus pinturas es sobresaliente: en Blue Skies está manifiesta la angustia que comenzaba a vivir.

Cuando el alzhéimer empezó a borrarle los recuerdos, William Utermohlen comenzó a pintar una serie de autorretratos, considerados ahora como la radiografía del angustioso camino que padecen las víctimas de la confusión y del olvido; de la demencia senil.

La solidez de sus trazos plasmados por una mano estable, la pureza de los colores brillantes y las perspectivas encontradas que dimensionan las habitaciones recreadas por Utermohlen en sus pinturas, mutaron en borrones ahogados por la desazón de esta enfermedad que aniquila a las neuronas, llevándose por siempre las remembranzas y las habilidades motrices.

Conversation Pieces: Snow (1991) Foto: issues.org

El alzhéimer, padecimiento vinculado con la vejez, es una muerte cerebral lenta que ocurre en vida. Los retratos del artista norteamericano son esa cubeta de pintura arrojada sobre el fantasma que revela su aterrador rostro.

William Utermohlen nació en 1933, en Filadelfia, Estados Unidos. Después de estudiar en la Academia de Bellas Artes de Pensilvania viajó a Reino Unido, donde continuó su aprendizaje en la Ruskin Scholl of Art en Oxford. Desde 1962 vivió en Londres donde conoció a Patricia Redmond, historiadora de arte, compañera del pintor y protagonista de la serie Piezas de conversación, compuesta por seis obras donde el autor comparte su intimidad y vinculación con amigos cercanos.

En aquellas comienza a revelar ominosos símbolos como el hoyo negro colocado en la boca de la chimenea que se halla detrás de él, o la puerta que se abre a un abismo oscuro, o el reflejo en el espejo de su rostro angustiado. Las sillas vacías donde él debió estar, con el saco colgado en el respaldo, son evidentes gestos de su pronta desaparición.

En el estudio, Autorretrato (1996) Foto: issues.org

AUTORRETRATOS SIN RECUERDO

Los primeros síntomas del alzhéimer son el olvido de datos comunes, que antes se recordaban con facilidad, como direcciones, números telefónicos o títulos de libros, incluso nombres de personas cercanas. Eso le comenzaba a ocurrir al pintor. Con el avance del padecimiento “las líneas dejaban la lógica de representación aprendida años atrás e incluso ya pensaba y percibía el mundo de otro modo”, escribe para la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) la historiadora de arte Minerva Anguiano, doctora en antropología social, quien abunda: “el comportamiento de William Utermohlen fue cambiando hasta que llegó a desconocer, a no saber por qué estaba en los lugares en los que estaba o vestía como lo hacía”.

La medicina describe al alzhéimer como un tipo de demencia que afecta principalmente a la memoria y a las capacidades intelectuales. Se presenta después de los 65 años de edad, aunque existen casos de personas jóvenes. No se saben las razones específicas por las cuales alguien la padezca. Anguiano ofrece una hipótesis al respecto: “El alzhéimer está vinculado con el desequilibrio químico a nivel cerebral, razón por la cual las neuronas comienzan a perderse y la persona es incapaz de generar nuevas memorias y comienza a borrar las que guardaba”.

La enfermedad se descubrió a principios del siglo XX, como resultado de un profundo trabajo de investigación por parte de los psiquiatras Emil Kraepelin (1856-1926) y el doctor Alois Alzheimer (1864-1915). Ambos observaron a pacientes mayores de 50 años, detectando en ellos la disminución de neuronas en el córtex cerebral, así como un cúmulo de proteínas y la aparición de filamentos neurofibrilares en el citoplasma de las neuronas, daños que repercutían en su salud.

Cama (1991) Foto: boiscosfinearts.com

Utermohlen demostró con sus pinturas lo devastadora que puede ser la enfermedad del olvido. La serie de autorretratos fue un proyecto consiente que apoyó Patricia Redmond y que consistió en pintarlos cada cierto tiempo. “El primer obstáculo (refiere la doctora Anguiano) fue la técnica; el óleo que había sido la pintura que dominaba, pronto dejó de ser fácil de manipular y cambió a la acuarela, al carbón y al lápiz. Bill sentía una tremenda frustración, experimentaba la desesperación de no saber qué día dejaría de ser el hombre que él recordaba”.

El trazo firme desaparecía y en su lugar aparecían manchones, desplazamientos y figuras distorsionadas. Lo sobresaliente es que en cada rostro se revelan expresiones de angustia, de enojo, de desconcierto.

Patricia Redmond recuerda en una entrevista la tristeza que le ocasionó cuando, al llegar a la galería donde se exhibían las pinturas de Bill, el autor no recordaba cuándo había pintado uno de los autorretratos, donde se hallaba en su estudio. Es una obra con técnica mixta sobre papel, realizada en 1996. En ella William solo pintó con color rosa su amplia frente y el cuello con amarillo; muestra la boca abierta y la mano derecha la apoya en su cintura.

“Ya al final de su vida y francamente afectado por la enfermedad olvidó pintar, olvidó su rostro y olvidó su característica manera de crear poesía”, reafirma la socióloga Minerva Anguiano.

Por su parte, la psiquiatra y psicoanalista Patrice Polini escribe en su artículo The Late Pictures 1990-2000: “La obra tardía de Utermohlen, sin embargo, es particularmente preciosa porque constituye la narrativa de la experiencia subjetiva del artista sobre su enfermedad. Las imágenes muestran la modificación gradual de su percepción del mundo, tanto de su entorno externo como de su universo psíquico. A través de ellos compartimos su terrible sentimiento de abandono, aislamiento progresivo y pérdida de autocontrol”.

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