Neuroarquitectura
Arquitectura

Neuroarquitectura

Diseño de estructuras visto desde la neurociencia

Nuestro entorno inerte puede parecer compuesto de elementos simples a los que dedicamos una mirada y luego olvidamos que están allí. Sin embargo, influyen más de lo que creemos en cómo nos sentimos.

La neuroarquitectura tiende un puente desde la neurociencia, la teoría de la percepción y la psicología Gestalt, hasta la arquitectura. Su objetivo es generar estructuras cuyos espacios repercutan en el estado de ánimo y el comportamiento del usuario que se mueve en ellos.

ANTECEDENTES

La arquitectura religiosa es un antecedente importante de esta corriente, pues para quienes depositaban el sentido de la existencia en una creencia teológica, era crucial diseñar lugares que pudieran evocar los valores de su fe y su posición ante la muerte: lo sagrado en los templos y lo sublime en las catedrales.

Es por eso que la geometría sagrada genera un ambiente de paz y equilibrio: su iluminación, sus proporciones cuidadas, simetría y repetición lo hacen posible. Así como transmiten estas sensaciones, también funcionan para que el usuario logre relacionar lo que observa con las ideas religiosas que ha aprendido, generando un vínculo casi inconsciente entre estos elementos. Tal es el caso de la arquitectura gótica y las mezquitas.

A finales del siglo XVIII, se emplearon entornos dirigidos a controlar y organizar actividades de trabajo para impulsar la consecución de objetivos en fábricas y escuelas. El diseño de estos espacios surgió a partir del que desarrollaron las cárceles para controlar el comportamiento de los reos, como queda constatado en Vigilar y castigar, obra de Michael Foucault.

Catedral de Burgos. Las iglesias góticas contaban con altas agujas para, simbólicamente, alcanzar el cielo. Foto: burgos.es

Cierta composición en los edificios, puede facilitar el trabajo ininterrumpido, así como favorecer la atención que se presta a cada actividad. Esta tradición en el diseño se ve impulsada por la psicología conductista que, por ejemplo, aplica estímulos como la utilización de colores neutros y la dirección de los bancos en las escuelas para facilitar la retención de información.

EVOLUCIÓN

No es una cuestión nueva, que las necesidades de los seres humanos han sido revisadas con el pasar de los años y se han descubierto nuevas formas de impulsar el desarrollo de la persona con especial atención en su individualidad. La neuroarquitectura se puede ver como un avance natural en este sentido, ya que la ciudad y sus estructuras son una extensión de nosotros mismos y de nuestras actividades.

Fred Gage, neurocientífico del Instituto Salk de Estudios Biológicos de California, Estados Unidos, sostiene que la forma en que están diseñados los inmuebles puede influir en el cerebro del usuario y por lo tanto en su comportamiento. Si bien otros tipos de arquitectura actual, como la orgánica o la invisible, guardan ese propósito, la neuroarquitectura va un paso más allá para asegurar que se cumpla.

Para mejorar la experiencia del usuario de forma definitiva, es necesario comprender el funcionamiento de su cerebro en lo que a percepción y navegación espacial se refiere. La comodidad adquiere una nueva dimensión moldeada por el diseño con base en las necesidades del usuario.

RESPUESTA CEREBRAL

Los edificios, plazas y espacios provocan ciertas reacciones en nosotros. Es bien conocido el efecto de calma que tienen los espacios naturales o las corrientes de agua, pero para Silvia Carbonell Miró, arquitecta de la Cardenal Herrera de Valencia (CEU) y vicepresidenta de la Asociación de Neuroarquitectura y Neurodiseño (ANAND), los materiales hacen más que eso. Al estar frente a una estructura de cemento, menciona, el cerebro interpreta que debe estar alerta, pues el terreno es duro y por lo tanto peligroso.

Un pasillo estrecho entre altas paredes de concreto genera tensión automáticamente. Foto: Unsplash/Adam Jang

La capacidad de mantenernos alerta es una respuesta evolutiva y de supervivencia que se genera al estar frente a cualquier amenaza. Dicha reacción se da por la activación de la amígdala, una región cerebral que genera la ansiedad necesaria para tensionar nuestros músculos y huír o hacer frente a la situación.

Francisco Mora, médico español y catedrático de fisiología humana, coincide con que ciertos espacios afilados, agudos y estrechos generan tensión de manera casi automática, una respuesta ansiosa ante lugares que no se perciben como idóneos para la supervivencia.

Al estar rodeadas de edificios que muchas veces no están pensados desde el efecto psicológico que causarán, los usuarios caen en una condición de agobio que no pueden explicarse. Se debe, según menciona Carbonell, a que estos sitios provocan estados de esfuerzo físico y psíquico continuos.

Los obstáculos y el desorden que pueda haber en un espacio, los colores estridentes y demás estímulos, no mantendrán nuestra atención en un sólo punto ni nos dejarán tomar las grandes bocanadas de aire necesarias para oxigenar nuestro cerebro y obtener una sensación de tranquilidad; a diferencia de un lugar ordenado y amplio.

La plasticidad cerebral es la capacidad de este órgano de adaptarse a las situaciones y estímulos que lo rodean; gracias a ella se logra el aprendizaje, se obtienen habilidades y se recuerda lo que ha sido importante o útil para nosotros. Además, el cerebro también reacciona al entorno, por lo que hay cambios en el sistema nervioso que tienen que ver con esto.

LINEAMIENTOS NEUROARQUITECTÓNICOS

La arquitectura como campo creativo es bastante libre, en especial porque cada autor puede tomar rumbos muy diferentes, pero en lo que se refiere a neuroarquitectura es visible la intención de apegarse a un camino específico. La Academia de Neurociencias para la Arquitectura establece requisitos para los proyectos de este tipo, considerando que las respuestas del usuario se dan de manera natural y que la experiencia en un lugar se ve afectada precisamente por la impresión que éste produce en el cerebro humano.

Oficinas de Google México diseñadas por el despacho SpAce bajo la dirección de Juan Caros Baumgartner, quien ha investigado por años cómo los espacios afectan la salud y el estado de ánimo. Fotos: Archdaily/Eric Velazquez Torres

La percepción sensorial es un elemento vital en esta tendencia. Involucra la memoria, las emociones y lo percibido por los sentidos; esto impacta en la imaginación y en el comportamiento.

Por otra parte, las rutas en cada lugar nos hacen pensar inconscientemente en el control que podemos tener de una situación. Los espacios que fomentan la libre exploración, hacen que tengamos la suficiente confianza para lograr una experiencia personal agradable y no una rígidamente guiada. La orientación sencilla hace que el cerebro no formule excesivas respuestas para comprender un lugar y ubicarse en él, brindándonos una mejor ubicación espacial sin activar una respuesta de estrés.

Otros aspectos que se toman en cuenta en la neuroarquitectura son la cronobiología y los ritmos circadianos. El suministro de luz es vital para las actividades diarias; cabe señalar que lo visual está relacionado también con el apetito así como la regulación de nuestro descanso y los ciclos de vigilia y sueño. Los sistemas inmunológico y endócrino son regulados mediante la luz, por lo que un edificio pensado desde esta concepción debe dejar pasar la suficiente irradiación solar e impulsar el trabajo. Ademá, la iluminación cálida relaja mientras que la fría estimula.

Los techos altos, las vistas exteriores y la proximidad necesaria con otras personas favorecen un clima donde nos vemos libres y no confinados al espacio. La concentración y el pensamiento creativo son favorecidos con estos factores.

La neuroarquitectura es, sin duda, una herramienta que podría hacer del mundo que transformamos, un lugar adecuado a los conocimientos científicos que tenemos sobre nosotros mismos.

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