Fast fashion
Tendencias

Fast fashion

Ropa desechable

En portada: "A la moda hoy, basura mañana". La activista Trash Queen usa un vestido elaborado con siete metros de ropa usada. Foto: Greenpeace/Bente Stachowske

No se trata solamente de cucharas, tenedores, cuchillos, vasos, platos, bolsas y botellas. También podemos hablar de que la ropa es desechable. La durabilidad y la calidad de las prendas que adquirimos en las grandes cadenas comerciales son cada vez más limitadas y su tiempo de vida es mucho más corto. Antes se podían usar prendas durante unos cuantos años y era costumbre que, en las familias de varios hijos, los hermanos menores heredaran la ropa de los mayores. Sin embargo, esta práctica se ha ido perdiendo, pues ahora es común usar alguna vestimenta durante unos cuantos meses, para que después sea desechada.

La Procuraduría Federal del Consumidor (PROFECO), durante el último mes del 2019, acusó a varias cadenas importantes como Bershka, Bestseller, H&M, C&A, Forever 21, Pull & Bear, Sasha, Victoria’s Secret y Zara, entre otras, de bajar sus precios junto con la calidad, es decir, que aparentemente su ropa se ha vuelto mucho más accesible en el mercado, pero su calidad y tiempo de vida son mucho más limitados.

LA ILUSIÓN DE LA MODA

El mercado de la moda se ha movido de maneras misteriosas e inteligentes en la última década. Ha moldeado una nueva estrategia en las tendencias del mercado y una ideología en el contexto de la compra y venta de ropa. Se trata de una nueva fórmula de consumo en la que se busca comprar más y usar menos.

En 2019, Profeco advirtió que la durabilidad de la ropa se redujo a unos cuantos meses en tiendas como Zara, Bershka, C&A, Pull&Bear y H&M. Foto: EFE

Ocurre que, actualmente, ninguna persona quisiera ser vista o fotografiada más de una vez con la misma indumentaria. Kelly Drennan, fundadora de la organización no gubernamental (ONG) Fashion Takes Action, ha argumentado que la cultura pop, apoyada con las redes sociales, ha engendrado una práctica masiva de consumismo. Es así como ciertas marcas internacionales, entre las cuales podemos destacar a H&M, han basado sus campañas de marketing en profundos estudios de comportamiento y mercado, diseñando publicidad con el objetivo de conquistar al público e introducir los grandes guardarropas como un bien necesario que cualquier persona, sin importar mucho su estado económico, debería tener.

Las marcas que ya se mencionaron basan su modelo de ventas en la introducción acelerada de diseños aparentemente innovadores, modernos, atractivos y que estén en tendencia para que aseguren una venta inmediata del producto a un precio que no esté elevado, provocando que no se vea como una posibilidad tan lejana adquirir una camisa en C&A o Pull & Bear.

Una vez que la prenda se haya agotado, lo natural sería volver a venderla durante cierta temporada, pero lo que se propone en este nuevo modelo es rellenar los anaqueles con un diseño completamente distinto. De este modo, se están dejando de lado las tradicionales temporadas primavera-verano y otoño-invierno. Ahora la ropa tiene un periodo de aproximadamente seis semanas para agotarse o ser parte de los efectivos remates.

El término fast fashion no aplica solamente a los términos de la industria fashionista de la producción en serie y el bajo costo de las prendas, sino también al comportamiento de los consumidores de este tipo de moda; pasajera, accesible, trendy, que sólo dura una temporada y luego pasa al olvido entre los cajones.

Tierra de Nadie, instalación del artista Christian Boltanski hecha con 30 toneladas de ropa desechada. Foto: Gettyimages/Stan Honda

Aunque parezca que estamos hablando de un término nuevo, este movimiento en el mercado en realidad es un poco más viejo de lo que aparenta, pues al igual que otras cuestiones de la actualidad, el fast fashion es producto de generaciones pasadas. Podemos decir que la producción y el consumo en masa se remonta a la Revolución Industrial y fue en la década de los sesenta cuando los cambios de moda se movieron a ritmos más acelerados, debido a que la generación de ese entonces buscaba comprar ropa barata que rechazara las tradiciones de vestuario de las generaciones mayores. A las empresas no les quedó mayor remedio que bajar los costos de producción para que las prendas tuvieran un precio mucho más bajo.

IMPACTO AMBIENTAL Y LABORAL

Las grandes cadenas de ropa han hecho que sus productos sean cada vez más baratos en su producción, pero a costa de mano de obra muy mal pagada, así como materiales de confección que son más frágiles y cortos de vida. Según la PROFECO, la mayoría de las marcas elaboran su ropa en maquiladoras asiáticas, principalmente en países como Bangladesh o India, donde la mano de obra es sumamente barata. Por ejemplo, si una prenda de vestir cuesta 20 dólares, significa que sólo se le pagaron 20 centavos a la persona que la elaboró.

En su esfuerzo de tener mano de obra barata, se sabe que para la creación de esta ropa los obreros sufren de bajos salarios, explotación laboral y condiciones precarias que han creado todo un contexto de esclavismo para los trabajadores en las maquilas de Asia.

Otro problema es que la industria textil ha frecuentado materiales dañinos para el medio ambiente, tales como fibras sintéticas derivadas del petroleo como el poliéster, el nylon, el rayón o el acrílico, mismos polímeros con los que se crean los envases y cubiertos desechables que tardan cientos de años en biodegradarse.

"Hice esto por $0.60 dólares", fotograma del documental Sweatshop: deadly fashion, que aborda las injusticias en la industria textil. Foto: Amazon

Así, cada mes, nuevos montones de ropa son desechados y se acumulan en los vertederos, donde sus materiales contaminan el planeta durante cientos de años.

LA INFORMACIÓN ES UN REMEDIO

Para evitar este problema, la Procuraduría Federal del Consumidor recomienda a los consumidores leer la etiqueta antes de adquirir cualquier artículo textil.

El primer paso es la información. Esto es leer las etiquetas y entender lo que en ellas se detalla: composición de la prenda, el lugar de manufactura y las instrucciones y cuidados de lavado; saber de qué está hecha, de dónde viene y cómo cuidarla nos ayudará a identificar, además del costo, la durabilidad esperada de un artículo”, menciona.

La moda desechable ha entregado productos de diseño a un mercado masivo a precios relativamente bajos, pero sin calidad; en contraste, se inició un movimiento de “moda lenta”, que señala al fast fashion por la contaminación (tanto en la producción de ropa como en la descomposición de tejidos sintéticos) y la mano de obra de mala calidad.

El slow fashion se estableció, desde hace un tiempo, como la posibilidad para desterrar al fast fashion de la industria generando contrastes en la ética ambiental y en la condición laboral.

La diseñadora Kristen Alyce, preocupada por la cantidad de desechos que producen las personas, comenzó a reciclar materiales para fabricar vestidos. Foto: Garbage Gone Glam

Comentarios