Arte y trastorno mental
Reportaje

Arte y trastorno mental

¿Unidos íntimamente?

Las personas creativas que no pueden dejar de explorar otros territorios mentales se encuentran en mayor riesgo, es como alguien que sube una montaña, tiene más riesgo que alguien que simplemente camina a lo largo de un carril en la aldea.”

Ronald Laing

David Nebreda sufre esquizofrenia desde 1971 y realizó su primera serie fotográfica entre 1983 y 1989. El español ha dedicado su obra a narrar su propio problema mental y descender hasta los abismos que vive. El espectador puede ver así un retrato bastante fiel de ello; el camino por el que lo conduce lo mantiene a una distancia segura, pero es sumamente tortuoso. En sus autorretratos se puede ver al Nebreda que ha decidido aislarse y evitar el medicamento psiquiátrico, autolesionado, extremadamente delgado y sometido a vejaciones como cubrirse a sí mismo de excremento.

Desde la depresión de la poeta Virginia Woolf, pasando por la posible bipolaridad del pintor Van Gogh y la heroinomanía del saxofonista Charlie Parker, la locura ha sido un término que engloba la variedad de trastornos mentales y que a lo largo de la historia se ha relacionado íntimamente con la creatividad.

En las artes, se ha retratado la enfermedad mental de cualquier tipo, en mayor medida las más comunes como la depresión, la ansiedad y la dependencia a sustancias. Parecen exaltarse estas condiciones en quienes se han vuelto famosos; se les viste con el trastorno como si se tratara de un elemento que adorna su historia trágica e incluso se ve como algo cercano a la virtud: fuente de inspiración. Pero ahondar en lo que implica realmente en sus momentos más extremos, como en el trabajo de Nebreda, nos puede causar aversión e incluso temor.

La doctora en historia del arte Irene González Hernando de la Universidad Complutense de Madrid, expone en la Revista digital de Iconografía medieval (2012) que “con la palabra loco se designa, en principio, a toda aquella persona que tiene una actitud que no corresponde con la regla social establecida y que, por eso mismo, se convierte en marginado, más aún, en peligroso”.

El filósofo Michel Foucault, en Historia de la Locura en la época clásica (1961), extiende un análisis de La Nave de los Locos, pintura de Jheronimus Bosch en la que un viaje es llevado sin rumbo. Para el filósofo francés, la obra recuerda la costumbre de dejar al enfermo mental bajo el cuidado de marineros, quienes los dejaban a la deriva creyendo que su condición era dada por un castigo divino. Alejarse de la norma es consecuencia tanto de la transgresión artística y creativa, como de la locura.

La nave de los locos, pintura de Jheronimus Bosch, mejor conocido como El Bosco. Foto: Museo Louvre

EL ARTE Y LA LOCURA

Es de esperarse que una figura importante para la cultura y la sociedad como lo es la del artista, relacionada con postulados filosóficos e incluso avances científicos y tecnológicos de cada época, tenga detrás una mitología que le ha buscado explicación a su quehacer.

A lo largo de la historia y dependiendo de las herramientas de análisis con que se contaba, se pasó de relacionar al creativo con un don otorgado por Dios, hasta generar teorizaciones centradas en el psicoanálisis.

La doctrina de Platón, por ejemplo, consideraba dotados de una inspiración divina a los músicos y poetas, mientras que los artistas plásticos eran únicamente trabajadores manuales. Esto cambia en la Grecia helenística, por lo menos a nivel social, pues desde el periodo arcaico existían firmas en las esculturas y pinturas que hacen creer que se consideraban piezas importantes y dotadas de individualidad.

En la Edad Media, la organización en gremios hizo que los trabajadores de naturaleza creativa fueran anónimos y abocados a la glorificación de Dios. El arte era visto como un mensaje y el artista como mero emisor de algo externo y superior.

En el Renacimiento, que retoma preceptos heredados de la tradición griega, existieron figuras calificadas de divinas que se convertirían en grandes genios. Las facultades con las que se consideraba que nacían los pintores geniales, como Leonardo Da Vinci, incluían conocimientos de la naturaleza y de la proporción anatómica, sentido de la composición (acomodo de los elementos de un cuadro) y habilidades técnicas que hoy se pueden explicar como fruto de la práctica y la experiencia.

Pero algo cambió con expresiones íntimas del barroco, como el tenebrismo de Caravaggio, pues es durante esta etapa que inició la reflexión de que el artista se busca a sí mismo, a sus pasiones y motivaciones, a través de su obra. Hacia finales del siglo XIX este vuelco hacia la psique evolucionó para estar más guiado hacia lo racional, desde un punto de vista psicoanalítico.

Hoy se continúan teniendo hipótesis de la creatividad un tanto misteriosas que abarcan la expresión de sentimientos, estados afectivos y vivencias, pero esto es fruto de una herencia de la bohemia de Europa en las primeras décadas del siglo XX. Esta noción la alimentaron figuras como Amadeo Modigliani, que afirmaba que el arte era “una fuerza que nace y muere en su interior” o Paul Cézanne, que señalaba: “Un arte que no se basa en el sentimiento no es arte”.

David con la cabeza de Goliath, pintura de Caravaggio, reconocido por su rebeldía tanto en su técnica pictórica como en la vida cotidiana. Foto: Kunsthistorisches Museum Wien

Otra creencia importante y que también tiene eco en la actualidad de manera un tanto peligrosa, es aquella que afirma que el trastorno psicológico origina la inspiración artística. Los genios del Renacimiento se describieron como melancólicos y solitarios, y se les otorgó la descripción de “saturninos” de la mano de la historiadora Margot Wittcower en su libro Nacidos bajo Saturno: el carácter y la conducta de los artistas: historia documentada desde la antigüedad hasta la Revolución francesa.

En Expresiones de la locura: el arte de los enfermos mentales, el psiquiatra e historiador Hans Prinzhorn hace una categorización de elementos que se repiten en creaciones de personas que padecen psicosis, como la distorsión, la excentricidad, el simbolismo y la obscenidad. Algunas de estas características se repiten en dibujos de niños y de culturas autóctonas, pero también las vanguardias artísticas las incluyeron en su bagaje creativo para generar aportes contrarios a lo académico.

El surrealismo, por ejemplo, se interesa por la instancia del inconsciente, donde se produce lo que está fuera de nuestra conciencia y que da lugar a la alucinación y a los sueños. El pintor Yves Tanguy titula una de sus más importantes piezas, ¡Mamá, papá está herido!, tomando una frase dicha por un paciente psiquiátrico.

En una exposición organizada por el régimen nazi donde aparecían vanguardistas como Otto Dix, Max Ernst o Marc Chagall, se llamó a las obras “arte degenerado”. La muestra tenía como objetivo ridiculizar estos trabajos surrealistas y expresionistas (entre otras vanguardias) en pos de lo que se consideraba “verdadero arte”. Los cuadros estaban acomodados de forma desordenada, había mensajes irónicos en la pared y se comparaban las distorsiones de los trazos con fotos de personas con enfermedades mentales.

Las obras de arte que no pueden ser entendidas por sí solas, sino que necesitan de un libro con instrucciones pretenciosas para justificar su existencia, nunca más llegarán al pueblo Alemán”, afirmó Adolf Hitler en 1937.

La locura como alejamiento de la realidad se relaciona casi inevitablemente con el arte, sea o no beneficioso para el ámbito. “Sabemos que no todos los locos son genios y que muy pocos genios son locos, pero es un hecho que la época romántica solía identificar genialidad y locura”, afirma el doctor en literatura hispanoamericana Anthony Stanton.

Dos hombres se preparan para montar el tríptico Tentación, del artista Max Beckmann, como parte de la exhibición Arte Degenerado en la galería New Brulington de Londres, Inglaterra, 1938. Foto: Gettyimages

EL ARTISTA COMO LEYENDA

El genio protagoniza una narrativa en la que una persona, muy diferente a las demás, rechazada por su sociedad y con una historia sumamente interesante, genera un cambio que luego será admirado.

Aquello surge desde la individualidad de un sujeto que debe vivir en línea tangente a su tiempo y desafiando constantemente las expectativas sociales de normalidad. El bohemio del París de los años veinte que se envuelve en conversaciones intelectuales y se encuentra con grandes personalidades en medio de fiestas enormes, es la imagen que más fácil llega a la mente.

La bohemia como movimiento subcultural aparece en el siglo XIX y hace alusión a la cultura gitana y las fiestas que ellos realizaban. En su manifestación más extendida, se entiende por artista bohemio a aquel que vive generalmente con grandes dificultades económicas y psicológicas, sea por una decisión de rechazar lo establecido o sea por la intención vehemente de vivir del arte y llevar este objetivo hasta sus últimas consecuencias. Es así que este personaje crece en su oficio y crea manteniéndose como un ser marginal hasta ser descubierto por las grandes galerías, en ocasiones de manera póstuma, ampliando su mito y convirtiéndolo en una especie de mártir. Es el caso de personalidades que van desde Van Gogh y Henri de Toulouse Lautrec, hasta Francis Bacon o Jean-Michel Basquiat.

El bohemio se puede entender como una extensión de la narrativa del genio artístico. Nos interesan y emocionan sus historias, que aportan más a la “magia” que creemos intrínseca en las obras de arte que produjeron.

Ernst Gombrich, renombrado historiador del arte, señala que las leyendas que se cuentan sobre los artistas en todos los tiempos, son un reflejo de la magia que envuelve la creación de una imagen. No es casualidad que las cualidades más exaltadas de un artista sean aquellas con las que realiza su obra: disciplina, visión o el supuesto talento innato.

A finales del siglo XIX, con la popularización de ideas centradas en la psicología, la figura del genio se vería en peligro debido a afirmaciones como la de Casare Lombroso (1859), quien calificaba este camino como una de las “formas de locura”. Hoy en día esto tiene su eco, puesto que una persona que trabaja a expensas de su vida social, familiar y económica, por más que se puedan resaltar sus logros, será catalogado como adicto al trabajo y en cualquier momento caerá víctima de un agotamiento crónico.

El escritor Ernest Hemingway y la periodista Martha Gellhorn en Café de Flore, un punto de encuentro común entre artistas bohemios de los años veinte en París, Francia. Foto: Gettyimages

Para el psicoanálisis, la sublimación es el mecanismo mediante el cual el artista subvierte sus problemas mentales en pos de una obra que sirva a la sociedad. Hoy sabemos que todo individuo puede estar sujeto a la neurosis. Bajo esta lógica todos podríamos ser artistas, por lo que el trastorno no explica de manera satisfactoria la inspiración creativa.

¿Será entonces la creatividad, sobre todo aquella singular o extraordinaria, producto hereditario? El conocido naturalista francés Jean-Baptiste Lamarck sostenía esto, pero Charles Darwin lo desmintió afirmando lo que actualmente se cree: la creatividad es el resultado de la práctica y el aprendizaje, y no se trata de un cambio genético puesto que estos son mucho menos inmediatos.

La psicología llamada Gestalt la define como un punto de vista diferente, un momento de eureka que nos hace pensar desde otra perspectiva que no se había explorado y que da lugar a un reordenamiento de lo que conocemos.

La psicología cognitiva, en esta línea, ve la creatividad como una manera nueva de responder a un problema dado y que, a diferencia de lo que se creía en otras épocas, es una capacidad adaptativa que todo individuo posee en mayor o menor medida.

¿Qué ocurre entonces con la infancia y juventud difíciles de artistas aclamados como Charles Bukowsky o Francis Bacon? ¿Podrá ser ésta la fuente de su creatividad?

No existe una relación que nos indique que su inspiración provenga de allí, pero lo cierto es que la educación y la paternidad apenas recientemente han cambiado su estilo duro y estricto hacia uno más flexible, gracias al movimiento de la autoestima que se estima inició en los años setenta.

Hasta entonces, la infancia no recibía un trato parecido al de la actualidad. Autores como Charles Dickens o Karl Marx denunciaban la explotación infantil en el siglo XIX, y a pesar de esto en 1928 el psicólogo conductista John Broadus Watson difundía la recomendación: “No les abraces ni les beses, ni les permitas nunca que se sienten en tu regazo. En caso de que tengas que hacerlo, bésalos en la frente para darles las buenas noches”.

Sería más común, pues, que un famoso artista creciera con dificultades en la infancia, pero más difícil y con menos estímulos su camino hacia la creatividad extraordinaria.

La creatividad de Jean-Michel Basquiat fue impulsada por su madre, quien fue internada en instituciones psiquiátricas durante la infancia del artista. Basquiat pasó rápidamente de hacer graffittis a la fama. Se cree que este cambio repentino lo orilló al consumo de heroína, adicción que lo mató a las 27 años. Foto: Woodbury House

LA ACTUALIDAD DEL ARTISTA

Hoy no creemos en la imagen como antes. El aura descrita por el filósofo Walter Benjamin, que envolvía a la imagen como algo realizado con sumo esmero y únicamente con los temas adecuados para antiguas concepciones de arte, se ha desdibujado desde que existe la posibilidad tecnológica de la fotografía.

En nuestro mundo dominado por la iconosfera (término acuñado por el académico francés Gilbert Cohen-Seat para denominar la información visual), las imágenes se presentan como un objeto común y sobreutilizado, más que como algo especial.

El fotógrafo mexicano Pedro Meyer, en una entrevista para la revista universitaria Iteso, señaló que existe una escasa cultura visual a pesar de que hoy todos tienen la posibilidad de hacer una imagen desde un teléfono móvil.

Gillermo Gómez Peña, artista del performance, educador y escritor mexicano, describe al artista contemporáneo como un pensador social, un activista cultural y comunicador, en su libro El Mexterminator. Para este autor, los debates de la época que se vive, así como el involucramiento en la realidad social, deben estar visibles en la obra contemporánea. “El intimismo y el individualismo bohemio respondían a otra época y a otro mundo más estático y coherente”, añade.

El mundo menos convulso de la modernidad se puede explicar por medio de las diferencias abismales con nuestra actualidad. Hoy existen aportes científicos, artísticos y de cultura popular tan diversos que es difícil seguirles la pista. En la modernidad, que arropaba la figura del genio y del bohemio, se tenían algunas certezas mientras que hoy todo está en duda.

Según el filósofo francés Jean-François Lyotard nuestra época es el resultado de una crisis en que los grandes relatos son abolidos y se da lugar a una diversidad de relatos minoritarios que conforman la realidad.

Para Lyotard hay cuatro grandes relatos sobre los que se ha escrito la historia y en los que existe una promesa de que todo terminará en un espacio de plenitud: El relato cristiano con su promesa de que al final la humanidad vencerá al pecado y se encontrará en el Cielo; el relato marxista en el que el oprimido derrotará a la burguesía y tomará el control de los medios de producción que trabaja; el relato del iluminismo en el que la divina razón llevará a la humanidad a la total racionalidad, y el relato capitalista en el que la prosperidad será para todos.

Cristo con bolsas de compras, pieza de Banksy, artista urbano cuya obra critica y satiriza la religión, el capitalismo, la guerra y conflictos sociales contemporáneos. Foto: Jan Slangen/Flickr

No hace falta mencionar que estas visiones han sido sobrepasadas o están cerca de serlo. La visión teleológica que mantienen, es decir, que indica un final para la historia tras alcanzar un objetivo, es únicamente una forma de legitimar sus ideologías. Así lo señalan la filosofía del posmodernismo e incluso del estructuralismo de autores como Michel Foucault.

El curso de la historia continúa y no necesariamente ocurre lo que se predijo ni se llega a un estado de plenitud para la humanidad. El desapego a estos grandes relatos da lugar a un momento de crisis en el que la poca estabilidad se ve reflejada en el arte y en los productores de la misma.

NEUROLOGÍA DE LA CREATIVIDAD

Las conexiones de ideas poco comunes, aquellas vistas como originales o excepcionales, se muestran como una capacidad utilizada tanto en obras de arte como en la resolución de problemas cotidianos. Esa es la capacidad a la que llamamos creatividad, que genera nuevas ideas en torno a un objetivo específico.

La creatividad implica una cooperación entre diferentes funciones del cerebro, comenzando por la memoria a largo plazo, donde se encuentra la información que forma nuestra identidad (memoria autobiográfica), así como datos sobre el tiempo y el espacio en que nos encontramos (memoria semántica). Toda esta información se mantiene flotante y si encuentra un momento adecuado para resurgir y relacionarse con lo que vivimos, aparece un insight.

El pensamiento espontáneo o insight es una idea que aparece de pronto y que el cerebro relaciona rápidamente y de manera creativa para resolver un problema.

Lo que sucede en este momento, también llamado eureka o serendipia (cuando en realidad no se buscaba una solución), es una activación gamma: una vibración de ondas cerebrales de alta frecuencia que surgen del incremento del flujo sanguíneo en el lóbulo temporal derecho; esto hace posible que asociemos ideas remotas.

De pronto recordamos algo que puede servirnos y que no habíamos pensado antes, una última pieza para el rompecabezas, una nueva estrategia con la que se soluciona un problema. Estas asociaciones se pueden ver también en chistes o en las metáforas, que no son más que una conexión de ideas que parecen separadas y que son unidas de forma ingeniosa por el cerebro humano.

El comediante estadounidense George Carlin guardaba archiveros enteros de ideas aisladas que iba clasificando en carpetas y bolsas para después asociarlas y desarrollar sus famosas rutinas de stand up. Foto: George Carlin Productions

El control cognitivo es otra función importante. Según la neuropsicóloga de la Universidad de Arkansas Darya Zabelina, existe una relación entre la creatividad y la llamada “atención con fuga”, un proceso que permite el paso de información “irrelevante”. Lo que normalmente se filtraría y se dejaría fuera de nuestra atención, puede ser la idea que asociará un creativo para generar una solución original.

Lo que hace posible la creatividad, según lo publicado en Sustratos neuronales de la actuación musical espontánea: un estudio de imágenes de resonancia magnética funcional en la improvisación del jazz, realizado por el músico y neurocientífico de la Universidad de California Charles Limb y el neurólogo Allen Vraun, es ver las cosas de manera diferente y no de forma estandarizada o automática.

En dicho estudio, los músicos analizados recibían estímulos del exterior para responder y complementar una pieza musical. Se encontraron cambios como la desactivación extensa de las regiones orbitales, dorsolaterales, prefrontales y laterales del cerebro, importantes para procesos cognitivos como la memoria y la atención; en cambio, se activó la parte medial de la corteza prefrontal, importante para el estado de alerta.

Seguir reglas es un proceso cuidado que lleva a un mismo resultado, como sería la lectura de una partitura que indica incluso la intensidad con que se debe ejecutar cada parte de una pieza. La creatividad, por otra parte, toma caminos diferentes y devuelve una solución original; al igual que en una improvisación de jazz, se obtendrá algo novedoso a cada paso.

Todos estos procesos también ocurren, y de manera similar, en quien padece una enfermedad mental. En pacientes con esquizofrenia o trastorno esquizoafectivo, las dificultades en la transmisión de dopamina generan tanto propensión genética a la psicosis, como los propios síntomas psicóticos, tales como alucinaciones e ideas o comportamientos extravagantes.

El Instituto Karolinska de Suecia realizó en 2013 un estudio publicado en la Journal of psychiatric research con una población de 1.2 millones de personas y constató que la creatividad está de hecho relacionada con las enfermedades mentales.

En las personas con una profesión creativa tanto artística como científica, el trastorno bipolar es más prevalente. Los escritores, por su parte, es más común que padezcan enfermedades como esquizofrenia, depresión, trastornos ansiosos o abuso de sustancias como el alcohol o drogas ilegales; incluso son un 50 por ciento más propensos al suicidio.

Virginia Woolf, una de las figuras más relevantes del modernismo en la literatura, fue internada varias veces en instituciones psiquiátricas debido a su bipolaridad. Finalmente se suicidó a los 59 años. Foto: George Charles Beresford

El mismo fenómeno se investigó también en 2010, en un estudio realizado por el mismo instituto y publicado en la revista científica Plos one. En éste se constató que existen similitudes a nivel neurológico entre las personas creativas y entre quienes padecen esquizofrenia, concretamente en una escasez en el nivel de dopamina que reciben en el tálamo.

Cabe señalar que esta parte del cerebro es la encargada de filtrar los estímulos que recibimos del exterior, por lo que el flujo de información es mayor y por lo tanto más difícil de controlar.

En 2018 la empresa de análisis global Elsevier publicó el artículo Creatividad y enfermedad psiquiátrica: una perspectiva funcional a través del caos, dando a conocer nuevos resultados. Se encontró que la creatividad es un puente entre la asociación libre de ideas y los trastornos psiquiátricos. Gracias a esto se concluyó que se puede pasar del trastorno a la creatividad sana con miras más favorables hacia la recuperación.

Las regiones del cerebro que actúan en ambos casos son parecidas; incluso podría decirse que la creatividad se da tanto en el cerebro enfermo como en el sano, siendo en este último un proceso productivo del que surgen ideas funcionales.

Las ideas extravagantes del psicótico no son más que conexiones poco comunes y originales que incluso pueden ser de interés para el observador, pero no son controladas ni tienen un objetivo. Se presentan ya como un síntoma que arranca de su vida cotidiana a la persona y le impide desarrollarse.

El artista torreonense Elías Hernández comenzó a tener síntomas de un trastorno obsesivo compulsivo, el cual no es común en el ámbito y es erróneamente ligado a una mejor atención en los detalles de la creación artística. Sin embargo, es mucho más que eso: “Empecé a desarrollar demasiados pensamientos intrusivos y rituales mentales para calmar la angustia y la culpa de los mismos. Aparecían casi todo el tiempo y perdía demasiado tiempo en calmar mi ansiedad.”, menciona. Dichas condiciones obstaculizaron su trabajo de 2013 a 2018, cuando recibió tratamiento psiquiátrico.

Actualmente realiza una obra que consiste en ordenar piezas siguiendo la lógica del trastorno, con lo que busca lograr la empatía del espectador y hacer conciencia sobre lo necesario de la atención profesional.

Performance de Elías Hernández. Foto: Cortesía Elías Hernández

EL VERDADERO PERFIL DEL ARTISTA

Lo cierto es que la creatividad es parte interesante e importante del perfil de los artistas o de cualquier persona con profesión creativa, pero no es su única característica.

Según el estudio de 2011 realizado por el profesor de la Escuela de Negocios de Noruega Oyvind Lund Martinsen, las características comunes encontradas en personas de profesión creativa incluyen una orientación asociativa, es decir, imaginación para desarrollar nuevas ideas y comprometerse con ellas.

La originalidad como otra característica encontrada, les lleva a rechazar convenciones y normas tanto en su vida personal como en su trabajo, pues como método para su desempeño está mantener propuestas diferentes y por lo tanto tienen algunos problemas con la autoridad rígida y el seguimiento de reglas.

La tendencia al compromiso que presentan se expresa en la consecución de retos constantes, mientras que la ambición les lleva a buscar ser el centro de atención y la obtención de reconocimiento y superación personal. El holismo (analizar el todo y no las partes separadas de éste), por su parte, hace que busquen diferentes perspectivas de cada situación o problema sin centrarse en un solo enfoque, combinando distintas habilidades y conocimientos. Estas tres características se ciñen bien para conformar una manera particular de trabajar.

Pero en un ámbito más preocupante está la tendencia a la inestabilidad emocional, los problemas de autoconfianza y la poca sociabilidad; la propensión a la crítica fuerte y la dificultad para aceptar a otras personas en su círculo de trabajo.

El psicólogo de la Universidad De La Salle en Manilla, Filipinas, Adrianne John Galang afirma que los artistas en específico cuentan con una desinhibición emocional más alta que el resto de las personas, lo que implica que asumen más riesgos en su vida diaria.

Foto: Archivo Siglo Nuevo

También existe en ellos una propensión a la deshonestidad y la arrogancia, aunque también se admite que esto es más un fruto del ambiente competitivo en el que se ven envueltos y lo que moldea su personalidad.

El teórico del psicoanálisis Otto Rank se ha decantado por describir al artista como una persona sana y creativa, dotada de un Yo fuerte, lo que se diferencia de la teoría planteada en un principio por Sigmund Freud en la que el artista es un neurótico que sin embargo encuentra en el quehacer artístico una forma de sublimar sus frustraciones. La sublimación en el psicoanálisis es uno de los mecanismos de defensa del Yo más superiores y complejos, en el que el individuo transforma sus impulsos en algo aceptado por la sociedad y, en este caso, sublime.

Para el psiquiatra estadounidense Lawrence Kubie, el trastorno mental no implica una mejor producción de obra artística, sino que detiene el proceso creativo. Como toda enfermedad, la mental imposibilita en cierta medida el trabajo. Hablar del problema psíquico es sin duda uno de los aspectos más íntimos que se imprimen en el quehacer artístico, pero ¿de qué forma se hace? ¿Nos está haciendo idealizar el trastorno por el simple hecho de verlo entre las fuentes de inspiración?

El trabajo de los artistas de hoy se aleja de la mitificación de sus propias figuras y de sus problemas individuales, puesto que el arte conlleva una justificación producto del ingenio y no de las dificultades personales. El punto de vista histórico nos ha dejado en un espectáculo en que erróneamente se admiran los factores más escandalosos, como la enfermedad mental, por encima de lo realmente productivo. La cura está en un análisis profundo y una responsabilidad tanto del artista como del espectador al momento de interactuar con una obra.

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