Santos inocentes
Opinión

Santos inocentes

Miscelánea

Aprovechando la luz roja del semáforo, miraba la pantalla de mi celular cuando el golpeteo de la pistola sobre la ventanilla del auto, me sobresaltó. “¡El reló!, ¡el reló!”, exigía un adolescente, y por el temblor de su mano, lo percibí nervioso y asustado. 

“¿Qué dices?”, pregunté, porque con la sorpresa no se me ocurrió otra cosa. “¡El reló y el celular!”, gritó de nuevo tras el vidrio de mi ventanilla. Mostrándole la cruz de plata que colgaba de mi cuello amenacé: “¡atrás Satanás maldito, que Dios me cuida a mí y a mis animalitos!”.

Ver la pistola temblar en su mano, me envalentonó: “¡Súbete!”, le ordené quitando el seguro de la puerta derecha “¿Qué onda o qué?”, preguntó desconcertado el raterillo al saltar a mi auto. Sintiéndome al mando de la situación, le dije: “te voy a dar lo que quieres pero primero te llevo a tu casa para que no te vayan a asaltar por el camino, ¿y sabes qué? guarda tu pistolita porque a mí no me asustas. ¿Dónde vives?”, pregunté. 

“En Tacubaya”, respondió con el labio perlado de sudor. “Por mal que te vaya no hay como Tacubaya”, recordé, y en el espeso tránsito de Avenida Revolución, nos abrimos camino en silencio hasta Tacubaya, donde entre los detritus del Río Becerra, barriendo la entrada de un oscuro cuarto de vecindad, estaba una vieja flaca y descangayada. “¡Ya párele!, esa es mi abuela”, dijo el raterillo. “¡Órale, bájate!”, ordené sin entregarle el botín. Desconcertado, el raterillo se bajó de mi auto, y yo, desde la ventanilla grité: “mire señora, este muchacho trae pistola y anda robando en las calles; cualquier día lo matan o va a acabar su vida en la cárcel”. Sin mayor averiguación, la vieja se le fue a coscorrones al muchacho.  

“Ya no me pegue abuela, ya ve que yo hago mi trabajo para que a usted no le falte nada”. Pero ya encarrilada, la vieja no paraba de golpear al nieto. Ante eso, no me queda más que aceptar que el ganso tenía razón: hay que acusar a los delincuentes con sus abuelitos. Ahora sí, parece que al fin nos volvimos el país que habíamos soñado. Instalamos el deliro en lugar de la razón, despreciamos la violencia y nos abrazamos en amor y paz. Con la bendición de “La Luz del Mundo” y el dinerito que nos proporciona la Tarjeta de Bienestar, nuestro México ha conseguido superar las desigualdades. Hoy todos somos pobres pero honrados.  

Satisfechas sus demandas, los maestros mitoteros se decidieron por fin a impartir clases, y sin exámenes ni calificaciones, la ignorancia ya no es un estigma. Hemos echado abajo todo vestigio de cultura neoliberal y elitista y todos aspiramos a la mediocridad.

Somos todos pueblo bueno. Hasta Deschamps, reconvertido y humildito, encabeza el Sistema Nacional contra la corrupción. Finalmente entendimos que el conformismo y el apoyo incondicional a nuestro ganso florido, es la única forma de fortalecer al país. Milagros de amor que gracias a la cuarta transformación florecen todos los días. 

“Inocente palomita que te dejaste engañar, sabiendo que en este día, en nadie se puede confiar”, perdón pacientísimo lector, pero hoy es 28 de diciembre y no podía dejar pasar la oportunidad de hacer unos cuantos chascarrillos, producto de mi febril imaginación. 

Lo invito a que al menos por hoy, acepte que tengo otros datos; total, mañana volveremos a la pesadilla. Ha llegado el momento de despedir este 2019. Si como dicen, la felicidad es la ausencia de dolor, el año que termina no trajo más dolor que unos treinta y tantos mil homicidios. Y como es 28 de diciembre, me atrevo a asegurarle que “esto también pasará” y que el 2020 llegará con mejores vientos. Y si Dios quiere, por acá nos vemos el año que entra. 

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