El piano de Jorge Viladoms
Entrevista

El piano de Jorge Viladoms

En el escenario aguarda un viejo piano de 116 años. Luce su piel de madera negra y mantiene su alma en silencio. El instrumento es paciente, espera a su cómplice, a quien lo hará hablar.

La primera velada de gala en el Festival Revueltas se gesta en el Teatro Dolores del Río, en Gómez Palacio. El programa anuncia la presentación del pianista duranguense Jorge Viladoms y del chelista venezolano Gregorio Nieto.

Cinco minutos antes de las ocho de la noche, el reloj toca su sonata inicial. Viladoms vuelve una vez más a la tierra lagunera que vio nacer a su madre. El pianista ha arribado desde Suiza y viene envuelto en un traje oscuro, como la corteza del piano.

Enseguida toma el micrófono y rememora su infancia en la capital de Durango. Las vivencias fluyen por su voz en tonos de Hollywood, de aquel tiempo del que sólo tiene recuerdos felices, cuando su padre (un cirujano gastroenterólogo) le dictaba el valor de la empatía y su madre ayudaba a niños de un orfanato.

Pero, a meses de dejar Durango para residir en Puebla, todo cambió con la muerte de su padre. Aquella experiencia tocó en Jorge un fortissimo que cimbró su alma. Intentó aislarse en la lectura y la música fue su bálsamo; un rebato con el que despertó a un piano dormitante en las mudanzas de su familia.

Así, con 15 años, comenzó sus clases con María Luisa Paya y buscó respuestas en los entresijos de las teclas. El sonido de esa ausencia lo trasladó a Europa, donde vendió helados en las calles de Suiza. Allí, un decano creyó en su talento y el destino lo colocó en el Conservatorio de Lousainne, hasta convertirse en catedrático.

Agradecido con su suerte, Viladoms quiso ejecutar la empatía en otras alturas. Rotó la mirada hacia su país y en la localidad tapatía de La Coronilla arrancó los trabajos con su fundación Crescendo con la Música, gracias a la cual 350 niños mexicanos de bajos recursos tienen clases de iniciación musical. Este mismo movimiento lo replicó en Nairobi, Kenia, con los infantes que habitan alrededor del vertedero de Dandora.

Horas antes de su concierto, tras finalizar su ensayo, Jorge Viladoms registró sus aflicciones, sueños y agradecimientos a la grabadora; primero durante el trayecto al hotel y luego en el restaurante del mismo. Sobre una orquesta de cubiertos y con una narrativa cortazariana, terminó por leer algunos capítulos de su vida.

Concierto de piano del Festival Revueltas en el Teatro Dolores del Río de Gómez Palacio, Durango, octubre 2019. Foto: Jesús Francisco Galindo López

Tras la muerte de tu padre, ¿qué encontraste en la lectura?

Leí mucho el boom latinoamericano de los sesenta; también a los existencialistas, a Sartre, a Heidegger, Gabriel García Márquez, el realismo mágico. Y recuerdo “La continuidad de los parques”, de Cortázar, del libro Final del juego. Es un cuento de dos páginas que te cambia totalmente la realidad de una situación, la realidad entre lo que es verídico y lo que es fantasía. Te lo muestra en dos páginas y es increíble. Mi mente se abrió al arte en general. Escribía cuentos y relatos, y en el piano también empecé a improvisar, a tener clases. Fue toda esa búsqueda donde creo que lo más importante era expresar todo lo que tenía dentro. Al principio era la frustración, la incomprensión de lo que es la vida, la muerte, el duelo; encontrar respuestas a las preguntas existenciales.

En Puebla te mudaste alrededor de cinco veces. En uno de esos traslados te percataste del piano de tu abuela, un instrumento que “dormitaba”, pues no era tocado por nadie...

Como dices, ese era un piano dormido, un mueble donde estaban las fotografías, los floreros y pequeñas esculturas. Fue muy incómodo mudarlo cinco veces en Puebla porque era un piano de cola completa, muy pesado. Fue un año muy difícil para la familia: cinco mudanzas, la muerte de mi padre, todo eso, y al final no hallábamos qué hacer con ese piano. Por azares del destino mi mamá conoció a una persona y estábamos pensando en vendérselo. Finalmente mi madre me preguntó: “¿No quisieras tomar clases?” y dije que sí. Tenía una maestra muy viejita, de más de 80 años (María Luisa Paya). Era más bien como un hobby para mí. Aprendí muy pocas piezas del repertorio clásico, pero improvisaba mucho y me sentaba a meditar; era una terapia.

¿Cómo describes tu relación con ese instrumento?

El piano es algo muy cercano, es un acompañante de vida. Lo único que es un poco difícil para nosotros los pianistas es… por ejemplo, Gregorio (Nieto), con quien toco hoy, tiene su chelo que se lleva a todas partes, y nosotros tenemos que cambiar de piano cada vez. Entonces, cada uno tiene su alma. Por ejemplo, el piano de hoy de la Casa de Cultura, tiene 116 años y ya está muy viejo, pero cuando lo tocas todavía tiene esa alma de que fue un gran instrumento; es como si hablases con una persona que tal vez le empiece a dar el alzheimer, pero te saca frases transformadoras. Cada piano tiene su alma y te tienes que acostumbrar a cada uno. A veces es un poco difícil; por ejemplo, el piano que tengo en casa no me lo puedo llevar a los conciertos. Pero es mi acompañante de vida, lo veo todos los días, me enojo con él, a veces es muy ingrato cuando no lo estudio, celoso, pero también es una historia de amor de toda la vida que seguirá siendo hasta el final.

Foto: León Alvarado Llamas

¿Qué recuerdas de tu audición en el Conservatorio de Lausanne?

Tenía muy poco conocimiento teórico de la música. Nunca había estado en un conservatorio. Me dan, entre comillas, la oportunidad de tocar para el decano de piano del Conservatorio de Lausanne por azares del destino. Primero me pregunta: “¿Qué has tocado de Bach?” y le contesto que nada. “¿Qué has tocado de Beethoven?” y le contesto que nada. “¿Qué has tocado de música clásica?”, le contesto que un preludio. Yo estaba masacrando un preludio de Rajmáninov. Me dijo: “Tócalo” y lo toqué, había bastantes faltas de ritmo pero… ¿cómo te diré? Ponía mi vida entera en esa interpretación: todo lo que había vivido, todo lo que había escuchado, todo lo que había sentido, todo lo que había sufrido, todo lo pulí en el piano. Eso es lo que llamo “tocar con las tripas”. Después toqué unas improvisaciones, no difíciles, pero que tenían muchos saltos, escalas y octavas muy apasionadas. Entonces, como que les llamó la atención que un chavo de 18 años, que estaba vendiendo helados, tuviera tanta pasión para tocar. El decano ahora es mi colega, un gran amigo y nos acordamos mucho de ese momento porque para mí fue cambiar mi vida totalmente. Una decisión de él, que le tomó cinco minutos, para una persona puede ser un cambio de vida total.

¿Cuál es tu concepto de la interpretación?

El concepto de interpretar fue un gran problema, muy ambiguo para mí, porque cuando tenía 16 o 17 años, que escribía cuentos, relatos o leía... cuando escribía estaba creando. Cuando la maestra viejita me decía: “Toca este Chopin”, yo preguntaba que cómo. Ella no me enseñaba mucho a interpretar. ¿De qué sirve interpretar algo que alguien ya compuso? No estás creando. Y eso era como el adolescente con mucho ego. Entonces, yo estaba muy mal, porque cuando llegué y me pusieron un profesor suizo, él me enseñó que la interpretación es una recreación. Lo que es increíble es que cada instrumento tiene su alma, pero en una partitura está todo escrito. Por ejemplo, Debussy o Ravel son tan precisos en escribir cada crescendo, cada diminuendo, cada rallentando, cada dinámica; todo es tan preciso. Y durante ocho años en un conservatorio te enseñan a ser lo más fiel a una partitura posible y ves que, cuando una persona en México, en Suiza, en Francia o en España, toca la misma pieza respetando todo, suena totalmente diferente. Y para eso no hay explicación, porque el piano es una máquina mecánica, una máquina que tocas y los martillos salen hacia arriba. Cada pianista tiene su sonido, su propia interpretación aunque respete todo lo que está escrito.

Jorge Viladoms y Hervé Moreau, bailarín de la Ópera de París, con quien presentó el recital Luz de Luna. Foto: Notimex

¿Por qué crees que el intérprete debe traspasar el umbral de la técnica?

Eso lo aprendí con profesores en Europa, con un francés que se llama Phillippe Cassard. Mucha gente confunde la técnica con ir rápido y tocar fuerte, y la técnica es si tocas con pedal completo, con un cuarto de pedal, un tercero de pedal, medio pedal, si tocas con la sordina un poco a la mitad, el sonido que quieres, el rubato que haces; la técnica es todo lo que engloba que cuando toques una nota sea el sonido que tú quieres, es el sonido que escuchas en tu cabeza. Entonces la partitura está aquí, la ves, la traduces, la analizas, tienes un concepto de lo que quieres escuchar con todo lo que está escrito, el alma también la traduce, y cuando ese sonido cae con la nota tiene que salir como tú lo quieres. Es muy importante que el camino sea éste, porque para mucha gente va directamente de partitura a dedo y le falta toda la traducción de la cabeza, del concepto y del alma.

Ahora que eres profesor, ¿qué es lo que más tratas de inculcar a tus alumnos?

Para mí lo más importante, cuando haces algo, es el porqué. ¿Por qué tocas piano? Pueden ser muchas razones. Entonces tienes que encontrar ese porqué, porque el arte siempre tiene que tener un porqué, algo que nace de ti. La pasión no es algo que puedes crear; cuando te enamoras no la creas, sale sola. La pasión es algo que sale y no la puedes inventar. Entonces trato de desarrollar eso. Hay gente que no lo quiere desarrollar, hay gente que tiene un camino más hacia la pintura, hacia otros lugares, pero el porqué y el cómo desarrollar y expresar ese porqué, es lo importante.

Hablas del porqué de las cosas, ¿por qué crear una fundación?

El porqué es una necesidad, no sé de qué sentimiento venga. Creo que el humano evolucionó de una manera para sentir lo que es la empatía, para la supervivencia de la especie, no sé. Siento esa necesidad de no voltear la cara cuando hay un problema enfrente de mí, una espontaneidad de una reacción ante el sufrimiento. Cómo reaccionas ante el sufrimiento de los demás, ante una situación injusta, siendo muy claros que la condición humana es así, siempre ha sido así. Hay gente que sufre o que tiene más suerte, como la suerte de donde naces. Ahí ya es si naces en Kenia, con los chavos que ayudo allá o si naces en Suiza, donde claramente no tienes las mismas oportunidades. Y eso es el mundo, es así: la condición humana. Pero sentía que tenía que hacer algo, siendo muy consciente de que no puedes cambiar esa situación pero sí una vida, tal como la música cambió la mía, con ese decano que con una visión cambió mi camino. Siento que tengo, entre comillas, la posibilidad de cambiar algunas vidas, cambiarles el camino y su perspectiva. Es el impacto que tiene la música en sus vidas, sabiendo que ser músico en este mundo es muy difícil. Ser músico clásico es muy difícil, pero la música como formación es algo extraordinario.

Viladoms con niños beneficiados por la fundación Crescendo con la música. Foto: Crescendo con la música

¿Por qué elegiste La Coronilla para empezar a trabajar con Crescendo con la Música?

Ahí también es por azares del destino. Mi hermano vivía en Guadalajara y su cuñado trabajaba en esa escuela. Es una escuela que una fundación creó en La Coronilla. Es como un refugio de esa colonia. Me hablaban de esos niños que tenían muchos problemas y en plan de cambiar algo, de cambiar vidas, dije: “¿Por qué no empezar ahí con un proyecto piloto?”. Fui a la escuela y vi a los niños. Les hablé antes desde Suiza, les dije: “Tengo un proyecto musical. Yo les llevaré instrumentos y les pagaré a los profesores, ¿qué les parece?”. Me dijeron que sí y ya llevamos siete años allá.

¿Cuáles son las diferencias entre las problemáticas de La Coronilla y las de Nairobi, en Kenia, donde también haces beneficencia?

La pobreza de México siento que es una pobreza de identidad, de falta de oportunidad, y la pobreza de Kenia es muy cruda. Muchos de los niños tienen sida, a la mayoría los violaron de pequeños, transportan armas, viven en un basurero; es una pesadilla. En México hay problemas de violencia, familiares, sociales, pero la realidad no es tan cruda como allá. Esa es la diferencia, pero la música les llega de la misma manera. La prueba de esto es que en enero de 2020, los niños de México y de Kenia irán a Suiza, a Lausanne, para tocar un concierto todos juntos. Eso demuestra cómo la música rompe las barreras sociales que existen.

¿Cómo llegaste a ese país africano?

A Kenia fui a tocar tres conciertos, me invitó un violinista. Tenía vacaciones en el conservatorio y me invitaron a dar esos conciertos. Me enseñaron el programa de Ghetto Classics para ver si visitaba a los niños. Los visité y justamente ahí dije: “No puedo no hacer algo”. Compramos un piano, instrumentos, llevé a varios chavos de Kenia a Suiza para apoyarlos con sus estudios. He ido e iré a finales de año a tocar para recaudar fondos. Irán los niños en enero a Suiza y son como proyectos más puntuales. Mi fundación no tiene una sede allá, pero colaboramos con esa otra organización.

Para trabajar con tu fundación, recurriste a despertar “instrumentos dormidos” que ya no eran tocados por sus dueños, ¿cómo fue ese proceso de recolección?

Fue un proceso muy bonito, porque en Suiza la mayoría de la gente ha tocado un instrumento. En México sería increíble que eso sucediera, que veas aquí a alguien y que digan: “Yo toqué flauta. Yo toqué chelo de chiquito. Ahí tengo un chelo”. Por ejemplo, había un piano que nos llevamos a Guadalajara, que era de la mamá de una señora. Entonces fuimos a la casa de esa señora por él. Allí estaba, los recuerdos, las fotos de la mamá y la hija muy contenta de que ese piano iba a ser tocado por niños en Guadalajara. También reunimos clarinetes, violines de hermanos, de abuelos, fue muy bonito oír la historia detrás de cada instrumento.

Foto: Jorge Viladoms/Twitter

A lo largo de tu carrera has leído e interpretado un cúmulo de partituras de otros compositores, ¿pero qué interpretas cuando lees la mirada de esos niños?

En su mirada interpreto algo que es muy importante, que es la capacidad de soñar algo diferente, de ver otra perspectiva de su futuro gracias a lo que están viviendo con la música. Por decir, para los niños que fueron a Suiza, su mundo cambió; salieron de La Coronilla, tomaron el avión por primera vez, conocieron a niños de Suiza, vieron otros paisajes, vieron otra oportunidad de desarrollo y de futuro, más allá de lo que viven todos los días. Lo más importante que el arte te da es ese despertar; despiertas una conciencia diferente de lo que es el mundo. A mí me dieron una conciencia totalmente diferente los cuentos de Cortázar. El piano me dio una conciencia totalmente diferente. Esa percepción que tienes de tu mundo, cuando estás en situaciones problemáticas, es muy complicada. La música y el arte te abren esa perspectiva, eso es lo más importante para mí.

Hace unos años llevaste a un joven keniano de nombre Brian a dirigir en Suiza, ¿cuál es la sonoridad de su historia?

A Brian lo vi en Kenia, en esa pesadilla que era el basurero, dirigiendo el ensamble de Ghetto Classics. Y fue un choque ver el basurero, los buitres, el olor, y verlo a él con tanta pasión dirigir ese ensamble. Era febrero y le pregunté: “¿Qué harás en mayo?”. Y me dijo: “Nada”. Él tiene nueve hermanos. A la hermana la violaron cuando tenía 15 años, ella tiene un bebé y por eso ahorita Brian está en Kenia. Esa es también la cruda realidad. Fue tres veces a Suiza, lo tratamos de ayudar y de repente me dice: “Jorge, no puedo quedarme en Suiza porque acaban de violar a mi hermana y está encinta”. ¿Qué haces en ese momento? No puedes. Pero sí, dirigió la Orquesta Verbier, dirigió la Orquesta del Conservatorio. A la gente que estaba escuchándolo y viéndolo no les importaba de dónde venía, sólo estaban ahí para recibir el mensaje que él tenía.

Antes de morir, tu padre solía decirte que “el ambiente es el futuro”, ¿cuál es el ambiente actual de tu vida?

Es un ambiente de agradecimiento. La verdad siento mucho agradecimiento alrededor de mí, de lo que ha pasado, de tener la oportunidad de vivir lo que estoy viviendo gracias a los proyectos de la fundación. Gracias a haber tocado en Nombre de Dios (Durango), en el Templo de San Francisco que tiene 473 años. Viajar con Gregorio en el autobús hacia allá, llegar y que estuviera la luna de octubre sobre el templo, la gente escuchando, son cosas que tengo mucha suerte de estar viviendo. Es muy bonito y siento mucho agradecimiento, mucha felicidad y, al mismo tiempo, dudo mucho de las cosas que hago, para poder evolucionar y ser mejor.

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