Orwell 1984
Opinión

Orwell 1984

Miscelánea

Me canso ganso/

dijo un zancudo/

cuando volar no pudo/

una pata se torció/

la otra se le hizo nudo.

Del vértigo que me provoca comenzar el año sin entender, deduzco que, así como unos nacen bizcos, jorobados o cualquier otra variable, yo nací mensa, aunque hasta ahora, hubo un cierto parecido entre lo que yo entendía y lo que estaba sucediendo.

Hoy, ya ni siquiera lo intento porque hacerlo me provoca la misma sensación de vértigo que produce la orilla de un precipicio. Así las cosas, me someto humildemente al nuevo “Ministerio de la Verdad” que institucionaliza los “otros datos” que el ganso se saca de la manga por las mañanas: “La guerra es la paz”, “la libertad es la esclavitud”, “la ignorancia es la fuerza”.

A los proletarios se les puede conceder la libertad intelectual por la sencilla razón de que no tienen intelecto alguno”, cuenta la novela Orwell 1984 ¿Acaso no les suena conocido? Ante la imposibilidad de oponerme, suavecita y cooperando acepto el decreto presidencial que ordena: somos felices, felices, felices.

La violencia y el encono con que nos estamos matando hasta alcanzar la suma de 25 mil 890 asesinatos dolosos en el 2019, es parte esencial de nuestra felicidad. “Era un ruido que hacía rechinar los dientes y ponía los pelos de punta: habían empezado los dos minutos de odio”; cuenta Orwell 1984; y yo debo ser masoquista porque lo leo por tercera vez a pesar de los ataques de ansiedad que me provoca.

Para despejarme un poco, cierro el libro, me calzo unos zapatos cómodos y enfilo a Chapultepec. Sin destino manifiesto, me detengo en Los Pinos; ese conjunto de inmuebles que fueran residencia oficial de los expresidentes desde Lázaro Cárdenas, hasta La Gaviota. Contra mis prejuicios y a pesar de mi precario estado de ánimo, acabo por contagiarme del entusiasmo de los visitantes que fluyen por las veredas arboladas de Los Pinos. Jóvenes parejas, abuelos con familias numerosas, sonrisas y saludos; esos pequeños gestos que nos hacen humanos.

Trotar entre la hojarasca del bosque aquieta mi espíritu y estoy lista para entrar en la residencia y regocijar la vista con el excelente trabajo museográfico que expone una riquísima colección de arte y artesanía mexicana.

Visitar ese lugar me devuelve un pasado siglo XX de todo mi gusto. Nada del lujo y ostentación que yo imaginaba. Se me ocurre que quizá sea por eso que no resultó a la altura de quien, no siendo un ambicioso vulgar, prefirió vivir en el Palacio Nacional; nada menos que en el esa joya colonial construida en 1522, y en su momento residencia privada de Hernán Cortés.

Como no hay mal que la calle no cure, regreso a casa de mejor humor. Retomo mi libro y sigo con Orwell (ya dije antes que soy masoquista) y como una idea lleva a la otra, acepto que la corrupción ha sido erradicada y las riendas del país están en manos de gente incorruptible como el colmilludo político Bartlett y esa dulce mujer que sin ser su esposa ni concubina, ni barragana; es madre de sus hijos y una trabajadora tan incansable, que desde hace veinte años en que comenzó la amistad sentimental con el colmilludo, con el sudor de su frente ha amasado una fortuna que incluye inmuebles y empresas con un valor estimado de 800 millones de pesos. ¡Qué suerte tienen algunos!

Dejo de patalear y acepto también que la cancelación del aeropuerto de Texcoco significa un considerable ahorro, aun considerando los 270 mil millones de pesos tirados a la basura. Que el destierro del avión presidencial, aparcado hasta ahora en un hangar del aeropuerto de Victorville, en California a un costo de 720 mil dólares anuales, está resultando una verdadera ganga. Lo que no acabo de entender es por qué no puede guardarse y venderse desde México. Ni modo, él ganso sabe por qué hace las cosas. Si hasta aquí pacientísimo lector, no he conseguido transmitirle mi felicidad, le tengo una buena; todavía le quedan cinco años para irse adaptando.

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