Caligrafía, un arte al filo de la muerte
Reportaje

Caligrafía, un arte al filo de la muerte

En la actualidad, los mensajes se producen y transmiten a una velocidad pasmosa. La tecnología está cambiando de forma vertiginosa la manera en que nos comunicamos. Tal declaración no es novedosa en lo absoluto. Todos nos la hemos topado de una forma u otra. Sin embargo, y precisamente por la rapidez con la que fluye la información, es probable que casi nadie se haya detenido a reflexionar sobre sus implicaciones. Ganarse la atención del público es más difícil en nuestros días. En ocasiones es necesario recurrir a tácticas especiales. Y así lo hizo el periódico alemán Bild.

El 27 de junio de 2012, la portada del tabloide berlinés lanzó una poderosa declaración. No sólo por lo que tenía que decir, sino también por cómo lo dijo. El titular fue el siguiente: "¡Alarma! La escritura manual se extingue". La idea es contundente por sí sola, pero además fue plasmada de una manera que le otorgaba todavía más significado: el encabezado, como todo lo demás en la primera página, estaba escrito a mano. De puño y letra. Una simple elección en el diseño resultó ser algo disruptivo en el mar de noticias que se publican todos los días con las mismas tipografías.

Bild dio en el clavo: conjugó forma y fondo con éxito para poner en el centro de la opinión pública un tema que la mayoría consideraría intrascendente en nuestros días. No por nada la publicación aseveró en aquel entonces lo siguiente: “Uno de cada tres adultos no ha escrito nada a mano en los últimos seis meses según un estudio reciente”. Ahora las personas se comunican de otras formas: por correos electrónicos, aplicaciones de mensajería, redes sociales, mensajes SMS, entre otros. Todos estos medios tienen una característica fundamental: la inmediatez con la que se puede esparcir una idea. Algo contra lo cual la escritura manual jamás podrá competir.

El teclado en una touch screen ha terminado por imponerse a herramientas más rudimentarias, pero no por ello despreciables, como lo son la pluma y el papel. La situación, nos es permisible asumir, se ha tornado más crítica para la práctica de la caligrafía con el paso de los años. Recordemos que la denuncia de Bild fue hecha en 2012. Desde entonces han emergido nuevas redes sociales y aplicaciones que privilegian la imagen sobre la escritura. Ahí están Tik Tok o Instagram para demostrarlo. (Aunque ésta última, de hecho, fue lanzada en 2010, pero empezó a cobrar notoriedad entre 2012 y 2014).

En este punto es muy difícil saber cuál será el costo de que la escritura a mano esté muriendo. Tal vez sólo conozcamos su verdadero impacto en retrospectiva. Lo que sí podemos dictaminar con certeza es que se trata de un cambio ingente por sus implicaciones.

Para clarificar el punto, retornemos una vez más a la nota del diario alemán. En ésta se mencionan las declaraciones del profesor Manfred Spitzer. De acuerdo con el académico, autor del libro Aprendizaje: neurociencia y escuela de la vida, la práctica de la caligrafía beneficia la coordinación y las habilidades manuales.

Tabloide del periódico Bild del día 27 de Junio de 2012, todo escrito a mano. Foto: alvaroliuzzi.wordpress.com

Es decir, que escribir a mano no solamente es una actividad farragosa y anticuada como muchos creen, sino que está involucrada en la forma en que hemos configurado nuestro cerebro. Más allá de lo biológico, existen otras cuestiones a considerar, como los cambios culturales. Escribir cartas es algo casi extinto, pero esta forma de transmitir ideas y sentimientos poseía sus ventajas. Brindaba la oportunidad de sopesar lo que se iba a decir en un espacio limitado que debía aprovecharse al máximo. Ahora, sí, todo es más rápido, pero ello implica meditar menos lo que se quiere expresar. Con frecuencia esto más bien termina por generar ruido en lugar de mensajes claros. Quizá no sea mala idea analizar con más detenimiento el arte de la escritura.

LA TINTA DE LAS HORAS

Para entender los cambios que han ocurrido (y los que todavía pueden suceder), conviene empezar por el principio. Es evidente que llevar a cabo un recuento exhaustivo de la historia de la caligrafía es imposible en este espacio. Aquí apenas se dispone un panorama general que nos sirva para evidenciar el valor que alguna vez le otorgamos a esta práctica.

La palabra caligrafía proviene del vocablo griego kallos, que significa bello, y el sufijo graphia, cuyo significado es escribir. Por lo tanto, la caligrafía es la escritura bella. El filólogo español Rufino Blanco y Sánchez la definió como “el arte de representar con belleza los sonidos orales por medio de signos gráficos, o bien, la única bella arte gráfica de la palabra”.

Asignarle una fecha de nacimiento a la escritura es algo complicado, siendo que todavía existen avivados debates al respecto entre los investigadores. Ahora bien, si optamos por rastrear cuándo empezó la caligrafía, estamos en condiciones de ubicarnos con más facilidad. Antes de continuar, una aclaración: aquí se hace una distinción entre escritura y caligrafía con fines prácticos. La caligrafía es tenida por algunos como un arte independiente de lo que se escribe, como una forma de manipular las letras para expresar algo. Siendo así, es más fácil ubicarse en el tiempo y saber cuándo comenzó a experimentarse con la estética de la escritura.

En el libro Caligrafía. Del signo caligráfico a la pintura abstracta, Claude Mediavilla señala que en el mundo occidental la caligrafía empezó con el alfabeto latino, del cual se tiene registro desde hace 600 años antes de Cristo en Roma. Se han encontrado, talladas en rocas y pintadas en paredes, diferentes tipos de letras desarrolladas por los romanos. Es decir que comenzaron a experimentar con las posibilidades de los diferentes trazos. Así inventaron, por ejemplo, las llamadas “mayúsculas cuadradas romanas” (que también han sido denominadas “mayúsculas elegantes”). Por otro lado tenemos a “las mayúsculas rústicas” y a la “cursiva romana” o “latín cursivo”. El interés por diversificar y estilizar los trazos de las letras nos muestra ya un encaminamiento hacia la caligrafía como tal.

Fue a partir de la caligrafía china que se desarrollaron las de otros países asiáticos como Japón y Corea. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Se sabe que este arte es más antiguo en oriente (aunque no hay un consenso sobre cuándo surgió exactamente) y tiene su antecedente más añejo en China. Ahí, la palabra equivalente a caligrafía es shūfǎ, que significa “el método o la ley de la escritura”.

Fue a partir de la caligrafía china que se desarrollaron las de otros países asiáticos como Japón y Corea. Es en esa parte del mundo que esta práctica siempre ha gozado de un mayor aprecio por cuestiones culturales y tradicionales. Los caracteres chinos más viejos que se conocen conformaron lo que se denomina como la “escritura en huesos oraculares”. Ésta, como su nombre lo indica, se realizaba en piezas óseas de animales.

Retornemos a occidente para aclarar que también ahí se le ha dado un lugar prominente a la caligrafía, aunque tal vez no de la misma forma que en tierras orientales. Esto se debe, tal vez, a que de este lado del mundo creamos alfabetos más sencillos. Debido a ello, la caligrafía ha logrado propagarse (y también perder rigor), con más facilidad. Sin embargo, ha alcanzado grandes alturas debido a su evolución en contextos particulares. Para demostrarlo basta con referirse a los llamados “libros de horas” (“horarium” en latín).

Estas obras se escribían enteramente a mano durante la Edad Media. Su contenido estaba conformado por rezos que debían pronunciarse en diferentes horas del día. De ahí su nombre. En ellas se desplegaba el arte de la caligrafía en todo su esplendor. La escritura estilizada solía ir acompañada de ilustraciones. En ocasiones, de hecho, los dibujos y las letras se mezclaban.

Como expone Arjun Appadurai en su libro La vida social de las cosas, los libros de horas eran tenidos por objetos valiosísimos. Su elaboración tan ardua y minuciosa, hacía que resultaran ser piezas únicas hechas bajo encargo.

Sería un error atribuir el decaimiento de la caligrafía a un único factor. Para muchos sería lógico achacarle la culpa a una invención: la imprenta. La máquina de Gutenberg, que vio la luz en el siglo XVI, se antoja como el chivo expiatorio ideal. Pero la cuestión no es tan sencilla. Y es que la caligrafía se las arregló para sobrevivir hasta bien entrado el siglo XIX. Sin embargo, los siglos XX y XXI representaron desafíos mayores.

Lo primero en ocurrir fue la popularización de la máquina de escribir. Ésta ya llevaba un par de siglos a cuestas, pero fue hasta 1953 que su uso se extendió. En consecuencia, se puso en marcha un cambio sustancial en la vida diaria: la caligrafía empezó a hacerse de lado.

Horarium medieval. Foto: circulobellasartes.com

El uso de la máquina de escribir siguió propagándose hasta que llegó un nuevo contendiente, uno más formidable: la computadora personal, creada por John Blankenbaker en 1971. En el inicio de la década de los ochenta se introdujo al mercado la primera laptop en Japón. El título del primer smartphone lo sustenta el IBM Simon, que apareció en 1992. Pero fue hasta 2007, con la introducción del primer iPhone, que comenzó la proliferación de este tipo de artefactos.

Las innovaciones se han ido enlazando cada vez con más vertiginosidad y con menos intervalos de tiempo entre cada una. Nosotros mismos hemos sido testigos y participantes de este torbellino. Incluso si no somos grandes consumidores de celulares, por nuestras manos ya han pasado aparatos muy diversos. Hubo un tiempo en que eran burdos, con teclado físico y una pantalla verde rudimentaria. Ahora sólo son pantalla, reproducen videos, nos mantienen conectados, nos sirven para escribir y un larguísimo etcétera.

De acuerdo con el diario El Economista, para 2018 había un total de 106.7 millones de dispositivos móviles en México. Por otro lado, el 92 por ciento de los usuarios prefieren conectarse a Internet en su smartphone. Números impresionantes, no es de sorprender que la caligrafía no haya sido un rival de consideración.

LETRADOS

Si bien los avances tecnológicos son responsables, en buena medida, de la relegación de la caligrafía, es prudente no satanizarlos. Deben tomarse en cuenta otros factores que nos han orillado a dejar el papel y la pluma. Hay quienes argumentan que la educación tiene mayores implicaciones en este tema que la tecnología. Las escuelas alrededor del mundo han ido abandonado la práctica de escribir a mano en las últimas décadas. En algunos países se ha hecho con el propósito explícito de hacerlo para privilegiar la escritura digital. Tal fue el tan sonado caso de Finlandia.

El sistema educativo finlandés goza de una excelente reputación, gracias a los excelentes resultados que ha obtenido en la prueba del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés). Tanto así que se ha llegado a decir que es el mejor del mundo. El país nórdico hace hincapié en aspectos de la educación que otras naciones todavía consideran poco ortodoxos. Por ejemplo, a los niños, desde una edad muy temprana, se les enseña a jugar y estar en contacto con sus emociones. Considerando lo anterior, es comprensible el estupor que causó una decisión clave que tomaron las escuelas finlandesas.

El sistema educativo finlandés ya no enseñará la escritura cursiva de forma obligatoria. Foto: finland.fi

El 2014 se dio a conocer que ya no enseñarían la escritura a mano. La noticia se esparció como reguero de pólvora. Máxime si se toma en cuenta que fue difundida por medios prestigiosos como la BBC, específicamente en su artículo titulado Finland: Typing takes over as handwriting lessons end (Finlandia: teclear vence mientras que terminan las lecciones de escritura manual). Muy pronto, otros medios importantes replicaron la información. El problema fue que no era cierta. O al menos no del todo. Irónicamente, la escritura digital había ayudado a esparcir información falsa sobre la caligrafía, la cual es considerada más ineficiente.

En su sección Verne, el diario El País se dio a la tarea de desmentir este bulo. Con ese propósito publicaron el artículo titulado No, Finlandia no va a dejar de enseñar a escribir a mano. Ahí explicaron que el aprendizaje de la letra cursiva pasaría a ser optativa. Mientras que la que nosotros conocemos como “de molde” se iba a enseñar desde el primer año. Por otro lado, se iba a incorporar la enseñanza de la mecanografía desde el inicio de la vida escolar, ya que los niños, en efecto, ahora usan más los teclados.

La meta de las autoridades educativas del país nórdico era expandir el conocimiento de los infantes, no limitarlo. Sin perder esto de vista, también es válido hacer notar que, con todo, la caligrafía si sufrió un revés. Al ya no enseñarse obligatoriamente la letra cursiva, se redujo la posibilidad de experimentar y apreciar la escritura como algo que va más allá del simple hecho de acomodar una letra tras otra.

El escándalo finlandés es un caso entre muchos que han sido ignorados. En la pasada década han ocurrido otros cambios sustanciales en las escuelas de otros países. En Estados Unidos, por ejemplo, empezando desde 2011, 42 de sus 50 estados adoptaron los llamados “Estándares estatales del núcleo común”, que desechaban el requerimiento de enseñar la letra cursiva. En México, la información de la que se dispone es más bien dispersa y vaga. Pero existen datos clave que nos auxilian para saber cómo se dio el declive de la caligrafía a nivel sistémico. Aunque esto represente echar un vistazo un poco más atrás.

En la revista .925 Artes y Diseño de la UNAM, en el texto intitulado La letra cursiva en tiempos de las nuevas tecnologías para la escritura, se rememora que este tipo de práctica fue rebautizada oficialmente en México en los años 70. Es decir, en tiempos de la reforma educativa del presidente Luis Echeverría. Entonces la letra script (o cursiva), pasó también a ser referida como “letra de molde”. Parece un detalle banal, pero en realidad fue un cambio brusco. Antes, los tipos de letra se diferenciaban tajantemente y se enseñaban con carácter obligatorio. Ahora las diferencias no importaban. Lo esencial era que los niños aprendieran a escribir; cómo lo hicieran era indistinto. Una consecuencia de la pérdida de la rigurosidad.

Las escuelas alrededor del mundo han ido abandonando la práctica de escribir a mano. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Ya más cerca de nuestros días, contamos con la Encuesta nacional de lectura 2015 del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA). Aquí encontramos, para empezar, que sólo al 32 por ciento de los mexicanos les gusta la escritura. Por desgracia, la encuesta no desglosa la información entre caligrafía y escritura digital con toda claridad. Aunque sí refuerza con datos duros lo que ya sabíamos, como la preferencia por escribir con el teclado. Hasta el 46 por ciento de los mexicanos aseguró que le gustaba escribir más en el celular.

El documento nos informa que un ínfimo 6.5 por ciento de las personas aseveró redactar cartas. Por desgracia, no se específica a través de qué medio lo hacen. Aunque tal vez nos sea lícito asumir que las escriben a mano. Después de todo, el intercambio epistolar es ya algo casi extinto. Una dinámica de comunicación que no sobrevivió al encumbramiento de la tecnología.

SIN PENSARLO

Escribir con la mano es beneficioso para nuestras habilidades cognitivas, algunas de ellas indirectas, como la automaticidad. Anne Trubek, la autora de La historia y el futuro incierto de la escritura manual, argumenta que las lecciones de caligrafía sirven para lograr el dominio de actividades que requieren ejecutarse de manera automática. Cuando aprendemos cierta cosa al grado de que somos capaces de repetirla “sin pensarlo”, estamos haciendo que nuestro cerebro trabaje con una alta eficiencia debido a la internalización de este conocimiento.

Esto, a su vez, permite que nos concentremos en otras tareas que requieren una mayor racionalización. Trubek hace aquí una comparación con el acto de conducir. Cuando manejamos no pensamos como una orden consciente que debemos pisar el pedal o girar un poco el volante. Simplemente lo hacemos. Ello deja espacio en nuestra mente para pensar en otras cuestiones. Si nos dirigimos a la oficina, por ejemplo, pensamos en nuestro destino, lo que sucederá ahí ese día, el trabajo que debemos llevar a cabo, lo que dejamos pendiente del día anterior, entre otros asuntos.

Existen, además, otras investigaciones que confirman el bien que nos hace la caligrafía a nivel cognitivo. Es capaz de beneficiar la llamada habilidad motora fina. Ésta consiste en la coordinación de movimientos musculares pequeños, como los de las manos. Cuando se escribe en un teclado la habilidad motora fina no tiene la misma prominencia. Según un estudio realizado por la Universidad de Washington, teclear y escribir activan áreas cerebrales muy diferentes. Aunque también es cierto que coinciden en activar algunas otras.

La caligrafía es capaz de beneficiar la habilidad motora fina. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Lo anterior no sólo se trata de un hallazgo aislado. Otros científicos han obtenido resultados similares o complementarios. Ahí está como muestra el trabajo del neurocientífico William R. Klemm (autor de más de veinte libros), quien en un artículo para Psychology Today titulado Why writing by hand could make you smarter (Por qué escribir a mano podría hacerte más inteligente), no sólo refuerza lo encontrado por el estudio que se hizo en Washington, sino que incluyó datos adicionales. Algunos de ellos son concernientes al concepto de “especialización de la funcionalidad”.

En otras palabras, trazar letras de forma manuscrita es algo que requiere tanta precisión, que se trata de una acción muy especializada. El cerebro no sólo aprende algo, sino que genera una función muy compleja. Una que integra por igual la sensación, el control del movimiento y el pensamiento. Klemm enfatiza lo que ya se ha mencionado más arriba: escribir con la pluma echa a funcionar áreas cerebrales que la utilización del teclado no.

Como en todo, existen detractores que han intentado ir en contra de lo enunciado hasta ahora. Aunque ir a contrapelo de la evidencia de los datos duros arrojados por la ciencia ha resultado algo más que difícil. Retomemos el caso de la habilidad motora fina. Existen quienes argumentan que ésta se puede desarrollar a través de otras actividades, como cortar con tijeras o usar utensilios para comer. Se trata de una observación cierta, pero limitada. Después de todo, la mayoría de las personas no utilizan tijeras con la suficiente frecuencia. El mismo inconveniente ocurre con el uso de la cuchara o el tenedor, además que estos instrumentos no requieren de un uso tan especializado.

Sólo el dibujo (refiriéndonos a cosas accesibles a la mayoría) puede equiparase al ejercicio de la escritura en términos cognitivos y aún entonces hay diferencias sustanciales. Klemm detalla en su artículo que al escribir y dibujar se siguen activando diferentes partes del cerebro. También hay que decir que el dibujo toma más tiempo en ser practicado y dominado. Ya ni mencionemos que, como otras disciplinas artísticas, ha sido algo más descuidado en los sistemas educativos que la caligrafía. En resumen: no sería una opción viable para sustituir a la escritura manual como proveedora de beneficios cognitivos.

La información científica va todavía más allá. En otro estudio, el cual fue conducido por la profesora e investigadora Virginia Berninger, se encontró que el vínculo entre mano y cerebro es extraordinario. Lo cual fue apreciable cuando se observó en un grupo de niños que les resultaba más fácil y rápido expresar ideas trazando letras en un papel que tecleándolas. Es por ello que Klemm equipara la caligrafía con aprender a tocar música. Ambas prácticas son muy complejas y estimulantes, pero la segunda de ellas requiere de instrumentos musicales, los cuales, a su vez, necesitan de una instrucción más esmerada y prolongada para lograr usarlos de forma óptima. En término llanos: es más costoso aprender a tocar el piano o el violín, que empuñar un lápiz y arrastrarlo sobre una hoja de papel. Es así de simple.

Pocas actividades despiertan las áreas del cerebro que activa la caligrafía. El dibujo es una de ellas. Foto: Unsplash/Yohann Libot

Cuando somos niños aprendemos a escribir y no miramos atrás para sopesar el conocimiento adquirido que, resulta, es mucho más rico de lo que hubiéramos supuesto. Y es más sorprendente cuando éste se alía con la creatividad. Entonces los resultados tienen el potencial de ser extraordinarios.

SACAR A PASEAR UNA LÍNEA

Destronada de su lugar entre los ricos como práctica que daba estatus. Empujada al desuso por la tecnología. Desdeñada por los sistemas educativos. Minimizada por el público en general que prefiere no entretenerse en sus piruetas sobre el papel. Parecería que la caligrafía ha sido derrotada por completo, que ya no le queda un sólo ámbito en el cual sobrevivir. Sin embargo, tal vez esto no sea del todo cierto. De hecho, hay indicios para creer que su destino podría ser circular. En efecto, quizás haya regresado a su comienzo: el arte. Aunque, por supuesto, en condiciones sumo diferentes.

El artista alemán Paul Klee llevaba a cabo una técnica a la que bautizó como “sacar a pasear una línea”. La idea era sencilla: a partir de un punto, comenzaba a dibujar una línea y llegaba hasta donde su imaginación lo llevara.

Ahora bien, en la actualidad existen artistas que han adoptado (y adaptado) la caligrafía a sus obras. Creadores que todavía sacan a pasear líneas para realizar trabajos caligráficos elevados a la categoría de arte. Claro, la caligrafía posee sus propias reglas que deben seguirse para conservar su esencia, pero es a través de la imaginación que se presenta la oportunidad de jugar con ese conjunto de normas.

La caligrafía se ha hecho cómplice de la pintura, la ilustración, el diseño, el grafiti y otras disciplinas artísticas. Es así como, en parte, se ha mantenido a flote y ha sido revalorada con resultados interesantes. La obra de la diseñadora Lauren Horm (Hom Sweet Hom) es una muestra contundente de ello. La originaria de Detroit, Estados Unidos, desarrolló un estilo único al fusionar la elegancia de la letra cursiva tradicional con colores y diseños más frescos, ad hoc con nuestros tiempos.

Niels Shoe Meulman (quien reside en Ámsterdam), por otro lado, posee un estilo más rotundo. Sus letras son más gruesas y con trazos que dan la impresión de un despliegue notable de energía. Otra característica de su obra es la repetición de las letras, lo cual crea efectos visuales apabullantes. Meulman “caligrafiti” a lo que hace. Para explicar su labor ha dicho lo siguiente: “Una palabra es una imagen y escribir es pintar”.

Poema escrito y caligrafiado por Niels Shoe Meulman en Delhi, India. Foto: Akshat Nauriyal

En Rusia destaca el artista Pokras Lampas, quien fue influenciado por Meulman, pero ha terminado por imprimirle una personalidad muy particular a su trabajo. Sus letras se engarzan con una complejidad increíble. También se ha distinguido por experimentar, como en la serie de obras en las que ha pintado sobre los cuerpos de mujeres.

De origen japonés, Kaoru Akagawa es una artista que vive en Berlín y su trabajo es, entre muchas otras cosas, exquisito. Una mezcla de arte tradicional y contemporáneo. ¿Qué hace tan especiales a sus obras? Akagawa agrupa con minuciosidad las letras que traza con fluidez para formar a su vez imágenes más grandes.

Los ejemplos abundan, fácilmente podríamos seguir repasando el quehacer creativo de muchos otros artistas. Pero a estas alturas ya es evidente que la caligrafía continúa provocando fascinación aunque haya perdido terreno, tal vez de forma irrevocable, en la era digital. Y aún en nuestros días es posible encontrar a quienes ejercen la caligrafía según los lineamientos más tradicionales. Quizás el calígrafo que más se ajusta a esto es el francés Nicolas Ouchenir. A pesar de ser autodidacta, es capaz de manejar la pluma sin errores y una elegancia casi inimitable.

Ouchenir ha usado su talento para obtener trabajo en las más prestigiosas marcas del mundo de la moda, como Dior, Prada o Louis Vuitton. Pese a ello, y a ser un miembro de nuestra sociedad contemporánea, su visión sobre la caligrafía sigue siendo muy terrenal y humana. En marzo del 2016 declaró lo siguiente a la revista Another: “Un intercambio escrito a mano es una conexión humana que es casi imposible de ignorar”.

¿QUÉ PASARÁ?

¿La caligrafía, entonces, no tiene cabida en la vida cotidiana? Es imposible que la respuesta sea contundente. Pero tomando en cuenta la tendencia general de la situación, parece ser que la escritura a mano terminará por perder la batalla. Es probable que no desparezca. Más bien se seguirá enseñando porque se le considera una parte esencial de nuestro bagaje educativo. Pero ya no volverá a tener el mismo involucramiento en nuestras existencias. De hecho, están puestas las condiciones para que éste decrezca.

Anne Trubek, a quien ya mencionamos en este texto, si bien ha hablado de los beneficios de la caligrafía, también señala sin empacho ciertas realidades sobre el tema. En su artículo para el New York Times titulado Handwriting Just Doesn’t Matter (La escritura manual simplemente no importa), menciona lo siguiente: “La gente habla del declive de la escritura a mano como si fuera prueba del decaimiento de la civilización. Pero si la meta de la educación pública es preparar a los estudiantes para que lleguen a ser empleados exitosos que puedan conseguir un trabajo, teclear es más útil que la caligrafía. Hay muy pocas situaciones en las que escribir a mano es necesario, y habrá menos para cuando se gradúen los estudiantes de primaria de hoy”.

Namastay in bed all day de Lauren Horm. Foto: homsweethom.com

Es imposible detener la vorágine de cambios que atravesamos como sociedad. Con todo, también conviene recordar el apartado dedicado a la complicidad entre la caligrafía y el arte contemporáneo. Y es que en ese nicho ha logrado prosperar. Esto gracias a que hay personas que se han interesado por rescatar y revitalizar este viejo arte. De la misma forma en que hay otras personas que sin ser artistas (tal vez pocas y dispersas, pero necias), que han optado por dedicarle algo de su tiempo.

En México existen talleres en los que se imparten clases de caligrafía. El estudio Dilo Bonito MX es un ejemplo de esto, pero es apenas uno entre muchos. Las opciones son diversas al igual que sus costos. Algunos impulsan iniciativas de una naturaleza particular. La fundación El Mundo Escribe, de Monterrey, ha impartido, por ejemplo, el taller titulado “Hoy cuento y mañana también”, el cual fue dedicado a personas de la tercera edad para ayudarlos a ejercitar su memoria.

En otro frente, hay quienes intentan mantener viva a la caligrafía informando sobre ella a través de libros. Correos de México produjo dos: El Correo y el Cartero…un oficio muy actual y La historia, el valor y los valores del SEPOMEX. El propósito de estos ejemplares es el de fomentar la escritura de cartas y de paso instruir sobre el servicio postal mexicano. Como vemos, la caligrafía es más resistente de lo que aparenta. Tal vez haya perdido gran parte del terreno, pero no la vitalidad.

Ahora bien, hay que dejar algo en claro: la caligrafía y la escritura digital no son enemigas. Son formas diferentes de comunicarse, nada más. Cada una posee ventajas y desventajas. No hay razón para menospreciar una de las dos. Aquí se ha hablado más de las ventajas de escribir a mano porque es el método que sufre un mayor menosprecio. Esto no significa que se descalifiquen los teclados. El investigador Ewan Clayton está de acuerdo con lo antes dicho, por ello se ha expresado de la siguiente manera: “No hay que sacrificar las ventajas de la escritura a mano para disfrutar las de la digital”.

Nadie pensaría en deshacerse de la cuchara o la rueda por ser herramientas antiquísimas. Esta característica es irrelevante en vista de que siguen siendo útiles. La razón de ello, como señaló Umberto Eco, es que son objetos que no requieren ninguna mejora. Así son ideales. Lo mismo ocurre con el lápiz y el papel. Solo depende de nosotros sacarles el máximo provecho posible. Es una opción que todavía está a nuestro alcance. No es necesario practicar la caligrafía con destreza de experto. La experiencia es lo que cuenta. Sobre todo en estos tiempos ajetreados. Tal vez valga la pena escribir algo de puño y letra de vez en cuando. La entrada de un diario, una carta (aunque no sea enviada), una nota para alguien, lo que sea. Cualquier cosa que permita que nuestras ideas fluyan de nuestra mente y a través de la mano.

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