La integración plástica
Arquitectura

La integración plástica

Una arquitectura que desaparece

La arquitectura es un arte que se trabaja con formas y color en volumen, es decir, un arte plástico más completo y más complejo.

Diego Rivera

La arquitectura se ha divorciado del arte en los tiempos modernos de México. La sentencia parece una franca contradicción, puesto que aquella disciplina eso debería ser: arte. Sin embargo, los recientes conjuntos habitacionales, apeñuscados, delimitados por bardas uniformes que ocultan altas casas desprovistas de valor estético, confirman la aseveración.

Lo mismo ocurre con el equipamiento urbano. Los puentes para vehículos son moles grises construidas exclusivamente para librar los obstáculos a los automóviles, no así para edificar un paisaje urbano amable, que invite al ciudadano a transitar de manera agradable, o que incluso alimente el orgullo por la ciudad que se habita. Si acaso alguno que otro puente vehicular es decorado con motivos en aerosol, se maquilla con luces de colores o se diseñan breves jardines, pero no se incorpora al arte con el protagonismo que antaño tuvo en la construcción pública de este país.

El arte no es un ornamento, sino un órgano funcional de toda construcción arquitectónica. En ciudades medianas como Torreón, Gómez Palacio o Lerdo, hay tal desprecio hacia la estética arquitectónica y civil que se conciben puentes que aniquilan todo placer y cordialidad urbana; el desprecio de los proyectistas locales por la inclusión del arte en sus trabajos llega a extremos aberrantes al asignar nombres enfermizos a las edificaciones, como el que utilizan para referirse a los túneles vehiculares, a los que llaman “pasos deprimidos”.

Torreón, ciudad que integra a la zona conurbada de La Laguna, tiene uno de muchos ejemplos de lo expuesto anteriormente: el paso subterráneo construido sobre el bulevar Revolución al oriente de la ciudad, entre las calles 61 y 62. En este punto no hay algún crucero que lo justifique y, como los demás colocados a lo largo de esta vía, es una obra gris, sucia y descuidada.

Túnel peatonal subterráneo para comunicar las colonias Las Julietas y Las Dalias, en Torreón.  Foto: Archivo Siglo Nuevo

En Gómez Palacio, con el argumento de librar el atolladero provocado por el ferrocarril al frenar el tráfico del bulevar Miguel Alemán, levantaron una doble joroba que opacó al teatro más antiguo de la ciudad, el Alberto M. Alvarado. Y en Lerdo, la llamada Ciudad Jardín, cavaron un pasadizo frente a la unidad deportiva, sobre el mismo bulevar Alemán, el cual en 2016 se convirtió en la tumba de un taxista al morir ahogado por la carencia de drenaje pluvial en este “paso deprimido”. Así se amontonan ejemplos de la desintegración plástica que impera en las ciudades “modernas”.

RIVERA, OTRA VEZ DIEGO RIVERA

Caso emblemático de la incorporación del arte en las obras civiles y la arquitectura es el mural El agua, origen de la vida, pintado en los años cuarenta del siglo pasado por el artista Diego Rivera en un lugar con una vocación utilitaria, aparentemente distanciada de la plástica: un cárcamo.

El Cárcamo de Dolores se construyó en Ciudad de México para almacenar agua del río Lerma y con ella abastecer a la población. Se encuentra en la segunda sección del Bosque de Chapultepec. El conjunto fue concebido por Ricardo Rivas, Ariel Guzik y el pintor Diego Rivera. Es un grupo arquitectónico compuesto por un edificio funcional, obra del arquitecto Rivas; por la fuente de Tláloc, el señor de la lluvia prehispánico, diseñada por Rivera; y por la Cámara Lambdoma, una intervención sonora permanente que evoca la presencia del agua, autoría de Guzik.

El agua, origen de la vida por Ricardo Rivas, Ariel Guzik y el pintor Diego Rivera. Foto: Flickr / Melisub

Destaca el mural que se aprecia dentro del tanque, al centro del edificio, un fresco que enaltece al agua. Por el túnel fluía la corriente del Sistema Lerma hasta los noventa, cuando se frenó para rescatar la pintura. También la fuente de Tláloc, concebida para ser apreciada desde el cielo, impone por su colosal diseño.

No fue la primera vez que el muralista integró la plástica a las construcciones urbanas. El reconocido arquitecto Rafael López Rangel, entre sus casi treinta libros escribió uno referente a Diego Rivera y la arquitectura mexicana. En la primera parte recuerda cuando el pintor sugirió modificaciones en la escalera principal del Estadio Nacional, donde realizaría un trabajo mural encargado por la Secretaría de Educación Pública (SEP). Su “atrevimiento” fue reprobado y ante ello Rivera respondió a sus críticos: “La arquitectura es un arte que se trabaja con formas y color en volumen, es decir, un arte plástico más completo y más complejo”. En esta respuesta, que fue pública en 1924, concibió al arquitecto como “un señor que tiene que reunir en sí mismo las dotes de un pintor y un escultor, sino, no es arquitecto”.

INTEGRACIÓN PLÁSTICA PREHISPÁNICA

Antonio Toca Fernández (México, 1943) obtuvo el Premio Nacional Mario Pani del Colegio de Arquitectos en 1999; desde su óptica, la integración plástica, escribió, es un término reciente pero su aplicación en México “abarca casi dos milenios y constituye un antecedente valioso que ha sido poco conocido”.

En las culturas mesoamericanas, la integración de la arquitectura con la pintura y la escultura, fue profunda, con claros vínculos “entre los dioses, los hombres, los astros, los animales y la naturaleza”.

Teotihuacán, Estado de México.  Foto: Archivo Siglo Nuevo

Esta integración plástica surge de la observación de la naturaleza y del notable conocimiento de la geometría, destaca el arquitecto Toca Fernández, lo que “permitió que los artistas de Mesoamérica descubrieran las correspondencias (las simetrías) entre la forma, el tamaño y la disposición de los elementos que integraron su arquitectura, escultura y pintura”.

Para Antonio Toca, son escasos los estudios al respecto, sin embargo es evidente la unificación plástica con el uso de alto-relieves y tableros pintados, “hasta la extraordinaria integración de celosías, cresterías, grecas y elementos escultóricos abstractos”.

Los arquitectos mesoamericanos tenían amplio dominio de la construcción, así lo prueban los códices en los cuales se aprecia una amplia gama de diseños de basamentos, grecas y perfiles arquitectónicos. El ejemplo más notorio son las fachadas zoomorfas que además fueron coloreadas, de ello existen pruebas en Teotihuacán, Tula, Cacaxtla, Xochicalco, Uxmal, Chichén-Itzá, Kabah, Bonanpak y Tikal, donde se colorearon con rojo oscuro, ocre, verde esmeralda y azul ultramar las cornisas, los muros y las cámaras.

Templo de las serpientes emplumadas en Xochicalco, Morelos.  Foto: Archivo Siglo Nuevo

Solo paseando entre las grandes pirámides e imaginar cómo eran aquellas ciudades coloridas, con gigantescos murales en bajo y alto-relieve, puede dimensionarse la grandeza de los constructores de aquellas épocas.

LA CONVERSIÓN DEL ARQUITECTO

“En 1928 el pintor Ramón Alva de la Canal afirmaba que la escultura era un objeto estorboso cuando se encontraba fuera de la arquitectura, situación de la que culpaba a los mismos arquitectos por su burda utilización de la plástica en general, por lo que la única solución sería convertir a escultores y pintores en arquitectos”, cita Alonso Eduardo Martínez Lizárraga, doctor en Ciudad Territorio y Sustentabilidad, en su artículo Historia de la arquitectura latinoamericana: la integración plástica como modelo de identidad.

¿En qué momento el arquitecto se resistió a hacer mancuerna con las disciplinas plásticas? Desde que Diego Rivera intervino en los planes de estudio de la Facultad de Arquitectura en los años veinte, afloró una animadversión que aparentemente se suavizó dos décadas después: “Cuando algunos arquitectos empezaron a reconocer el beneficio para el producto final obtenido a través del trabajo conjunto”, refiere Martínez Lizárraga. Aunque el esfuerzo no fue suficiente y hoy, en México, la mayoría de las construcciones son evidencia de la disociación entre la arquitectura y la plástica.

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