Magnolia, dolor colectivo
Cine

Magnolia, dolor colectivo

Una purga de remordimientos

Hace veinte años fue estrenada una de las obras cumbre del cineasta Paul Thomas Anderson: Magnolia. Con 28 años de edad, el prometedor director recibió rienda suelta por parte de la productora New Line Cinema tras el éxito que tuvo con Boogie Nights. El proyecto que propusiera sería aprobado sin trabas hasta su edición final, una oportunidad extraña en Hollywood, sobre todo para alguien con una carrera tan corta.

Sabiendo que esa podría ser la única vez que tuviera ese privilegio, Anderson exprimió su creatividad dando como resultado una narración coral en que los personajes y sus historias se entretejen sobre la avenida Magnolia de Los Ángeles, California.

La película comienza con un prólogo en que un narrador da cuenta de tres casos sobre los cuales el azar ejerce una fuerza macabra. Un joven, por ejemplo, carga con municiones la escopeta con la que sus padres, por costumbre, se amenazan cada vez que pelean. En la próxima discusión, la madre apunta el arma a su esposo y jala el gatillo, pero falla el tiro y da en el estómago a su hijo, que justo en ese instante pasaba por la ventana. “Esta no es sólo una coincidencia. Estas cosas extrañas pasan todo el tiempo”, dice el narrador, para después dar paso a la introducción de todos los personajes cuyas vidas se unen en este drama.

ALMAS EN PENA

Stanley Spector (Jeremy Blackman) es un niño prodigio que se ha ganado el lugar estelar en el programa televisivo What do kids know? (¿Qué saben los niños?), donde un equipo de infantes se enfrenta a uno de adultos en un concurso basado en preguntas de cultura general. Como suele suceder en este tipo de shows, el ganador se lleva una buena suma de dinero.

William H. Macy como Donnie Smith. Foto: New Line Cinema

Desde el inicio, es evidente la presión que el menor recibe por parte de su padre para destacar en la competencia. La misma situación vivió Donnie Smith (William H. Macy), un ex participante del mismo programa, quien recuerda con una mezcla de añoranza y resentimiento aquella época en que era admirado por ser el niño genio que ganó el concurso. Ahora es un adulto roto en varios aspectos: lo acaban de despedir de su mediocre empleo por incompetente y deudor, y ha desarrollado una fijación por arreglarse los dientes para ser más atractivo y así encontrar al amor de su vida. De la fortuna obtenida en su infancia, sólo queda el cheque gigante que le entregaron, pues el real fue cobrado y gastado enteramente por sus padres en su momento. De ellos, por cierto, nada se sabe.

El conductor de What do kids know? desde hace décadas, Jimmy Gator (Philip Baker Hall), sobrelleva una batalla silenciosa contra el cáncer y una lucha emocional por un conflicto con su hija Claudia (Melora Walters), quien no le ha dirigido la palabra por años. Ella vive en la drogadicción y salta de una relación superficial a otra, hasta que conoce al oficial Jim Kurring (John C. Reilly), que realmente se interesa en ella aunque esté temerosa de mostrar sus sentimientos. El policía, por su parte, no ha entablado ninguna relación desde que se divorció hace tres años y además se siente incompetente en su trabajo a pesar de su vocación de servicio.

El ex productor del programa, el anciano Earl Partridge (Jason Robards), está en su lecho de muerte, donde comparte sus remordimientos con su enfermero de cabecera, Phil Parma (Philip Seymour Hoffman). Cuando éste se entera de que el moribundo tiene un hijo a quien quiere ver antes de partir, emprende su búsqueda. Linda Partridge (Julianne Moore), esposa de Earl, se opone a esta iniciativa. Ella también carga con culpas: inicialmente, se casó con el viejo por su fortuna, pero acaba de darse cuenta de que terminó amándolo de verdad y ahora se arrepiente de haber contraído matrimonio por mero interés y de no haber sido mejor esposa. Esta pena la orilla a una fuerte crisis existencial que la carcome rápidamente.

Jason Robards como Earl Partridge y Philip Seymour Hoffman como Phil Parma. Foto: New Line Cinema

Finalmente está Frank Mackey (Tom Cruise), otra estrella televisiva que también entrará en contacto con algunos de los personajes anteriores. Se trata de un atractivo orador “motivacional” que ayuda a los hombres a conquistar mujeres mediante un sistema llamado Seduce y Destruye, que promociona como un conjunto de técnicas para aprender a “convertir a esa dama amiga en tu sirvienta sexual”. Basta este detalle para advertir qué clase de ideas imparte en el escenario con completa seguridad y avasalladora aceptación por parte de su público de solteros deseosos de sexo. Sin embargo, esta máscara aparentemente inquebrantable se va cayendo cuando accede a ser entrevistado por una periodista que se ha tomado la molestia de investigar su vida, marcada por tragedias que él se ha esforzado por ocultar para mantener su exitosa imagen.

LAS CARGAS EMOCIONALES

A pesar del surtido desfile de personalidades, ninguna se queda corta en cuanto a desarrollo. Por el contrario, el director logra presentar la vulnerabilidad de cada uno, y no de forma superficial. Paul Thomas Anderson no desperdicia ni un minuto de las tres horas que dura la película, las cuales transcurren con un ritmo fluido que a veces hasta cae en lo vertiginoso.

Una de las razones de esta fluidez es el tono épico del filme. El propio autor reveló que quiso darle ese toque, usualmente reservado para géneros de política o de acción, porque lo que el individuo común percibe como magnánimo son los momentos íntimos de la cotidianidad. De esta forma, algunas actuaciones y sucesos se perciben melodramáticos, pero no irreales, pues se trata de emociones con las que el grueso de la población se identifica, aún si se muestran desbordadas en el filme.

Los personajes están marcados por paternidades ausentes o abusivas, por fuertes arrepentimientos y por una necesidad apremiante de llenar vacíos afectivos. Como sucede en el día a día de cada ser humano, luchan por sobrellevar la vida a pesar de esas cargas emocionales. Sin embargo, llega un momento en que el peso vence. Magnolia muestra ese punto de quiebre y deja al descubierto la fragilidad propia del individuo. Los conflictos internos son exteriorizados y, contrario a lo que ocurre normalmente, los personajes se permiten mostrar su vulnerabilidad incluso ante desconocidos. Esta catarsis colectiva se vuelve tan fuerte que, al final, llueven ranas.

Las ranas tienen un papel simbólico de gran importancia en el filme. Foto: fanpop.com

LLUVIA DE RANAS

Desde el prólogo de la película se repiten en múltiples ocasiones los números 8 y 2, haciendo referencia al Éxodo 8:2 de la Biblia: “pero si te niegas a dejarlos ir, he aquí, heriré todo tu territorio con ranas”, cuando Dios ordenó a Moisés ir con el faraón de Egipto para liberar a su pueblo.

La lluvia de ranas en Magnolia está abierta a interpretación del espectador, pero Paul Thomas Anderson mencionó en una entrevista para Creative Screenwriting que existe la creencia de que se puede juzgar a una sociedad por la salud de sus ranas. “Si ves que todas las ranas mueren o están deformes, es una advertencia de cómo nos estamos tratando a nosotros mismos”, dijo.

El instante en que inicia la inusual tormenta es el mismo en que los personajes asumen el peso de las decisiones que han tomado y buscan desesperadamente una reconciliación consigo mismos, algunos incluso al borde de la muerte.

Stanley es el único que no parece sorprendido por el fenómeno. “Son cosas que pasan”, dice, como si fuera un profeta que simplemente esperara el gran suceso. Esto cobra más sentido si recordamos que es el único protagonista que es un niño y si tomamos en cuenta que las últimas palabras que pronuncia antes de la catástrofe son: “papá, debes ser más amable conmigo”. Su papel se vuelve una advertencia de que la historia se repite. El desasosiego emocional se experimenta individualmente pero afecta colectivamente.

Magnolia es un recordatorio de que nuestras propias heridas usualmente son el arma que lastima a otros, pero a pesar de ellas podemos sobrevivir y convertirnos en un endeble cobijo para los demás y para nosotros mismos. Lamentablemente, en la vida real no tenemos una lluvia de ranas que nos lo recuerde.

Comentarios