Solo existe lo que nos queda por hacer
Opinión

Solo existe lo que nos queda por hacer

Miscelánea

No es tiempo de llorar. Mira ese árbol.

En nuestras horas hay has que no conoce el río.

Un Dios ha puesto en nuestras manos un fruto de alegría.

Que nada cante más allá ni más acá de la vida.

Guillermo Fernández

Para nuestra primera cita del año, me encantaría pacientísimo lector, encender la chimenea, y al calor de un buen fuego y con Las Cuatro Estaciones de Vivaldi como música de fondo, sostener con usted un larga conversación que alegraríamos con unos Tempranillos de buena familia.

Para preservar el ambiente fresco y limpio del año que comienza, evitaríamos acercarnos ni de reojo, a cualquier tema que tenga que ver con gansadas. Yo le hablaría de mi propósito de iluminar el año que comienza con poesía: ¿qué le parece algo de Lope? “¡Hola!, que me lleva la ola; ¡hola, que me lleva la mar./ ¡Hola!, que llevarme dejo/ sin orden y sin consejo/ y que del cielo me alejo/ donde no puedo llegar. /¡Hola! Que me lleva la ola;/ ¡hola! …que me lleva la mar’’.

Lindo ¿o no? Si tuviera la oportunidad, me quejaría con usted de la insistencia con que mis hijos pretenden modernizarme. Ellos quieren una madre electrónica pero yo no me dejo; y para afirmar mis raíces siglo-veinteras de las que me siento orgullosa, me he ocupado estos primeros días del año en rescatar del silencio al que los había sometido por mucho tiempo: primero, a la centenaria sinfonola que con la voz cascada de aquellos discos de piedra que seguramente usted no conoció; me alborota los recuerdos cuando canta: “Hi Lili, hi Lily, hi looo’’. Mi plan de recuperación del pasado incluyó también activar la tornamesa (anticualla, según mis hijos).

Ahora estoy volviendo a escuchar en mis long plays favoritos, el torrente de voz de Placido Domingo, la finura de Paloma San Basilio, el piano de Daniel Barenboim… Y ya entrados en conversación, le comentaría también la suave sonrisa que me provocó Un día de lluvia en Nueva York; la más reciente película de Woody Allen. Sin duda la más encantadora del Festival de cine de Morelia, a donde me apersoné para rematar el 2019 como Dios manda. Aparcería también en la conversación, la noche mágica, en la que bajo las estrellas, salté de una lancha para chapotear con mis chiquillos en las aguas tibias y luminosas de la Laguna Manialtepec; allá en Oaxaca.

Luminisencia se llama el misterio por el que se encienden los peces que cual cometas, pasan dejando una estela de luz bajo el agua, y la espuma que producen nuestros chapoteos se convierte en encaje luminoso. Le contaría con tristeza que no me trajeron nada los Santos Reyes, pero yo, con los ojos tapados y los brazos abiertos, estoy parada en una esquina regalando abrazos a toda persona que los acepte.

Aunque lo obligado en estos primeros días del año es hacer planes y proyectos, yo, que sé por experiencia la risa que le provocamos a Dios cuando le contamos nuestros planes; prefiero quedarme con los momentos inolvidables con que me favoreció el 2019.

Confieso para que no lo sorprenda, que para estrenar este 2020, no tengo ninguna buena intención: ni me pondré a dieta, ni comenzaré un curso de francés, ni me inscribiré a un gimnasio. Tengo, eso sí, algunas expectativas. Mientras me atragantaba con la uvas justo a la hora en que el año exhalaba su último suspiro, en medio de la explosión de los juegos pirotécnicos que iluminaban la noche, pedí nuevas y excitantes tentaciones para dejarme caer en ellas. Sobresaltos, pasiones, sueños posibles, deseos inconfesables y cualquier embrollo que me impida someterme a una vida anodina.

Y Señor, por favor, haz que me pasen cosas distintas y sorprendentes; de preferencia prontito, antes de que termine el invierno. ¡Ay Dios!, se supone que esto era una conversación y me estoy dando cuenta pacientísimo lector, de que no lo he dejado hablar. Ni modo, prepare su discurso para la próxima. Un último deseo: Que el año que comienza llegue con vientos benéficos, abundancia y dulzura para todos.

Y ahora a vivir, porque al fin y al cabo, la vida es de los que no se suicidan.

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